El chat que me cambió la vida Capítulo 29
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Capítulo 29

Iván

Cuando escuché lo que Candela le contestó a Dafne mientras me miraba a los ojos, os prometo que me entraron ganas de besarla en aquel mismo momento, de demostrarle que, por muchos hombres con los que saliera y por muchas bocas que besara, eran mis labios los que quería sobre los suyos.

Entré en el hotel con un cabreo de mil narices porque no entendía nada de lo que estaba haciendo. Sabía que actuaba así para hacerme daño, para que viviera en mis propias carnes lo que ella estaba sintiendo, y me dolía en el alma.

Justo cuando iba a subir al ascensor, escuché una voz que reconocí al instante llamando a Candela y os juro que se me cuajó la sangre en las venas.

La complicidad que veía entre los dos, evidente para cualquiera que se fijara en ellos, me hacía tambalearme sobre la cuerda floja. Mis sentimientos eran los que eran, pero iba a faltarme tiempo para demostrárselos a Candela, porque todavía quedaban siete meses para que Dafne diera a luz.

Ni siquiera quería subir en el mismo ascensor que ellos, pero la cabrona de mi ex sí tenía esa intención y me metió dentro de un empujón. Giré la cabeza y la miré de una manera que habría intimidado a cualquiera, menos a ella, que sabía que tenía la sartén por el mango.

Salieron en la tercera planta y Candela ni siquiera se giró para despedirse.

Siguió hablando con aquel hombre que, sin conocerlo y sin haberme hecho absolutamente nada, ya odiaba con todas mis fuerzas.

Dafne, que se percató perfectamente de lo que me estaba ocurriendo, no dudó en meter el dedo en la llaga.

—Vaya con la tontita, no va a dejar títere con cabeza.

—Cállate la boca y déjame en paz.

—Lo siento por ti, pero no pienso hacerlo. Tú siempre reprochándome mi actitud con los hombres, cuando has ido a fijarte en la más zorra de todos los tiempos.

—La diferencia es que ella está soltera, mientras que tú tenías pareja y lo hacías igual o peor.

—No, la diferencia es que yo iba de frente y ella va de sibilina…

—Haz el favor y déjame tranquilo, que me duele la cabeza y no tengo ganas de seguir escuchándote.

Abrí la habitación, colgué los trajes en el armario para que no se arrugaran y preparé la ropa antes de meterme en la ducha. A ver si el agua conseguía arrastrar de mi cuerpo aquella pesadez y el malestar que sentía, aunque sabía que era imposible.

—¿Vas a bajar a comer o pido algo a la habitación? —me preguntó Dafne.

—Tú haz lo que quieras. Yo me voy a duchar, a vestirme y después me perderé por la ciudad hasta la hora de la primera conferencia.

—¿Tampoco vas a comer conmigo? ¿También me vas a dejar sola esta vez?

—Mira, te vuelvo a decir que no tengo ganas de seguir escuchándote. No tenías que haber venido y eso ya lo sabes.

—Bueno, pues entonces llamaré a un amigo que tengo aquí de cuando estuve hace unos meses.

—Ni se te ocurra acostarte con él porque, si lo haces, te largas de mi casa. Y, si ese bebé resulta ser mío, haré todo lo que legalmente esté en mi mano para que no puedas apartarme de su vida ni llevártelo fuera del país.

—Eres increíble, de verdad. Si no quieres que me acueste con otro hombre, entonces tendrás que cumplir tú como mi pareja, porque yo tengo mis necesidades.

—Vete a la mierda, Dafne.

Entré en la ducha en plena ebullición y, cuando estuve solo bajo el agua, lloré. No me avergüenza decirlo, porque mi vida se había ido a la mierda por un polvo, por un momento de debilidad que me había costado demasiado.

Cuando salí del baño, Dafne ya no estaba y, en cierto modo, me daba igual dónde hubiera ido o con quién estuviera.

Como si quería acostarse con todo aquel que se cruzara por delante, porque yo no iba a volver a hacerlo con ella jamás en la vida, aunque tuviera que tirar de todo mi amor propio para resistirme.

No me apetecía salir del hotel y, por eso, cuando bajé a recepción decidí comer en el restaurante de la planta baja, aunque habría sido mejor no hacerlo.

¿El motivo? Allí estaba Candela, sentada a la mesa con aquel hombre y riéndose a mandíbula batiente. Una puñalada de celos me atravesó el corazón porque aquellas risas antes me las dedicaba a mí y no soportaba verla compartirlas con otro.

Sí, sabía que era una idiotez y una inmadurez por mi parte, pero no podía evitarlo. Me senté lo más lejos posible de ellos, como si apartarlos de mi línea de visión o dejar de escucharla reír pudiera ayudarme a seguir adelante y mantenerme firme, aunque no podía estar más equivocado.

Cuando dejaba de escucharlos reír, mi imaginación echaba a volar y empezaba a pensar que se estarían besando o planeando cómo pasarían la noche juntos. Aquello me provocaba un nudo en el estómago que no me dejaba comer tranquilo.

Después de comer y, por suerte para mí, teníamos la primera conferencia. Candela tendría que estar a mi lado porque para eso había ido, para ejercer de asistente y tomar las notas que a mí pudieran escapárseme, de modo que después pudiéramos ponerlas en común.

Me levanté de donde estaba sentado, intenté tranquilizarme y me acerqué a la mesa en la que seguía Candela junto a aquel hombre, cuya cara me resultaba familiar, aunque no conseguía ubicarlo ni sabía cómo se llamaba.

—Buenas tardes, señores. Candela, la reunión está a punto de empezar y me gustaría que me ayudaras a tomar notas sobre la conferencia —le dije con un tono bastante conciliador.

