Capítulo 20
Iván
Sin que ella se diera cuenta, y como no quería que me dijera que se marchaba porque no tenía ropa, entré en una de esas tiendas online que te sirven el pedido en un par de horas. Y cumplieron con su palabra.
Ni a ella ni a mí nos apetecía salir de casa, entre otras cosas porque no había dejado de llover en todo el día y todavía seguía haciéndolo. Y, por qué no decirlo, también teníamos otros planes que no queríamos demorar ni un minuto más.
Estábamos despidiendo a nuestros amigos cuando llegó el repartidor con una caja enorme a nombre de Candela. No pude reprimirlo y una sonrisa se dibujó en mi boca. Pensaba decirle que no sabía nada de aquello, pero me pilló a la primera y así me lo hizo saber en cuanto volvimos a entrar en casa.
—Te voy a matar. ¿Qué es esto?
—Un regalito para que no tengas excusas para marcharte y te quedes conmigo todo el fin de semana.
—No hacía falta que compraras nada. Podríamos haber ido a mi casa a recoger ropa.
—No, porque así ya no tendrás que ir cargando con ropa de un lado para otro y tendrás aquí todo lo necesario. Solo espero no haberme equivocado con las tallas.
—Venga, vamos a subir la caja a la habitación y así lo coloco todo en el armario.
—Me parece que no te has enterado. Lo vas a guardar en mi vestidor, porque ya te he hecho hueco.
—¿Cuándo? Si no te has movido del sofá…
—Cuando te quedaste dormida. Me levanté y, con la ayuda de Teo, pasé la ropa de verano al armario de la habitación de invitados, donde dejaste tus cosas ayer cuando viniste.
—Joder, llevo aquí dos días y parece que llevo toda la vida…
—¿Estás mal aquí? ¿Te sientes incómoda por algo?
—Todo lo contrario, por eso lo digo.
—Entonces vamos bien.
Subimos a la habitación, a mi habitación para ser más exactos, y dejé la caja encima de la cama, aunque antes puse una toalla debajo. Manías mías, pero no me gustaba apoyar directamente sobre las sábanas una caja que había pasado por sabe Dios cuántas manos.
Cuando Candela la abrió y vio todo lo que había dentro, se llevó las manos a la cara, completamente asombrada. Había pensado en todo, incluido algún que otro caprichito sensual que se me había metido por los ojos y que me moría por vérselo puesto.
Empezó a sacar las prendas y a organizarlas para guardarlas en el vestidor. En las indicaciones del pedido había especificado que la lencería quedara al fondo de la caja, para que no nos distrajera demasiado pronto.
Había de todo. Empezó sacando la ropa de estar por casa: pantalones de algodón a juego con camisetas, batas en tonos pastel para cuando llegara más el frío, calcetines de los que a ella le gustaban y prendas más de diario.
También le había pedido ropa para el trabajo: unas faldas de tubo y varias camisas, además de tacones y medias. No había comprado ni un solo pantalón para trabajar porque me moría por tenerla encima de mi escritorio con alguna de aquellas faldas subida hasta la cintura mientras la hacía mía.
Y llegamos a la parte más interesante, la que ella no se esperaba.
Le había pedido braguitas más cómodas, tangas y brasileñas, además de sujetadores a juego, pero lo que más la sorprendió fue un bodi de encaje negro, tipo tanga, que me moría por vérselo puesto.
—Entiendo que esto es un caprichito, ¿me equivoco?
—Pues no, porque, en cuanto lo vi en la página web, me imaginé tu cuerpo vistiendo solo eso y no puedo decir que no me pusiera duro, porque lo hice.
—Espero que te pusieras así por mí y no por la que lo llevaba en la foto…
—No hay nadie que me ponga así aparte de ti, te lo aseguro.
—Espera, que me lo pruebo y me lo demuestras.
Cogió la prenda y entró en el baño. Todo lo demás ya estaba guardado o colgado en el vestidor y aquello era lo único que quedaba fuera, porque había sido lo último que sacó. Con el resto de la ropa habíamos ido colocándolo todo sobre la marcha para que después resultara más fácil.
