5.
No me despierto hasta pasadas las once de la mañana.
Me sorprende gratamente haber sido capaz de dormir toda la noche del tirón, cosa que no me esperaba al haber cambiado de casa.
La parte negativa es que tengo la vejiga a punto de explotar, así que me pongo en pie sin perder más tiempo y voy corriendo al cuarto de baño. Llevo la mano al pomo de la puerta, y…
Una vez más, no se abre. El pestillo está cerrado por dentro.
Joder. Otra vez.
Por supuesto, ahora comparto cuarto de baño con Marcos, así que tiene que ser él quien está dentro. Acerco el oído a la puerta y escucho el sonido del agua corriendo: todo apunta a que se está dando una ducha. Pero no puedo esperar a que termine, así que llamo a la puerta.
—¿Qué pasa? —grita él desde dentro, con la voz amortiguada.
—¿Te falta mucho?
—Pues un rato, si literalmente me acabo de meter en la ducha.
Mierda.
—Joder, es que me estoy meando.
—Bueno, pues entra si quieres —responde como si tal cosa, y entonces oigo que el agua se detiene—. Espera, que te abro el pestillo.
Me quedo aturdido durante un segundo, un tanto descolocado por la propuesta. No estoy muy acostumbrado a estas confianzas, precisamente, y menos por parte de Marcos.
—¡No! Tranquilo, que no hace falta.
Valoro mis opciones con rapidez mientras trato de aguantar para no mearme encima.
Natalia tiene su propio cuarto de baño, anexo a su habitación, pero esa opción queda descartada.
Tendría que llamar a su puerta, entrar en su cuarto y vivir un momento muy incómodo con una niña a la que apenas conozco y que de todos modos lo más probable es que siga durmiendo, así que prefiero ahorrarme el mal trago.
Pero no pasa nada. Mi madre y su nuevo supermarido no están en casa, así que puedo utilizar su baño. Cruzo los pocos metros que me separan de la habitación de mi madre y Antonio, giro el pomo, y entonces…
No se abre.
Venga ya. ¿En serio han cerrado la puerta con llave?
¿A cuento de qué? En casa, mi madre nunca cerraba su habitación con llave; esto ha tenido que ser cosa del gilipollas de su marido.
Pero la razón no importa; lo único relevante es el hecho de que ya solo me queda la opción que he descartado hace apenas unos segundos.
Trago saliva y, con un suspiro de resignación, vuelvo a llamar a la puerta.
—¿Marcos? —pregunto, ahora con cierta timidez. Debe de pensar que soy un coñazo, y con razón.
—¿Qué pasa ahora?
Tal como esperaba, suena exasperado.
—¿Te falta mucho?
Lo oigo resoplar, a pesar del sonido del agua.
—Joder, yo qué sé… Me gusta tomarme mi tiempo en la ducha —responde—. Ya te he dicho que puedes entrar si quieres, a mí me da igual.
—¿Seguro?
—Que sí. Ahora te abro.
En cualquier otra situación, me habría negado en rotundo, pero ahora soy absolutamente incapaz de esperar a que termine, sobre todo si dice que le gusta tomarse su tiempo. Y tampoco puedo pedirle que se dé prisa si ya me ha dicho dos veces que puedo entrar.
—Vale… gracias.
Oigo cómo cierra el agua de nuevo y, un segundo después, el sonido del pestillo abriéndose.
No entro de inmediato, sino que espero a que vuelva a sonar el agua corriendo para asegurarme de que no voy a verlo desnudo; sé que tendría que lavarme los ojos con lejía después de eso.
Solo entonces abro la puerta y entro, no sin cierta timidez.
El cuarto de baño está tan absolutamente lleno de vapor que, por un momento, me pregunto si no habré atravesado alguna especie de portal interdimensional que me haya dejado en Londres o algo por el estilo.
Camino hasta el retrete, situado justo al lado de la ducha.
Encima de él se encuentra la ropa de Marcos: una camiseta vieja que supongo que usará de pijama o para estar por casa…
y unos bóxers negros, iguales a los que llevaba ayer cuando nos encontramos en la puerta.
Enrojezco ligeramente al verlos, pero al menos él está en la bañera y no puede verme.
—¿Qué hago con tus cosas? —pregunto.
Él abre un poco la cortina de la ducha y se asoma. Yo me apresuro a girar la cara, no sea que pueda ver el color de mis mejillas.
—No sé, déjalas encima del bidé o algo —responde antes de volver a meter la cabeza en la ducha.
—Vale.
Algo nervioso sin saber muy bien por qué, cojo su ropa y la dejo encima del bidé.
Después, abro la tapa del retrete, me la saco y apunto en dirección al agua.
Pero entonces me encuentro con un nuevo problema: al estar justo al lado de la ducha, Marcos no tendría más que asomarse por la cortina para verme mear.
No sería tan raro que lo hiciera, porque ya lo ha hecho hace apenas unos segundos.
Y, teniendo en cuenta que soy de vejiga tímida y me resulta totalmente imposible orinar en público, aquella idea me deja paralizado.
Cada vez que tengo que ir a un baño público evito usar los urinarios, incluso cuando están vacíos.
Siempre voy a los cubículos, donde puedo sentirme a salvo entre esas cuatro paredes sin el peligro de que aparezca nadie por sorpresa cuando menos me lo espero.
Vuelvo a guardármela y contemplo mis opciones.
Ya he entrado en el cuarto de baño, así que ahora no puedo echarme atrás y decir que mejor espero a que acabe…
parecería que solo he entrado para tratar de verlo desnudo o algo por el estilo, y eso es lo último que querría.
Podría sentarme, supongo, aunque no creo que eso ayude demasiado a la timidez de mi vejiga.
Pero, si intento hacerlo de pie, tengo claro que no voy a poder dejar de pensar en que Marcos se está duchando a menos de un metro de distancia y me va a resultar absolutamente imposible.
Y, ahora que esa imagen se me ha pasado por la cabeza… ¿por qué tengo la tentación de echar un vistazo por la cortina de la ducha? ¿Y por qué toda la sangre de mi cuerpo parece haber decidido concentrarse en el lugar menos apropiado ahora mismo?
Trago saliva, dándome cuenta de que ha sido muy mala idea hacer esto. Y, aunque no sé cuántas veces van ya, vuelvo a lamentarme por no haberme hecho el harakiri cuando tuve la oportunidad.