Capítulo 18
Iván
Nos dirigimos a mi despacho Teo, Miguel y yo, y noté a este último un tanto nervioso, así que le puse una mano sobre el hombro e intenté tranquilizarlo porque le temblaban hasta las pestañas.
—Tranquilo, Miguel, de verdad que no es nada malo.
—Entiéndeme, Iván. En primer lugar, no estoy acostumbrado a codearme con personas como vosotros y, además, Noa me gusta mucho y no quisiera que cualquier problema me alejara de ella. Aunque soy consciente de que mi trabajo tampoco nos deja mucho margen para vernos…
—Y precisamente por eso queremos hablar contigo, Miguel. Pero vamos dentro y siéntate.
Una vez estuvimos en mi despacho y nos acomodamos, le expliqué lo que pretendía para saber si estaba de acuerdo y aceptaba mi oferta.
—Tengo entendido que has terminado un ciclo superior de Administración, ¿no es así?
—Sí, lo terminé hace unos años, pero de poco me ha servido, la verdad. Aunque, gracias al cielo, tengo un trabajo con el que puedo mantenerme.
—¿No tienes familia, Miguel?
—Mi historia es un poquito larga y triste, para qué voy a engañar a nadie. No, no tengo familia. Me crie en un orfanato.
—¿Perdona?
—¿Tenéis tiempo? Porque me da la impresión de que esto va para largo, así que voy a avisar en el trabajo para decir que llegaré más tarde por un problema personal.
—No, espera. Pide hoy el día libre y, si todo sale como espero, ya no tendrás que volver a ese trabajo, te lo aseguro —le contesté.
Miguel cogió el móvil y llamó para decir que estaba enfermo y que no podría ir a trabajar en todo el fin de semana. Se llevó una buena reprimenda porque su jefe insistía en que, si se encontraba mal, se tomara un paracetamol y fuera igualmente, que no podía dejarlo tirado.
Miguel le explicó que tenía vómitos y que aquello no se le iba a quitar con un paracetamol, pero su jefe lo amenazó con que, si no acudía ese día, no se molestara en volver porque estaría despedido.
Me mataban los empresarios que trabajaban de aquella manera, creyéndose por encima de todo y de todos.
—Bueno, espero no tener que arrepentirme mañana de todo esto que estoy haciendo, pero lo cierto es que ya empiezo a cansarme de estos horarios, con los que no tengo vida. Sí, el sueldo es medianamente bueno y me permite vivir, pero no compensa todo lo que me estoy perdiendo.
—Te aseguro que no te vas a arrepentir, pero antes me gustaría conocerte un poquito más. No tengas miedo de lo que vayas a contarme porque no va a influir en mi decisión, te doy mi palabra.
—No, si tampoco es tan malo. Es mi vida, ni más ni menos, y no pretendo ocultarla ni nada por el estilo. De hecho, eso fue lo primero que hice con Noa: contárselo todo para que luego no pudiera decirme que la había engañado.
—E hiciste bien. Por lo poco que la conozco, sé que no es una mujer clasista ni mucho menos. Ella mira a la persona, no su cuenta bancaria.
—Ya, pero su familia sí tiene dinero, aunque la relación con ellos se enfrió bastante desde que decidió quedarse a vivir aquí, en Granada, porque sus padres no querían que lo hiciera.
»Pero bueno, ella no es una persona influenciable y eso, en cierto modo, me viene bien en mi situación.
Miguel empezó a contarnos que se había quedado sin padres cuando era muy pequeño, con unos seis o siete años. Murieron de una sobredosis y recordaba haber pasado unos tres días conviviendo con ellos ya muertos, aunque él no sabía lo que había sucedido.
Cuando los servicios sociales se lo llevaron al orfanato, para él fue como si lo llevaran a un palacio. Allí vivió hasta los dieciocho años, rodeado de sus compañeros y de las personas que se encargaban de cuidarlos.
