Capítulo 28
Candela
Cuando la vi llegar con Iván al aeropuerto, me cagué en todo lo que una persona podía cagarse, os lo prometo. Me entró una rabia por el cuerpo que, aunque tenía clarísimo que no quería acostarme con él, me dolió en el alma.
No hacía falta que me la plantara delante de las narices, que era justo lo que parecía querer hacer. Por suerte para mí, en el asiento contiguo al mío del avión viajaba un hombre que, al ver mi cara, no dudó en hablarme y consiguió sacarme más de una sonrisa.
—Hola, soy Adrián, y seguro que tengo razones más poderosas que tú para llevar esa cara y, aun así, no la pongo.
—Hola, soy Candela, y me parece que lo llevas crudo para superarme. Pero bueno, estoy dispuesta a escuchar tus lamentaciones si tú después escuchas las mías.
—Venga, trato hecho. Empiezo yo. Voy a un congreso de empresarios que tiene pinta de ser de lo más aburrido.
—Hala, mira, pues yo también voy a ese congreso y, si le añadimos que mi jefe es mi ex y viene con la que es su prometida y la madre de su futuro bebé, creo que te gano por goleada.
—¿No me jodas? Tantas cosas no te pueden pasar a la vez. Tiene que ser mentira.
—Te aseguro que es así. Y eso lo dices porque no me conoces. Si te contara mi vida, salías de aquí con una depresión, por lo menos.
—Quita, quita. Mejor hablemos de lo que podemos hacer para mejorar nuestra situación y que los dos bajemos de este avión con una sonrisa.
—Venga, estoy abierta a todas las propuestas.
—Uy, uy, eso suena muy mal… o muy bien, según se mire.
—También es verdad, pero corramos un tupido velo…
—De todas formas, hablando en serio, tienes cara de necesitar desconectar un rato —añadió.
—¿Tan mal estoy?
—Digamos que tienes la misma cara que pongo yo cuando estoy intentando fingir que algo me importa una mierda y, en realidad, me está destrozando por dentro.
Lo miré con algo más de atención. Hasta ese momento todo había sido broma, pero aquella frase me hizo pensar que quizá detrás del hombre simpático y descarado también había alguien que sabía perfectamente lo que era esconder cosas.
—Pues entonces igual nos entendemos mejor de lo que pensaba.
—Eso parece. Pero tranquila, no pienso hacerte terapia en un avión. Bastante tenemos con sobrevivir al congreso.
Los dos soltamos una carcajada y así seguimos durante todo el trayecto. Aunque sabíamos que íbamos al mismo congreso, no hablamos de dónde se alojaba cada uno, así que, en cuanto aterrizamos y salimos de la zona de embarque, no me lo pensé y le pedí su número de teléfono.
Cuando menos me lo esperaba, vi aparecer a Iván a mi lado echando fuego por los ojos. Era como si le molestara que estuviera hablando con otro hombre cuando él tenía allí, junto a él, a la que sería su mujer y estaba esperando un hijo suyo.
—Nos marchamos —me ordenó mientras me cogía del brazo.
—Me iré cuando lo considere oportuno. Ahora, si no te importa, voy a despedirme de mi amigo.
Me zafé de su agarre de manera disimulada porque no quería que Adrián se metiera y termináramos montando un espectáculo allí mismo.
Os prometo que me entraron ganas de decirle cuatro cosas bien dichas, pero no le iba a dar el gusto.
Si pensaba que iba a montar el numerito en mitad del aeropuerto, lo llevaba claro.
Me despedí de Adrián y quedamos en hablar para salir a cenar aquella noche, cuando terminara la primera reunión, mientras mi jefe me miraba como si acabara de cometer un sacrilegio.
—No tiene ni puta gracia y, si lo estás haciendo para ponerme celoso, que sepas que lo estás consiguiendo.
—No tiene gracia porque no pretende tenerla. Y no te pienses que eres el ombligo del mundo. Tú céntrate en tu prometida y déjame a mí en paz.
Lo cierto era que Adrián tenía muy buena planta, por decirlo de una forma fina, porque, en el idioma de Noa, estaba bueno que te cagas. Era alto, incluso un poco más que Iván, tenía el pelo negro, algo largo y despuntado, y unos ojos verdes que te llegaban al alma.
Entendía que Iván estuviera celoso, pero no porque me quisiera o estuviera enamorado de mí, sino porque su ego de macho alfa se había visto amenazado por un hombre que tenía tanto de guapo como de simpático.
