Capítulo 21
Candela
Habían pasado ya tres semanas desde aquel primer encuentro y nos iba de maravilla. Nuestra dinámica era siempre la misma: de lunes a viernes nos veíamos en el trabajo, comíamos juntos y, alguna que otra vez, pasábamos la tarde fuera si no teníamos que estar en la oficina.
Los fines de semana eran diferentes, pues, desde que salíamos de trabajar el viernes, nos íbamos a su casa y estábamos juntos hasta el domingo o el lunes. Salíamos a cenar, al cine, a tomar una copa y a bailar, para después perdernos entre las sábanas.
Poco a poco, y casi sin darnos cuenta, también habíamos ido cogiendo pequeñas costumbres que empezaban a parecer peligrosamente nuestras.
Iván ya sabía cómo me gustaba el café y yo había aprendido que, por mucho que insistiera en que no tenía hambre por las mañanas, si le dejaba algo preparado terminaba comiéndoselo mientras revisaba el correo.
También había empezado a dejar algunas cosas en su casa, aunque me negara a reconocer que aquello significaba algo.
Un cepillo de dientes en su baño, algo de ropa en el armario y hasta un cargador del móvil que él había comprado después de escucharme protestar varias veces porque siempre se me olvidaba llevar uno.
Sin embargo, lo que más me gustaba no eran las cenas, las salidas ni todo lo que ocurría entre aquellas sábanas, sino lo fácil que se había vuelto estar con él.
Podíamos pasarnos una tarde entera sin hacer nada especial y yo seguía sintiéndome bien.
Después de todo lo vivido con Jorge, descubrir que también se podía querer desde la tranquilidad empezaba a darme más miedo del que estaba dispuesta a reconocer.
Miguel había empezado en la empresa el lunes siguiente a aquel fin de semana y estaba encantado con el trabajo, pero, si había alguien contenta con todo aquello, era Noa.
Para ella, que su chico tuviera un horario normal significaba poder hacer planes sin tener que esperar a que cerrara el restaurante a las tantas de la madrugada.
La despedida de Marta fue de lo más emotiva, pues, aparte de que no se la esperaba, se sintió muy querida por todos. La íbamos a echar de menos, sobre todo yo, que me había apoyado muchísimo en ella durante la semana en la que estuvo enseñándome.
—Ay, Martita, te voy a echar mucho de menos, que lo sepas —le dijo Iván.
—Pues ya sabes, cuando te apetezca, en Sevilla os espero —contestó ella.
—Claro que sí. Te prometo que para la feria estaremos allí y, si necesitas algo, lo que sea, ya tienes mi teléfono y solo tienes que marcar mi número.
—Gracias, Iván. Yo también os voy a echar de menos a todos, pero necesitaba establecerme como familia, poder contar con mi marido en el día a día y no solo los fines de semana.
—Te entiendo. Además, ahí llevas una carta de recomendación para que puedas encontrar trabajo rápidamente. Te he añadido también el teléfono de un par de conocidos que ya están esperando tu llamada para hacerte una entrevista, pero no tengas prisa, ¿vale?
—Cuando lo tenga todo organizado, empezaré a llamarlos. Necesito trabajar, sentirme útil y no ser solo madre. No sé si me entendéis.
—Claro que te entendemos. Lo que necesitas es volver a sentirte mujer, no solo una agenda llena de horarios de clases, extraescolares y demás. Poder repartir todas esas tareas con tu marido, salir a cenar algún día como pareja y contar con el apoyo de la familia —le contesté.
—Exactamente, Candela. Así es como me siento —me respondió mientras me daba un abrazo.
Ese día, Iván tenía una videollamada importante y, por eso, se encerró en su despacho desde el mismo momento en que llegó aquella mañana. Ni siquiera se había tomado un café y en su cara se notaba la preocupación.
Tenía entre manos un contrato que debía salir bien para el futuro de la empresa, pues, si lo conseguía, daría un salto internacional que le vendría muy bien. Por eso me pidió que no lo molestara hasta que él mismo saliera, que sería cuando hubiera terminado la reunión.
—Candela, cariño, necesito prepararlo todo y, sobre todo, que durante la reunión no me moleste nadie. Sea quien sea, que te deje el recado o vuelva más tarde.
—No te preocupes, Iván, que yo me encargo de que nadie pueda interrumpirte. Si necesitas algo, no me moveré de aquí. Ya pediré que me suban de la cafetería un café o cualquier cosa que me apetezca.
Nos despedimos con un beso y entró en su despacho. Teo también llegó preocupado, pues la tarde y la noche anteriores habían estado preparando todo el tema de números y demás, confeccionando unas condiciones que fueran beneficiosas para ambas partes.
—¿Ya está Iván en el despacho?
—Sí, pero me ha pedido que no lo moleste nadie, sea quien sea.
—Lo sé, a mí también me lo dijo. Quería estar solo y preparar todo lo relacionado con la reunión. Ayer ya dejamos claro lo que respecta a mi departamento y, por eso, ni siquiera pienso llamar a su puerta.