Salió del baño con todo el descaro del mundo, paseándose como si me estuviera haciendo un desfile particular. Se contoneaba sin ninguna vergüenza, poniéndome como una moto, hasta que se giró y dejó el trasero a la altura de mi boca.
No lo pensé ni lo dudé. Me lancé sobre él y le di un mordisco antes de atraerla hacia mí hasta hacerla caer sobre mi regazo, donde pudo comprobar lo duro que ya estaba.
—¿Te ha quedado claro o necesitas que te lo demuestre de otra forma?
—Hombre… yo no diría que no a nada tan placentero.
—Bueno, te prometí que, en cuanto nos quedáramos a solas y entráramos en esta habitación, te iba a pedir algo, pero creo que ya no hace falta que te lo pida, ¿verdad?
—No, sé perfectamente lo que quieres y no voy a hacer que me lo pidas. Eso lo dejaré para otro día.
Candela se arrodilló delante de mí, pero antes me quitó la camiseta y los pantalones, dejándome completamente desnudo. Verla con aquel bodi y mi miembro entre sus manos hizo que me volviera loco.
Quería demostrarle que no era simplemente que me gustara que me hiciera sexo oral, sino que perdía por completo la noción del tiempo, como si mi alma se separara del cuerpo. Me succionaba de tal manera que, casi sin darme cuenta, terminé alcanzando el clímax dentro de su boca.
—¿Te ha quedado claro ya lo que provoca tu boquita en mí?
—Me hago una idea, sí.
—Pues ahora me toca a mí.
La levanté del suelo y la tumbé en la cama. Por suerte, el bodi tenía unos broches en la entrepierna para poder abrirlo si necesitaba ir al baño o, en aquel caso, si surgía una emergencia sexual.
Me moría por saborearla de nuevo y no esperé ni un segundo. Le di un lametazo de abajo arriba que la hizo gritar de placer y aquello fue el pistoletazo de salida para mi desenfreno.
Me volví loco entre sus piernas mientras mi miembro iba recuperando toda su dureza a medida que ella gemía. Cuanto más lo hacía, más duro me ponía. Para cuando alcanzó el orgasmo, mi pene ya estaba como el mármol.
—Hazme el amor, Iván. Necesito tenerte dentro, sentirte en lo más hondo de mi ser.
—Dame un minuto, preciosa, que me ponga un preservativo y ahora mismo te haré tocar el cielo con las manos.
Me puse el preservativo, tal y como le había dicho, y la penetré con una embestida firme. Ni siquiera le quité el bodi; me ponía como una moto hacerlo con él todavía cubriendo su cuerpo. Ya habría tiempo de quitárselo después, porque no pensaba conformarme con hacerlo una sola vez.
Estuvimos enredados entre las sábanas hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos cenado y ya eran más de las once de la noche.
—Creo que deberíamos bajar a comer algo, que después de todo esto necesito recuperar energía.
—Yo no tengo fuerzas ni para levantarme. Como no me lo traigas aquí…
—Anda, flojilla. Ponte esta camiseta y bajamos. Yo me encargo de hacer la cena.
Con todo el esfuerzo del mundo conseguí que se levantara de la cama. Se puso una camiseta y bajó conmigo hasta la cocina, donde se sentó en uno de los taburetes mientras me veía manejarme con la comida.
No sé qué se pensaría que iba a preparar, pero yo tampoco tenía fuerzas para grandes hazañas, así que hice dos sándwiches de pavo con queso, lechuga, tomate y mayonesa.
—No te has complicado mucho la vida, ¿eh?
—Si tú no tienes fuerzas, yo menos. Si tengo que ponerme a hacer una tortilla ahora mismo, tendrás que llamar a urgencias.
Candela soltó una carcajada que me sonó como la música más bonita del mundo. Me encantaba su risa, la manera en que se le cerraban los ojos y se le formaba un hoyuelo en cada mejilla.
Nuestra idea era sentarnos a ver una película juntos, pero estábamos tan agotados después de la sesión de sexo que terminamos quedándonos dormidos en cuanto empezó.
Cuando despertamos, ya era noche cerrada y en la televisión aparecían los últimos minutos de una película que había terminado hacía rato.
Pero me daba igual, porque, tumbada sobre mi pecho, tenía a la persona que quería.