Capítulo 24
Candela
No supe nada de Iván durante toda la tarde ni en toda la noche después de que saliera de la oficina sin siquiera mirarme a la cara. Aquella mañana no tenía demasiadas ganas de ir a trabajar, pero tenía que hacerlo por varios motivos.
El primero, porque habíamos decidido que, pasara lo que pasara entre nosotros, no interferiría en nuestra relación laboral.
El segundo, no menos importante, porque debía enfrentarme a todo lo que había ocurrido el día anterior y, sobre todo, pedirle la explicación que me debía.
Porque sí, yo no me merecía lo que Iván había hecho.
La tarde anterior, cuando llegué a casa y mis amigas vieron la cara que tenía, no dudaron en anular sus planes y quedarse conmigo, al igual que sus chicos.
El primero que no entendía nada era Teo, que, en cuanto se enteró de que Iván había recibido la visita de su madre y de su ex, se llevó las manos a la cabeza.
—Espero que no se salgan con la suya, sea lo que sea, porque harán que mi amigo se convierta en un desgraciado.
—Yo también lo espero, por la cuenta que me trae. Me ha contado cosas tan espeluznantes de esa mujer que, solo de pensar que pudiera volver con ella, se me ponen los pelos de punta.
—No creo que vuelva con ella. Iván está muy enamorado de ti, Candela, y creo que eso puede ser el motivo al que se agarre como a un clavo ardiendo, pero solo el tiempo lo dirá.
Me levanté aquella mañana, como ya he dicho, sin ganas de nada. No había sido capaz de conciliar el sueño durante la noche, así que me di una ducha rápida, me vestí con lo primero que encontré en el armario, me tomé un café en la cocina y salí de casa.
No sabía qué hacer con la mochila que siempre llevaba a casa de Iván porque, aunque allí tenía ropa y de todo, me gustaba llevarme mi libro electrónico y otras cosas que no dejaba en su casa.
Podéis llamarme idiota, pero confiaba en que retomáramos nuestra vida tal y como había sido hasta ese momento y, por eso, preparé la mochila y me la llevé.
La dejaría en el coche y, si finalmente me iba con Iván, la recogería antes, ya que los viernes dejaba mi coche en el garaje de la empresa y me marchaba en el suyo.
El lunes regresábamos juntos a la oficina.
Cuando llegué, lo primero que hice fue mirar hacia su plaza de garaje para comprobar si su coche estaba aparcado, pero me la encontré vacía. Aquello ya no me gustó, porque Iván solía ser el primero en llegar y el último en marcharse.
Subí a mi planta y me situé detrás de mi escritorio, aunque antes entré en su despacho por si, por algún motivo, había llegado al trabajo sin su coche o lo había dejado aparcado en otro sitio. No había ni rastro de él.
—No lo busques, que hoy no viene —me dijo Teo, bastante enfadado.
—¿Cómo que hoy no viene? Si tiene un montón de citas agendadas…
—Eso me ha dicho. Que te dijera que le liberes la agenda de hoy y repartas las citas a lo largo de la semana siguiente porque tiene cosas importantes que atender.
—¿Y no ha tenido cojones para llamarme y decírmelo a mí?
—Eso mismo le he contestado. ¿Y sabes cuál ha sido su respuesta?
—Ni idea, pero, viendo que ha dejado de lado su trabajo, miedo me da.
—Pues me ha dicho que yo soy su empleado, que no me meta en su vida y que acate sus órdenes, así a grandes rasgos.
—Esas palabras no pueden haber salido de su boca. Iván no es así.
—No sabes cómo es cuando tiene a esa mujer a su lado. Le da la vuelta y lo maneja como quiere. Estuvimos mucho tiempo teniendo nada más que una relación laboral, y fue por su culpa.
»Por eso ya le he advertido que, cuando le dé la patada, que se la dará, o vuelva a hacerle una de las suyas, no venga a buscarme.
—¿Ha vuelto con ella? —pregunté, muerta de miedo por la respuesta que pudiera darme.
—No lo sé, pero todo indica que sí.
No pude evitar venirme abajo. ¿Se podía tener más mala suerte en el amor que yo? Porque, visto lo visto, siempre acababa fijándome en los más cabrones, en esos que por delante mostraban una cara y, por detrás, te la metían doblada.
Teo, al verme así, no dudó en acercarse para abrazarme, mostrarme su apoyo y su cariño y decirme que yo no me merecía aquello, que Iván había encontrado justo lo que llevaba tanto tiempo buscando y lo estaba echando a perder por volver con la mujer que tanto daño le había hecho.
—Haz una cosa. Libera la agenda y vete a casa, tómate el día libre.
—No, me quedaré hasta que termine mi horario por varias razones.
—¿Cuáles son?
—La primera, que nos prometimos que, pasara lo que pasara entre nosotros, no afectaría a lo laboral. Y la segunda, y para mí la más importante, que, como me meta en mi casa, no voy a parar de llorar y eso me hundirá todavía más de lo que ya estoy. No me lo puedo permitir.
—Venga, entonces arregla el tema de las citas y nos vamos a la cafetería para desayunar en condiciones. Así hablamos con tranquilidad.
—A eso no te voy a decir que no, porque con un solo café en el cuerpo no voy a llegar muy lejos.
—Así me gusta, que nada ni nadie pueda contigo. Has salido de cosas peores y esto es una minucia.
—Bueno, tanto como una minucia… Pero sí, no voy a permitir que esto acabe conmigo.
Teo me dejó un beso en la mejilla y se marchó a su despacho.
