Capítulo 23
Iván
Cuando pensaba que mi madre iba a ponerse de mi parte, recibí justo lo contrario, pues seguía defendiéndola y, con sus palabras, me dejó claro que sería así siempre, para los restos.
—Hijo, debes aprender a vivir sin rencores. Cada uno decide cómo vivir su sexualidad y, si ella quiso hacerlo de esa manera y tú lo aceptaste, no tienes derecho a reprocharle nada.
—¿Me estás hablando en serio? Porque no me lo puedo creer. ¿Ha puesto en riesgo mi salud y tú todavía sigues diciendo eso?
—Por supuesto que sí. Además, el culpable de todo esto no es otro que tú. Si sabías que se estaba acostando con otras personas, tendrías que haber tomado medidas para que eso no ocurriera.
—No, de verdad. Encima de cornudo, apaleado, como se suele decir.
—Bueno, aquí tienes el resultado de mi prueba de embarazo. Como podrás comprobar, estoy embarazada de nueve semanas, más o menos el tiempo que ha pasado desde la última vez que nos acostamos.
Cogí el documento que había dejado encima de la mesa y lo leí como cien veces. Por un lado, quería creer que no me estaba engañando, pero, por otro, sabía que no podía fiarme de ella. Había sido una embustera de manual y estaba convencido de que seguiría siéndolo toda la vida.
—A ver, no sé si esto es cierto o no y, por eso, mañana mismo vendrás conmigo al ginecólogo. Elegiré yo al médico y quiero que sea él quien me confirme todos estos datos.
—No tengo ningún inconveniente y entiendo tu postura, la verdad.
—Dicho esto, si es cierto que estás embarazada y que ese bebé es mío, me ocuparé de él y procuraré que no tenga ninguna carencia, ni económica ni afectiva, porque pienso ejercer de padre, pero no de pareja tuya.
—Lo siento por ti, pero eso sí que lo tengo claro. Nosotros somos un pack indivisible. Si no quieres saber nada de mí, tampoco sabrás nada de tu hijo.
—Si ese bebé es mío, hablaré con mi abogado y haré todo lo que esté legalmente en mi mano para impedir que me apartes de su vida.
—Claro, suponiendo que yo me quede en el país. Pero, si no vas a por todas con nosotros, si no me incluyes en los planes de vida de nuestro bebé, tengo decidido desaparecer de aquí y no podrás encontrarme nunca. Tampoco a tu hijo.
—¿Tú estás de acuerdo con todo lo que está diciendo? —le pregunté a mi madre, que permanecía allí como una mera espectadora.
—Pues sí, porque sería lo lógico. ¿No crees?
—¿Cómo que sería lo lógico? Me estás dejando sin palabras, mamá. Lo lógico sería que tratáramos esto como los adultos que somos y que, si entre nosotros no hay nada, yo no me viera obligado a estar con una mujer que no quiero solo porque esté esperando un hijo mío.
—Claro, ese es el problema. ¿Pensabas que no sabíamos que estás liado con tu asistente? ¿Acaso crees que no sabemos dónde vives? Ya sabes lo que hay: si quieres ejercer de padre, quiero a esa mujer fuera de tu vida en todos los aspectos.
—No pienso despedirla. Eso que te quede claro desde ya.
—Pues la cambias de puesto, lo más lejos posible de ti. A ser posible, a recepción. No creo que tenga la educación suficiente para ocupar el lugar que está ocupando ahora.
—No tenéis ni puta idea. El trabajo es una cosa y la vida personal otra. Lo siento, pero por ahí sí que no pienso pasar. Eso fue lo primero que hablamos antes de empezar: que, si lo nuestro no salía adelante por el motivo que fuera, no interferiría en lo laboral.
—Vale, puedo pasar por ahí porque, una vez que volvamos, no vas a tener necesidad de acostarte con nadie que no sea yo, y lo sabes.
—Dios, me estás volviendo loco, de verdad. ¿Cuándo se ha ido mi vida a la mierda?
—En el mismo momento en que me sacaste de ella. Conmigo lo tenías todo y ahora, con esa mujer, no tienes nada.
—No voy a entrar en lo que tengo con Candela porque no es de tu incumbencia ni de la de nadie.
Quedé en recogerla al día siguiente a las nueve de la mañana en su casa para ir a que la examinara un ginecólogo. Me reservé tanto el nombre del médico como el de la clínica, pues no quería que nadie se me adelantara y pudiera comprarlo para que dijera lo que ellas querían.
Ni siquiera había comido, pero tampoco me apetecía hacerlo. Tenía un nudo en el estómago que me lo hacía imposible. Mi vida, mis sentimientos, todo aquello había pasado a un segundo plano.
Quería ir a hablar con Candela y explicárselo todo, pero no podía hacerlo. No todavía, no mientras no supiera con certeza si todo lo que me había contado Dafne era cierto. Por eso decidí subirme al coche y conducir sin rumbo hasta que consiguiera tranquilizarme.
Terminé en la Alhambra, mezclado con cientos de turistas que estaban allí a esas horas, algunos esperando para entrar y otros que ya habían terminado su visita. Sin saber muy bien qué hacer, me senté en uno de los taburetes de una taberna típica de la zona y me pedí una cerveza.
No sé cuánto tiempo estuve allí, pero sí que la cerveza terminó calentándose mientras yo me quedaba como en Babia, sin saber si llorar por lo que se me venía encima o reírme por lo macabro que había sido el destino conmigo.
Y yo que pensaba que por fin me había llegado el momento de ser feliz… Ahora me daba de bruces con todo aquello y sentía que me estaba sobrepasando. En un momento determinado decidí que ya era hora de volver a casa, así que pagué la consumición y regresé al coche.
