Capítulo 16
Iván
Si cuando la vi salir de aquella habitación con esa toallita intentando taparse el cuerpo ya me resultó de lo más tentadora, no os podéis imaginar lo que me recorrió por dentro cuando la vi con aquel minúsculo bikini puesto.
Todos se quedaron alucinados con la piscina cubierta, a la que habíamos llevado todo lo necesario para preparar unas copas. Yo lo había hecho junto a Candela, que me tenía hasta con la boca seca.
Vi que estaba algo avergonzada, aunque no entendía muy bien el motivo. Desde luego, si era porque no se sentía segura con su cuerpo, yo me encargaría de hacerle entender que no tenía ninguna razón para ello, porque no podía ser más bonita, tanto por fuera como por dentro.
—¿Te ocurre algo, Candela? Te veo un poco cohibida…
—Sí que me ocurre. Mis amigas son unas cabronas y me han traído el bikini más pequeño que había en todo el cajón.
—¿Y cuál es el problema?
—Pues que no quiero parecer una cualquiera y que pienses de mí que…
—Eh, eh, para el carro. Para empezar, no es una prenda la que determina algo así, sino la persona que la lleva y, déjame decirte, tú no puedes lucir ese bikini con más elegancia.
Y, si lo que te preocupa es lo que yo piense, te diré que ahora mismo estoy haciendo un esfuerzo titánico para no lanzarme a besarte.
—Yo…
—Tú te vas a dejar de tonterías y vas a disfrutar de la piscina y de la noche. Lo que pase después dependerá únicamente de lo que tú quieras. Así que, dicho esto…
No me lo pensé. La cogí en brazos, tal y como había hecho Teo aquel día que los vi entrar en el vestíbulo de la empresa riendo, y me lancé con ella al agua.
No voy a decir que tenerla entre mis brazos y poder tocar su piel sin que ninguna prenda nos hiciera de barrera no consiguiera que me hirviera la sangre, pero intenté disimularlo.
—Iván, he pensado que podríamos quedarnos todos a dormir aquí. Ya es bastante tarde para marcharnos y, si además vamos a tomarnos un par de copas, mejor no conducir —dijo Teo, rompiendo la magia que se había creado entre Candela y yo.
—Por mí no hay problema, hay habitaciones de sobra —contesté sin apartar la mirada de ella.
Seguíamos abrazados porque ninguno de los dos parecía dispuesto a separarse. Le aparté el pelo de la cara con una mano y después la dejé reposar sobre su mejilla mientras acariciaba su labio con el pulgar. Llegado a ese punto, ya no pude seguir guardándome lo que quería decirle.
—Sé que puede ser un error, pero me muero por besarte.
—Yo también…
—¿Tú también piensas que puede ser un error o te mueres por besarme?
—Ambas cosas… Me haces sentir poderosa. No sé qué me pasa cuando estoy a tu lado, pero es como si todo ese valor que me faltaba cuando estaba con Jorge contigo se multiplicara por dos. No sé si me explico.
—Entiendo perfectamente lo que quieres decir porque a mí me pasa algo parecido. Hagamos un trato: primero voy a besarte, porque no aguanto ni un segundo más sin hacerlo, y después, si quieres, te cuento mi historia entera.
No sé si fui yo o fue ella quien terminó con los centímetros que nos separaban, pero el caso es que, pocos segundos después, nos estábamos devorando como dos quinceañeros salidos que hubieran estado esperando cualquier oportunidad para hacerlo sin que nadie los viera.
Aunque, en nuestro caso, eso último nos salió bastante mal porque, cuando nos besamos, todos estaban pendientes de nosotros. Hasta el punto de que empezaron a aplaudir como si les fuera la vida en ello, igual que si su equipo acabara de marcar el gol de la victoria en una final.
Cuando nos separamos, no hice ni caso a los comentarios, los silbidos ni al resto de sonidos de celebración con los que nos obsequiaron, y me la llevé hasta el otro extremo de la piscina.
Quería contarle mi historia, esa que solo conocía Teo porque ni siquiera mis padres sabían lo que había ocurrido realmente.
—Empecé con Dafne cuando tenía veintiocho años, casi veintinueve, y ella tenía veintiséis. Pensé que estábamos enamorados, te lo prometo. A los tres meses nos fuimos a vivir juntos…
—¿Viviste aquí con ella?