—No puedo decir que tuviera una infancia mala, porque no fue así. Dentro de mis limitaciones y mis carencias, fui feliz, la verdad. Cuando cumplí los dieciocho pasé a un piso tutelado, pero lo que encontré allí no me gustó y decidí marcharme antes de que aquello terminara salpicándome.
—Supongo que serían temas de drogas y demás, ¿no?
—Pues sí, drogas y robos, y yo ya había pasado por todo aquello, así que me busqué un trabajo de friegaplatos en el restaurante. Fue lo que me permitió salir de ese piso e irme por mi cuenta. Pero no quería estancarme ni sentir que había fracasado, así que me puse a estudiar mientras trabajaba.
—Y eso dice mucho de ti como persona, Miguel —añadió Teo.
—No os voy a decir que fuera fácil, porque no lo fue, sobre todo por la cantidad de horas que echaba en el restaurante. Fueron muchas noches sin dormir, pegado a los libros, hasta que terminé el ciclo de grado superior hace unos años.
—Lo que no entiendo es cómo, teniendo esa titulación, tu jefe no te ha ascendido a la oficina, porque también sabes idiomas, ¿no? —le pregunté, queriendo conocer todos los detalles.
—Claro. Eso fue de lo primero que estudié para que pudiera servirme también para ascender en el restaurante. Hablo inglés y alemán, que son los idiomas de muchos de los turistas que vienen por aquí.
—Joder, no sabes lo bien que nos va a venir eso —añadió Teo, mirándome.
—Ahora vivo en un pequeño apartamento de una sola habitación, con la cocina integrada en el salón y en el que, si te quedas sin papel higiénico, solo tienes que estirar un poco la mano porque el baño está prácticamente al lado de la minidespensa del pasillo.
Pero lo hago con la tranquilidad de saber que he hecho lo correcto.
—Por supuesto que sí. Así que ahora voy a contarte qué quiero de ti y qué te ofreceré a cambio —le aclaré.
Le expliqué que necesitaba a una persona que se hiciera responsable del departamento de exportaciones, que dominara el inglés y el alemán, como él, y que tendría un horario de ocho a tres, de lunes a viernes.
A cambio, le ofrecía un sueldo de dos mil cien euros en catorce pagas, alta en la Seguridad Social, un mes de vacaciones y, aparte, una paga de beneficios que recibían todos los empleados a principios de año.
—¿Me lo estás diciendo en serio, Iván?
—Completamente en serio. Y no porque estés empezando algo con Noa ni porque hayas entrado en nuestra particular familia. Sabes que ya hace unos meses te pregunté por tus estudios cuando te escuché hablar con uno de los clientes en otro idioma.
—Lo sé, lo sé, y no me puede hacer más ilusión. Si te soy sincero, me da igual el motivo por el que hayas pensado en mí. Lo que me importa es que me hayas tenido en cuenta.
—Entonces… ¿contamos contigo?
—Desde ahora mismo, si hace falta. Joder, y yo decía que el sueldo del restaurante era bueno…
—Si no es mucha indiscreción, ¿cuánto te pagaban allí?
—Para nada, no tengo ningún problema en decirlo. Allí cobraba mil doscientos euros, con las pagas prorrateadas y sin derecho a propinas porque esas eran solo para el servicio de camareros y para el dueño, claro, que él sí entraba en el reparto.
—Qué poca vergüenza tiene el tío. Pues ¿sabes una cosa?
Ahora mismo lo vas a llamar y le vas a decir que te prepare la cuenta, que te vas, y que lo haga rapidito.
Además, puedes denunciarlo por obligarte a ir a trabajar estando enfermo.
Nosotros te acompañaremos para que vea que tienes asesoramiento —le dijo Teo.
Miguel hizo lo que le habíamos dicho mientras Teo redactaba el contrato y preparaba todo lo necesario para darle de alta en la Seguridad Social.
Dejamos reflejadas en el contrato todas las condiciones, desde el sueldo hasta las vacaciones, para que tuviera la tranquilidad de que íbamos a cumplir con todo lo que le habíamos prometido.
