El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1)
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1.
Solo hay una cosa peor que el hecho de que tu madre se eche novio: que, un año después, la cosa vaya tan bien que tomen la decisión de casarse y de que vivamos con sus hijos todos juntitos, como si fuéramos una gran familia feliz.
Bueno, miento. En realidad, sí que hay algo peor: que tu nuevo hermano postizo en tu nueva familia feliz inexistente sea nada menos que uno de los imbéciles que tuviste la desgracia de conocer en el instituto.
Ya ha pasado más de un año desde la Gran Revelación y casi seis meses desde que nuestros padres anunciaron su compromiso y todavía no me he hecho a la idea.
Marcos. El putísimo Marcos. Fui muy feliz cuando terminé el instituto y pude perder de vista para siempre a muchos de mis compañeros de curso, y él era precisamente uno de ellos.
¿Qué clase de atrocidad habré cometido en una vida pasada para tener que vivir ahora bajo el mismo techo que él?
¿O a lo mejor se trata de alguna especie de castigo cósmico por algo que haya hecho en esta vida?
Vale, sí, puede que haya hecho cosas malas, pero… ¿acaso he matado a alguien? Pregunto.
Y, sin embargo, aquí estamos, en el día de la boda. O más bien la noche, porque parece que la cosa ya está llegando a su fin. Y menos mal, porque no sé si sería capaz de aguantar mucho más.
Nunca me han gustado las bodas y esta no ha sido una excepción, pero al menos tengo que admitir que no he sentido tanta vergüenza ajena como esperaba.
Además, mi madre y Antonio, su nuevo supermarido , han tenido la decencia de sentarme con gente con la que he podido sentirme cómodo de verdad, es decir, mi auténtica familia.
Si me hubieran sentado con Marcos y Natalia, en plan «mesa de los niños» o algo por el estilo, lo más probable es que hubiera cogido el cuchillo de la tarta para clavármelo en las tripas delante de todos y traumatizarlos de por vida.
Por suerte, no ha hecho falta llegar a esos extremos.
Pero al fin ha llegado el momento inevitable, algo que temía más que la propia boda: la vuelta a casa, o mejor dicho, la llegada a nuestra nueva casa.
Me pregunto cómo vamos a ir. ¿Yo con mi madre en su coche, y mi nueva familia postiza en el suyo?
¿O es que a partir de ahora vamos a montar los cinco en el mismo coche, en plan familiar?
Espero que, si es así, al menos Natalia se siente entre Marcos y yo.
Bastante duro va a ser tener que compartir techo con él como para encima correr el riesgo de rozarle el brazo por accidente.
Me estremezco solo de imaginármelo.
De pronto, la música se detiene y oigo un carraspeo por el sistema de megafonía.
Mi prima Vero y yo dejamos a medias nuestra conversación sobre el último disco de Darío, nuestro cantante favorito, y dirigimos la mirada hacia el escenario.
Allí está Antonio, con el micrófono en la mano.
Mi madre lo observa a unos metros de distancia, embelesada, y eso me provoca una sensación extraña en el estómago que no sé identificar.
—Bueno… Antes de irnos, me gustaría pediros un momento de atención, por favor. —Ni siquiera tendría que pedirlo; ya estamos todos con los ojos fijos en él—. Tengo una sorpresa más para mi maravillosa esposa… Aunque todavía no me puedo creer que sea mi esposa, la verdad.
Quiero morirme del cringe , pero mi madre parece encantada de la vida.
—Cómo se flipa, ¿no? —dice Vero en voz baja, apartándose el flequillo oscuro de la cara. Su hermano, mi primo Víctor, se ríe disimuladamente.
—Ya te digo.
Mi tío Jesús, el turbofacha que parece el primo de Gollum, nos chista sonoramente.
Sus hijos y yo nos miramos y ponemos los ojos en blanco; los tres estamos deseando que su madre se divorcie de él de una vez por todas.
Al menos, mis primos no han heredado sus atributos físicos y se parecen más a mi lado de la familia, a excepción del pelo rubio que compartimos mi madre, la suya y yo.
