Capítulo 22
Iván
Me encerré en mi despacho para tener esa videollamada que tenía agendada y de la que dependía el futuro de la empresa, puesto que, si llegábamos a un acuerdo y firmábamos el contrato que iba a ofrecerles, aquello sería el principio de nuestra expansión internacional y supondría un salto enorme para la empresa.
Estaba despidiéndome del cliente, con el acuerdo ya firmado digitalmente, cuando escuché gritos y jaleo en el pasillo. Reconocí claramente las voces y no podía creer quiénes estaban allí.
Eran mi madre y mi exnovia. Y sí, habéis leído bien: hacía casi dos meses que había visto a Dafne, no ocho, como había dejado creer a Candela. Uno de los días en los que estaba cenando solo en un restaurante me encontré con ella.
Ahora que estaba con Candela sabía que nunca había estado enamorado de ella, pero, en aquel momento, mi cabeza se nubló hasta tal punto que terminé la noche en su casa. A la mía me negaba a llevarla porque no quería que supiera dónde vivía.
Y había algo todavía peor: a Candela le había mentido.
Podía decirme todas las veces que quisiera que aquella noche con Dafne había sucedido antes de empezar lo nuestro, que no había significado nada y que desde entonces no había vuelto a verla, pero eso no cambiaba que yo había permitido que Candela creyera que llevábamos ocho meses sin ningún tipo de contacto.
Sabía demasiado bien lo que significaba descubrir que la persona en la que confiabas te había ocultado algo importante y, aun así, acababa de ponerla exactamente en ese lugar. Solo esperaba tener la oportunidad de explicárselo antes de que se enterara por otra persona.
Respiré hondo y abrí la puerta, dispuesto a enterarme de qué coño estaba pasando.
Me encontré con mi madre y mi ex soltando mentiras, pero no quise aclarar nada con Candela allí, delante de ellas.
Aun así, me fijé en que Dafne llevaba el anillo que le había dado cuando le pedí matrimonio y que, según ella, había perdido.
Una vez dentro del despacho, me puse firme y serio. No iba a permitir que me mangonearan, no ahora que volvía a ser feliz. Si hubieran venido un mes antes, quizá habría vuelto a caer, pero en aquel momento sabía muy bien lo que quería y con quién lo quería.
—¿A qué habéis venido? Sabéis que no me gusta que me interrumpan en el trabajo.
—Pues, ya que hablamos del trabajo, desde este momento te digo que quiero a esa mujer, a tu nueva asistente, fuera de la empresa cuanto antes mejor —me dijo Dafne.
No pude evitar echarme a reír.
—¿Con qué derecho crees que puedes venir aquí, después de tanto tiempo, cuando ya no hay nada entre nosotros, a darme órdenes sobre mis empleados?
—No hace tanto tiempo, porque nos vimos hace dos meses, para empezar. Además, estoy en todo mi derecho, como tu prometida que soy.
Dafne levantó la mano izquierda y me mostró el anillo que llevaba en el dedo mientras me miraba con una sonrisa, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Mi madre, por el contrario, la observaba orgullosa, y yo empezaba a sentirme de lo más incómodo.
—Eso ya no tiene ningún valor, al menos sentimental. Económico sí que debe de tenerlo.
—¿Cómo que no tiene valor sentimental, hijo mío? Dafne es la mujer que debes tener a tu lado porque es preciosa, elegante y tiene un saber estar que pocas mujeres poseen. Además, será la madre de tu hijo o de tu hija.
Os prometo que en aquel momento me faltaba el aire. Quería decir tantas cosas que se me atascaban en la garganta. ¿Cómo podía Dafne tener tan poca vergüenza como para haberle hecho creer aquello a mi madre? Allí había algo que no cuadraba y estaba dispuesto a descubrir qué era.
—Será mejor que nos marchemos de aquí y vayamos a un lugar más tranquilo porque hay mucho que aclarar y no creo que este sea el sitio apropiado.
—Sí, vayamos a tu casa y allí hablamos tú y yo todo lo que sea necesario.
—No pienso llevarte a mi casa ni muerto. En todo caso, iremos a casa de mis padres o a la tuya.
—¿Tienes algo que esconder y por eso no quieres que vayamos a tu casa? —preguntó mi madre con toda la mala leche del mundo.
—Sí, mi vida entera, de la que no quiero que sepáis ni siquiera lo imprescindible.
