El chat que me cambió la vida Capítulo 33
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Capítulo 33

Iván

Habían pasado cuatro meses desde que me comporté de aquella manera con Candela. Cuatro meses que parecían cuarenta años, porque no había conseguido levantar cabeza desde entonces.

Por supuesto, y aunque Dafne seguía viviendo en mi casa, no había mantenido relaciones sexuales ni con ella ni con ninguna otra mujer. También había puesto en conocimiento del juzgado las amenazas de mi ex respecto a la que se suponía que era mi hija porque sí, era una niña.

Me negaba a comprar nada para la bebé porque mi intuición me decía que había algo en toda aquella historia que no terminaba de encajar y, para salir de dudas, en cuanto naciera me sometería a una prueba de paternidad.

Si era mi hija, lucharía por conseguir su custodia y ejercería todos mis derechos como padre; si no lo era, lo sentiría muchísimo por la pequeña, pero Dafne tendría que abandonar mi casa.

A Dafne todavía le quedaban varios meses de embarazo y nada hacía pensar que aquella mañana pudiera ocurrir algo así. Sin embargo, en mitad de una de nuestras discusiones, la vi contraerse de dolor y, de pronto, empezó a sangrar.

No voy a decir que no me asusté porque sería mentira. Me dio pavor que pudiera ocurrirle algo por culpa de la discusión que acabábamos de tener. Llamé rápidamente a una ambulancia y la ayudé a sentarse en el sofá mientras lloraba y se retorcía de dolor.

Los sanitarios me hicieron varias preguntas sobre el embarazo, la medicación que tomaba y las revisiones que había seguido. Por sus caras entendí que el sangrado no era normal y que la situación podía ser más seria de lo que yo había imaginado.

—Tranquila, Dafne, no os va a ocurrir nada, de verdad —le dije mientras le cogía la mano.

—No te apartes de mi lado, por favor.

—No lo haré. Tú intenta relajarte para que todo salga como tiene que salir.

No es que, de golpe y porrazo, mis sentimientos hacia ella hubieran cambiado, ni mucho menos, pero, en una situación así, no podía desearle el mal a nadie. Ya fuera por los años que habíamos pasado juntos o por aquella niña que venía en camino, solo quería que las dos estuvieran bien.

La subieron a la ambulancia y emprendimos el camino hacia la clínica.

Durante todo el trayecto no dejé de preguntarme qué podía haber ocurrido.

Hasta ese momento, al menos que yo supiera, el embarazo había evolucionado con normalidad y Dafne acudía a todas sus revisiones, así que no entendía qué podía haber provocado aquel sangrado.

—Ya hemos avisado al doctor Santana, señor Montero. Vamos a llevar a la señorita a la sala de registros. Si quiere, puede acompañarla —me dijo una enfermera en cuanto llegamos.

—Sí, por favor. No podría quedarme en la sala de espera sin saber qué está ocurriendo.

—Sígame.

Entré en una habitación y me encontré a Dafne tumbada en una camilla, con unas correas alrededor del vientre conectadas a un monitor. No entendía nada de lo que aparecía en aquella pantalla, pero las expresiones de las enfermeras me decían que algo no iba bien.

—Buenos días. Vamos a ver qué está ocurriendo aquí —dijo el doctor Santana nada más entrar.

—Buenos días, doctor. Esta mañana, en mitad de una discusión, Dafne ha empezado a sangrar y a retorcerse de dolor —le expliqué.

No quería ocultar nada que pudiera poner en peligro a ninguna de las dos.

Cuando el doctor habló de una cesárea de urgencia, sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

Hasta ese momento había querido pensar que todo se quedaría en un susto, pero su expresión dejaba claro que la situación era mucho más seria.

—No podemos saber si la discusión ha influido o no, señor Montero, pero ahora mismo eso es lo menos importante.

El sangrado es considerable y la bebé está mostrando signos de sufrimiento, así que vamos a practicarle una cesárea de urgencia.

Cuando las dos estén fuera de peligro, hablaremos con más tranquilidad.

—Gracias, doctor.

Se llevaron a Dafne rápidamente al quirófano, sin perder un solo minuto, mientras yo esperaba en aquel mismo pasillo a que todo terminara. No sé cuánto tiempo pasó, pero a mí me pareció una eternidad.

—Señor Montero, Dafne está estable. La bebé ha nacido muy prematura y está siendo atendida en Neonatología. De momento también se encuentra estable, pero necesitará permanecer ingresada y todavía es pronto para saber durante cuánto tiempo.

—Gracias, doctor. ¿Qué ha ocurrido exactamente?

—Ahora mismo lo importante es que las dos están estables. Hay aspectos del historial médico de Dafne que no puedo compartir con usted sin su consentimiento.

