Capítulo 32
Candela
Habían pasado ya cuatro meses desde que envié aquel correo electrónico renunciando a mi puesto de trabajo y me marché de la casa en la que vivía con mis amigas. Iván fue a buscarme en cuanto regresó a Granada, pero, por suerte, yo ya no estaba allí.
Mi vida había cambiado mucho, y es que una bonita ilusión había echado raíces en mi corazón, consiguiendo que volviera a latir con fuerza.
No os vayáis a pensar que me había enamorado de nuevo.
Bueno, un poco sí, pero no de otro hombre ni tampoco de una mujer, sino de lo que estaba creciendo dentro de mi vientre.
Sí, mi hijo era de Iván, fruto de aquella noche del congreso en la que terminé sintiéndome utilizada por él. Adrián se portó conmigo como un verdadero amigo y, a día de hoy, seguía haciéndolo, porque me trataba como a una hermana pequeña, igual que Samuel, su marido.
En cuanto me convenció para que presentara mi renuncia, me puso delante un contrato para trabajar como asistente de Samuel.
Adrián llevaba años con la misma persona a su lado y no tenía intención de cambiarla, pero su marido necesitaba cubrir ese puesto y pensaron en mí.
Las condiciones eran incluso mejores que las que había tenido con Iván.
Durante esos meses también se resolvió el asunto de mi antiguo trabajo.
Mi abogado llegó a un acuerdo con la empresa por el despido improcedente y recibí la cantidad que me correspondía.
El dinero era lo de menos; lo importante para mí fue comprobar que, al menos en aquella ocasión, nadie conseguiría hacerme cargar con una culpa que nunca había sido mía.
También me dijo que debía marcharme de la casa en la que vivía porque sería el primer lugar donde Iván iría a buscarme.
De momento, podía quedarme con ellos hasta que encontrara algo que me gustara.
Así que eso hice: fui a casa, donde estaban todos reunidos, y les di las explicaciones que fui capaz de darles en aquel momento.
—Chicos, me ha sucedido algo y tengo que marcharme de esta casa. Ahora mismo no soy capaz de contaros nada, pero no dudéis de que lo haré en cuanto tenga fuerzas.
—Dime que esto no tiene nada que ver con Iván —me dijo Teo.
—Tiene todo que ver, pero, de verdad, ya os lo contaré.
Recogí mis cosas y me marché. Samuel había ido a recogernos al aeropuerto y tanto él como Adrián me esperaban abajo, en el coche. Desde allí nos fuimos hasta su mansión, porque aquello no se podía llamar simplemente casa.
El momento en el que me hice aquella prueba de embarazo, sola en el baño de mi habitación y sin haberle dicho nada a nadie, fue algo que me marcaría para siempre.
Me senté en el suelo con la espalda apoyada en la pared, el palito entre las manos y las dos rayitas rosas delante de mis ojos, mirándolas durante tanto tiempo que llegué a pensar que quizá, si parpadeaba lo suficiente, una de ellas terminaría desapareciendo, pero las dos seguían ahí y no dejaban lugar a dudas.
Ni siquiera tuve que echar demasiadas cuentas para saber que aquel bebé era de Iván. Desde Jorge no había estado con ningún hombre antes que con él y, después de aquella noche en el congreso, tampoco había vuelto a acostarme con nadie. Así que no había ninguna duda: aquel hijo era suyo y mío.
Me llevé una mano al vientre aunque todavía no hubiera nada que pudiera sentir y las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas.
No sabía si lloraba de miedo, de emoción o de las dos cosas a la vez, pero sí tenía claro que, desde ese instante, mi vida había vuelto a cambiar y que ya no estaba sola.
Cogí el teléfono y busqué el nombre de Iván entre mis contactos. Durante unos segundos me quedé mirando la pantalla, con el dedo suspendido sobre el icono de llamada, debatiéndome entre hacer lo que sabía que debía y protegerme de todo aquello para lo que todavía no me sentía preparada.
Podía llamarlo y contárselo. Es más, seguramente debería hacerlo, pero no fui capaz.