Salimos del despacho y, si no quería que ninguna de las dos descubriera que entre Candela y yo había una relación, tendría que pasar por delante de ella sin darles ningún motivo para sospechar.
—Hasta mañana, Candela. En cuanto termines, puedes marcharte a casa.
Candela no me respondió. Simplemente me miró con un dolor en los ojos que no sabía cómo iba a reparar después, pero intentaría que se pusiera en mi lugar y entendiera lo que estaba pasando por mi cabeza en aquellos momentos.
Mi madre y Dafne habían llegado en un Uber, así que ahora tendrían que venir conmigo en el coche.
No me hacía ninguna gracia, porque aquella tarde tenía pensado ir al cine con mi chica y que se quedara a dormir conmigo, aunque de lunes a jueves solíamos dormir separados, y ahora todo aquello se había ido al traste.
—¿Dónde vamos?
—Ya hemos dicho que a tu casa —respondió mi madre.
—Y yo os he dicho que no pienso ir allí.
—En mi casa está tu padre y ha dejado muy claro que, mientras no te comportes como el hombre que él ha educado, no pongas un pie allí —respondió mi madre.
—Y en la mía están mis padres, que han venido a pasar el fin de semana después de la noticia que les di ayer por teléfono —añadió Dafne.
—¿Noticia? No entiendo nada de lo que estás diciendo.
—Hijo, la noticia del embarazo y de vuestra futura boda. Es más, mañana hemos organizado un almuerzo para conocernos todos y empezar a prepararlo todo —contestó mi madre.
—¿Perdona? Creo que debo de estar soñando, porque esto es una puta pesadilla…
—Venga, ya sabes por qué no podemos ir ni a casa de tus padres ni a la mía, así que la única opción que nos queda es la tuya.
—No. Y no pienso ceder. Iremos a un hotel y hablaremos allí.
Por mi tono entendieron que no iba a dar mi brazo a torcer, así que no dijeron nada más. Pero lo que menos me gustó fue la mirada que intercambiaron, como si entre ellas se estuvieran diciendo algo que yo no sabía, y aquello me jodió mucho.
El primer hotel que encontramos por el camino fue el elegido. Aparqué en la misma acera, en un hueco que vi no demasiado lejos de la entrada, y, en cuanto entramos, me dirigí a recepción para pedir una habitación.
No alquilaban por horas, así que tuve que pagar la habitación completa. No sé qué pensaría la chica de recepción, que me miró con una cara bastante rara. A saber, igual se creía que iba a montarme un trío con mi madre y mi ex, pero lo cierto era que me daba exactamente igual.
—Vamos, que ya tenemos habitación.
—Espero que sea amplia y tenga una buena cama. Ya sabes que no me gusta dormir apretujados —dijo mi ex, agarrándose a mi brazo.
Me aparté de inmediato.
—Para empezar, no sé por qué dices eso, ya que no pienso dormir aquí y mucho menos contigo. Y, en segundo lugar, tus palabras son bastante curiosas, porque siempre decías que, en una cama, cuanta más gente hubiera, mejor te lo pasabas. ¿No lo recuerdas? —le contesté con toda la ironía del mundo.
Subimos a la quinta planta, donde se encontraba la habitación que nos habían dado, y, nada más entrar, mi madre dijo que deberíamos hablar a solas. No la dejé marcharse.
—De aquí no se mueve nadie. No quiero ser víctima de ninguna argucia, ni por parte de ella ni por la tuya.
—Hijo, pero esto es algo que debéis hablar entre los dos.
—No, mamá. Hay muchas cosas que no sabes y que deberías saber antes de ponerte de su parte.
—Yo de lo único que quiero enterarme es de que, en el vientre de Dafne, hay un bebé, mi nieto, que viene en camino.
—¿Y cómo sabes que es mío? Además, eso ahora mismo no importa. Si es cierto que el bebé es mío, me haré cargo de él, pero no tengo por qué casarme con ella ni hacer nada parecido.
—Así no he educado yo a un hijo mío y…
—Como supongo que su madre tampoco la educó para acostarse con cualquier persona, ya fuera hombre o mujer. Como supongo que sus padres tampoco la educaron para ir contagiando infecciones de transmisión sexual. ¿Continúo?
—¿Eso no me lo vas a perdonar nunca?
—Pues no, no pienso perdonártelo. En aquella ocasión fue una infección de las que se podían tratar, pero, si hubiera sido otra, como el VIH, quizá no podría tener la vida que tengo ahora.