Capítulo 30
Candela
El congreso de empresarios había terminado y aquella noche se celebraba la cena de gala.
No tenía nada que ponerme porque nadie me había advertido de aquello y tampoco pensaba gastarme un dinero que me haría falta para otras cosas en un vestido que probablemente no volvería a utilizar. Por eso decidí que no bajaría a cenar.
Lo había hablado con Adrián, que insistía en que no podía dejarlo tirado en una cena tan aburrida como aquella, pero yo seguía negándome a gastar dinero en algo que me parecía absurdo.
La noche anterior, mientras cenábamos, me había dicho que, si quería salir de aquella empresa y necesitaba cambiar de trabajo, no dudara en llamarlo.
Él mismo me ofrecería un puesto acorde con mis estudios y mi experiencia, pero no quería dejar a Teo ni a Miguel, que se habían convertido en dos grandes amigos para mí.
Estaba tirada en la cama viendo la televisión cuando llamaron a la puerta. Al abrir, me encontré con un chico del hotel que llevaba una caja enorme adornada con un lazo y dirigida a mi nombre.
—Buenas tardes, señorita Robles. Le traigo un paquete.
—¿Seguro que es para mí?
—Eso han dicho en recepción. Señorita Candela Robles, habitación trescientos siete.
—Pues muchas gracias.
Cogí la caja y le dejé una propina. No sabía qué había dentro y, mucho menos, quién podía haberme enviado algo así. La dejé encima de la cama y me dispuse a abrirla.
No me lo podía creer. Era un vestido precioso, acompañado de unas sandalias de tacón, un minibolso a juego y un conjunto de pendientes y pulsera. No tuve ninguna duda de quién me lo había enviado, incluso antes de leer la nota que acompañaba la caja.
«Quiero que me acompañes esta noche, que todo el mundo tenga envidia de mí y que ese cabrón se muera de celos. Te espero en el pasillo dentro de una hora. Creo que tendrás tiempo suficiente para ponerte todavía más bella de lo que ya eres. Adrián Beno» .
Como ya me había duchado y secado el pelo, dejando bien definidos mis rizos, solo tuve que vestirme y maquillarme. Me gustaba cómo llevaba la melena, así que únicamente me recogí la parte delantera para que no me molestara al comer y porque, además, quedaba perfecta con el vestido.
Era de color azul noche, con escote en V tanto por delante como por detrás, aunque el de la espalda era un poco más pronunciado y dejaba buena parte de ella al descubierto.
En la cintura tenía unos pliegues que daban paso a una falda vaporosa, con una abertura en el lado derecho que mostraba casi toda mi pierna al caminar.
Me maquillé de manera suave porque nunca me había gustado parecer una puerta pintada. Un poco de sombra de ojos en tono nude, máscara de pestañas y un labial marrón chocolate fueron suficientes para hacer que mis labios resultaran de lo más apetecibles.
Metí en el bolso la tarjeta de la habitación, la barra de labios y el móvil. Antes de salir, me hice una foto y la envié al grupo que teníamos solo mis amigas y yo. Recibí mil mensajes, cada cual más loco que el anterior, y consiguieron hacerme reír antes de bajar a la cena.
—¿Ves como no podías quedarte encerrada en tu habitación esta noche?
—Pues estaba de lo más a gusto. Te aseguro que, si he aceptado, ha sido por el dineral que has debido gastarte en todo esto.
—Nada comparado con la belleza que voy a llevar colgada del brazo.
—Estás loco, ¿lo sabes?
—Claro que sí. Venga, vamos a hacernos una foto, que se la voy a enviar a mi chico.
Sí, durante la cena de la noche anterior, en su habitación, Adrián me había contado que era gay y que estaba felizmente casado, aunque no fuera algo de dominio público.
Resultó que su marido era también su mano derecha en el trabajo y que, por eso, nadie se había cuestionado nunca que apareciera con él en todas las fotografías.
—No es que me importe que todo el mundo lo sepa, pero tampoco voy a ponerme un cartel de neón en la frente.
—Mientras no te ocultes y tu marido no sienta que lo estás escondiendo, todo irá bien.
—No me he escondido nunca, Candela. De hecho, antes incluso de que yo dijera nada en casa, mi padre me sentó un día y me preguntó cuándo pensaba tirar abajo la puerta del armario.
—Me encanta tu padre. Me declaro su fan más absoluta.
—Uy, y eso que no lo conoces. Cuando lo veas interactuar con mi marido, te vas a caer de espaldas. Creo que le dice más piropos que yo, y Samuel se muere de la risa y de la vergüenza al mismo tiempo.
—Veo que se adoran, y no hay nada mejor que eso, te lo aseguro.
—Pues sí, tienen devoción el uno por el otro. Igual que mi madre, que siempre le dice a mi padre que al final va a prohibirle la entrada en casa porque terminará consiguiendo que su marido cambie de acera.
—¿Cómo es que tu marido no ha venido contigo?
—Una gripe ha tenido la culpa. Casi no vengo ni yo porque el pobre ardía en fiebre, pero mi madre se ofreció a cuidarlo y ya no tuve excusa para quedarme.
Estuvimos un buen rato charlando sobre aquello y me fascinaba la naturalidad con la que su familia vivía la sexualidad de Adrián. Era cierto que aquello debería ser lo normal, pero, por desgracia, no siempre lo era.
Bajamos a la cena y, en cuanto salimos del ascensor, las miradas de todos los que estaban allí se volvieron hacia nosotros.
Las mujeres y algunos hombres, por qué no decirlo, se estaban comiendo a Adrián con los ojos.
Si con traje de chaqueta ya estaba guapo, vestido con aquel esmoquin estaba para chillarle.
—Nos están comiendo con la mirada, pequeña, así que sonríe.