Decirle que estaba esperando un hijo suyo significaba volver a abrir una puerta que me había costado demasiado cerrar.
También suponía permitir que Dafne regresara de alguna manera a mi vida, escuchar explicaciones para las que todavía no estaba preparada y enfrentarme de nuevo a todo aquello de lo que apenas empezaba a recomponerme.
Al final apagué la pantalla y dejé el móvil en el suelo, a mi lado.
—Lo siento —susurré, sin saber muy bien si se lo estaba diciendo a Iván, al bebé o a mí misma.
Permanecí allí un buen rato, hasta que conseguí dejar de llorar y reuní fuerzas suficientes para levantarme. Todavía no sabía cómo iba a hacerlo ni qué ocurriría a partir de ese momento, pero sí sabía una cosa: aquel niño ya era lo más importante de mi vida.
A partir de aquel momento empecé a buscar casa.
Quería estar instalada antes de que naciera mi bebé, que llegara al mundo teniendo un hogar propio esperándolo, y lo encontré.
Un magnífico chalecito cerca de donde vivían Adrián y Samuel, con su pequeño jardín y una piscina que nos vendría de maravilla para sobrellevar los meses de calor.
Ni que decir tiene que todos los artículos, muebles y demás cosas destinadas a mi bebé corrieron por cuenta de Adrián y Samuel. Mis amigas también se volvieron locas comprando cosas y, al igual que Teo y Miguel, se declararon oficialmente sus tíos postizos.
Sabía que ocultarle el embarazo no era una decisión pequeña y que, seguramente, muchos pensarían que estaba siendo injusta con él. Yo misma lo pensaba algunas noches.
Pero cada vez que imaginaba volver a tenerlo delante recordaba cómo había salido de aquel baño del hotel dejándome allí sola, cómo había permitido que Dafne se instalara en su casa y cómo, una vez más, yo había terminado sintiéndome la segunda opción de un hombre.
Necesitaba tiempo, aunque no supiera cuánto, antes de volver a poner mi corazón y el de mi hijo en sus manos.
—Chicos, por favor, no quiero que Iván se entere de esto.
—No lo veo justo, Candela. Este sí que es su hijo. El otro, el que espera Dafne, no tengo yo tan claro que lo sea —me dijo Teo.
—Bueno, pero me da igual, porque él ya ha elegido.
—Más bien no ha tenido elección, amiga —añadió Miguel.
—Me da igual. Este bebé es solo mío y de nadie más.
—Está bien, si lo tienes tan claro… Pero tengo que decirte que Iván no es el mismo desde que volvió de aquel congreso. Está demacrado, tiene unas ojeras tremendas y ha perdido mucho peso.
—Pues lo siento por él, de verdad que sí. Ojalá encuentre la felicidad al lado de la mujer con la que ha elegido compartir su vida.
Aquella mañana me tocaba revisión con el ginecólogo y, como siempre, me acompañaba Adrián.
Samuel, en esta ocasión, no podía venir porque tenía una reunión importante.
Mi embarazo lo llevaba el doctor Santana en una clínica privada que, por supuesto, corría por cuenta de mis chicos, de mis ángeles de la guarda.
—Buenos días, doctor Santana.
—Buenos días, Candela. Hoy falta la otra pata del trío, ¿no?
—Sí, Samuel ha tenido que quedarse trabajando. Tenía una reunión imposible de aplazar —le contestó Adrián.
El doctor Santana conocía toda mi historia, aunque sin nombres, como no podía ser de otra manera. Granada no era Madrid y, aunque solo fuera de vista, al final nos conocíamos todos, mucho más cuando se trataba de grandes empresarios.
En aquella ecografía me dijeron que venía un niño. Mi príncipe, el hombre de mis sueños y el amor de mi vida. Para que no hubiera pelea entre Adrián y Samuel, decidí que no llevaría el nombre de ninguno de los dos y, por eso, elegí llamarlo Héctor.
—Héctor Robles. Nombre de empresario de alto standing —dijo Adrián, probándolo junto a mi apellido.
—Sí, tiene fuerza y carisma —le contesté.
