El chat que me cambió la vida Capítulo 15
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Capítulo 15

Candela

Cuando llegaron todos nuestros amigos, aquello parecía una feria entre las risas y las exclamaciones ante la casa, a excepción de Teo, que la conocía como si fuera la suya propia. Y no era de extrañar, porque la casa era de infarto; parecía una de esas que salen en las revistas de decoración.

Iván no les enseñó la piscina cubierta en el primer recorrido por la casa. Les dijo que eso lo dejaría para más tarde, para que la sorpresa fuera mayor, y todos pensaron que el bañador era para utilizar el jacuzzi .

—Madre mía, tienes una casa espectacular —le dijo Noa.

—Cariño, si piensas aspirar a una como esta, lo dejamos aquí, porque yo tendría que trabajar mil vidas, las veinticuatro horas del día, para poder pagar tan solo la mitad —añadió Miguel.

—Uy, contigo, hasta en una tienda de campaña. Eso es lo de menos —le contestó ella, riendo.

—¿Me he perdido algo? Porque, hasta donde yo sé, ayer entre vosotros todavía no había pasado nada —pregunté, mirando de uno a otro.

—Tú lo has dicho: hasta ayer. Esta mañana no me has visto y anoche pasó algo.

—¿Perdona? ¿Cuándo? Porque yo me fui anoche a la cama y tú seguías sentadita en el sofá.

—Sí, pero recibí un mensaje de Miguel diciéndome que ya había terminado de trabajar y preguntándome si me apetecía tomar una copa con él. No me lo pensé, me vestí y me fui a su casa, donde hemos pasado la noche juntos.

—Pues no sabes cuánto me alegro por vosotros, de verdad.

—Lo sé, amiga.

Me abracé a los dos y, en cuanto me separé, giré la cabeza hacia Sofía por si alguien más tenía algo que contarme.

—A mí no me mires, que yo me fui a mi camita sin un mensaje ni de buenas noches —dijo Sofía, aunque dirigía la mirada a Teo.

—¿Tú quieres un mensaje de buenas noches, mi vida? Pues no te preocupes, que desde hoy mismo lo tendrás —le respondió él, de lo más zalamero.

—Preferiría que me las dieras en persona, y no precisamente con palabras, pero si es lo que tú quieres…

—Me cago en la leche, Sofía. No me puedes decir esas cosas aquí, con todo el mundo delante y a punto de cenar, que no te puedo demostrar lo que yo quiero —respondió Teo, pasándose una mano por la frente mientras todos empezábamos a reír.

—No te preocupes, que me lo apunto y luego te lo vuelvo a preguntar.

—¿Has visto cómo son tal para cual? —le pregunté a Iván mientras íbamos hacia la cocina para sacar las bandejas y la comida.

—Como decía aquel programa que veía mi madre cuando yo era pequeño: aquí hay tomate —me respondió.

Sacamos toda la comida a la mesa del jardín porque la temperatura invitaba a cenar fuera. No hacía ni pizca de frío y en el cielo brillaban unas estrellas entre las que apetecía perder la mirada. Al final terminamos sentados por parejas, aunque entre Iván y yo no hubiera nada.

Después de llenar el estómago y terminar con el postre, porque la tarta cayó entera, Iván nos indicó que fuéramos a cambiarnos y nos pusiéramos el bañador. Él nos esperaría en el salón.

Las chicas nos cambiaríamos en la habitación donde yo había dejado mis cosas, mientras que los chicos lo harían cada uno en un sitio diferente. Iván se cambiaría en su dormitorio, Miguel en el baño y Teo en la habitación que solía utilizar cuando se quedaba a dormir en casa de su mejor amigo.

En cuanto vi el bikini que habían escogido mis amigas, me quedé boquiabierta. Eran unas cabronas de manual. ¿Cómo se podía ser tan maquiavélica?

Os estaréis preguntando el motivo, así que os lo cuento.

El verano anterior, mis amigas nos habían regalado un fin de semana en la playa. Por aquella época yo ya les había contado que Jorge estaba muy raro y que, en el terreno sexual, siempre tenía que ser yo quien lo buscara. En plan cachondeo, a mí me regalaron precisamente aquel bikini.

Era blanco y llevaba la mínima cantidad de tela que se podía despachar en un traje de baño, porque tapaba lo justo y con suerte. No llegué a estrenarlo, ya que, en cuanto Jorge lo vio, montó en cólera y dijo que no pensaba ir a la playa con alguien que se insinuaba a cualquiera que la mirara.