—Belén, mi amor… —continúa Antonio—. Acércate un momento, por favor.
—Mi madre se acerca a él y me esfuerzo por contener las ganas de poner los ojos en blanco cuando se dan un beso en los labios y el público aplaude mucho más tiempo del necesario—.
Como ya sabes, pasado mañana sale nuestro avión para la luna de miel en Canarias.
Pero quería darte una sorpresa más: esta noche no vamos a dormir en nuestra nueva casa.
En lugar de eso, he reservado la suite nupcial del Gran Hotel Real.
Supongo que el hotel debe de ser carísimo, porque la mitad de los asistentes ahogan un grito.
Mi madre parece encantada y se lanza a los brazos de su nuevo supermarido mientras todo el mundo comienza a aplaudir…
otra vez. Oigo que dice algo, pero no soy capaz de distinguir sus palabras por encima del estruendo.
Hay hasta gente silbando, y por un momento pienso que voy a morirme de vergüenza ajena.
La idea de clavarme el cuchillo de la tarta vuelve a aparecer en mi mente.
—¿En serio hacía falta decir delante de todo el mundo que quiere llevarse a mi madre para follársela a gusto esta noche? —le pregunto a Vero, asqueado.
—Bueno, tú míralo por el lado positivo. Mejor que lo hagan fuera de la casa que dentro. Imagina que se emocionan y los oyes, que al fin y al cabo es su noche de bodas…
—Qué puto asco, coño. —Me estremezco ante sus palabras sin poder evitarlo, y Víctor comienza a reír a carcajadas—. Cállate, anda.
—Joder —dice Vero de repente—. Ahora que caigo…
—¿Qué pasa?
—Se van a ir esta noche a un hotel. ¿Te has dado cuenta de lo que significa eso?
—¿El qué? —pregunto, algo confuso. Lo de follar ya lo hemos dicho. ¿Puede haber algo peor?
—Que te va a tocar pasar la noche en tu casa nueva con tus queridos hermanitos nuevos, los tres solos.
Se me cae el alma a los pies al comprender que tiene razón.
—Mira, calla. Lo que me faltaba.
—Vente a dormir con nosotros —propone Víctor.
—No me van a dejar ni de coña.
—Bueno, tampoco creo que vaya a ser para tanto —replica Vero, y baja la voz para que los demás no puedan oírnos. Además, tu hermano está bastante bien.
Me quedo boquiabierto, tratando de procesar sus palabras.
—Tú estás borracha.
—¡Lo digo en serio! A ver, vale que te caiga mal, pero tienes que admitir que tiene su punto. Además, ¿a ti no te gustaban los que son así tipo osetes?
No le falta razón. Si no fuera un imbécil, Marcos sería justo la clase de chico que me gustaría.
Es más corpulento que yo y cuando no se afeita tiene la barba cerrada, a pesar de que él tampoco ha cumplido los veinte años, y he visto que le asoma algo de vello por el cuello de la camisa.
En circunstancias diferentes, en un universo muy diferente, me resultaría de lo más atractivo.
Pero, como es gilipollas, tan solo me da asco y ya está.
—Sigue siendo un imbécil —respondo.
—Pues imbécil o no, vas a tener que acostumbrarte. Porque a partir de ahora vais a dormir los dos bajo el mismo techo.
Suelto un suspiro de resignación. Esta misma mañana ha venido el camión de la mudanza para llevarse mi cama, algunos muebles y varias cajas a la casa nueva, así que ya no puedo volver a mi habitación de siempre, a menos que quiera dormir en el suelo.
Y, aunque no me hacía ninguna gracia la idea de mudarme, pensaba que al menos tendría a mi madre conmigo durante esa primera noche y el primer día allí.
Pero Vero tiene razón: si mi madre y su marido se van ahora a un hotel, voy a tener que pasar la noche y el primer día en casa con una cría que ni siquiera conozco y un tío que me cae como el culo.
Real que me cago en mi vida.