Capítulo 19
Candela
Estuvimos un buen rato más en la piscina, hasta que nos dimos cuenta de la hora que era y de que no teníamos comida preparada, al menos no para tanta gente. En ese momento decidimos salir, ducharnos y cambiarnos de ropa porque, después de comer, nos sentaríamos a ver una buena película.
En cuanto salimos del agua, Noa fue directa a abrazar a Iván y le dio las gracias por lo que había hecho por Miguel, algo de lo que, dicho sea de paso, yo no tenía ni idea. Esa mañana me había dicho que tenía una propuesta para él, pero no me había explicado nada más. Ya le preguntaría después.
—No pienso dejar que nos duchemos por separado. Te dije que, en cuanto tuviera la oportunidad, te la iba a hacer pagar, y ha llegado el momento.
—¿Sí? Creo que es la primera vez que hago una plegaria y es escuchada.
Lo primero que hizo Iván fue deshacerse de la parte superior de mi bikini, dejando mis pechos al descubierto. Se separó de mí unos centímetros para observarlos bien y, después de relamerse los labios, me dejó claras sus intenciones.
—No pienso follarte ahora, no así, porque quiero tomarme mi tiempo. Nada de hacerlo a la ligera, al menos esta primera vez entre nosotros.
—¿Piensas dejarme así, con este calentón?
—No he dicho eso. Ninguno de los dos se va a quedar con el calentón, como tú dices. Digamos que voy a darte un pequeño adelanto de lo que pienso hacerte esta noche, cuando estemos a solas.
Directamente llevó la boca hasta mis pechos, aunque con lo que yo no contaba era con que me sentara en la encimera del lavabo y se deshiciera de la braguita de mi bikini, dejándome como mi madre me trajo al mundo.
Me abrió las piernas y se lanzó a mi sexo, donde se deleitó con la lengua, los dientes y los dedos hasta hacerme explotar en su boca.
En cuanto recuperé el aliento que me había robado el orgasmo, salté de la encimera y caí justo delante de él, que ya se había levantado. Lo cogí de la mano y tiré de él hacia la ducha.
No sé en qué momento se deshizo del bañador, pero estaba completamente desnudo, igual que yo. Si pensaba que no se la iba a devolver, lo llevaba claro porque, por supuesto, pensaba hacerlo.
Abrí el grifo y lo empujé contra la pared para que el agua cayera sobre su cuerpo.
Eché jabón en mis manos y empecé a pasarlas por su torso, muy despacio y de una manera sensual.
Lo escuché exhalar varias veces, como si estuviera intentando contenerse, y fui descendiendo por su cuerpo hasta hacer lo mismo con sus piernas.
Cuando vi que su miembro prácticamente me saltaba a la cara de lo excitado que estaba, no lo dudé y saqué la lengua a pasear. Primero lo lamí desde la base hasta la punta. Después hice lo mismo con sus testículos y, para terminar, me llevé el glande a la boca.
Lo vi retorcerse de placer hasta que me cogió del pelo con una mano y empezó a moverse dentro de mi boca mientras yo seguía succionando y lamiendo su glande.
—Si no quieres que me corra en tu boca, creo que ha llegado el momento de que te apartes.
Ni siquiera lo miré. Simplemente continué haciendo lo mismo, aunque con mayor intensidad. El gruñido que salió de su interior cuando se derramó en mi boca se me quedaría grabado para el resto de mi vida.
—Joder, Candela, si esto ha sido solo un adelanto, no quiero ni imaginarme cómo será tener sexo completo contigo.
—Espero que lo descubramos dentro de unas horas, porque te prometo que no aguanto más.
Iván me ayudó a levantarme y se apoderó de mi boca de una forma tan intensa que me dejó claro lo mucho que le había gustado lo que acababa de hacerle.
Entonces acudieron a mi mente las palabras que siempre me decía Jorge cuando intentaba practicarle sexo oral y supe, con absoluta certeza, que me había mentido.
«Candela, ya te he dicho un montón de veces que no sabes hacerlo, que no disfruto ni haciéndotelo ni dejando que me lo hagas, así que, por favor, no insistas más» .
Después de que me dijera aquello cuatro o cinco veces, dejé de intentarlo y terminé convenciéndome de que no se me daba bien. También pensé que, si yo no se lo hacía a él, no podía pedirle que él me lo hiciera a mí.