Ahora que sabía la verdad, mandaba huevos que hubiera sido él quien me dijera algo así cuando ya se estaba acostando con Marisa y tenía planes de futuro con ella.

Anda que, si alguien me hubiera contado al oído lo que estaba haciendo, me habría puesto el bikini y habría coqueteado con todo el que me mirara.

Lo cierto es que pasamos prácticamente todo el fin de semana sin hablarnos, y mucho menos tocarnos, y yo me sentí culpable por haber querido ponerme aquel traje de baño cuando la realidad era que él no quería tocarme ni con un palo.

En fin, volvamos al presente.

Saqué el bikini de la bolsita en la que lo había guardado y en la que todavía seguía con la etiqueta puesta. Lo miré como quien mira una bomba de relojería y no pude evitar protestar.

—¿No había otro bikini en todo el cajón para que tuvierais que coger precisamente este?

—Sí que había, pero este estaba sin estrenar. ¿Y qué mejor momento para estrenarlo que cuando puedes poner taquicárdico a Iván? —me dijo Sofía.

—De verdad, no voy a tener nada con él. Es mi jefe y no pienso…

—Por eso, tonta. Tú no sabes el morbo que tiene que dar hacerlo encima de su escritorio —me interrumpió Noa antes de que pudiera terminar.

—Déjate de tonterías, Noa, que no tengo el horno para bollos.

—Para bollos no sé, pero para una buena baguette estoy segura de que sí. Mujer, desmelénate, hazme el favor, que debes tener telarañas ahí abajo.

Sin hacerle caso, cogí el bikini. Total, no tenía otro que ponerme, así que entré en el baño para cambiarme.

Menos mal que yo siempre iba depilada porque hacía muchos años que me había hecho el láser. Si hubiera sido de las que, en cuanto terminaba el verano, dejaban crecer el pelo, en aquel momento habría tenido que ponerme un traje de neopreno.

Me miré en el espejo y lo cierto era que el bikini no me podía quedar mejor.

Había perdido algo de peso y aquello hacía que mis pechos resaltaran todavía más.

Eso sí, me daba una vergüenza horrible salir así y que me vieran todos los que estaban allí.

Si hubiera sido una salida playera solo con las chicas, seguramente no me habría dado tanto apuro.

Salí del baño envuelta en una toalla, aunque no me duró mucho puesta porque Sofía tiró de una esquina y me la quitó, dejándome en bikini delante de ellas. La cara que pusieron las dos consiguió que sintiera todavía más vergüenza.

—Lo sé, parezco una choni pidiendo guerra.

—¿De qué coño estás hablando? No se puede estar más elegante y sexy que tú —me dijo Sofía.

—Ahora me comparo contigo y me siento como una Barriguita al lado de la Barbie —añadió Noa.

—Claro que sí, con el cuerpazo que tenéis las dos. Venga, vamos a salir antes de que me arrepienta y diga que me he resfriado para evitar que nadie me vea de esta guisa.

—Un guiso es lo que va a querer hacer contigo Iván, aunque no sé si te guisaría o directamente te comería cruda —dijo Noa, provocándonos una carcajada.

Por supuesto, no pensaba pasearme así por toda la casa, de modo que volví a coger la toalla y me envolví con ella.

Salimos al pasillo y allí estaban todos esperándonos.

Si ver a Iván con aquella camiseta que se había puesto cuando llegamos a su casa para preparar la cena ya me había parecido peligroso, encontrarlo ahora con el torso desnudo y en bañador me hizo tragar saliva.

¡No se podía estar más bueno!

No os podéis ni imaginar el cuerpo que tenía, con aquellos pectorales, los abdominales marcados y esa V que descendía hacia una parte de su anatomía que tenía que ser una auténtica delicia…

No. No podía pensar en él de aquella manera. Era mi jefe y tenía que mantener las distancias.

Pero Iván tampoco parecía dispuesto a ponérmelo fácil, porque recorrió con la mirada mis brazos y mis piernas de arriba abajo. La toalla que había escogido tampoco ayudaba demasiado, ya que era casi tan escasa como el bikini y, con suerte, me cubría desde el pecho hasta las nalgas.

—¿Te vas a bañar con esa toalla? —me preguntó en cuanto nos adelantamos un poco.