6.
En serio, ¿cómo es posible que tenga la vejiga a punto de explotar y aun así no sea capaz de hacerlo?
La única opción que me queda es salir de aquí y hacérmelo encima, así que necesito encontrar una alternativa urgentemente. Ya tienen que haber pasado por lo menos tres minutos enteros, y Marcos tiene que estar empezando a sospechar que aquí pasa algo extraño.
—¿Fran? —me pregunta entonces desde la bañera, como si me estuviera leyendo la mente.
—¿Qué pasa?
—No te oigo mear.
—Joder, tío —me quejo—. Un poco de intimidad al menos, ¿no?
—Llevas como cinco minutos aquí.
—Los cojones. Habrán sido dos o tres como mucho.
—Con eso ya has tenido tiempo de sobra —señala Marcos, no sin razón.
—¿Me quieres dejar tranquilo? Tengo que concentrarme.
Él se ríe, y el sonido de su risa reverbera dentro de la ducha. Mis mejillas comienzan a sonrojarse una vez más, y eso nunca es buena señal.
—¿En serio necesitas concentrarte? —pregunta entre risas—. Yo pensaba que te estabas meando.
—A ver, es que no se me da bien eso de mear en público, ¿vale? —confieso sin saber muy bien por qué, con las mejillas cada vez más ardientes—. Necesito intimidad.
Su risa suena todavía más fuerte que antes.
—¿Qué público? Si yo estoy aquí tranquilito duchándome.
—Claro, y presionándome para ver si estoy meando o no —señalo—. Así no puedo.
—A ver, solo me extrañaba porque no oía nada —responde, todavía entre risas—. No es para tanto.
—Tío, en serio… cállate ya —le pido, casi suplicante—. No me lo pongas más difícil, anda.
Debe de oír algo en mi voz, porque deja de reír al momento. Para entonces, mis mejillas están prácticamente humeando entre el vapor del cuarto de baño.
—Perdona.
—No pasa nada —respondo, arrepintiéndome un poco de haber sido tan borde después de que me haya dejado entrar—. Pero no vayas a mirar, ¿vale?
—Que no, joder.
—¿Seguro? —insisto.
—A ver, Fran… Te juro que no tengo el más mínimo interés en verte la polla, créeme.
—Vale.
Aun así, no acabo de fiarme del todo. Al fin y al cabo, es el putísimo Marcos, y todavía no soy capaz de creerme que el cambio de actitud que ha tenido durante este último año y pico haya sido real.
Por lo que sé, podría haber cogido el móvil cuando ha ido a abrirme el pestillo y ahora está preparado para sacarme una foto o incluso ponerse a grabar en cuanto empiece a mear.
A lo mejor ha estado grabando toda nuestra conversación y ya le he dado el material perfecto para dejarme en ridículo.
Por si acaso, decido colocarme justo entre el retrete y la ducha, con la espalda prácticamente pegada a la cortina.
Así, aunque Marcos se asomara, no tendría forma de ver nada, o al menos eso creo.
Miro hacia atrás desde izquierda y derecha, solo para asegurarme de que no tenga ningún ángulo de visión.
Solo entonces, me la saco de nuevo y trato de concentrarme en la tarea.
Tengo que darme prisa, porque ya ha pasado por lo menos un minuto más. ¿Cuánto rato llevo ya aquí?
Respiro hondo una, dos, tres veces.
No sale nada.
Mierda.
Sabía que esto iba a pasar. Es que lo sabía, joder.
Tendría que haberme aguantado hasta que terminara, por difícil que fuera.
O también podría haberme ido a la cocina a mear en un vaso, o en el fregadero, o qué se yo.
Lo que sea menos esto. Los segundos pasan, convirtiéndose en minutos, y sé que Marcos se va a dar cuenta de que todavía no está sonando ningún chorro, de que sigo sin ser capaz de mear.
Me siento avergonzado y ridículo, y lo peor es que estoy empezando a ponerme cada vez más nervioso y eso hace que me resulte todavía más difícil.
Por si fuera poco, saber que Marcos está desnudo prácticamente a mi lado tampoco ayuda.
El recuerdo de lo que ocurrió anoche acude a mi mente, pero me esfuerzo por enterrarlo.
«Venga, Fran», trato de animarme a mí mismo, aunque en parte eso hace que me sienta todavía más ridículo que antes. «Tú puedes.»
No es tan difícil, joder. Marcos no tiene ningún interés en mirarme; él mismo me lo ha dicho.
Y no va a sacarme una foto o un vídeo para reírse de mí, no cuando nos han obligado a ser hermanos y eso podría meterlo en problemas con nuestros padres.
Y, aunque nunca me haya caído muy bien, después de las últimas palabras que hemos intercambiado creo que al menos tendrá la decencia de no salir de la ducha hasta que yo no haya terminado.
Cierro los ojos. Respiro hondo de nuevo y trato de relajarme.
Intento calmar mi respiración y olvidar que Marcos se encuentra a solo un metro de donde yo estoy.
Los segundos transcurren con lentitud. Y, al fin, el chorro sale.
Primero con timidez, y después con más fuerza.
Suelto un suspiro de alivio mientras sigue saliendo.
Y sigue. Y sigue. Cuando al fin se detiene, creo que ya ha transcurrido un minuto entero como mínimo.
—Joder —dice Marcos desde la ducha cuando tiro de la cisterna—. Tremenda meada, ¿no?
Enrojezco hasta la raíz del pelo. Esa es una de las muchas razones por las que no me gusta mear con nadie cerca: me da una vergüenza terrible que me oigan.
Sin embargo, bastante ridículo ha sido ya todo como para seguir demostrando mi nerviosismo, así que trato de actuar como si no hubiera pasado nada.
—Ya te he dicho que me estaba meando —le recuerdo mientras me lavo las manos.
—No, si ya se nota —responde él entre risas.
Y entonces, a través del espejo medio empañado, veo que se abre la cortina de la ducha y ahí está Marcos.
Desnudo.