A la salida nos esperaba un coche con conductor que había contratado desde Granada y que sería el encargado de llevarnos hasta el hotel donde nos alojaríamos. Por supuesto, no pensaba sentarme en el asiento trasero con ellos dos, así que ocupé el del copiloto.
Aproximadamente media hora después llegamos al hotel, situado en pleno centro. No sabía si era por la hora o porque habíamos tenido suerte, pero apenas encontramos tráfico y llegamos antes de lo que esperaba.
—Muchas gracias, caballero. Si necesitamos de nuevo sus servicios, no dude de que lo llamaremos.
—Señorita, le agradecería que contactara conmigo directamente, en lugar de hacerlo a través de la aplicación. Por eso voy a facilitarle mis datos.
—Sí, será mejor. Así evitamos que nos envíen a otro conductor.
El hombre también era joven y bastante simpático, la verdad. Por eso, en cuanto Dafne tuvo la oportunidad, no tardó en volver a la carga conmigo. Lo que no esperaba era la respuesta que iba a darle.
—Chica, no vas a dejar títere con cabeza. Hombre guapo que ves, hombre que conquistas.
—¿Verdad que sí? Claro, es lo que tiene estar soltera y poder disfrutar de todos los placeres de la vida. Igual esta noche llamo al chico del avión y mañana al chófer. Todavía me falta buscarme otro para pasado mañana y así no repito.
La cara de Iván parecía sacada de unos dibujos animados.
Se puso rojo en cuestión de segundos y la vena del cuello parecía a punto de explotarle, así que no pude evitar reírme por dentro.
Si pretendías joderme el viajecito trayendo a tu queridísima prometida, te iba a salir el tiro por la culata, bonito, pensé para mis adentros.
Llegamos a la recepción del hotel e Iván le pidió a la chica que una de las habitaciones fuera doble, pero con dos camas. Esperaba que no pretendiera ponerme a mí a dormir con su novia, entre otras cosas porque no tendría ningún sentido.
—Caballero, lo siento, pero la única habitación doble que tenemos disponible tiene una cama de matrimonio. Si quiere, podemos añadir una cama supletoria.
—Sí, por favor, se lo agradecería mucho.
—Iván, me parece que nada de lo que estás pidiendo tiene sentido, sobre todo teniendo en cuenta que estamos esperando un hijo —le dijo Dafne casi en un susurro, aunque yo la escuché perfectamente.
—No comparto cama contigo en mi casa y tampoco pienso hacerlo aquí. Da gracias de que he permitido que vengas y me acompañes.
Iván me tendió la tarjeta de mi habitación, así que cogí la maleta y me encaminé hacia el ascensor. Entonces escuché que alguien decía mi nombre y, al girarme, me encontré con Adrián. Una sonrisa se me dibujó en la cara porque aquel hombre me caía demasiado bien.
—Chica, estamos predestinados a encontrarnos —me dijo mientras me daba un beso en la mejilla.
—Ni que lo digas. ¿También estás alojado aquí?
—Pues sí. Tengo la habitación trescientos ocho.
—¡No me jodas!
—¿Por qué dices eso?
—Porque yo tengo la trescientos siete. Estamos separados por una pared.
Subí en el ascensor charlando con Adrián y quedamos en que, después de la primera conferencia, iríamos a cenar juntos. Como todavía era mediodía, también acordamos encontrarnos media hora después en el restaurante del hotel para comer.
Ni siquiera me giré para comprobar la reacción de Iván. Si lo hacía y volvía a encontrarme con aquella mezcla de rabia y tristeza, corría el riesgo de hacer algo de lo que después me arrepintiera y que solo serviría para hacerme todavía más daño.
Adrián se dio cuenta de la reacción de mi jefe y, en cuanto estuvimos solos en el pasillo donde se encontraban nuestras habitaciones —Iván estaba alojado una planta más arriba—, me lo dijo.
—Candela, ese hombre no siente nada por su prometida…
—Ya, pero la ha elegido a ella y yo no pienso competir por nadie. He sufrido demasiado por culpa del amor y, a partir de ahora, quiero que sean ellos quienes compitan por mí.
—Uy, pues conmigo lo llevas claro. Pero ya te contaré por qué después, si me dejas.
—Por supuesto que te dejo. Además, por muy guapo que me parezcas, contigo solo quiero tener una bonita amistad. No estoy preparada para que vuelvan a partirme el corazón.
—Me halaga que me hayas dicho que te parezco guapo, pero lo que más me ha gustado es que quieras ser mi amiga, porque sé que nos vamos a llevar bien y que vamos a acabar siendo inseparables.
—Gracias, Adrián, por hacerme reír como lo estás haciendo.