El chat que me cambió la vida Capítulo 27
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Capítulo 27

Iván

Por fin había llegado el día de viajar al congreso de empresarios. Dafne ya vivía en mi casa, pero seguíamos durmiendo en habitaciones separadas, porque me negaba a compartir cama con ella por mucho que insistiera.

—Necesito tiempo para adaptarme a todo. ¿Qué parte no entiendes de eso?

—Toda, porque no entiendo nada. Somos pareja, nos vamos a casar en unos meses y te empeñas en tratarme como si no me conocieras, como si entre nosotros no hubiera nada.

—Es que no hay nada, Dafne. Si estás aquí es porque no me has dejado otra opción.

—Por eso mismo lo digo. Te estás negando a lo evidente, y es que terminarás acostándote conmigo más tarde o más temprano.

—Mira, mañana me marcho a un congreso al que tengo que asistir y estaré fuera cuatro días…

—¿Vas con tu asistente? Porque, si ella va, no pretendas que me quede aquí esperando a que vuelvas mientras tú te revuelcas con ella en el hotel.

—Por supuesto que va mi asistente, es un viaje de trabajo. Y no, no pienso permitir que vengas porque no pintas nada allí. Ni siquiera tienes idea de en qué consiste mi trabajo.

—De lo único que estoy segura es de que será un desmadre, como todos los congresos a los que he tenido el placer de asistir, y nunca mejor dicho.

—Mira, me da igual. Piensa lo que quieras. Ahora me voy a la cama, que tengo que levantarme demasiado temprano.

La dejé en la puerta de su habitación y entré en la mía. Sabía que no se quedaría quieta y que intentaría averiguar todo sobre el congreso, del que no le había dicho absolutamente nada, solo que me marcharía temprano al día siguiente.

Ya había dejado la maleta en el coche porque no quería hacer ruido por la mañana ni darle la oportunidad de seguir incordiándome.

La ropa que me pondría también estaba preparada sobre la silla de mi habitación.

Durante esos días intentaría hablar con Candela, aunque sabía que no me lo iba a poner fácil.

El congreso constaba de un par de reuniones, la primera de ellas esa misma tarde, después de nuestra llegada. A continuación habría varias actividades de ocio que, en realidad, estaban pensadas para favorecer el contacto entre los asistentes y facilitar posibles acuerdos o contratos.

En realidad, no era necesario que Candela viniera conmigo porque no tenía ningún negocio concreto a la vista, pero deseaba tenerla cerca y, al mismo tiempo, lejos de Dafne.

Sin embargo, aquello se quedaría solo en un deseo porque, cuando me levanté por la mañana, no encontré por la casa a la que sería la madre de mi hijo.

No me paré a pensar qué podía estar haciendo ni adónde podía haber ido. Para mí fue casi un alivio, porque así no tendría que despedirme de ella. Al menos, hasta que llegué al coche y la encontré sentada en el asiento del copiloto.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

—Anoche encontré un billete en primera clase para el mismo vuelo que vas a coger tú y lo compré. Por supuesto, con tu tarjeta, esa que todavía conservo.

—Te he dicho que no quería que vinieras.

—Y yo que no pensaba dejarte a solas con esa mujer.

—Baja del coche ahora mismo.

—Si me bajo del coche, si no me permites ir contigo, cuando vuelvas ya no estaré. Te estoy dejando pasar que no duermas conmigo, que me trates como si estuviera apestada, pero no voy a pasar por la cornuda de España.

—Qué curioso que me digas eso cuando precisamente eso que me reprochas es lo que fui yo durante todo el tiempo que estuvimos juntos.

—¡Eso es el pasado!

—Un pasado que, valga la redundancia, yo tengo muy presente.

No quise discutir más. Me repetía que tenía que aguantar hasta que naciera el bebé, porque entonces podría luchar por la custodia de mi hijo y terminar con aquella mujer para siempre.

Con Candela, por mucho que le dije que podía recogerla, tuve que aceptar su negativa y quedamos directamente en la puerta del aeropuerto. El congreso se celebraba en Madrid y nos alojaríamos en uno de los hoteles del centro.

Solo habíamos reservado dos habitaciones, por lo que no me quedaría más remedio que compartir la mía con Dafne. Además, no quería que nadie pudiera reprocharme nada respecto a la madre de mi hijo, así que no veía otra opción.

Eso sí, cuando llegáramos pediría una habitación con dos camas individuales o, al menos, con un sofá porque, aunque compartiera habitación, no compartiría cama con ella por nada del mundo. Las cosas eran como eran, sin más adornos, por mucho que Dafne se negara a entenderlo.