Aquella noche fue una auténtica tortura.
Para empezar, no había recibido ni un solo mensaje de Candela y eso solo podía significar una cosa: estaba tan enfadada conmigo que prefería ni hablarme.
No sabía si aquello sería lo mejor para ella porque, de ese modo, cuando le dijera que lo nuestro había terminado, quizá no le dolería tanto.
A las siete en punto, sin necesidad de que sonara el despertador, ya estaba en pie. Antes de meterme en la ducha, puse en marcha la cafetera y después dejé que el agua terminara de despejarme, porque no había pegado ojo en toda la noche. Aquel día iba a necesitar una buena dosis de cafeína.
Me arreglé de manera informal y le envié un mensaje a Teo, pues no tenía ninguna intención de pasar por la oficina. Suponía que, a esas alturas de la película, ya sabría que mi madre y Dafne habían estado allí el día anterior, pero me daba igual. No tenía ganas de discutir.
Precisamente por eso no lo llamé. Si lo hacía, y conociendo su postura, los reproches llegarían incluso antes que el saludo, y me dolía tantísimo la cabeza que no tenía cuerpo para hablar con nadie.
Iván: Teo, hazte cargo de todo lo de la empresa hoy y dile a Candela que aplace todas mis citas para la semana que viene. Tengo un asunto importante que tratar y no me dará tiempo a pasar por la oficina.
Ni dos minutos después ya tenía la respuesta de mi mejor amigo y, tal y como había vaticinado, no fue en un tono cordial ni mucho menos.
Teo: ¿Por qué no tienes los huevos de llamarla y decírselo tú? De verdad, no me puedo creer que otra vez hayas caído en los brazos de esa mujer, por decirlo de una manera apropiada, porque, si tuviera que describirla, no sería esa la palabra que utilizaría.
Iván: Tengo suficientes problemas encima como para añadir uno más, así que hazme el favor y déjame en paz. Haz lo que te digo, que para eso soy tu jefe, y no te metas en lo que no te importa.
Teo: Ya me ha quedado claro lo que represento en tu vida. No te preocupes, que no pienso meterme en nada más que tenga que ver con tu vida privada ni en nada que se le parezca.
»Eso sí, cuando te vuelva a fallar, no vengas a buscarme, porque, desde este momento, no soy tu mejor amigo, sino tu empleado y, como tal, así actuaré.
Sabía que me había comportado mal con mi amigo, pero era la única manera que tenía de alejarlo de todo lo que llevaba encima. Si se ponía a decirme cosas sobre Dafne, iba a terminar peor de lo que ya estaba, que no era poco.
Me tomé el café, que me supo a veneno edulcorado, y salí de casa para dirigirme en coche hasta donde seguía viviendo Dafne.
Me estaba esperando en la puerta, vestida como si fuera a una recepción real, con unos taconazos y un atuendo que no me parecía nada apropiado para una visita al ginecólogo, aunque no sería yo quien le dijera nada.
—Hola, cariño. Qué puntual.
—No soy tu cariño, eso para empezar. Y me gusta ser puntual, no es algo que haga solo contigo. Todo lo contrario me parece una falta de respeto hacia la otra persona.
—Supongo que ya has pedido cita con el ginecólogo, ¿no?
—Supones bien, así que vamos a darnos prisa, que tenemos cita a las diez y media.
Se subió al coche y puse rumbo a la clínica donde nos esperaba el doctor Santana, con quien había concertado la cita para conocer todos los detalles sobre el embarazo de Dafne.
—Buenos días, teníamos cita con el doctor Santana —le dije a la chica de recepción.
—¿Me puede decir el nombre de la paciente, por favor? —me preguntó.
—Sí, Dafne de Benito. Es para una consulta relacionada con el embarazo.
—Sí, ya la tengo localizada. Pasen por ahí y siéntense en la sala de espera. En cuanto termine de atender a la paciente que tiene ahora en consulta, les hará pasar.
—Muchas gracias.
Me sorprendió que Dafne no hubiera soltado una de las suyas, diciendo que ella no podía esperar, preguntando si no sabían con quién estaban hablando o amenazando con tomar medidas para que la atendieran de inmediato.
No estuvimos ni dos minutos en la sala cuando vino una enfermera para avisarnos de que ya podíamos pasar. Por un lado, estaba nervioso por lo que pudiera contarme el doctor. No quería ni pensar que, con la vida que llevaba Dafne, pudiera haber algún problema con el embarazo.
—Buenos días, señores.
—Buenos días, doctor —contestó ella, porque yo no era capaz ni de articular palabra.
—Veamos, según los datos que facilitaron cuando concertaron la cita, está usted embarazada de unas nueve semanas, ¿no es así?
—Sí. Concretamente, y según el médico que me atendió anteriormente, estoy embarazada de algo más de dos meses.
—¿Cuál es el motivo por el que han decidido cambiar de ginecólogo, si no es mucha indiscreción?
—Ha sido decisión mía. Siendo completamente sincero, necesitaba que la examinara alguien a quien ella no conociera y que me dijera la verdad sin medias tintas —le expliqué al doctor, que me miró sorprendido.
No quise entrar en más detalles porque me avergonzaba que supiera que no confiaba en quien se suponía que iba a ser la madre de mi hijo. Él tampoco quiso ahondar más en el asunto y prefirió no meter el dedo en la llaga.
El doctor Santana se limitó a hacerle las preguntas habituales en una primera consulta de embarazo, como la fecha de su última regla, si estaba tomando algún suplemento y demás, hasta que la hizo pasar a la sala del ecógrafo, donde nos encontrábamos en ese momento.