Capítulo 25
Iván
Salí de allí con el corazón encogido porque, aunque el ginecólogo me había confirmado todo lo que Dafne me había contado, algo me decía que las cosas no eran exactamente como me las estaban haciendo creer. No sé si me explico.
El embarazo iba tal y como tenía que ir y, después de la ecografía, volvimos a la consulta para que el doctor continuara dándole las indicaciones necesarias y todo siguiera su curso sin contratiempos durante los meses que quedaban de gestación.
—¿Tienes náuseas, Dafne? —le preguntó el doctor.
—La verdad es que no. Salvo algún que otro día suelto, no he sentido apenas molestias.
—Está bien. Hay mujeres que no las tienen durante todo el embarazo, aunque son más frecuentes durante el primer trimestre. Por si aparecen, te voy a recetar unas pastillas. Si sientes náuseas, te tomas una en ayunas y te ayudará a aliviar esa sensación.
—Siempre es bueno prevenir. Muchas gracias.
—También tendrás que tomar un complejo vitamínico que ayudará a cubrir las necesidades de esta etapa.
Y, aparte de eso, las recomendaciones habituales: alimentación sana, algo de ejercicio físico moderado, con unas caminatas será suficiente, y aquí te dejo una lista con los alimentos que debes evitar.
—Seguiré todas las indicaciones. Este bebé es muy importante para mí.
—Bueno, pues, dicho esto, la enfermera te citará para las próximas pruebas. Es algo rutinario, así que no te preocupes.
Nos despedimos del doctor y nos dirigimos hacia mi coche. Yo iba como ido, incapaz de creer que hubiera vuelto a caer en su trampa aquella noche y, mucho menos, que no hubiera sido capaz de utilizar un preservativo, algo que me habría ahorrado todo aquel disgusto.
—Hala, pues ya has comprobado que todo lo que te he dicho es cierto y que estoy embarazada del tiempo que te aseguré.
—Que estés embarazada no significa que ese bebé sea mío.
—Venga ya, Iván, no me hagas reír. Las fechas coinciden y tengo claro que, si te acostaste conmigo aquella noche, fue porque querías volver. Quizá este bebé lo haya mandado el destino para que tú y yo dejemos de hacer tonterías y nos unamos de una vez.
—No lo sé, no entiendo nada. Necesito asimilar todo esto que ha pasado. Te voy a dejar en casa y después me marcharé a la mía, porque necesito estar solo y pensar cómo enfrentarme a todo lo que me ha caído encima…
—Te daré hasta el lunes. Si el lunes a media mañana no tengo noticias tuyas, recogeré mis cosas y me marcharé del país. No podrás ver a tu hijo ni siquiera cuando nazca.
—¡No puedes hacer eso! No puedes amenazarme y presionarme de esta manera. Necesito respirar y tomar una decisión que sea justa para todos.
—Lo único que tienes que decidir es si quieres que tu hijo conozca a su padre o no. Nada más.
—Dafne, sabes perfectamente que eso no es así. Mi vida se ha puesto patas arriba en dos segundos…
—Te hablaré claro. Si me quedo en el país y decides elegir a tu hijo por encima de esa mujerzuela que has metido en tu cama, me mudaré a tu casa, prepararemos la habitación del bebé y empezaremos a organizar la boda, que se celebrará después de que nazca porque no quiero parecer una bola de Navidad…
—Veo que lo tienes todo muy bien pensado y planeado, ¿no?
—Qué quieres que te diga… Soy una mujer organizada y no me gusta dejar nada a la improvisación.
—Ja, ja, ja. Eso será ahora, porque siempre has sido un puto desastre que solo ha mirado por su propio bienestar.
—Bueno, las personas cambian.
La dejé en la puerta de su casa, pero, lejos de irme a la mía, me dirigí hacia la oficina. Quería hablar con Candela y explicarle lo que había sucedido, pero no la encontré, ni a ella ni a Teo, y supuse que se habrían marchado ya en vista de la hora que era.
Como no podía quedarme así, fui hasta casa de Candela con la esperanza de encontrarla allí, pero tampoco tuve suerte. Tendría que dejarlo todo para el lunes, por mucho que aquello me estuviera atormentando.
Justo cuando estaba a punto de subir al coche, la vi bajar del suyo y no me lo pensé.
—¡Candela!
—Lárgate, Iván. No es buen momento.
—Sí que lo es. Tenemos que hablar, tengo que darte una explicación…
—Una explicación que ni quiero ni necesito.