—Buenas tardes, señor Montero. Sí, ya llevo en el bolso la tableta para tomar las notas necesarias. Me termino el café y enseguida estoy con usted.

—Gracias. Te espero en la puerta de la sala donde se celebrará la conferencia. Caballero, Iván Montero, gerente y propietario de Transportes Montero. Un placer —le dije a aquel hombre, esperando que se presentara para poder ubicarlo.

—Encantado, señor Montero. Adrián Beno, CEO de Construcciones Beno.

Me quedé sin saber qué decir. No solo era guapo y elegante, sino que además estaba podrido de dinero.

No es que a mí me fuera mal, ni mucho menos; yo podía vivir holgadamente varias vidas incluso si dejara de trabajar.

Pero aquel hombre no solo podía hacerlo él, sino también sus hijos, sus nietos y hasta sus bisnietos.

La inseguridad se apoderó de mí, aun sabiendo que Candela no era ese tipo de mujer y que no se dejaría cegar por los ceros de una cuenta bancaria.

Sin decir una palabra más, salí del restaurante y me dirigí hacia el salón donde se celebraría la conferencia, quedándome apoyado en uno de los laterales de la puerta.

Estaba a punto de entrar cuando vi aparecer a Dafne por la recepción del hotel cargada de bolsas de tiendas de grandes firmas.

Aquella era otra cosa que no entendía de ella, porque, si estaba embarazada, habría esperado que mostrara al menos algo de interés por preparar la llegada del bebé, pero Dafne seguía centrada únicamente en comprar cosas para ella.

—Veo que otra vez has fundido la tarjeta. Espero que haya sido la tuya y no me hayas dejado la cuenta temblando.

—Uf, mala suerte, chico. Mi tarjeta está en números rojos, así que le ha tocado a la tuya.

—Entonces rezo para que lo que lleves en esas bolsas sean cosas para el bebé.

—Otra vez te has equivocado. Al bebé todavía le quedan muchos meses para venir al mundo. Además, con todo lo que le regalarán tendrá suficiente, no hará falta comprar tantas cosas. Lo que llevo aquí es para mí, que dentro de poco no me servirá nada de lo que tengo en el armario.

Abrieron las puertas de la sala y no me lo pensé.

Entré y la dejé allí porque me hervía la sangre de la rabia que sentía, y no solo por lo que acababa de decirme Dafne.

Eso sí, en cuanto encontré mi asiento, entré en la aplicación del banco y di de baja la tarjeta que tenía ella, porque no pensaba permitir que me arruinara con sus caprichos.

Por suerte para mí, Adrián estaba sentado bastante alejado de nosotros, así que no tendría que aguantarlo durante la conferencia.

Menos mal que Candela sí estuvo atenta y tomó todas las notas que podían servirnos para posibles acuerdos con las diferentes empresas presentes, porque mi cabeza era un hervidero y yo no conseguía apartar la mirada de su perfil.

—Si sigues mirándome así, vas a terminar por gastarme.

—Lo siento, pero no puedo evitarlo.

—Pues deberías, teniendo en cuenta que tu prometida te espera en tu habitación.

—Estoy por pedir una para mí solo.

—Si quieres, puedes dormir en la mía. Yo no creo que esta noche duerma allí. Adrián y yo hemos decidido pedir la cena en su suite y probar el jacuzzi .

—¿No crees que vas un poquito rápido con ese hombre?

—Si voy rápido o no, no es asunto tuyo.

—Sí que es asunto mío. No quiero que digan que mi asistente es una facilona con la que puede acostarse cualquiera.

Me arrepentí de aquellas palabras en el mismo instante en que salieron de mi boca. No era yo quien estaba hablando, sino los celos y el dolor que sentía, pero para dolor el de mi mejilla después de la bofetada que me dio Candela y que no vi venir.

—No vuelvas a dirigirte a mí en esos términos en tu puta vida.

—Lo siento, pero los celos…

—¿Celos? ¿Celos de qué, Iván?

—De verte reír con ese hombre, de la complicidad que tenéis y de sentir que te estoy perdiendo, Candela.

—No me estás perdiendo. Ya me has perdido desde el mismo momento en que la elegiste a ella. No pienso ser la otra. Me merezco un hombre que me dedique su tiempo por completo, no que me dé las sobras que su pareja no quiera.

Candela se levantó del asiento y salió del salón. Menos mal que nadie parecía haberse dado cuenta de las palabras que habíamos intercambiado, porque habríamos sido la comidilla de todos los presentes.

Permanecí allí un buen rato en silencio, masticando todo lo que me había dicho Candela. Y la entendía, claro que la entendía, pero no podía hacer nada por el momento. Tomé una buena bocanada de aire antes de salir y, entonces, volví a verlos riendo mientras subían juntos al ascensor.

Echaba de menos poder llamar a Teo, desahogarme con él y contarle todo lo que estaba sintiendo, pero yo ya había elegido y aquella elección me había llevado a perder a todo mi círculo. Sí, seguían siendo mis empleados, pero ya no mis amigos, y aquello me encogía el corazón.

Subí a mi habitación y encontré a Dafne con un conjunto de lencería de lo más sensual que, en otro tiempo o sobre otro cuerpo, concretamente el de Candela, me habría vuelto loco. Sin embargo, en ella no me provocaba absolutamente nada.

—¿No piensas decirme nada del conjuntito que llevo?

—Muy bonito y seguro que muy caro.

—¿Voy a tener que suplicarte que te acuestes conmigo, Iván?

—Ahórratelo, porque eso no va a suceder nunca.

—Tanto tú como yo tenemos necesidades sexuales, cariño. No vas a poder resistirte mucho más tiempo.