Capítulo 26
Candela
—Aquí estoy, ¿qué quieres? —le preguntó nuestro amigo, pero en un tono que no daba lugar a equívocos y demostraba lo molesto que estaba.
—Hablar contigo. Pasa a mi despacho, por favor.
—¿Es algo del trabajo? Porque, si no es así, lo siento, pero no pienso entrar de nuevo en tu juego. Tú elegiste bando, me dejaste claro que no me metiera más en tu vida y que tú eras el jefe.
—¿Vais a estar a la gresca los dos?
—Yo no estoy a la gresca con nadie, pero tampoco voy a reírte las gracias, Iván. Creo que ya me ha quedado claro que lo quieres tener todo, y eso no se puede. O eres blanco o eres negro… —le dije muy seria.
—También existe la gama de grises.
—No cuando en uno de esos grises hay una mujer que está esperando un hijo tuyo. No cuando me has mentido y no cuando la has elegido a ella, dejándome a mí sin voz ni voto.
Iván nos miró a los ojos y, sin decir una palabra más, se giró y entró en su despacho dando un portazo que resonó en toda la planta. ¿Estaba enfadado? Pues, sinceramente, me daba igual. Era yo la que tenía motivos para estarlo después de lo que me había hecho.
—¿Se está comportando como si él fuera la víctima o me lo ha parecido a mí? —me preguntó Teo.
—No, no es ninguna sensación tuya. Se está comportando así y manda cojones, dicho sea de paso.
—¿Cómo te encuentras tú?
—¿Cómo me voy a encontrar? Imagínate. Y, encima, tengo que aguantar a su madre diciéndome que la otra soy yo y que deje a su hijo en paz. Aparte de eso, el muchacho vino a buscarme el viernes por la tarde pensando que yo lo iba a recibir con los brazos abiertos.
—¿Fue a buscarte? ¿Para qué? ¿Con qué objetivo?
—Según él, para darme una explicación de cómo había sucedido todo. ¿Te lo puedes creer?
—Este tío es imbécil, de verdad.
—Pues sí, porque ella está embarazada de poco menos de tres meses y sí, tal y como estás pensando, se acostó con ella y las fechas cuadran.
—De verdad, no sé si abrir esa puerta y darle un puñetazo por gilipollas o pasar del tema y dejar que se estrelle solo.
—Teo, da igual lo que se le diga, no va a entrar en razón. Será mejor que dejemos que siga con su vida y nosotros continuemos con la nuestra. Al menos yo voy a hacerlo así y, a partir de ahora, me dirigiré a él únicamente por motivos laborales.
—Pero no puedes dejar que Dafne se salga con la suya. No puedes tirar tu felicidad por la borda, Candela.
—Sí que puedo y, de hecho, lo estoy haciendo, porque no puedo obligar a nadie a que me quiera. Iván ha dejado claro que esa mujer siempre estará presente en su vida.
Estuvimos un buen rato más hablando sobre aquello hasta que recibí una llamada de Iván por el interfono.
Necesitaba unos informes que no se habían descargado en su ordenador.
Por suerte, no tuve que entrar en su despacho ni volver a verlo porque, con un simple clic, se los envié por correo electrónico para que pudiera descargarlos.
Eso fue suficiente para que Teo se despidiera de mí y quedáramos en bajar a desayunar más tarde.
Después me sumergí en todo el trabajo que tenía pendiente y las horas se me pasaron sin darme cuenta.
Ni siquiera reparé en que no habíamos bajado a desayunar.
Teo tenía una reunión que terminó alargándose y yo estaba esperando a que viniera a buscarme.
A las dos y media de la tarde, como no había bajado ni había disfrutado de mi media hora de descanso, decidí marcharme. No pensaba regalarle ni un minuto más de mi tiempo. Por eso no tuve más remedio que entrar en su despacho para avisarlo.
—Señor Montero, me marcho ya.
—¿Ya son las tres de la tarde?
—No, son las dos y media, pero, como no he disfrutado de mi media hora de descanso para desayunar…
—Está bien, pero prepara una maleta y organiza el viaje que tenemos al congreso de empresarios, porque tenemos que asistir la semana que viene. Te acabo de enviar un correo electrónico con todos los datos.