Entendíamos que había sufrido mucho en la vida y que estaba tan acostumbrado a sacarse las castañas del fuego él solo que desconfiaba de todo el mundo.
Pero nosotros no éramos así ni lo seríamos nunca, porque no nos salía.
En mi empresa, todos los empleados formaban parte de una gran familia y como tal se los trataba.
Eso no significaba que, si había que echar una bronca, no se hiciera, pero siempre desde el respeto y la igualdad, sin utilizar nuestra posición de superioridad para humillar a nadie, y ellos lo sabían.
Salimos del despacho riendo y con todo resuelto, pero no vimos a las chicas por ninguna parte. Se me ocurrió dónde podían haberse metido, aunque, para comprobarlo, tendríamos que cambiarnos y ponernos el bañador.
—¿Dónde se habrán metido? —preguntó Teo.
—Vamos a ponernos el bañador, porque tengo clarísimo que están en el sótano, en la piscina cubierta.
—Anda que van a perder la oportunidad de estar en remojo, sobre todo viendo la que está cayendo fuera —dijo Miguel, señalando hacia la puerta de la terraza.
Joder, estaban cayendo chuzos de punta y ninguno de los tres nos habíamos dado cuenta hasta aquel momento. Ellas, en lugar de sentarse en el sofá del salón a ver una película o una serie, habían decidido ponerse en remojo, pero de una forma bastante más agradable.
Efectivamente, en cuanto bajamos al sótano, allí estaban las tres entre bromas y risas, que se nos contagiaron nada más verlas. Ninguno se lo pensó demasiado y nos tiramos al agua prácticamente a la vez, sin habernos puesto de acuerdo.
Nadé hasta donde estaba Candela y, sin prestar atención a los demás porque, sinceramente, no me interesaban en aquel momento, la pegué a mí y la besé como tanto me gustaba hacerlo. Mordí su labio inferior, lo succioné y, en pocos minutos, conseguí ponerla a cien, igual que ella hizo conmigo.
—Si estuviéramos solos ahora mismo, te pegaría a la pared de la piscina y te haría mía aquí mismo.
—¿Cómo tienes los santos cojones de decirme eso? Me cago en la leche, Iván, que me está hirviendo la sangre en las venas.
—Y me encanta que así sea, preciosa, porque, en cuanto pueda, pienso demostrarte cómo arde la mía.
Volví a besarla, pero esta vez me la llevé hasta un rincón de la piscina en el que, si me colocaba delante y la tapaba con mi cuerpo, nadie podía ver lo que estaba haciendo. Bueno, más bien lo que pretendía hacer, porque todavía no había hecho nada.
En cuanto llegamos allí, llevé las manos hasta sus nalgas e hice que me rodeara las caderas con las piernas, clavando la dureza de mi miembro en el centro de su placer.
Acallé sus gemidos con mis besos y, cuando noté que ya no podía más, aparté la minúscula braguita y atrapé su clítoris entre mis dedos hasta conseguir que tuviera un orgasmo allí mismo sin que nadie se diera cuenta.
—Por Dios, que me falta hasta el aire. ¡Qué calores me han entrado!
—Claro, será por el vapor que sale de la piscina.
—Más bien por el calor que me sale de dentro del cuerpo, porque en mi vida me habían hecho algo así, te lo juro.
—Eso es mentira, porque yo te he masturbado esta mañana.
—Pero no había nadie delante, mascabrevas.
—No lo ha visto nadie y, si alguien lo ha hecho, me sudan los cojones. No pensaba dejar pasar la oportunidad de hacerte gozar así. Creo que casi he disfrutado yo más que tú.
—Lo siento, pero tú todavía estás en pie de guerra y yo me he quedado de lo más relajadita.
—¿Serás maquiavélica conmigo? Que sepas que, en cuanto pueda, pienso cobrármelo.
—¡Diosito, que sea pronto, por favor, que no me gusta tener deudas!
No pude evitarlo y solté una carcajada que resonó por todo el sótano.