Capítulo 12
Iván
En el momento en que los vi aparecer por la zona del ascensor, con Candela todavía en brazos de Teo y los dos riéndose de aquella manera, os juro que algo se me revolvió por dentro.
No pude evitar decirles lo que pensaba, aunque sabía perfectamente que no tenía ningún derecho a enfadarme por verlos así.
Lo que sí me gustó fue la reacción de Candela. Me puso los puntos sobre las íes sin pensárselo dos veces, pero lo hizo sin faltarme al respeto, limitándose a dejar claro que yo era su jefe y que eso no me daba derecho a hablarle de cualquier manera.
Tampoco se me había pasado por alto el cambio de imagen. El nuevo corte le sentaba increíblemente bien, resaltaba el color de sus ojos y enmarcaba su rostro con aquellos rizos que me habían llamado la atención desde el primer momento.
Dentro del ascensor todavía quedaba parte de la tensión de hacía unos segundos y, aunque intenté convencerme de que se debía únicamente al pequeño enfrentamiento que acabábamos de tener, sabía que verla en brazos de Teo tampoco me había hecho ninguna gracia.
Cuando salimos y tuve la oportunidad de acercarme a ella sin que él estuviera pendiente de nosotros, no pude mantener la boca cerrada.
—Ese peinado te sienta demasiado bien para mi salud mental —le susurré.
Seguí caminando hacia mi despacho y la dejé allí con Marta. Bueno, en realidad Marta hablaba mientras Candela seguía mirándome con una expresión a medio camino entre la sorpresa y el desconcierto. Yo, en cambio, no pude evitar sonreír mientras me alejaba.
Entré en mi despacho seguido por Teo, que evidentemente no pensaba dejar pasar lo que acababa de ver. Me conocía demasiado bien y sabía que Candela no me era indiferente, así que me esperaba una buena charla.
—¿Me puedes explicar tu actitud de macho alfa ahí fuera?
—No ha sido nada de eso, Teo. Simplemente no me ha gustado la manera en la que habéis llegado. Esto es una empresa, no el patio de un colegio, y ya tenemos todos una edad.
—¡Y una mierda! Iván, esa mujer te gusta y serías idiota si la dejaras pasar por tu vida como una empleada más.
—Estás hablando como si tuvieras la certeza de que ella está interesada en mí.
—Es que la tengo. Solo hay que ver cómo se pone cuando estás cerca.
—Venga ya, no te montes películas. Candela acaba de salir de una relación que ha terminado de la peor manera posible y no creo que esté preparada para empezar nada con nadie. No tan pronto.
—Si algo me ha enseñado la vida es que al corazón no se le puede dar órdenes.
—¿Eso lo dices por experiencia propia?
—Pues mira, sí. ¿Cuántas veces me has oído decir que no quiero una relación seria? ¿Cuántas veces he repetido que solo busco sexo del bueno y nada más?
—Desde que te conozco no te he oído decir otra cosa.
—Exacto. ¿Y sabes qué?
—Sorpréndeme.
—Desde que conocí a Sofía he cambiado de opinión. Me he pasado media noche pensando en ella, en cómo sería pasear por la playa de su mano o pasar una tarde de película y palomitas. Y eso, amigo mío, se llama flechazo.
—De verdad, Teo, eres increíble. Puedes pasar de cero a cien en cuestión de minutos.
—Bueno, me marcho a trabajar, que tengo un montón de cosas que hacer. Nos vemos a la hora de comer, ¿no?
—No creo. Tengo una reunión a las doce en la otra punta de la ciudad y posiblemente, cuando termine, me marche a casa. Ya va siendo hora de que empiece a cuidarme un poco y deje de echar aquí más horas de las necesarias.
—¡Ese es mi chico! Y no voy a preguntarte por qué has tomado esa decisión porque creo que lo tengo bastante claro.
—¡Eres un cabronazo, que lo sepas!
—Sí, pero soy tu cabronazo preferido. ¡Adiós!
Teo salió de mi despacho riéndose y haciendo aspavientos con los brazos, mientras yo me quedaba allí con una sonrisa en la cara.
Me puse a trabajar y, aunque al principio me costó un poco concentrarme, tenía que preparar la reunión de mediodía y terminé centrándome en ella. Casi dos horas después ya tenía todo listo, pero todavía me faltaba decidir quién de las dos me acompañaría.
Marta tenía mucha más experiencia en ese tipo de reuniones y conocía perfectamente mi forma de trabajar.
Sin embargo, llevar a Candela me permitiría comprobar cómo se desenvolvía fuera de la oficina, qué capacidad tenía para reaccionar ante los imprevistos y qué aspectos tendría que enseñarle durante los próximos días.
Al final me decidí por ella.
—Candela, ¿puedes venir a mi despacho, por favor? —le pregunté a través del teléfono interno.
—Ahora mismo. Dame un segundo para terminar el correo que estoy redactando y voy.
Me gustó que, siendo su primer día, no se hubiera quedado esperando a que Marta le indicara cada paso.
Sabía que venía de ocupar un puesto de responsabilidad y que tenía experiencia de sobra trabajando con autonomía, pero aun así me agradó comprobar que también había traído esa iniciativa a su nuevo puesto.
Unos minutos después entró en mi despacho con bastante más seguridad de la que cabría esperar en alguien que acababa de empezar a trabajar allí.
—Candela, tengo una reunión a las doce con uno de nuestros mejores clientes y quiero que vengas conmigo.
—Me parece bien, pero supongo que antes tendré que ponerme al día sobre lo que vamos a tratar, ¿no? No quiero aparecer allí más perdida que Spider-Man en un descampado.
Solté una carcajada.
—Para eso tengo esto.
Le entregué el dosier que había preparado para que pudiera leerlo antes de marcharnos y hacerme todas las preguntas que considerara necesarias.