—Me da mucha vergüenza todo esto, Adrián.
—No seas tonta. Mira la cara de Iván y, sobre todo, la de la arpía que tiene al lado.
No os podéis imaginar la expresión de los dos. Iván tenía la boca tan abierta que parecía que se le iba a desencajar, mientras que a su prometida los ojos casi se le habían inyectado en sangre de la furia que parecía recorrerle el cuerpo.
Nos dirigimos hacia la zona donde se celebraría la cena y, curiosamente, nos sentaron en la misma mesa que Iván y Dafne. Ella no paraba de hacerle carantoñas, como si fuera lo más normal del mundo, pero él no conseguía apartar la mirada de mí.
Cuando llegó la hora de bailar, descubrí que Adrián era todo un experto en salsa y bachata, y ya sabemos todos lo sensuales que pueden resultar esos movimientos.
Me llevaba entre sus brazos con tanta facilidad que parecía una muñequita y, poco a poco, los demás terminaron formando un corro a nuestro alrededor para vernos bailar.
—No puede pasar desapercibida, siempre tiene que ser el centro de atención —le dijo Dafne a Iván cuando pasamos cerca de ellos, aunque él ni siquiera le hizo caso.
—Me parece que alguien está celoso y que otra está un poquito envidiosa porque no es el ombligo del mundo —me susurró Adrián al oído.
Solté una carcajada que, desde fuera, seguramente hizo parecer que me había dicho algo muy distinto, pero no pude evitarlo y negué con la cabeza.
Después del baile, mientras Adrián se acercaba a la barra para pedir una copa, le dije que iba al baño.
En cuanto entré, escuché que alguien lo hacía detrás de mí. Supuse que sería alguna de las mujeres de la fiesta, pero nada más lejos de la realidad. Ni era una mujer ni esperaba encontrarme allí con aquella persona.
Era Iván.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? Me dijiste que no bajarías a la cena.
—Bueno, pues Adrián me ha hecho cambiar de opinión.
—¿Por qué me estás haciendo esto, Candela?
—¿Qué se supone que te estoy haciendo? Porque, que yo sepa, solo he cenado y bailado con mi acompañante, como cualquier otra persona de las que están ahí fuera.
—No, Candela. Estás haciendo que me hierva la sangre cada vez que te veo con ese tipo. Estás sacando mi lado más visceral y te aseguro que estoy haciendo un esfuerzo enorme para no ir hasta donde está y partirle la cara.
Sin darme cuenta, Iván había ido acercándose hasta acorralarme entre la encimera del lavabo y su cuerpo. Mi respiración se aceleró con su cercanía. Era como si mi cuerpo lo hubiera reconocido al instante: su olor, su proximidad, la forma en que me acariciaba la cara en aquel momento.
No sé ni cómo ni cuándo ocurrió, pero el caso es que terminamos besándonos con hambre, como si ninguno de los dos quisiera volver a separarse.
Iván deslizó una mano entre mis piernas aprovechando la abertura del vestido y llegó hasta mi sexo, que ya estaba completamente excitado por su beso y su cercanía. Sabía lo que vendría después y no encontré las fuerzas necesarias para rechazarlo.
Además, me había quedado claro que entre él y Dafne no había habido ningún encuentro sexual. Se notaba por la forma en que ambos hablaban del tema y, sobre todo, por el hecho de que Iván hubiera pedido una cama supletoria para la habitación.
Me sentó en la encimera del lavabo, se arrodilló entre mis piernas y me quitó la braguita para guardársela en el bolsillo de la chaqueta. Después me abrió las piernas y pasó la lengua por mi sexo de arriba abajo, haciéndome gritar de placer.
No paró hasta que alcancé el clímax y, cuando remitieron los últimos espasmos, me penetró con una embestida fuerte y certera.
Os prometo que, en aquel momento, no era consciente de nada más.
Lo necesitaba y no pensé ni siquiera en que alguien pudiera abrir la puerta y encontrarnos de aquella manera.
En un momento determinado, me bajó de la encimera, me dio la vuelta y nos colocó a ambos frente al espejo.
—Mírate. Mira tu cara en ese espejo. Eres mía, Candela, y nadie podrá darte nunca el placer que yo te estoy dando.
—No pares, por favor.
—No pienso hacerlo.
Continuó moviéndose dentro de mí hasta que ambos explotamos en un orgasmo devastador. No sabía si era producto de todo lo que llevábamos acumulado durante aquellos días o si, simplemente, juntos éramos una auténtica bomba de relojería.
Cuando terminamos, no sabía qué hacer ni qué decir, y supuse que él tampoco. Se aseó un poco, se subió los pantalones y salió del baño sin decirme nada, dejándome allí como si fuera algo de usar y tirar.
Adrián, al ver que yo tardaba demasiado y que Iván había salido del mismo baño al que yo le había dicho que iba, no dudó en venir a buscarme. Me encontró sentada en el suelo, con las piernas encogidas y llorando a mares.
—Eh, eh, ¿qué te ha hecho ese cabrón? ¿Te ha forzado?
—No. Lo que hemos hecho ha sido consentido, pero me siento como una mierda.
—Venga, vamos a la habitación. No estás en condiciones de volver a la fiesta.
A pesar de todo el dinero que tenía, Adrián era un hombre de lo más sencillo. Nada de jets privados ni cosas por el estilo. Decía que no había nada mejor que mezclarse con la gente en un vuelo comercial porque así también conseguía despistar a la prensa.
Como muestra de esa sencillez, se quitó la chaqueta, me la puso sobre los hombros y me sacó de aquel baño sin que nadie más se diera cuenta de mi estado. Si alguien me veía, podía pensar perfectamente que me había encontrado mal y que regresábamos a la habitación.