Capítulo 17
Candela
Os juro que me había quedado sin palabras. No entendía cómo una persona podía humillar tanto a otra, cómo Iván no había sido capaz de darse cuenta de que aquella mujer no lo quería, y no pude hacer otra cosa que besarlo, enmarcar su rostro entre mis manos y posar mis labios sobre los suyos.
Salimos de la piscina y, como estaba puesta la calefacción, además del propio calor que desprendía el agua climatizada, no nos hizo falta ponernos la toalla ni el albornoz. Nos sentamos en una de las tumbonas del recinto y nos servimos una copa.
—Me ha encantado que hayas confiado en mí para contarme tu historia. Me ha halagado mucho.
—A mí también me ha venido bien contarlo. Es como si me hubiera quitado un peso de encima.
—Ahora me toca a mí. Yo también he perdido a mis padres por culpa de mi ex. Según ellos, no sirvo ni para retener a un buen hombre a mi lado y, si mi pareja había buscado algo fuera, era porque yo no le servía ni en la cama.
—Yo también me he sentido como te sientes tú ahora mismo, con esa inseguridad de creer que no era bueno para nada.
—No te voy a decir que no, porque, aunque me mire en el espejo y me sienta guapa, en cuanto me doy la vuelta vuelvo a sentirme pequeñita.
—Eres muy grande, Candela, y no solo por tu físico. Entiendo que no has vuelto a estar con otro hombre desde que tu ex se marchó, igual que yo no he sido capaz de estar con ninguna mujer.
—Pues no, porque me da miedo que esa otra persona sienta que no soy suficiente para él, que me diga que soy un desastre en la cama…
—Joder, Candela, parece que estoy hablando conmigo mismo. ¿Qué te parece si vamos despacito? A nuestro ritmo y sin tener prisa por nada, hasta que estemos seguros de nosotros mismos.
—¿Y si eso no ocurre nunca?
—Ocurrirá, preciosa, te lo garantizo. Ahora mismo, lo único que necesito es tenerte entre mis brazos, abrazarte y sentirte junto a mí. Lo demás ya vendrá cuando tenga que venir.
No le contesté con palabras, sino haciendo exactamente lo que me había pedido: abrazarlo y besarlo hasta quedarnos sin aire. Cuando quisimos darnos cuenta, nos habíamos quedado solos allí.
—¿Nos vamos a mi habitación?
—Sí, porque necesito una ducha como el comer.
—Venga, que ya es demasiado tarde.
Aquella noche nos limitamos a eso que habíamos acordado y nos quedamos dormidos abrazados, con las piernas entrelazadas y mi cabeza apoyada en su pecho. No había encontrado una almohada mejor en mi vida ni había dormido y descansado así desde hacía mucho tiempo.
Por la mañana, en cuanto abrí los ojos, lo escuché completamente dormido, respirando con tranquilidad. No podía verlo porque estaba de espaldas a él, pero tenía uno de sus brazos rodeándome la cintura y la mano apoyada sobre mi vientre.
Se la aparté con cuidado porque no quería despertarlo, pero tenía que ir al baño con urgencia o mi vejiga explotaría de un momento a otro. Por mucho cuidado que tuve, no lo conseguí, porque enseguida lo escuché hablar a mi espalda.
—¿Dónde vas con tanta prisa?
—Mira, quisiera ser más poética, pero la triste realidad es que me estoy meando desde que era chica.
Retiró el brazo para dejarme salir, aunque lo hizo mientras se reía a carcajadas. Por un momento, se me contagió la risa y tuve que sentarme con las piernas cruzadas porque se me escapaba el chorrito.
—Eres única, de verdad que sí.
—No me hagas reír más, por favor, que al final no llego al baño.
—¿Yo te hago reír? A ver, ¿quién ha sido la que ha soltado esa burrada tan gorda por la boca?
—Yo, yo he sido, pero el que se ha reído has sido tú y me lo has contagiado.
—Venga, tira, que no quiero que conviertas mi colchón en una cama de agua.
—¿Te imaginas? ¡Qué asco, por favor!
Me levanté y salí corriendo hacia el baño, donde llegué por los pelos. Si el váter hubiera estado un metro más lejos, os juro por mi vida que habría tenido que limpiar el suelo entero, porque me habría hecho pis delante del lavabo.
Salí de allí con una cara de satisfacción que no era ni medio normal, pero es que había sentido un alivio imposible de describir con palabras.
No sé si os ha pasado alguna vez, pero, si lo habéis experimentado en vuestras propias carnes, estaréis de acuerdo conmigo en que pocas sensaciones mejores que esa hay en la vida.
En cuanto llegué junto a la cama, Iván tiró de mi mano y me hizo caer encima de él. No os podéis imaginar los calores que me entraron cuando noté su miembro en su máximo esplendor.
Nos volvimos a besar y, lo siento, pero no pude reprimir el deseo de llevar la mano hasta su pene.
Lo atrapé entre mis dedos y empecé a acariciarlo.
En cuanto lo escuché gemir, me sentí tan poderosa que no me lo pensé y, esta vez, retiré la mano para introducirla por el filo de su bóxer y volver a hacer lo mismo.
—Joder, Candela, estás haciendo honor a tu nombre.
—Calla y no dejes de besarme ni de disfrutar.
—Está bien, pero yo también quiero…
—Nada te lo impide.
Nos pusimos de lado, mirándonos cara a cara, y volvimos a enredarnos en un beso ardiente y pasional. Cuando noté que Iván hacía lo mismo que yo y metía la mano por dentro de mi braguita, me quise morir, pero no de vergüenza, como podéis estar pensando, sino de placer.
