Capítulo 14
Iván
Si ir a comprar los ingredientes con ella fue un momento que recordaré siempre, no os podéis imaginar lo que fue el tiempo que pasamos metidos en la cocina.
Para empezar, en cuanto llegamos y vio mi casa, se quedó boquiabierta, y eso que todavía no la había visto ni disfrutado en verano. Tenía una piscina que era una delicia, además de un jacuzzi que seguía utilizando también en invierno, sobre todo esos días en los que llegaba muy cansado del trabajo.
En el jardín, que no era pequeño precisamente, también tenía una zona de barbacoa y una especie de solárium, con hamacas y una cama balinesa que había sido un antojo de Teo. Hasta que no la puse, no paró de insistir.
En el interior de la casa, que contaba con una planta baja, un sótano y una primera planta, había otra sorpresa más. Había sido un fallo mío no decirles que se trajeran bañador, pero aquello se podía solucionar fácilmente con un mensaje en el grupo.
—¡Guau! No le falta detalle a la casa.
—Ven conmigo, que todavía no has visto lo mejor y quiero enseñártelo antes de mandar el mensaje al grupo.
La cogí de la mano y una fuerte corriente eléctrica me recorrió toda la espalda, pero intenté obviarlo, igual que hizo ella. Tuvo que notarlo también porque giró la cabeza y me miró con una mezcla de sorpresa y algo más que no supe distinguir.
—¡La madre que te parió!
—¿Te gusta?
—Me flipa, de verdad que sí. Tu casa es alucinante, te lo juro.
—Voy a poner un mensaje en el grupo para que se traigan el bañador y, de paso, decirles a tus amigas que cojan también el tuyo.
—Y yo que me había traído un vestido para la cena.
—Claro que sí, porque esto será después de cenar. Nos tomaremos aquí las copas o nos meteremos en el jacuzzi , como queráis, porque está todo preparado.
La acompañé a la primera planta, donde se encontraban las habitaciones, y le indiqué dónde podía cambiarse y dejar sus cosas mientras yo iba también a mi habitación para ponerme cómodo.
Me decidí por un pantalón de algodón y una camiseta de manga corta, porque no me gustaba cocinar con manga larga. Siempre acababa manchándome o metiendo las mangas donde no debía y, para llevarlas remangadas todo el tiempo, prefería directamente utilizar manga corta.
Cuando salí de mi habitación, me crucé con Candela y me quedé con la boca abierta al verla.
Llevaba unas mallas negras y unos calcetines de esos gordos que se utilizaban para poder andar por casa sin zapatillas.
Los había combinado con una camiseta de manga corta anudada a la cintura, que dejaba ver parte de su abdomen.
En el pelo se había puesto una de esas diademas de tela que simulaban un pañuelo y no podía estar más bonita.
—Venga, vamos a ponernos manos a la obra o terminará cogiéndonos el toro.
—Sí, vamos, que tenemos mucho por delante. Mientras, envío el mensaje, que se me había olvidado hacerlo.
Saqué el móvil del bolsillo y entré en el grupo que había creado Noa para aquella cena. Fui directo, porque no quería desvelar nada que pudiera estropear la sorpresa.
Iván: Chicos, traeos el bañador, por favor, que tengo una sorpresa para vosotros. Teo, ni se te ocurra decirles de qué se trata, que ya nos conocemos. Y tú tampoco, Candela.
Noa: Oído cocina.
Candela: Chicas, coged alguno de mis bikinis, por favor, que yo no sabía nada y no he traído ninguno. Están en el segundo cajón de mi armario.
Sofía: Acabo de entrar en tu cuarto a cogerlo, no te preocupes.
Teo: Yo soy una tumba. No intentéis sobornarme porque no pienso soltar prenda.
Miguel: Si tengo que pagar para enterarme, entonces no lo sabré en la vida. Mi cuenta no es que tenga números rojos, no; han pasado ya a morados directamente.
Tanto Candela como yo soltamos una carcajada, porque Miguel tenía todo el arte del mundo.
Era evidente que Teo y yo llevábamos una vida bastante más desahogada que el resto, pero nunca habíamos hecho de eso una diferencia a la hora de relacionarnos con nadie.
Y, por cómo había encajado Miguel con todos desde el primer momento, estaba claro que tampoco iba a ser ahora.