—Bueno, Candela, todo va a la perfección, así que nos vemos en la próxima revisión.
Justo cuando estábamos a punto de salir, entró una enfermera en la consulta algo apresurada, como si acabara de surgir una urgencia. El doctor Santana levantó la cabeza y la miró directamente, esperando que le explicara qué ocurría.
—Doctor, lamento interrumpirlo, pero acaba de llegar una urgencia obstétrica. Parece un parto prematuro.
—Ahora mismo voy. Ve preparando todo, no tardo.
Salimos de la consulta mientras el doctor Santana se marchaba con la enfermera y apenas habíamos avanzado unos metros cuando escuché una voz que habría reconocido entre un millón. Era Iván. Al girarme, lo vi junto a una camilla en la que trasladaban a Dafne.
Os prometo que, cuando los vi, casi me desmayo. Qué injusta era la vida. Nosotros, que nos amábamos como si no hubiera un mañana y que también estábamos esperando un hijo, seguíamos separados, y yo acababa de asistir a una revisión sin tenerlo a mi lado.
Mientras tanto, aquella mujer, que a saber de quién era el hijo que esperaba, lo tenía con ella y seguramente estaría sujetándole la mano mientras daba a luz. Yo también tendría una mano a la que agarrarme cuando llegara mi momento, pero no sería la suya.
Salí de la consulta con el rostro desencajado. Tenía tanto dolor en el corazón y tanta pena acumulada que no sé si fueron las circunstancias o las hormonas, que estaban haciendo de las suyas, pero me puse a llorar desconsoladamente.
Poco a poco fui entrando en un estado que llegó a asustar incluso a Adrián. Sentía que me faltaba el aire, que no conseguía llenar los pulmones y que era incapaz de articular una sola palabra.
—Candela, ¿qué te ocurre?
—Está aquí. Están aquí…
—¿Quiénes están aquí, preciosa? Me estás asustando.
—Iván… Dafne… Están aquí.
Como Adrián no conseguía entender lo que intentaba decirle y vio el estado en el que me encontraba, salió corriendo en busca de un médico.
No tardaron en atenderme y os prometo que hubo un momento en el que temí por mi vida y, sobre todo, por la de mi hijo, porque llegué incluso a perder el conocimiento.
Cuando volví en mí, estaba en una habitación, rodeada de todos mis amigos y con un gotero conectado al brazo. Mi primer instinto fue llevarme las manos al vientre. Me daba demasiado miedo preguntar si mi hijo estaba bien.
—No te preocupes, cariño, que el bebé está perfectamente —me dijo Adrián.
—¿Qué… qué me ha pasado? —pregunté, todavía asustada.
—Has sufrido una fuerte crisis de ansiedad, pero todavía no sé qué la ha provocado, aunque puedo imaginármelo —me dijo Teo, que me tenía cogida de la mano.
—Estaban aquí… La enfermera dijo que se había puesto de parto…
De repente se escuchó un jaleo en el pasillo. Alguien gritaba que quería ver a otra persona y, durante unos segundos, pensé que la medicación me estaba jugando una mala pasada porque aquella voz me pareció la de Iván.
Teo también la reconoció porque, sin dudarlo, se levantó de la silla y salió al pasillo. Lo escuchamos discutir con alguien, aunque no conseguíamos entender lo que decían, y empecé a agobiarme de nuevo.
Antes de que volviera a ocurrirme lo mismo, Adrián se acercó, me sujetó la cara entre las manos para que me concentrara únicamente en él y en su mirada, y me ayudó a controlar la respiración para que no volviera a hiperventilar.
Cuando conseguí tranquilizarme, todo había terminado fuera y ya no se escuchaban voces.
No sé si Iván se cansó de insistir, si Teo consiguió convencerlo de que se marchara o si el equipo médico terminó echándolo de aquel pasillo. El caso es que Teo todavía no había regresado y ya no se oía a nadie al otro lado de la puerta.
El médico me explicó que, por precaución y ante la posibilidad de que sufriera otra crisis o necesitaran administrarme alguna medicación, permanecería ingresada al menos hasta el día siguiente, cuando volverían a examinarme.