El chat que me cambió la vida Capítulo 31
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Capítulo 31

Iván

La noche anterior había tenido una señora bronca con Dafne.

Todo había empezado cuando vi a Candela marcharse con Adrián hacia la habitación, con la chaqueta de él sobre los hombros.

La mirada que me dedicó aquel hombre fue bastante clara: más me valía no acercarme a ella si no quería tener problemas serios.

Después de aquello, me fui directo a la barra a beber.

Empecé pidiéndole al camarero un whisky doble con hielo y terminé diciéndole que dejara allí la botella. No sé cuántas copas llevaba ya cuando apareció Dafne, con la mirada furiosa y una mano apoyada en la cintura.

—¿Te importaría dejar de hacer el ridículo y prestarme un poquito de atención?

—Vete a la mierda.

—A la mierda no sé, pero fuera del país me lo estoy planteando seriamente.

—Como si te quieres ir a Marte. Ya he hablado con mi abogado y, si ese bebé resulta ser mío, haré todo lo que legalmente pueda para que no desaparezcas con él. Ahora déjame en paz.

—Todo el mundo nos mira, en especial a ti, que parece que se te ha muerto un familiar directo.

—No, un familiar no. Ha muerto mi corazón y tú lo has asesinado.

—Te recuerdo que, si estoy embarazada, es porque tú también estabas allí contribuyendo con tus soldaditos.

—No me lo recuerdes, que me entran ganas de tirarme desde la azotea.

—Vámonos a la habitación. Si te quieres emborrachar, por lo menos allí no serás la comidilla de todo el congreso ni acabarás haciendo el ridículo delante de todos.

En eso tenía que darle la razón, así que me levanté del taburete, aunque apenas conseguía mantener el equilibrio y tampoco quería que ella me tocara.

Por suerte para mí, uno de mis compañeros, con quien me llevaba de maravilla y mantenía varios tratos comerciales, fue quien se encargó de acompañarme hasta la habitación.

Eso sí, con la botella en la mano y bebiendo a morro por el camino.

En cuanto me dejó en el sofá se marchó, pero entonces llegó la peor parte, porque me dio por llorar. No entendía lo que había hecho con Candela; no me cabía en la cabeza la manera en la que la había tratado.

Estaba completamente devastado y, por eso, en cuanto amaneció me di una ducha, me vestí con ropa cómoda y salí a buscar a Candela a su habitación.

Necesitaba verla cara a cara, no volver a comportarme como el cobarde que había sido la noche anterior, decirle todo lo que pensaba y explicarle por qué había actuado así.

Pero no tuve oportunidad de hacerlo. Llamé varias veces a su puerta y nadie me abrió. Entonces pensé que podía estar en la habitación de Adrián y, como había escuchado cuál era su número, tampoco dudé en llamar allí, aunque obtuve exactamente el mismo resultado.

No me lo pensé dos veces y bajé a recepción para pedir otra tarjeta de la habitación. Podía hacerlo porque las dos reservas estaban a mi nombre y, mientras descendía, por mi cabeza pasaron toda clase de escenarios, desde que se hubiera caído en la ducha hasta que hubiese cometido alguna tontería.

Salí del ascensor como si llevara fuego pegado al cuerpo, que en cierto modo era como me sentía, ardiendo por dentro. Pero no por el motivo que todos estáis pensando, sino por lo que pudiera haberle pasado a Candela.

—Buenos días. Verá, reservé dos habitaciones a mi nombre, pero mi compañera se quedó con una de ellas. Llevo un rato intentando localizarla, llamo a su puerta y no me abre, así que me gustaría que me facilitaran otra tarjeta de la habitación trescientos siete —le dije casi de carrerilla.

—Lo siento, señor, pero no puedo facilitársela porque la señorita ya no se encuentra alojada aquí. Se marchó esta madrugada y dejó su tarjeta en recepción.

—¿Cómo que se marchó esta madrugada? ¿Adónde? ¿No ha dejado nada para mí?

—Señor, como comprenderá, nosotros no somos nadie para preguntarles a los clientes adónde van o dejan de ir. Y no, lo siento, pero no ha dejado nada para nadie.

—Gracias y disculpe. Estoy desesperado porque necesito hablar con ella.

—Ojalá tenga suerte. Buenos días.

Con aquellas simples palabras me despachó porque detrás de mí se había formado una cola de clientes recién llegados a los que tenía que atender.

Me aparté a un lado, aunque en realidad no sabía adónde ir ni a quién dirigirme, porque tenía clarísimo que Adrián había sido quien la había ayudado a marcharse.

