2.
El trayecto en coche no podría ser más incómodo. La parte positiva es que es relativamente breve; tan solo dura un poco más de quince minutos.
La parte negativa es prácticamente todo lo demás.
Para empezar, mi esperanza de poder ir en el coche de mi madre a solas con ella quedó aplastada de inmediato cuando me dijo que no se lo había traído.
Supongo que tiene lógica; como ha tenido que arreglarse para la boda y todo eso, la han traído para que no tuviera que conducir.
Así pues, ahora estamos yendo todos en el coche de Antonio, como si fuéramos una gran familia feliz. Hay que joderse.
Para mi desgracia, el putísimo Marcos se ha sentado en el medio.
No es algo que hayamos decidido; simplemente ha pasado.
Yo me subí a la parte de atrás del coche por el lado derecho, que es el que más me gusta porque estoy acostumbrado a ir de copiloto con mi madre, y me puse el cinturón para que nadie me pidiera moverme.
No me molesté en preguntar a mis hermanos postizos dónde preferían sentarse ellos; no quería crear un precedente que pudiera volverse en mi contra más adelante. No pienso aguantar exigencias de nadie.
El problema es que Marcos fue el primero en entrar por el otro lado, seguido por Natalia.
Conteniendo un suspiro de resignación, me pegué a la puerta todo lo que pude para evitar el más mínimo contacto con él, cosa que pronto descubrí que era bastante complicada ahora que tenemos que estar los tres aquí atrás, sobre todo teniendo en cuenta que los dos somos altos y él es bastante corpulento.
Trato de ignorar el roce de su muslo contra el mío cada vez que el coche gira.
Mi madre y su nuevo marido están exultantes, claro. Pero se ve que Marcos y yo tenemos más cosas en común de lo que pensaba, y es que ninguno de los dos queremos dormir en la nueva casa esta noche.
—Joder, ¿pero por qué no puedo irme a dormir a casa de Vero y Víctor? —pregunto una vez más, tras unos minutos de silencio incómodo—. Sus padres me han dicho que no hay problema.
Tengo que estar muy desesperado para querer pasar la noche en casa de mi tío, pero así son las cosas.
—Porque, si tú te vas, Marcos también tiene derecho a irse con sus amigos —me recuerda ella—. Pensé que ya habíamos zanjado el asunto, Fran.
Me encojo de hombros.
—Pues que se vaya, ¿a mí que más me da?
—Natalia no puede quedarse sola en casa —dice Antonio, tajante, y su tono me hace apretar la mandíbula—. Tenéis que hacer de hermanos mayores.
—Que no tengo doce años, ¿eh? —se queja ella.
Pongo los ojos en blanco de cara a la ventana. Puede que no tenga doce años, pero solo tiene catorce. Por muy mayor que se crea, para el caso viene a ser más o menos lo mismo. Lo que no entiendo es por qué tengo que fastidiarme yo por ello.
Enfadado, aprieto los labios y me aguanto las ganas de contestar.
Yo no pedí tener hermanastros. Me jode que no pueda quedarse Marcos a cuidar de su hermana como sería lo lógico, en lugar de fastidiarme a mí de rebote.
Y, por supuesto, también me jode que mi madre vaya a irse y me deje allí con ellos.
Pero lo que más me jode de todo es saber que no me va a servir de nada tratar de protestar, así que permanezco en silencio durante el resto del trayecto, tratando de ignorar el brazo de Marcos contra el mío. Por supuesto, no lo consigo.
Diez incómodos minutos más tarde, llegamos al fin a la casa y Antonio aparca el coche en un hueco que encuentra en la calle.
No se molesta en meterlo en el garaje del edificio; tan solo van a dejarnos, recoger unas pocas cosas, y después se marcharán.
A follar al hotel. Me arrepiento de no haberme hecho el harakiri.
Ya hemos venido muchas veces a la casa nueva desde que la compraron hace poco más de un mes y comenzaron a prepararla, aunque mi madre y Antonio habían decidido que no dormiríamos aquí hasta que se hubieran casado y fuéramos oficialmente una familia.
No sé para qué tanta tontería si al final ahora se van a ir a un hotel, pero bueno.
El caso es que, durante estas últimas semanas, mi madre y yo hemos estado trayendo la mayoría de nuestras cosas en viajes diarios en coche.
Día a día, y muy a mi pesar, mi habitación de toda la vida ha empezado a ser cada vez menos mía, mientras que la nueva se ha ido pareciendo cada vez más a la antigua.
Para cuando llegó la semana de la boda, mi nuevo cuarto era una réplica casi perfecta del anterior, pero con más espacio todavía.
Lo único que faltaba era la cama y un par de estanterías, que han llegado esta mañana.
Sin embargo, aunque tengo que admitir que estoy contento dentro de lo que cabe con mi nueva habitación —me estremezco ante la idea de que podría haber acabado compartiendo cuarto con Marcos si no hubieran encontrado una casa de cuatro habitaciones—, hay algo que empaña esa dudosa felicidad a la que he tratado de aferrarme en mitad del desastre: a partir de ahora, voy a tener que compartir cuarto de baño con él.
Y algo me dice que de eso no puede salir nada bueno.
Todos los dormitorios de la casa se encuentran en el mismo pasillo.
En uno de los lados es donde está la habitación de matrimonio, con un gran cuarto de baño anexo.
