El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 3.
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Por suerte, el momento no dura demasiado.

—Bueno, yo me muero de sueño —dice Natalia apenas unos segundos después de que nuestros padres salgan por la puerta, y se dirige hacia su habitación—. Buenas noches.

—Sí, yo también me voy a dormir —añade Marcos sin mirarme siquiera, y se marcha también a su cuarto.

Y ahí me quedo yo, solo en el pasillo de una casa desconocida, sin más alternativa que la de meterme en la habitación. Una habitación que, por mucho que se parezca a la de siempre, todavía no soy capaz de considerar como mía. Y tampoco sé si llegaré a hacerlo alguna vez.

Dentro, la sensación es extraña; todo me resulta muy familiar y al mismo tiempo no lo es.

Miro las estanterías que hemos traído esta mañana y las cajas repletas de libros y videojuegos que hay a sus pies.

Supongo que mañana me pasaré el día colocándolo todo en su sitio…

lo que sea con tal de evitar a mis nuevos hermanos de postín.

Me planteo brevemente la posibilidad de ponerme a hacerlo ahora mismo, pero estoy demasiado cansado; después de todo, ha sido un día de muchas emociones.

Así pues, me pongo mi pijama favorito, un pantalón azul con la camiseta blanca, y tras un prolongado bostezo, salgo un momento para ir al baño.

Cuando trato de abrir la puerta, esta no se abre. Frunzo el ceño, extrañado, y vuelvo a probar.

—¡Un momento!

Mierda. Marcos está dentro.

Por supuesto, ya sabía que lo de compartir el cuarto de baño con él no me traería nada bueno, pero tampoco me esperaba que las molestias comenzaran ya desde la primera noche.

Al menos, no tarda demasiado. Unos segundos después oigo el sonido de la cisterna, seguido del agua corriendo mientras se lava las manos.

Después, abre la puerta… y me quedo de piedra.

Está desnudo.

Pestañeo un par de veces, sorprendido, y entonces me doy cuenta de que en realidad no está desnudo del todo, aunque esa es la impresión que me ha dado al encontrarme con su pecho al descubierto frente a mí.

Sin embargo, al bajar ligeramente la mirada puedo ver que tiene los calzoncillos puestos, unos bóxers de color negro…

y absolutamente nada más. Me apresuro a apartar la mirada de golpe, antes de que parezca que estoy mirando demasiado.

—¿Tu padre no te ha enseñado a ir vestido por casa o qué? —le pregunto de malas maneras, mirándolo directamente a esos ojos grandes y castaños y tratando de ignorar su cara de idiota y esos rizos de oveja.

Sin esperar respuesta, me meto en el cuarto de baño y cierro el pestillo. Solo entonces me doy cuenta de que el corazón me está latiendo con fuerza, aunque no sé muy bien por qué.

Cuando vuelvo a mi habitación cinco minutos más tarde, me dirijo hacia mi cama.

Porque sí, al menos esta es mi cama, la misma donde llevo durmiendo los últimos cuatro o cinco años, desde que di el estirón y mi madre tuvo que comprarme otra.

Las sábanas me resultan más que familiares; he dormido entre ellas cientos de veces.

Sin embargo, hoy tengo la sensación de que hay algo diferente en la cama, como si no terminara de encajar aquí.

Como si la hubieran sacado de su ubicación legítima para dejarla en un lugar extraño.

O tal vez sea solo que no me gusta estar aquí, pero claro… ¿qué le voy a hacer?

Con un suspiro, me meto en la cama. El colchón es el mismo de siempre, al igual que el tacto de las sábanas y hasta el olor del suavizante que utiliza mi madre desde que tengo uso de razón.

Si cierro los ojos, casi puedo imaginar que nada ha cambiado y que estoy en mi habitación de siempre y no en esta especie de falsificación; casi puedo imaginar que podré irme a dormir y cuando despierte estaré en mi casa, en la de verdad, y que nada habrá cambiado.

Pero, entonces, oigo un ruido al otro lado de la pared y la ilusión se rompe. Lo primero es el sonido de la ventana cerrándose, y después, la persiana bajando. Apenas unos segundos más tarde, oigo el sonido del colchón cediendo cuando Marcos se mete en la cama, justo al otro lado de la pared.

De pronto me doy cuenta de algo que no había pensado hasta ahora: ahora mismo, Marcos está acostado a solo un par de metros de donde yo estoy.

Tanto mi habitación como la suya tienen una forma similar a una L, pero la de Marcos está invertida y en el hueco que queda entre ambas es donde se halla el cuarto de baño.

Mi cama se encuentra en el extremo de la habitación que da con la suya, y por lo que he podido oír, su cama debe de estar justo al otro lado de la pared.

Mientras me abrazo a la almohada (la de siempre; también me la he traído de casa) y me pongo cómodo, me invade una nueva preocupación: si vamos a dormir pared con pared, ¿voy a tener que escuchar sus ronquidos?

Porque, como sea así, no voy a tener más remedio que mover mi cama hasta la pared contraria, y eso me fastidiaría por completo la distribución.

Al menos, por el momento no oigo ningún ronquido.

Pero, mientras estoy ahí tumbado, con los ojos cerrados y tratando de encontrar un sueño que parece no querer acudir a mí, de pronto comienzo a oír un sonido diferente que llega desde el otro lado de la pared.

Es un ligero chirrido del colchón, un sonido rítmico que reconozco a la perfección porque ya lo he oído miles de veces en mi vida.

Ni siquiera necesito oír su respiración jadeante para estar seguro, pero entonces la oigo también y eso lo confirma todavía más.

Esto es de rigurosa coña. Se está haciendo una putísima paja.