—No, fue en otra casa, aunque más o menos del mismo tamaño que esta. Para mí era mi princesa y como tal la trataba. No había nada que me pidiera que no intentara concederle, y no me refiero solo a cosas materiales o económicas.
—¿A qué te refieres? ¿Te pidió algo, digamos, extravagante?
—Bueno, no sé si definirlo así, pero a mí, que soy bastante conservador, sí que me chocó. Me dijo que estaba cansada de que siempre practicáramos sexo los dos solos y que le apetecía incluir a alguien más en nuestra cama.
—¿Me lo estás diciendo en serio? A ver, que no es que me parezca mal, siempre que los dos estén de acuerdo y no suponga un sacrificio para ninguno.
—Precisamente a eso voy. Me costó mucho entenderla y, al final, decidí que podíamos intentarlo. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que no se fuera de mi lado. Por eso acepté y, aquella misma noche, terminamos con un tío al que yo no conocía acostado con nosotros.
—Joder, Iván, tuvo que ser muy duro para ti.
—No te lo puedes imaginar. Cada vez que veía a ese tipo poner las manos sobre su cuerpo, besarla o penetrarla, sentía como si me arrancaran un trocito del corazón, pero me callé. Y, si eso me dolía, todavía peor era escucharla gemir de una manera que nunca lo hacía conmigo y pedirle más.
—¿Cómo aguantaste esa tortura? Porque, si me hacen algo así a mí, te prometo que me habría marchado y los habría dejado allí solos.
—Pues todavía me lo pregunto. El caso es que aquello acabó convirtiéndose en una rutina y la única condición que pusimos fue que no nos acostaríamos con nadie si el otro no estaba presente.
Por supuesto, siempre era ella quien traía a nuestros acompañantes.
Yo jamás le propuse que lo hiciéramos con otra mujer.
—De verdad, me estás dejando alucinada. No doy crédito a lo que me estás contando.
—Bueno, pues una mañana empecé a encontrarme mal en la empresa y me fui al médico acompañado por Teo porque no tenía ni fuerzas para conducir.
Después de hacerme las pruebas pertinentes, el médico me dijo que tenía una infección de transmisión sexual.
En ese momento supe que me la había contagiado Dafne, porque yo no había tenido sexo con nadie más que con ella.
—¿Me lo dices en serio?
—Sí, pero puedes estar tranquila. Me puse en tratamiento y la infección desapareció enseguida. Por suerte, no era una de esas que pueden darte problemas para toda la vida.
»Aun así, fui a enfrentarme con ella porque, delante de mí, siempre utilizábamos preservativo. Fue entonces cuando me lo confesó.
—¿Te confesó que te era infiel?
—Me confesó que a ella no le gustaba lo que llamaba sexo tradicional, que iba a un local para acostarse con desconocidos y que, en más de una ocasión, no había utilizado preservativo porque llevaba un anillo anticonceptivo.
—¿A esa mujer nadie le había explicado que un embarazo no deseado era solo uno de los riesgos?
—Al parecer, para ella sí era el más importante, porque decía que le cortaría la vida tal y como quería vivirla. Como puedes imaginar, le dije que se marchara de mi casa, que no quería volver a verla y que, por lo menos, fuera al médico y utilizara preservativo para no poner en riesgo a nadie más.
—Joder, vaya sangre fría hay que tener para hacer algo así, y no lo digo por ti.
—Aquella casa me recordaba constantemente todo lo que había pasado: cada beso que tuve que verla compartir con alguien a quien yo ni siquiera conocía, cada gemido que tuve que escuchar sabiendo que no lo había provocado yo…
»Por eso no lo dudé. La puse en venta y me compré esta, donde poder crear recuerdos nuevos.
—Y seguro que ya tienes un montón que han sustituido a los anteriores.
—Si te refieres a recuerdos sexuales, no. Eres la primera mujer a la que beso en esta casa, así que imagínate si hablamos de acostarme con alguien. Eso sí, tengo muchos recuerdos bonitos aquí, pero con mis amigos, con Teo, disfrutando de todo esto.
—Antes me has dicho que tus padres no sabían nada de lo que me has contado, pero, en el tiempo que hace que te conozco, tampoco te he oído hablar de ellos.
—Porque la relación con Dafne terminó, pero también la que tenía con mis padres.
Ella era de buena familia, de una de esas que se relacionan desde siempre con la mía, y, cuando se enteraron de nuestra ruptura, después de escuchar la versión que a ella le dio la gana contarles, decidieron que ya no tenían hijo.