—Doctor, necesito saber si esa niña es mi hija.

—Eso no puedo decírselo yo. Si tiene dudas sobre la paternidad, la única manera de resolverlas con seguridad es mediante una prueba específica.

Os prometo que tuve que sentarme porque, de haber permanecido de pie, habría terminado en el suelo. Las piernas dejaron de sostenerme.

—Pues quiero que se la hagan. Necesito saberlo.

—Podemos indicarle cómo iniciar el procedimiento para aclarar la paternidad, pero tendrá que esperar al resultado definitivo.

—Haga lo que tenga que hacer, doctor. No quiero seguir viviendo con esta duda.

El doctor me pidió que lo acompañara por el pasillo y, cuando llegamos a Neonatología, vi a una niña diminuta dentro de una incubadora.

Me quedé mirándola durante unos segundos y dos lágrimas resbalaron por mi cara.

Por mucho que dudara de que fuera mi hija, verla allí, tan pequeña y vulnerable, consiguió revolverme por dentro.

Antes de marcharme, pedí toda la información necesaria para iniciar cuanto antes el procedimiento de la prueba de paternidad. Necesitaba una respuesta definitiva y ya no estaba dispuesto a seguir viviendo entre dudas y amenazas.

Mi primera intención fue irme sin ver a Dafne.

Estaba demasiado enfadado y sabía que no era el momento de decirle las cuatro cosas que llevaba meses guardándome mientras todavía se recuperaba de una cesárea de urgencia.

Sin embargo, cuando pasé cerca de su habitación, terminé deteniéndome.

Había una pregunta que necesitaba hacerle y, después de todo lo ocurrido, no pensaba esperar más.

Entré y la encontré despierta, con el rostro cansado y la mirada perdida. En cuanto me vio, intentó incorporarse un poco en la cama.

—Iván…

—He pedido información para hacer una prueba de paternidad en cuanto sea posible —la interrumpí—. Y quiero que me digas la verdad de una puta vez, Dafne.

Su expresión cambió y apartó la mirada.

—¿Qué quieres saber?

—Si existe alguna posibilidad de que esa niña no sea mía.

Guardó silencio durante demasiado tiempo.

—Dafne, mírame y contéstame.

Inspiró profundamente antes de volver los ojos hacia mí.

—Sí, existe.

Sentí que se me cerraba el estómago.

—¿Qué coño significa eso?

—Que aquella época fue complicada y estuve con otros hombres.

—¿Con otros hombres? ¿Cuántos?

—No lo sé, Iván. Varios.

Me quedé mirándola sin saber qué decir durante unos segundos.

—¿Y no tienes ni puta idea de quién puede ser el padre?

Negó despacio con la cabeza.

—No.

Tuve que apartarme de la cama y pasarme las manos por la cara.

Había pasado meses aceptando que aquella niña podía ser mía, permitiendo que Dafne se instalara en mi casa y aguantando sus amenazas, mientras ella sabía desde el principio que yo no había sido el único hombre con el que se había acostado.

—Y aun así me dijiste que era mía.

—Porque las fechas coincidían y quería que fueras tú.

—Que quisieras que fuera mío no significa que lo sea.

—Iván…

—No. Ya has mentido suficiente.

No quise seguir hablando. La prueba de paternidad daría la respuesta definitiva y, hasta entonces, no tenía nada más que decirle.

Salí de la habitación intentando controlar la rabia y me dirigí hacia la salida del hospital, pero no llegué a abandonarlo porque vi entrar a Teo bastante alterado.

Mi primera intención fue llamarlo, aunque terminé pensándomelo mejor. En lugar de hacerlo, lo seguí a cierta distancia y conseguí escuchar parte de la conversación que mantenía.

—Verás como no le ocurre nada. Seguro que ha sido algo nervioso.

—Según Adrián, que ha sido quien me ha llamado y estaba con ella en la consulta, ha sufrido una fuerte crisis de ansiedad.

—Espero que no le haya afectado al embarazo y que el bebé esté bien.

En ese momento me frené en seco.

¿Candela estaba embarazada?

¿Tan lejos había llegado su relación con Adrián?

Los seguí a cierta distancia hasta el pasillo donde se encontraba Candela. Necesitaba verla, saber que estaba bien y entender qué coño estaba pasando.

Justo cuando iba a acercarme, la madre de Dafne me interceptó y empezó a ponerme como los trapos, aunque apenas conseguía escucharla. Entonces apareció Teo, que me miró con una expresión difícil de descifrar, a medio camino entre el alivio y la preocupación.

—¿Se puede saber a qué vienen esos gritos?

—Quiero ver a Candela. Necesito saber cómo está ella y cómo está su bebé.

—Un poquito tarde, ¿no crees?