Empezó a mover los dedos entre mis pliegues, atrapando mi clítoris entre ellos y trazando círculos sobre él. Con su boca todavía pegada a la mía, me resultaba imposible contener los gemidos, y aquello consiguió que Iván se pusiera todavía más duro.
En un momento determinado, introdujo un dedo dentro de mí y aquello me arrancó un grito ahogado. No recordaba haber sentido tanto placer en mi vida. Minutos después añadió otro, mientras trazaba círculos con el pulgar sobre ese entramado de nervios que tenía entre las piernas.
—No puedo más, preciosa. Me voy a correr.
—No pares, por favor, que quiero hacerlo contigo.
Y vaya si lo hice. Nos corrimos a la vez mientras nos devorábamos en un beso intenso y profundo que nos hizo temblar por el placer que estábamos sintiendo. Si aquello era solo con sus manos, no quería ni imaginarme cómo sería cuando lo hiciéramos con la lengua o con su pene.
Cuando ambos alcanzamos el orgasmo, nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué hacer o qué decir.
Pero no fue un silencio incómodo, nada más lejos de la realidad.
Era como si cada uno estuviera intentando ponerse en el lugar del otro y asimilar mentalmente todo lo que acabábamos de vivir y sentir.
—Eres muy mala conmigo. No te puedes imaginar lo que me he tenido que controlar para no tumbarte en esta misma cama y saborear tu cuerpo, sin dejar ni un centímetro de piel sin lamer, para después penetrarte hasta el fondo.
—Pues lo mismo que yo para no llevarme tu miembro a la boca o sentarme encima de él y cabalgarte como si fuera la mejor de las amazonas.
—Creo que eso de ir despacio va a ser un poquito difícil, al menos por mi parte.
—Yo también pienso lo mismo, pero ¿sabes qué creo que es más importante que todo eso del tiempo?
—Sorpréndeme.
—Creo que lo más importante es que no haya mentiras entre nosotros y que sepamos separar el trabajo de lo personal.
—En el trabajo no tengo ninguna queja y, en lo personal, tampoco. Así que sí, estoy de acuerdo contigo: nada de mentiras y, si esto que estamos empezando no funciona, no permitiremos que afecte al trabajo.
—Entonces vamos a vestirnos y bajemos a desayunar, que no sé a qué hora se irán mis amigas y, te recuerdo, no he traído coche…
—Nadie se va de aquí hasta el domingo por la tarde o el lunes por la mañana, que todavía me lo estoy pensando.
—No creo que Miguel pueda hacer eso ni que Noa se quede aquí si él se marcha. Se sentiría como un candelabro entre dos parejas porque, entre Teo y Sofía, ha pasado algo esta noche. Lo tengo clarísimo.
—Bueno, para Miguel tengo una oferta de trabajo porque, aunque no lo parezca a simple vista, tiene muy buenos estudios que le pueden servir para lo que tengo entre manos, y espero que la acepte.
—Pues, si eso es así, vamos a bajar rápido antes de que se vaya.
Nos levantamos apresuradamente, nos dimos una ducha por separado, no vayáis a pensar mal, y nos vestimos deprisa.
Por suerte, la tarde anterior había metido mis mallas y mi camiseta en la lavadora y había puesto el programa de lavado y secado, así que las tenía limpias y dobladas sobre la silla de la habitación.
Al bajar, estaban todos en la cocina preparando café y tostadas. Iván tenía contratada a una señora que iba a limpiar la casa y se ocupaba también de su ropa tres veces por semana, así que estábamos solos.
—Buenos días —dije al entrar.
—Uy, aquí alguien trae cara de haber tenido un orgasmo mañanero —me respondió Noa.
—Yo también me he fijado, amiga. Tiene como más luz en la piel. Brindemos con el café porque se haya terminado la sequía vaginal de nuestra fiel compañera —añadió Sofía.
—¿Por qué sois tan cabronas conmigo?
—No te preocupes, amiga, que yo también voy a brindar, y no por ti, no me lo tomes a mal. Es que mi fiel escudero, Iván, también llevaba una temporada de sequía que me hizo llegar a pensar que iba a meterse a monje de clausura —dijo Teo entre risas mientras levantaba su taza.
—Idos todos a tomar por culo, menos Miguel, que con él tengo que hablar muy seriamente y, además, no se ha pronunciado al respecto —contestó Iván, señalándolos uno por uno.
—Iván, no quiero echar piedras sobre mi propio tejado, pero siento decirte que, si no he dicho ni una palabra al respecto, ha sido porque no manejo suficiente información sobre vuestra vida sexual.
»Eso sí, puedo garantizar que también podréis brindar por mí, porque yo he roto una temporada de abstinencia sexual que, os aseguro, ha sido más larga que la vuestra —contestó Miguel entre risas.
—Vamos, que hemos juntado aquí a todos aquellos a los que se les ha vuelto a regenerar la virginidad —dijo Teo, negando con la cabeza.
Nos sentamos todos a desayunar y, nada más terminar, Miguel se levantó de la mesa porque tenía que entrar a trabajar a las doce y media y se le estaba haciendo tarde. Iván miró a Teo y este asintió, así que se dirigió al chico de una de mis mejores amigas.
—Miguel, ¿puedes acompañarnos a mi despacho, por favor? —le pidió Iván.
—Claro. ¿Ocurre algo? ¿He hecho o dicho algo inapropiado? Porque, si es así, os prometo que ha sido sin darme cuenta…
—Anda, calla, que no es nada de eso. Queremos hablar contigo de negocios —lo cortó Teo antes de que siguiera diciendo tonterías.