Quedamos en que iría a buscarlo cuando hubiera terminado con todo el tema de la agenda para bajar a la cafetería, donde no tendríamos demasiada prisa por volver porque, si Iván se había tomado la licencia de cogerse el día, nosotros podíamos permitirnos una hora.
Justo cuando estaba terminando de cambiar las citas, que me habían dado más de un quebradero de cabeza porque algunos clientes consideraban aquello una falta de profesionalidad, terminé excusando a Iván con una indisposición por motivos de salud.
En ese momento, vi que el ascensor volvía a abrirse y que de él salía su madre.
—Buenos días, señora. Su hijo no ha venido hoy a trabajar, así que no podrá verlo. Tendrá que llamarlo por teléfono y quedar con él.
—Eso ya lo sé. ¿Acaso te piensas que no sé dónde está mi hijo? La que no tiene ni idea eres tú.
—En eso le tengo que dar la razón, pero tampoco es algo que me incumba. Yo solo soy su asistente…
—Y la zorra que se acuesta con él, pero eso ya se ha terminado. ¿Quieres saber el motivo?
—Para empezar, si en la vida de su hijo hay alguna zorra, esa no soy yo. En segundo lugar, si lo que teníamos se ha terminado, eso me lo tendrá que decir Iván. Y, en tercer lugar, el motivo por el que no está hoy aquí me trae sin cuidado.
—Pues a mí me parece que no, a no ser que quieras seguir siendo la amante. Pero bueno, creo que a eso ya estás acostumbrada… ¿No se casa el que era tu novio con otra mujer?
Me parecía mentira que aquella mujer me hubiera investigado, pero no pensaba agachar la cabeza delante de ella. Si eso era lo que había venido buscando, lo llevaba claro conmigo porque no iba a suceder.
La vi sacar un sobre de su bolso de firma y dejarlo encima de mi escritorio. ¿Qué coño era aquello? Solo pude fijarme en que llevaba el logotipo de una clínica de la ciudad y empecé a ponerme nerviosa, porque eso únicamente podía significar que Iván estaba enfermo.
—Ahí te lo dejo para que lo leas con tranquilidad. Buenos días.
No fui capaz ni de contestarle ni de abrir el sobre. Ni siquiera levanté la cabeza cuando escuché cerrarse las puertas del ascensor. Me quedé congelada hasta que la voz de Teo me sacó de mi ensimismamiento.
—¿Qué te ocurre, Candela? Tienes la cara descompuesta.
—Y no es para menos. Se acaba de marchar de aquí la madre de Iván.
—¿Cecilia ha estado aquí? ¿Para qué? ¿Con qué intención?
—Para dejarme esto, que se supone que es el motivo por el que Iván no ha venido hoy a trabajar. Además de para insultarme, como es habitual en esa mujer. No entiendo el odio que me tiene, la verdad.
—¿Eso qué es? ¿Qué contiene ese sobre?
—No he sido capaz de abrirlo. Lleva el logotipo de una clínica de la ciudad.
Teo me lo quitó de las manos y no dudó en abrirlo, pero, conforme iba leyendo, su rostro cambiaba de color y se ponía más blanco por momentos. ¿Qué ponía en aquellos documentos? ¿Tan malo era como para que Teo pareciera descompuesto?
—¿Qué pone, Teo? ¿Qué dice ese documento? Cuéntamelo, por favor.
—Pone que Dafne está embarazada. De nueve semanas, para ser más exactos.
—¿Y qué tiene que ver eso con Iván? Hasta donde yo sé, hace casi un año que rompieron.
—Espero que no intenten endosarle este embarazo a él porque, si entra por el aro, no podrá quitarse a esa mujer de encima en lo que le queda de vida.
—Pero ¿cómo va a ser de él si llevan todo este tiempo separados? ¿Volvió a acostarse con ella después de dejarlo?
—No lo sé. A mí, desde luego, no me lo ha contado. Pero, si él ha aceptado que ese bebé puede ser suyo, algo tiene que haber que yo desconozco.
—¿Ha estado con las dos? Espero que no, porque, como haya sido así, no se lo perdonaré en la vida… Encima, su madre me ha dicho que, si me mantengo a su lado y sigo con la relación, continuaré siendo la amante…
—Candela, creo que será mejor que no adelantemos acontecimientos y esperemos a que él dé las explicaciones necesarias.
—Y yo creo que no necesito explicaciones de ninguna clase. Con este documento ya me ha quedado todo claro. Es más, no sé ni si quiero seguir trabajando aquí. Me pondré a buscar otra cosa y, cuando la encuentre, presentaré mi renuncia.
—No actúes en caliente, Candela. Deja reposar tus sentimientos y, cuando tengas claro lo que te conviene, toma la decisión que consideres mejor.
—Ahora mismo, la decisión que voy a tomar es ir a la cafetería porque necesito un café, el más fuerte y negro que tengan, para que me despeje las ideas. Porque, si me dejo llevar por lo que estoy sintiendo en estos momentos, te juro que me plantaría en su casa y le diría cuatro cosas bien dichas.
—No merece la pena, preciosa. El tiempo y el karma pondrán a todos en su lugar, te lo aseguro.
Bajamos a la cafetería, donde estuvimos un buen rato sin mirar el reloj y sin ninguna prisa. Si el teléfono sonaba, que llamaran otra vez; si venía alguien a concertar una cita, que volviera más tarde. En aquel momento, lo único que necesitaba era tranquilizarme y no pensar en Iván.
Volvimos después de un buen rato y, como no tenía trabajo pendiente, decidí irme a dar un paseo por la ciudad. Dejaría el coche en casa y me perdería durante todo el día. Necesitaba estar sola y masticar toda la información que había recibido.