—De pronto te has ido, Candela. ¿Qué te ocurre?
—Tengo que preguntarte algo y, por favor, quiero que seas completamente sincero conmigo.
—Me estás asustando. Dime, ¿qué quieres preguntarme?
—Iván, cuando te he hecho sexo oral…
—Ya sé por dónde vas y no te lo voy a permitir. Ha sido de lo más increíble que me han hecho nunca, ¿te enteras?
—Entonces… ¿dejarías que volviera a hacértelo?
—No es que vaya a dejarte, es que lo primero que vamos a hacer esta noche, en cuanto entremos en la habitación, será repetir lo que hemos hecho en este baño, pero al contrario, para que me dé tiempo a recuperarme.
Os prometo que, con esas palabras, mi ego se disparó por las nubes y toda la inseguridad que me había hecho sentir Jorge pareció esfumarse de mi cuerpo.
La ducha fue un poquito más larga de lo habitual porque nuestras manos no conseguían quedarse quietas y volvimos a masturbarnos mutuamente mientras nos enjabonábamos.
Cuando salimos, ninguno de los dos había reparado en que mi camiseta, por ejemplo, estaba sucia y hecha un gurruño en el suelo. Por eso, Iván fue a su vestidor y volvió con una camiseta de manga corta que a mí me servía prácticamente de vestido.
Ya me había puesto las mallas y no pensaba llevarla así, por lo que le pedí permiso antes de hacer lo que tenía en mente y, con unas tijeras, recorté la camiseta para que me quedara por encima del ombligo y poder hacerle un nudo.
Y es que, para que os hagáis una idea, Iván medía un metro noventa y yo uno sesenta y ocho.
Su espalda era como un armario de seis puertas, mientras que la mía se parecía más al ancho de una mesilla de noche, y de las pequeñitas.
Para él aquella camiseta sería de manga corta, pero a mí casi me quedaba de media manga.
Cuando estuvimos listos, bajamos al salón, donde ya estaban todos nuestros amigos esperándonos con la comida sobre la mesa. Como no podía ser de otro modo, habían decidido pedir pizza . Lo teníamos claro sabiendo que Teo y Sofía iban a encargarse del pedido.
—Y yo que pensaba que íbamos a comer tacos o comida mexicana… —dijo Iván para buscarles la lengua.
—¿Siendo estos dos los que tenían que hacer el pedido? Da gracias a todos los santos de que haya pizzas variadas porque nosotras dos estamos hasta los ovarios de la hawaiana de los cojones —sentenció Noa.
—Ni que lo digas. Al que le echó piña a una pizza por primera vez deberían habérsele caído las dos manos —añadí.
—Pues os jodéis todos, porque a mi chica y a mí nos encanta el sabor de la piña con el quesito gratinado… —dijo Teo.
—Vamos, que la que tenga piña es para ellos dos y que metan en un táper lo que sobre para la cena —añadió Iván.
La comida fue otro de los muchos momentos divertidos que vivimos, uno más que añadir a la lista de mi nueva vida.
Os prometo que, cuando lo perdí todo, pensé que no sería capaz de salir adelante, que me quedaría metida en aquel hoyo para siempre, pero la vida y el destino parecían tener algo mejor preparado para mí.
Ahora empezaba a entender eso que decían de que las cosas sucedían por algo. En mi caso, todo aquello había pasado para que descubriera que existía mucho más de lo que yo conocía y que no todos los hombres eran iguales.
Una vez sentados en el sofá, vi que Iván empezó a trastear con el móvil, pero pensé que estaría mirando sus redes sociales o cualquier otra cosa sin importancia. Me equivoqué por completo, aunque eso no lo descubriría hasta más tarde.
La película ya había terminado cuando nuestros amigos decidieron marcharse porque querían salir a cenar y bailar. La verdad era que ni a Iván ni a mí nos apetecía salir de casa, y no precisamente porque no tuviéramos planes, sino porque los nuestros eran bastante más interesantes.
Justo cuando nuestros amigos se marchaban y los acompañábamos hasta la puerta, llegó un mensajero con una caja enorme para mí. Me extrañó hasta que me giré, vi la sonrisilla de Iván y supe que todo aquello tenía que ver con él.