No sé de qué manera regresé a la habitación porque os juro que iba en piloto automático. Al entrar, me encontré con una Dafne que ya estaba despierta y seguía en pie de guerra, igual que la noche anterior.

—Vístete y prepara tus cosas, que nos marchamos.

—¿Cómo que nos marchamos? Nuestro avión no sale hasta las nueve de la noche y tenía pensado aprovechar el día para ir de compras.

—Pues, lamentablemente para ti, no va a poder ser. Primero, porque pienso cambiar los billetes de vuelta y, segundo, porque la tarjeta de la que has estado tirando está anulada.

—No habrás sido capaz de hacer eso. De anular mi tarjeta.

—Capaz y capataz. No voy a ser tu cajero automático, lo siento.

—Eres un hijo de puta. Es tu hijo y necesita cosas…

—¿Cómo puedes tener la poquísima vergüenza de decir eso? Manda cojones que utilices al bebé como excusa cuando no le has comprado ni unos patucos. Todo lo que has comprado ha sido para ti.

—Porque hoy era el día en el que pensaba comprarle cosas. Además, su madre tiene que estar cuidada y elegante durante todo el embarazo para que, el día de mañana, no se avergüence de mí.

—Debería preocuparte más que se avergonzara de tus actitudes que de tu aspecto. Además, todo lo que necesite el bebé lo compraré yo, no te preocupes.

Mi tono era de lo más irónico porque, si había algo que parecía no importarle lo más mínimo, eran precisamente las necesidades del bebé. La dejé allí despotricando por lo que le había hecho, algo que me daba exactamente igual, y abrí el armario para sacar toda mi ropa e ir metiéndola en la maleta.

Lo hice de cualquier manera. Me daba igual que se arrugara o incluso que se estropeara, porque lo único que quería era llegar cuanto antes a Granada, donde iría directamente a casa de Candela para pedirle perdón.

La había perdido, eso lo tenía claro, al menos físicamente.

Sin embargo, también estaba convencido de que su corazón seguía siendo mío y de que lo sería para siempre, estuviera con quien estuviera, igual que el mío le pertenecía a ella.

Podríamos entregar nuestros cuerpos, pero nuestras almas tenían dueño.

—Te espero abajo, en la cafetería. No tardes porque, si dentro de media hora no has bajado, me marcho sin ti.

No le di tiempo a contestarme. Salí de la habitación, cerré la puerta tras de mí y, arrastrando la maleta, llegué hasta la cafetería. Pedí un café solo, sin azúcar ni leche. Amargo, como se había vuelto mi vida.

Justo cuando iba a darle el primer sorbo, el teléfono vibró. Era un correo electrónico, uno que me quitó las ganas de seguir bebiendo y casi hasta de seguir respirando.

De: Candela Robles

Para: Iván Montero

Asunto: Dimisión

Mediante el presente escrito, me pongo en contacto con usted para presentar mi renuncia y dimisión a mi puesto de trabajo como su asistente personal.

Del mismo modo, solicito que se tramite mi baja voluntaria y se proceda a la liquidación de las cantidades pendientes que legalmente correspondan.

Atentamente,

Candela Robles

Os prometo que se me cortó el cuerpo cuando terminé de leerlo. Leí el correo una segunda vez y después una tercera, como si en alguna de ellas fueran a cambiar las palabras, pero siguieron exactamente en el mismo sitio.

Candela no solo se estaba alejando de mí como mujer. Acababa de borrarme también del único espacio en el que todavía podía verla cada día. Había conseguido que renunciara a un trabajo que le gustaba por no tener que cruzarse conmigo, y esa certeza me hizo sentir todavía más miserable.

Nos habíamos prometido que, pasara lo que pasara entre nosotros, nunca mezclaríamos lo personal con lo laboral. Pero, después de lo que yo había hecho, ¿con qué derecho podía reprocharle que necesitara desaparecer también de aquella parte de mi vida?

Ahora lo tenía todavía más claro que antes: en cuanto llegara a Granada iría a buscarla.

No podía marcharse de aquella manera, ni por ella ni por mí.

Me sentía un inútil, un ser despreciable porque, si no hubiera tenido el atrevimiento de hacer lo que hice la noche anterior, ella no se habría visto obligada a huir de mí.

Porque sí, eso era exactamente lo que había hecho: huir, alejarse de mí y de todo el daño que le había provocado. Seguía sumido en aquellos pensamientos cuando vi a Dafne salir del ascensor arrastrando su maleta.

Fui hasta ella, se la quité y me dirigí hacia la salida del hotel. Nos montamos en un taxi que nos llevó hasta el aeropuerto y completamos todo el trayecto en silencio. Creo que Dafne, al ver mi cara, decidió que lo más prudente era no decir una sola palabra.