Capítulo 13
Candela
La comida transcurrió entre risas y comentarios sobre lo bien que habían encajado todos nuestros amigos. En un momento determinado, Iván se puso serio y yo temí lo peor, sobre todo después del comentario que me había hecho aquella misma mañana sobre mi aspecto.
—Candela, me gustaría proponerte algo.
—Mientras no sea una proposición indecente, como en la película… Aunque un millón de euros me vendría de perlas, la verdad.
El sorbo de refresco que Iván tenía en la boca salió disparado mientras intentaba contener una carcajada que terminó ganándole la batalla. Tardó un buen rato en recuperarse y, cuando por fin consiguió dejar de reír, negó con la cabeza.
—No tengo un millón de euros en mi cuenta y tampoco lo pagaría. Si quisiera pasar una noche contigo, intentaría seducirte y, créeme, no me haría falta sacar la chequera.
—Chico, pero de ilusión también se vive. Por un momento me he imaginado la cantidad de cosas que podría hacer con ese dinero. Desde comprarme una casa hasta pegarme un viaje de mes y medio.
—Pues lo siento, tendrás que jugar a la Primitiva, porque, si algún día tú y yo nos damos un beso o pasamos de ahí, será porque los dos queramos, no porque haya dinero de por medio. Dicho esto, voy a explicarte mi propuesta.
—Desde luego, qué manera de bajarme de la nube, con lo fácil que era seguirme la corriente… Venga, dime qué quieres proponerme, que ya me ha quedado claro que no es nada indecente.
—Me gustaría que el viernes, antes de que lleguen los demás, fuéramos nosotros los que preparáramos la cena.
—Vale, dime qué quieres que prepare yo y el resto lo haces tú.
—No, no me has entendido. Quiero que, cuando terminemos de trabajar, vayamos juntos a mi casa y preparemos toda la cena entre los dos.
Os prometo que aquella respuesta no me la esperaba.
No porque cocinar juntos tuviera nada de extraordinario, sino porque suponía pasar varias horas a solas en su casa antes de que llegara nadie más, y la idea consiguió ponerme un poco más nerviosa de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—Pero… si hacemos eso, tendré que llevarme ropa para cambiarme y luego ducharme antes de la cena, o terminaré oliendo a todo menos a persona.
—Te prometo que en mi casa hay una ducha fantástica, con agua caliente y todo —respondió con toda la seriedad de la que fue capaz—. Y hasta tengo un mueble lleno de toallas esponjosas que huelen a suavizante.
—Eres idiota, de verdad.
Le di un manotazo en el hombro y volvió a reírse.
Lo curioso era que, en apenas dos días, había visto a Iván reír conmigo más veces de las que recordaba haber visto reír a Jorge durante muchísimo tiempo.
Sabía que las comparaciones eran odiosas y que la relación que tenía con uno no tenía nada que ver con la que había mantenido con el otro, pero me resultaba imposible evitarlo.
Eran demasiado distintos.
Después de comer, Iván me llevó de vuelta a la empresa para que pudiera recoger mi coche. Antes de despedirnos, quedamos en que el viernes, al salir del trabajo, iríamos juntos a comprar los ingredientes para la cena y, hasta entonces, pensaríamos qué podíamos preparar.
La semana pasó volando y, casi sin darme cuenta, llegó el viernes por la mañana.
La noche anterior había preparado una mochila con unas mallas, una camiseta y mis calcetines gordos, que eran lo que más me gustaba llevar cuando estaba por casa.
Para después había metido un vestido de punto que me llegaba por debajo de la rodilla y unos botines planos.
Quería estar cómoda y no me apetecía pasar la noche subida a unos tacones.
Si la semana había pasado demasiado deprisa, aquella mañana fue justo lo contrario. Las horas parecían haberse puesto de acuerdo para avanzar a cámara lenta y el momento de marcharnos no llegaba nunca.
—¿Qué te pasa hoy? Parece que estás en las nubes —me dijo Marta.
—Se me está haciendo la mañana eterna.
—Pues no será porque no hayas adelantado trabajo. Como sigas así, el lunes te vas a quedar sin nada que hacer.
—No te preocupes, que seguro que el lunes tendré el correo hasta arriba y no me dará tiempo ni a mirarme.
—Eso sí. Los lunes son los peores. Ahora que ya tenemos prácticamente todo listo, podríamos bajar a tomar algo a la cafetería. Desde el café de esta mañana no nos hemos movido de aquí.