Candela se sentó frente a mí y comenzó a revisarlo con atención. Durante unos minutos no dijo nada, limitándose a pasar páginas y volver hacia atrás en un par de ocasiones hasta que frunció el ceño.
—Lo mismo me estoy metiendo en camisa de once varas, pero hay una cosa que no termino de entender.
—Dímela. Si tiene sentido, lo tendremos en cuenta y, si no, te explicaré por qué lo hacemos así.
—Aquí, en las condiciones generales, pone que se aplicará el transporte habitual, pero unas páginas más atrás se especifica que algunos de estos productos necesitan unas condiciones especiales durante el traslado y que eso incrementa el coste del servicio.
¿No habría que reflejar esa diferencia también en la propuesta?
Cogí el documento y repasé los apartados que me indicaba.
Tenía razón.
La información estaba allí, delante de nuestras narices, pero habíamos confeccionado la oferta utilizando la tarifa habitual para una parte del transporte que requería otras condiciones.
—Tienes razón. El problema es que estamos intentando ampliar el contrato y, si ahora modificamos el precio, existe la posibilidad de que el cliente no lo acepte.
—¿Puedes compensarlo con algún descuento en otro servicio? Los costes de ese transporte serán los que sean, eso no puedes cambiarlo, pero quizá ajustando alguna otra partida la diferencia no resulte tan grande para ellos.
La miré durante unos segundos.
—Ven. Vamos a echar cuentas antes de salir y vemos hasta dónde podemos ajustar la oferta.
Nos sentamos juntos frente al ordenador y empezamos a revisar costes, tarifas y descuentos. Después de hacer varios cálculos, conseguimos preparar una propuesta que cubría correctamente nuestros gastos y que, en conjunto, apenas suponía una diferencia para el cliente.
Cuando lo tuvimos todo listo, salimos hacia la empresa en la que se celebraría la reunión.
Candela me sorprendió durante todo el trayecto. Preguntaba lo necesario, escuchaba mis explicaciones y no parecía intimidada por tener que enfrentarse a uno de nuestros clientes más importantes en su primer día de trabajo.
—¿Preparada para comernos la reunión?
—Es la hora de tener hambre, así que sí. Estoy preparada para comérmela.
—Bueno, con lo del hambre también puedo ayudarte. Si todo sale bien, te invito a comer para celebrarlo.
—Y si sale mal, te invito yo para quitarnos el disgusto.
Solté una carcajada justo antes de entrar en el edificio donde ya nos estaban esperando.
Tres horas después salimos de aquella sala con el contrato firmado y el cliente bastante más que satisfecho.
—Bueno, no ha ido tan mal, ¿no? —preguntó Candela.
—¿Estás de broma? Hemos renovado el contrato por diez años, con unas condiciones muy buenas para todos, y buena parte del mérito es tuyo por haber detectado esa incoherencia en la propuesta.
—Bueno, tampoco es para tanto. He puesto mi granito de arena, nada más.
—Más que un granito ha sido una buena piedra, pero no voy a discutir contigo. Lo importante es que te debo una comida. ¿Qué te apetece?
—Cualquier cosa que implique mancharme los dedos de grasa y que no necesite veinticinco cubiertos para comer una porción que cabría en un plato de postre.
—Vamos, que quieres una buena hamburguesa con todo lo que se le pueda meter dentro y una ración enorme de patatas fritas.
—Exactamente. Y conozco el sitio perfecto.
—Pues dime dónde está.
—No. Yo conduzco.
Antes de que pudiera reaccionar, me quitó las llaves de la mano y se dirigió hacia el coche.
En mi vida había dejado que prácticamente nadie condujera mi coche. Siempre había sido bastante maniático con eso y, sin embargo, verla sentarse al volante no me molestó en absoluto.
Puso música y buscó una emisora en la que sonaban canciones antiguas de pop.
Algunas ni siquiera las conocía, pero me gustaron lo suficiente como para guardar la frecuencia.
Candela empezó a cantar como si yo no estuviera allí, completamente cómoda, y verla comportarse con aquella naturalidad consiguió que volviera a aparecer esa sensación extraña en el pecho que empezaba a resultarme demasiado familiar.
Paramos frente a una hamburguesería de barrio, uno de esos sitios sin pretensiones donde lo importante estaba claramente en el plato y no en la decoración.
Nada más entrar, el chico que estaba detrás del mostrador sonrió al verla.
—Hola, preciosa. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo te va todo? ¿Y Jorgito?
—Hola, bonito. Pues sí que hace tiempo. Ya sabes, el trabajo y la vida. Y, en cuanto a Jorge, ha pasado a mejor vida…
El hombre abrió los ojos como platos.
—¿Se ha muerto?
—No, pero para mí como si lo hubiera hecho. Se casa, ¿sabes?
—¿Cómo que se casa? ¿Con otra mujer?
—Hombre, conmigo está claro que no va a ser —respondió Candela entre risas—. Es una historia larguísima que ya te contaré otro día. Ahora vamos a mi mesa de siempre y espero que nos pongas algo de lo bueno.
—Eso está hecho, bonita. Y veo que vienes acompañada…
Candela giró la cabeza hacia mí, como si hubiera olvidado durante unos segundos que estaba allí.
—Ay, verdad. Mira, él es Iván, mi jefe.
Aquello debería haberme parecido la presentación más normal del mundo, porque era exactamente lo que yo era.
Su jefe.
Y, aun así, no sé por qué, aquella palabra me dejó un regusto extraño.
—Encantado, Iván. Siéntete como en tu casa —dijo el hombre, tendiéndome la mano.
—Igualmente.
—Últimamente me como los polvorones sin quitarles ni el papel —murmuró Candela—. Él es Amadeo.