En la puerta de al lado se encuentra el dormitorio más pequeño, que curiosamente también tiene su propio baño, aunque mucho más reducido.
Esa va a ser la habitación de Natalia, que estaba encantada de quedarse con la más pequeña si a cambio podía tener un cuarto de baño que no tuviera que compartir con nadie.
Por supuesto, el hecho de que no quiera compartir baño con Marcos me hace temerme lo peor.
En la pared de enfrente del pasillo se encuentran los otros dos dormitorios, de tamaño idéntico y con un cuarto de baño justo en medio al que se entra desde el pasillo.
Esas van a ser mi habitación y la de Marcos, y el baño será para los dos.
¿El problema? Que a todos les parecía una idea estupenda menos a él y a mí mismo, por mucho que me fastidiara que estuviéramos de acuerdo en algo.
Según mi madre, lo lógico es que los chicos compartamos el mismo cuarto de baño y que Natalia tenga el suyo.
Marcos, por su parte, había tratado de convencer a su hermana para que se quedara con su habitación y compartiera el baño conmigo, pero no hubo manera.
Yo también me ofrecí a darle mi cuarto para quedarme con el más pequeño…
y mi propio baño, claro. ¿Su respuesta? Que estaba harta de haberse pasado años compartiendo baño con hombres y no pensaba volver a hacerlo en la vida.
¿Con qué clase de persona me están obligando a convivir?
Llevo ya varios días trazando en mi mente planes para utilizar el baño de la facultad lo máximo posible, y hasta he empezado a plantearme la posibilidad de apuntarme al gimnasio para no tener que ducharme en casa, aunque eso signifique tener que rodearme de gymbros .
Pero, por el momento, esto es lo que hay: Marcos y yo vamos a compartir baño, y ahora que ya no hay marcha atrás, supongo que lo mejor será que me acostumbre cuanto antes.
Qué bien.
Cuando ya estamos en la casa nueva —me niego a decir «en casa»—, Natalia lloriquea un poco para que nuestros padres no se vayan. Trato de contener la necesidad de poner los ojos en blanco; menos mal que no tenía doce años.
—No te preocupes, cariño —le dice mi madre—. Si vamos a volver después de comer.
Natalia hace un mohín, que mi madre responde con un abrazo.
No es la primera vez que les veo hacer algo así, y no puedo evitar sentir una punzada de celos todas y cada una de las veces.
Llevo diecinueve años de mi vida acostumbrado a ser hijo único, y la idea de que mi madre la trate como si de verdad fuera su hija me resulta extraña.
Durante este último año ha surgido cierta complicidad entre ellas; una complicidad que no existe entre Antonio y yo, y mucho menos entre Marcos y yo.
Natalia ha encontrado en ella a la madre que perdió y mi madre ha encontrado a la hija que nunca tuvo, pero yo tengo que vivir con gente que ni siquiera me cae del todo bien.
Bueno, miento: en el caso de Marcos, tengo claro que me cae como una patada en los huevos. Con unas botas con las puntas de metal.
—Bueno, hijo —dice mi madre, acercándose a mí—. Nos vamos ya, ¿vale?
—Vale —respondo simplemente; sé que decir algo más delataría cómo me siento.
—Alegra un poco esa cara, que mañana nos vemos—me pide ella mientras me acaricia la mejilla, malinterpretando el motivo de mi expresión, con una sonrisa que me esfuerzo por devolverle —. Y no os acostéis demasiado tarde, ¿vale? Ahora eres el hermano mayor, así que tienes que responsabilizarte.
Pongo los ojos en blanco.
—Marcos y yo solo nos llevamos dos o tres meses —señalo—. Además, no es mi hermano.
—Ahora sí —insiste ella, todavía sonriente, y me da un abrazo. Tengo que admitir que me reconforta un poco darme cuenta de que es mucho más largo que el que le ha dado a Natalia—. Pórtate bien, ¿vale?
—Que sí…
Mientras tanto, Marcos y Antonio han terminado ya de despedirse, y este último se acerca a mí con una sonrisa vacilante en los labios.
No puedo evitar pensar que esta misma noche va a follarse a mi madre, y la simple idea hace que me entren ganas de vomitar.
Mis pensamientos deben de reflejarse en mi cara, porque parece que no tiene muy claro qué decir.
—Bueno, hijo…
—Fran —lo corrijo. Miro de reojo hacia mi madre, que le está dando un abrazo breve a Marcos.
—Fran. —Su sonrisa tiembla ligeramente—. Tu madre y yo nos vamos ya, ¿vale?
—Vale.
Nos quedamos inmóviles durante un instante, sin saber muy bien qué hacer.
Es todo tan incómodo, tan distinto al abrazo que mi madre le ha dado a Natalia o incluso a Marcos…
Por suerte, mi padrastro no trata de hacer ningún acercamiento extraño, y un par de segundos más tarde, asiente con la cabeza y se dirige hacia la puerta para marcharse.
—¡Hasta mañana! —se despide mi madre, risueña—. ¡Y portaos bien!
—Que sí… —respondemos al unísono, tal vez lo más cerca que estemos jamás de parecer hermanos de verdad.
Entonces, salen por la puerta y ahí nos quedamos los tres, sin saber muy bien qué hacer.
El peso de la situación cae de golpe sobre mí. Realmente voy a tener que pasar la noche solo con ellos. Con Natalia… y con el putísimo Marcos.
Me arrepiento una vez más de no haberme clavado ese cuchillo en las tripas.