—Espera, voy a preguntarle a Iván si necesita algo. No vaya a ser que bajemos las dos y justo entonces nos busque.
—Venga, ve. Yo voy cogiendo el bolso.
Me levanté y fui hasta su despacho. La puerta estaba abierta y lo encontré de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera.
No sé qué tenía aquella imagen, pero me pareció de lo más seductora.
¿Qué coño hacía yo pensando semejantes cosas?
Era mi jefe y no pensaba cruzar esa línea. Además, después de lo que acababa de vivir con Jorge, lo último que necesitaba era meterme en otra historia y mucho menos con un hombre como Iván.
Aparté esos pensamientos y recordé para qué había ido hasta allí.
—Iván, Marta y yo hemos terminado todo el trabajo que teníamos pendiente…
—Entonces nos vamos. Podemos comer algo en el centro comercial antes de comprar los ingredientes para esta noche.
—Vale. Voy a avisar a Marta, que quería bajar a tomar algo mientras llegaba nuestra hora de salida.
—Dile que ella también puede marcharse. Así adelanta lo que tenga que hacer. Y recuérdale que el lunes la quiero aquí a las doce, por favor. Le diremos que es para terminar unos papeles.
—Perfecto. Te espero fuera.
Salí del despacho con un cosquilleo extraño en el estómago al que preferí no prestar demasiada atención.
Le transmití a Marta lo que me había dicho Iván y se mostró un poco sorprendida, aunque aseguró que el lunes estaría allí sin problema. No se marchaba a Sevilla hasta el miércoles, así que podía venir perfectamente.
En realidad, no tenía ningún documento pendiente de firmar. Iván había organizado un pequeño homenaje para agradecerle todos los años que había pasado en la empresa y quería entregarle un regalo en nombre de todos, aunque había sido él quien lo había pagado.
Bajamos los tres en el mismo ascensor. Marta salió en la planta baja porque aquel día no había llevado el coche y nosotros continuamos hasta el garaje.
Antes de despedirnos, la abracé y le agradecí todo lo que había hecho por mí durante aquella semana: la paciencia, la manera en la que me había tratado desde el primer momento y todo lo que se había esforzado por enseñarme antes de marcharse.
Cuando nos quedamos solos, Iván me miró mientras caminábamos hacia su coche.
—¿Has pensado qué podemos preparar esta noche? Porque, al final, con todo el trabajo que hemos tenido, no hemos concretado nada.
—¿Qué te parece una dorada al horno con patatas panaderas y verduras como plato principal?
—Me parece perfecto. De entrantes podemos hacer varias tostas: salmón, aguacate y alguna cosa más.
—Me encanta. Y, de postre, había pensado en una tarta de chocolate y galletas. Es muy sencilla, pero está buenísima.
—Pues menú resuelto. Aunque antes vamos a comer nosotros, porque no he desayunado y estoy a punto de desfallecer.
Lo miré como si acabara de confesarme un delito.
—¿Cómo que no has desayunado?
—No me ha dado tiempo.
—Pues, a partir del lunes, pienso entrar en tu despacho a media mañana y, estés haciendo lo que estés haciendo, te voy a sacar de allí para que bajemos a la cafetería.
—Me parece una propuesta fantástica. Eso sí, o desayunas conmigo o no pienso bajar.
—Por eso no hay problema. Yo siempre tengo hambre y, si hay dulce de por medio, todavía más.
Entramos en uno de los restaurantes del centro comercial y estuvimos tan a gusto que se nos fue el santo al cielo. Cuando miramos la hora, casi se me atragantó el último bocado.
—Como tardemos mucho más, vamos a tener que pedir pizza para la cena.
—Eso tampoco sería ningún drama, sobre todo para Teo. Es su comida favorita.
—No me lo puedo creer. Si por Sofía fuera, se alimentaría de pizza el resto de su vida. Dice que, cuando se haga millonaria, va a dedicar un año entero a recorrer Italia probando todas las que pueda.
—Si es que, por mucho que quieran negarlo, están hechos el uno para el otro.
—Yo también lo creo. Y Noa con Miguel tampoco se queda atrás. La pobre está que no sabe ni por dónde le da el aire con ese hombre.
—Miguel es un buen tipo. Lo conozco desde que empezó a trabajar en el restaurante y no creas que entró directamente como jefe de sala. Empezó fregando platos y, poco a poco, fue ascendiendo hasta llegar al puesto que tiene ahora.