—Y yo te lo agradezco, porque no me gustaría fallar en mi trabajo.
—Tranquila. Conozco a Iván a la perfección y sé que, ante reuniones de este tipo, se pone demasiado nervioso y prefiere estar a solas para tranquilizarse.
Teo se marchó a su despacho y yo me centré en mi trabajo, que tenía mucho por delante: organizar la agenda, cuadrar reuniones y atender el teléfono, que no paraba de sonar con otras empresas pidiendo presupuestos y citas con Iván.
Estaba concentrada en la pantalla del ordenador cuando escuché el ascensor. En aquella planta solo estaban los despachos de Teo e Iván, así que me extrañó que nadie de recepción me hubiera avisado de que venía alguna visita. Teo tampoco me había comentado nada aquella mañana al llegar.
Del ascensor salieron dos mujeres. Una tendría unos sesenta años y era elegante y bastante estirada, la verdad.
Me recordaba a mi madre, tanto por su aspecto como por aquella manera de caminar con una altivez que parecía anunciar que allí estaba ella.
La acompañaba otra mujer más joven, más o menos de mi edad, que me miraba por encima del hombro.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarlas?
—¿Dónde está Marta?
—Marta ya no trabaja aquí. Soy Candela, la nueva asistente…
—¿Candela? Espero que, a partir de ahora, tengas claro con quién estás hablando —me dijo la más joven.
—Si no me lo dicen, lo siento, pero no puedo saberlo. La bola de cristal me la he dejado en el taller.
—Pues la habrás dejado junto a la escoba, porque tienes cara de bruja —soltó la mayor.
—¿Perdón? Mire, yo no les he faltado al respeto a ninguna de las dos, así que les pido, por favor, que ustedes tampoco lo hagan. Ahora vuelvo a preguntar lo mismo: ¿en qué puedo ayudarlas?
—Tú, en nada. Venimos a ver y a hablar con Iván —dijo la más joven.
—Lo siento, pero no va a poder ser. El señor Montero está reunido ahora mismo y no puedo molestarlo. Pueden decirme sus nombres y dejarme el recado para que se lo dé en cuanto termine, o volver más tarde.
—Lo que yo te diga, suegra. Esta mujer es gilipollas y se está atribuyendo cosas que no le corresponden, como impedirnos el paso.
—Déjala, que va a durar aquí dos telediarios. Ya verás cuando mi hijo te tenga delante y le cuentes lo que has venido a hacer aquí. Siempre lo has tenido comiendo de la palma de tu mano.
—Sí, eso es cierto. Venga, vamos a verlo…
—He dicho que no pueden pasar. Y me da igual que sea su madre o la mismísima Teresa de Calcuta, no van a hacerlo…
Me coloqué en la entrada del pasillo que llevaba al despacho de Iván. Podía imaginarme quién era la mujer joven que acompañaba a la madre de mi chico, pero no entendía nada. ¿No se suponía que hacía ocho meses que no hablaba con ella? ¿Qué sería aquello que tenía que contarle?
En un momento determinado, y supongo que alertado por los gritos de aquellas dos mujeres, Iván abrió la puerta del despacho bastante enfadado.
—¿Se puede saber qué coño está pasando aquí?
—Estas dos mujeres pretenden entrar en tu despacho y yo…
—La verdulera esta no nos deja pasar. Ni siquiera ha tenido en cuenta que se trata de tu madre y de tu prometida.
No pude evitarlo. Bajé la mirada hasta las manos de aquella mujer y vi el anillo que lucía en uno de sus dedos. Después levanté la vista hacia Iván, pero él no me dio ninguna explicación en ese momento y terminó agachando la cabeza.
¿Me había mentido? ¿Era cierto lo que estaba diciendo aquella mujer? Si era así, no entendía cómo había podido pasar todos los fines de semana conmigo en su casa ni cómo habría podido justificar que mi ropa estuviera colgada allí. Tampoco entendía que no hubiera ni rastro de ella en aquella casa.
—Candela, déjalo. Ya he terminado y yo me encargo de todo.
—Perfecto. Vuelvo a mi puesto de trabajo.
—Eso es lo que tienes que hacer, trabajar. De verdad, hijo, no entiendo de dónde sacas a estas mujeres tan poco elegantes y tan barriobajeras. Se nota que no tienen clase ni dinero —le dijo su madre.
Él, lejos de defenderme, ni siquiera abrió la boca. Se limitó a permitir que aquellas dos mujeres entraran en su despacho y siguieran largando lo más grande.
Esperaba que tuviera una buena explicación para su manera de actuar y que me la diera a la hora de comer porque, de lo contrario, no sabía cómo podía reaccionar yo. O, bueno, sí que lo sabía, pero no quería admitirlo.
Como una hora después, los tres salieron del despacho y sentí un pellizco en el estómago cuando Iván pasó por mi lado y lo único que dijo fue:
—Hasta mañana, Candela.
Nada más, como si yo no fuera importante en su vida. Y eso me dolió mucho.