—Pero yo sí necesito dártela…
—Me importa un carajo lo que tú necesites, ¿sabes por qué? Porque tú no has pensado en lo que necesitaba yo, porque me has mentido y porque has hecho exactamente todo aquello que dijiste que no harías.
—Te entiendo, pero no es como tú estás pensando…
—Claro que no. Ahora resulta que las mujeres se quedan embarazadas por correo electrónico y eso fue lo que pasó, que le enviaste uno por error y ella lo aprovechó.
—No. Si está embarazada es porque nos acostamos, eso es evidente. Pero fue una noche en la que me sentía mal y, además, tú y yo ni siquiera estábamos juntos todavía… ¿Cómo sabes que Dafne está embarazada?
—Fuiste tú quien me dijo que no habías tenido contacto con ella desde hacía más de ocho meses, cuando no era cierto. Y lo sé porque tu querida madre se aseguró de dejármelo muy clarito esta mañana. Es más, me dio hasta el documento de la clínica para que no me quedara ninguna duda.
—Te juro por mi vida que no había vuelto a pensar en aquella noche porque para mí no significó nada. En cuanto a mi madre…
—Pues mira tú por dónde que sí significó algo, porque ahora estáis esperando un hijo. Tu madre me da igual. Es tan parecida a la mía que no quiero cerca a ninguna de las dos. Pero no te preocupes, mientras no me despidas, seguiré haciendo mi trabajo.
—Tu ropa y todas las cosas que están en mi casa te las haré llegar mañana mismo.
—No las quiero. Tíralas o dónalas a la beneficencia. A partir de ahora solo tendremos una relación laboral. Que te vaya bonito en la vida, señor Montero.
Candela se giró y me dejó allí con un dolor en el corazón que apenas podía soportar. La entendía porque, si yo me encontraba de aquella manera, no podía ni imaginar cómo debía de sentirse ella, cuando había sido yo quien le había fallado.
Me subí al coche con lágrimas en los ojos. La quería más que a mi vida, pero no podía dejar tirado a mi hijo, no con una madre que no sabía ni dónde tenía la cabeza, no con una mujer que solo miraba por sí misma y a la que el bebé parecía darle exactamente igual.
Quizá, cuando naciera, podría luchar por su custodia. Tal vez solo necesitaba tiempo para encontrar una solución que no me hipotecara la vida ni me atara a aquella mujer para siempre.
Pasé el fin de semana solo y encerrado en casa. El clima parecía haberse aliado con mi estado de ánimo porque no paraba de llover y el viento soplaba con fuerza, agitando todo lo que encontraba a su paso, igual que mi vida se había visto sacudida en apenas unos días.
Subí y empecé a guardar todas las cosas de Candela en cajas, pero no pensaba tirarlas ni donarlas.
Encontré su crema en el baño, una camiseta que había dejado en mi armario, el cargador del móvil y hasta una goma del pelo junto a la cama.
Eran cosas insignificantes, pero cada una de ellas me recordaba hasta qué punto se había ido haciendo un hueco en mi casa sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
Cuando terminé, llevé las cajas al trastero que había fuera de la casa principal, donde guardaba todo lo relacionado con el mantenimiento del jardín y la piscina.
En el fondo de mi corazón albergaba la esperanza de que pudiéramos volver, aunque sabía que era casi imposible.
No sé, quizá el destino me tuviera preparado algo que consiguiera darle la vuelta a toda aquella situación.
Sí, lo sé, era una tontería aferrarme a eso, pero necesitaba hacerlo para no volverme loco.
Llegó el lunes y volvimos a la oficina. Ahora no solo tenía que lidiar con mis sentimientos hacia Candela, que ya estaba sentada detrás de su escritorio cuando llegué, sino también con las miradas de Teo y el tono que utilizaba conmigo.
—Buenos días, señor Montero —me dijo ella.
—Buenos días, Candela, por decir algo. Y no me llames así, te lo pido por favor, porque me hace sentir que cada día nos alejamos más.
—Precisamente por eso lo hago, porque así me queda clara mi posición en su vida y no pienso cambiarla.
No sabía qué contestarle porque, si le decía que para mí era la persona más importante, no me creería y tendría toda la razón del mundo para no hacerlo. Pero, si no decía nada, pensaría que su suposición era cierta.
¿Qué hice? Cambiar de tema.
—¿Está Teo en su despacho?
—No, Teo todavía no ha llegado.
Justo cuando terminaba de decirlo, se abrieron las puertas del ascensor y apareció mi amigo.