Llegamos al aeropuerto y dejé el coche estacionado en el aparcamiento para recogerlo a la vuelta. Saqué las maletas del maletero y me dirigí hacia la puerta donde había quedado con Candela.

Cuando me vio llegar acompañado de Dafne, su expresión cambió de inmediato. Era una mezcla de dolor y rabia, y supe en ese instante que las pocas posibilidades que me quedaban de arreglar las cosas con ella acababan de desvanecerse.

—Hola, Candela. Veo que no me esperabas, ¿verdad?

—Hola. Pues no, no te esperaba, pero no por el motivo que piensas, sino porque no creía que Iván necesitara escolta para asistir a un evento de trabajo —le contestó ella.

—Mi prometido y yo iremos juntos cada vez que nos plazca, te guste o no.

—A mí ni me tiene que gustar ni me tiene que disgustar. Yo vengo a trabajar, no de fiesta, como parece que vienes tú.

—Ay, chica…

—¡Ya basta! No sois dos niñas en el patio de un colegio peleándoos por su juguete preferido —les dije, visiblemente enfadado.

—Señor Montero, siento comunicarle que yo no pienso pelearme con nadie, entre otras cosas porque ni es usted un juguete ni, mucho menos, mi preferido.

»Ese tiempo en el que yo luchaba por todo se terminó. Ahora estoy en un punto de mi vida en el que, quien quiera tenerme en la suya, deberá ser quien pelee por mí.

—¿Ahora le hablas de usted? Qué ridícula. Sobre todo después de todo lo que ya has hecho con él —le soltó Dafne, riéndose con desprecio.

Candela la miró como si tuviera delante un piojo, se dio la vuelta y entró sola en la terminal, como si no viajara conmigo. Aquello, sumado a sus palabras anteriores, me dolió como nunca antes me había dolido nada.

Pero mis sorpresas no terminaron ahí, porque, cuando entramos en el avión, descubrí que, mientras mi billete y el de Dafne eran de primera clase, Candela había elegido viajar en clase turista. No pude callarme y fui a reclamarle, dándome exactamente igual las protestas de mi ex.

—¿Se puede saber por qué no estás en primera clase, como yo?

—Pues es muy sencillo: usted es el jefe, mientras que yo soy una simple empleada.

—Eso que estás diciendo es muy injusto porque en ningún momento te he dicho que hicieras distinciones entre tú y yo.

—Ya, pero soy yo quien ha decidido marcar las distancias.

—Sigo sin entenderlo y ahora mismo pienso solucionarlo.

—No quiero que solucione ni cambie nada, mucho menos sabiendo que esa mujer estará delante. Por cierto, no hacía falta que me la restregara por la cara.

—No era esa mi intención. Es más, ni siquiera sabía que venía con nosotros hasta esta mañana.

—Mira, me da igual, porque conmigo no viene ni vendrá nunca.

No le hice caso y me dirigí a una de las azafatas. Le puse como excusa que me había equivocado al comprar los billetes y que uno de ellos lo había sacado en clase turista, para saber si existía alguna posibilidad de cambiarlo a primera clase.

No pudieron solucionarlo en aquel trayecto, pero sí me dijeron que, cuando aterrizáramos en Madrid, podía acercarme al mostrador de la compañía y cambiar el billete de vuelta pagando la diferencia. Por mucho que insistí, no hubo manera de hacer nada en ese momento.

Cuando aterrizamos y vi que Candela intercambiaba su número de teléfono con el hombre que había viajado a su lado, os prometo que la sangre dejó de llegarme al cerebro y mis instintos más primarios se apoderaron de mí.

—Veo que la mosquita muerta ya te ha sustituido. Al final va a resultar que las hay más zorras que yo —me dijo Dafne, que también se había dado cuenta y no dudó en meter el dedo en la llaga.

—Cierra la puta boca. No tienes ni idea ni la conoces.

De dos zancadas me planté a su lado, mirando a aquel tipo con una expresión que dejaba bien clara toda la furia que sentía por dentro, sin intentar disimularla siquiera.

—Nos marchamos —le dije mientras la cogía del brazo.

—Me iré cuando lo considere oportuno. Ahora, si no te importa, voy a despedirme de mi amigo.

Con toda la calma del mundo, se soltó de mi brazo y me miró. Supe que aquello no se quedaría ahí porque, conociéndola como la conocía, en cuanto aquel hombre se apartara de nosotros me iba a decir cuatro cosas bien dichas.