7.
Soy incapaz de creer lo que están viendo mis ojos.
Y no porque la tenga enorme ni nada por el estilo, porque trato de no mirar hacia esa zona en concreto.
Marcos sale de la ducha como si tal cosa, completamente desnudo, y coge la toalla con una calma absoluta, como si estuviera solo en el cuarto de baño.
Entre el espejo empañado y el vapor no puedo ver detalles específicos, pero sí que veo que comienza a secarse primero la cabeza, sin molestarse siquiera en tratar de ocultar nada más.
Como si le diera exactamente igual lo que yo pudiera ver.
Me quedo tan impactado que tardo un instante en reaccionar.
—Eh… ¿qué cojones haces? —digo al fin.
A través del espejo, veo que se detiene. Sus ojos castaños buscan los míos en el reflejo, y de algún modo ese gesto me resulta tan íntimo que siento un escalofrío que recorre todo mi cuerpo.
—Me estoy secando, ¿no lo ves?
—No, si ya. Pero quiero decir que por qué lo estás haciendo.
Parpadea un par de veces, como si le hubiera hecho la pregunta más estúpida del mundo. Debe de pensar que soy idiota o algo así.
—La gente suele secarse después de ducharse y tal —responde, hablando muy despacio y confirmando así mis sospechas—. Deberías probarlo alguna vez, va muy bien para que no se te moje la ropa.
Pongo los ojos en blanco y decido ignorar sus burlas.
—Pero sigo aquí —señalo, como si no fuera evidente.
—¿Y qué?
En serio, ¿qué cojones le pasa a este tío en la cabeza? ¿De verdad es posible que no tenga el más mínimo sentido de la vergüenza?
—¿Cómo que «y qué»? Pues que al menos podrías haberte esperado a que salga y esas cosas, no sé.
—Te recuerdo que eres tú el que ha entrado en el baño antes de que terminara de ducharme —responde mientras continúa secándose. Ha subido un pie al bidé y ahora está frotándose las piernas con la toalla, y entre ellas cuelga…
No mires, joder.
—Ya, pero…
—A ver, Fran… te voy a ser sincero. —Deja de secarse y vuelve a mirarme a través del espejo, ahora con una leve sonrisa en los labios—.
Se acabó el agua caliente antes de que terminaras de mear.
Como has dicho que te ponías nervioso y tal, he preferido no decírtelo y me he esperado a que acabaras.
Pero, sinceramente, ya me estaba empezando a congelar ahí dentro.
Tengo que admitir que suena lógico. Sin embargo, me esperaba tan poco que tuviera ese gesto de decencia conmigo que no sé ni que responder.
—Gracias —respondo, a falta de algo mejor—. ¿Te quieres tapar? Voy a salir ya.
Él se echa a reír.
—Tío, como si no nos hubiéramos visto desnudos mil veces.
Aquello me deja tan descolocado que, una vez más, no sé cómo responder. ¿De qué cojones está hablando ahora?
—¿Qué?
—Joder, en el insti —me recuerda—. Después de Educación Física, en las duchas y tal.
Uf. Educación Física. Apenas soy capaz de contener las ganas de hacer una mueca de asco.
¿Cómo podría decirle que he tratado de reprimir todos los recuerdos relacionados con esa asignatura, como quien va a una guerra y trata de olvidar todo lo que ha tenido que vivir en ella?
¿Cómo sería capaz de explicarle que el momento de los vestuarios era todavía peor que la clase en sí, que ya es decir?
Me estremezco solo de recordarlo. Cualquiera pensaría que estar en las duchas con doce o trece chavales desnudos sería un sueño hecho realidad para cualquier chico gay como yo, pero nada más lejos de la realidad: para mí, aquello era literalmente el infierno en la tierra.
Desde que cruzaba esa puerta maldita, me obligaba a mantener los ojos clavados en el suelo, y después trataba de ducharme lo más deprisa posible para no mirar nada y, sobre todo, para evitar que nadie se fijara demasiado en mí.
—Ah, ya —respondo simplemente—. Es verdad.
—Pues eso —dice con calma, sin la más mínima idea de lo que se me pasa por la cabeza—. Hay confianza.
Y, entonces, comienza a secarse la…
Deja de mirar, joder.
—Si tú lo dices.
Pero ya he terminado de secarme las manos y no tengo nada más que hacer aquí, así que lo mejor será que me marche.
Sin embargo, eso significa encontrarme de frente con él, que sigue completamente desnudo.
Puede que por su parte haya «confianza», o que al menos lo crea, pero a mí toda esta situación me sigue pareciendo más que surrealista.
Suelto un suspiro y, con el corazón latiéndome a mil por alguna razón que desconozco, me doy la vuelta y salgo del cuarto de baño, tratando de no fijarme en lo que cuelga entre sus piernas. Es difícil, la verdad, pero de algún modo lo consigo.
Una vez fuera, me apoyo contra la puerta y suelto un suspiro. Cierro los ojos mientras tomo nota mentalmente para tratar de moderar la ingesta de líquidos antes de dormir. No puedo permitir que se vuelva a repetir esto.
Aunque, si soy totalmente sincero conmigo mismo, también tengo que admitir que ese último par de minutos en el cuarto de baño casi han llegado a compensar los nervios que he tenido que pasar antes.
Pero solo casi.