Llegó el momento de meternos en la cocina y nunca había tenido la conexión que tuve con Candela, al menos no entre fogones. Con toda la destreza del mundo, preparó el sofrito para el pescado que haríamos al horno y que habíamos pedido que nos limpiaran para no perder más tiempo.
Mientras ella se ocupaba de eso, yo preparé el pan para las tostas y fui montando las bandejas. Cuando Candela metió el pescado en el horno, ya precalentado, con las patatas y las verduras, se acercó a mi lado para ayudarme.
En poco menos de una hora ya lo teníamos todo listo, así que nos pusimos a preparar la tarta de la que habíamos hablado. Nunca la había hecho de aquel modo, pero verla con las manos manchadas de chocolate hizo que me resultara irresistible hacer lo que hice.
Metí un dedo en el bol, por supuesto cuando ya habíamos terminado y utilizando el chocolate que sobraba, que tampoco soy tan guarro, y, sin que se diera cuenta, se lo unté en la punta de la nariz.
—No sabes lo que has hecho.
—Ah, ¿no?
—No. Has despertado a la bestia.
Ni que decir tiene que terminamos con chocolate hasta en las pestañas, pero eso sí, nos reímos lo más grande. En un momento determinado nos quedamos tan cerca que fue una auténtica tortura resistirme a besarla, pero no quería asustarla, no después de darme cuenta de lo mucho que me importaba.
Eso sí, le di un lametazo en la mejilla para comprobar cómo sabía el chocolate sobre su piel. Candela se sonrojó, aunque intentó quitarle importancia y fingir que aquello no le había afectado. Pero lo había hecho, tanto o más que a mí.
—¿Quién va a recoger todo esto ahora?
—Nosotros, que somos quienes lo hemos ensuciado.
—¿Se puede tener menos vergüenza que tú? Si yo no he hecho nada, has sido tú el que ha empezado.
—Claro que sí, yo he empezado y tú has continuado.
—Venga, anda, que al final van a llegar estos y nos van a encontrar así, con todo lleno de chocolate.
Entre los dos nos pusimos a recoger la cocina, metiendo los utensilios en el lavavajillas y limpiando tanto las superficies que habíamos manchado como el suelo. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, nos salía una sonrisa sin necesidad de forzarla y casi sin darnos cuenta.
Después de dejarlo todo listo, cada uno se fue a ducharse y a cambiarse para la cena.
Si bonita estaba Candela con aquella camiseta anudada y las mallas, no os podéis imaginar cómo estaba con el vestido que se había traído.
Podríais pensar que era algo llamativo, pero nada más lejos de la realidad. Se trataba de un vestido de punto azul marino, de manga media y por debajo de la rodilla, combinado con unas botas marrones de piel y un cinturón a juego. Dejó los rizos sueltos y no se puso nada de maquillaje.
—Si luego vamos a meternos en la piscina o en el jacuzzi , no voy a perder el tiempo maquillándome.
—Eres igual de bonita con maquillaje que sin él y, si te soy sincero, me gustas mucho más al natural.
—Si me dices eso, no sé si quedarme tal y como estoy o entrar en la habitación y ponerme la cara como un cuadro de Dalí.
—¿No te ha gustado que te diga eso?
—Claro que me ha gustado. Lo único es que no sé si creérmelo o no, la verdad.
—Candela, ten por seguro que, si te digo algo, es porque lo pienso de verdad. No soy de los que van regalándole el oído a cualquier mujer.
—Me lo imagino. Debes de tener cola en la puerta para pasar la noche o el día contigo.
—Nunca se me ha dado mal ligar, pero ya no quiero nada de eso. He tenido una relación bastante larga y me fue infiel. Ahora mismo me cuesta confiar en alguien, al menos sentimentalmente.
—Vaya, entonces hemos pasado los dos por lo mismo.
—Sí, pero contigo es diferente. Me siento muy a gusto, Candela. Entiendo que ni todas las mujeres son iguales ni todos los hombres somos unos cabrones, pero tanto tú como yo necesitamos sanar antes.
—Gracias, Iván, por la oportunidad que me has dado, y no solo en lo laboral. Conocer a un hombre como tú me ha hecho replantearme muchas cosas, pero, como bien dices, tengo mucho que sanar.