Me tuve que morder la lengua porque no podía ser más cabronazo. No podía negarme a ir, ya que en mi contrato constaba expresamente la disponibilidad para viajar con él, pero una cosa tenía clarísima: si lo estaba haciendo con la intención de volver a acostarse conmigo, no se lo creía ni él.
No le dije nada a Teo porque no me apetecía estar con nadie. Cogí el bolso y me dispuse a ir hasta mi coche. Si tenía toda la información en el correo, aprovecharía la tarde para revisar lo que tenía que organizar y enterarme de qué iba aquel congreso, porque no había oído hablar de él en mi vida.
Llegué a casa y ya estaban allí mis compañeras, mis mejores amigas, que no habían tenido clase a última hora y habían podido salir antes. Se habían encargado de dejar preparada la comida y poner la mesa para que, cuando yo llegara, estuviera todo listo.
Bueno, eso de preparar la comida vamos a cogerlo con pinzas, porque la había dejado yo hecha la noche anterior y ellas solo habían tenido que meterla en el horno y calentarla.
—Venga, date una ducha y ven al salón, que ya está todo listo y la lasaña huele que alimenta —me dijo Noa.
—Lo sé. Fui yo quien la cocinó anoche, así que sé perfectamente cómo huele y cómo sabe también.
—Bueno, como sea, date prisa, que tengo hambre —dijo Sofía, como siempre.
—Ya voy, no me metáis prisa, que sabéis que no me gusta.
Enfilé el pasillo hacia el baño, aunque antes pasé por mi habitación para dejar mis cosas y coger ropa interior y el pijama. Total, ya no pensaba salir en lo que quedaba de día, y no había nada mejor que llegar del trabajo y ponerse un pijama calentito, sobre todo en días como aquel.
Llevábamos varios días en los que la lluvia y el frío no nos daban tregua y en los que donde mejor se podía estar era en el sofá, al calor de una mantita y escuchando llover fuera.
—¿Qué tal te ha ido el día? —me preguntó Noa en cuanto llegué al salón.
—Con sentimientos encontrados, como es normal. Para mí ha sido un choque tener que verlo de frente, mucho más después de lo que pasó el viernes.
—De verdad, no sé qué quiere ese hombre. De pronto parece que está completamente enamorado de ti y, al minuto siguiente, vuelve con su ex —añadió Sofía.
—Pues no sabéis lo más grande.
—Sorpréndenos, porque de ese hombre ya nos podemos esperar cualquier cosa.
—Quiere que vaya con él al congreso de empresarios y no me puedo negar porque en mi contrato está especificado.
—Déjame decirte una cosa, sin acritud: ese tío es un cabrón. Si yo fuera tú, lo llamaba el día antes para decirle que estaba con fiebre y lo dejaba compuesto y sin asistente —me dijo Noa con toda la maldad del mundo.
—No te creas que no lo he pensado, pero entonces la que quedaría mal sería yo, porque estaría mezclando lo personal con lo laboral, que fue precisamente lo que le pedí que él no hiciera.
—Bueno, mientras tengas claro que no vas a acostarte con él otra vez, no hay ningún problema.
—Eso no lo tengo claro, lo tengo clarísimo. Si es eso lo que está pensando y por eso me ha dicho que tengo que acompañarlo, se va a llevar un chasco, y de los grandes.
—Amiga, no vayas a caer, por favor te lo pido, porque es tu corazón el que está en juego y creo que ya se han burlado demasiado de ti y te lo han roto demasiadas veces.
—Ni que lo digas. El cupo de mal de amores lo tengo cubierto hasta que cumpla los cien años, por lo menos.
Estuvimos comiendo mientras charlábamos de todo y de nada, porque no me apetecía seguir hablando de lo mismo. Ya empezaba a cansarme del tema. Y no es que no les agradeciera su preocupación, porque sí que lo hacía, pero me sentía machacada y superada.
Después de comer, mis amigas se fueron a echar una siesta y yo, que sabía que, si me dormía, luego no habría manera de conciliar el sueño por la noche, me senté en el sofá con la manta y el portátil apoyado sobre las piernas para buscar información sobre el congreso de empresarios.