Capítulo 11
Candela
Tengo que reconocer que la forma de ser de Iván y Teo me había dejado fascinada.
Nunca habría imaginado que dos hombres con sus cargos, su posición y su manera de vestir pudieran ser tan cercanos y naturales.
Si los comparaba con mis padres, que no tenían ni una cuarta parte de lo que tenía Iván y siempre habían sido mucho más rígidos, era como mirar la noche y el día.
Cuando llegamos a casa después de haber compartido la comida con ellos, las tres teníamos algo que decir, pero ninguna parecía querer ser la primera. Seguíamos medio en shock y con una sonrisa tonta en la cara hasta que, como no podía ser de otra manera, Noa rompió el silencio.
—Chicas, yo ya estoy contando las horas para que llegue el viernes. Y, como Miguel venga, todavía más.
—Yo también —añadió Sofía—. Me ha encantado Teo. Es simpático, cercano y guapísimo, aunque esto último salta bastante a la vista.
—La cabrona de Candela tiene una suerte tremenda. Le ha tocado un jefe que ya querrían muchas, yo la primera —continuó Noa.
—En eso te doy la razón. Iván es muy amable y cercano, y no te mira por encima del hombro —contesté.
—¿Solo eso? Venga ya, Candela. Ese hombre parece recién salido de la portada de una revista. Tiene una percha que es para admirarla, una sonrisa que hace que se te desintegren las bragas y una mirada que te hace pensar que quieres que haga contigo lo que le dé la gana —dijo Sofía.
Solté una carcajada.
—Bueno, bueno, que tampoco es para tanto. Además, ¿a ti no te gusta Teo? Porque, como te oiga hablar así de su mejor amigo, no creo que te ayude mucho con la conquista.
—Cariño, que me gusta Teo es evidente, pero también tengo ojos en la cara. Si pretende que me ponga una venda, lo lleva claro.
Nos quedamos un buen rato hablando de ellos.
Lo de Noa con Miguel no me sorprendía en absoluto, porque desde que había hablado con él en el restaurante tuve claro que era completamente su tipo.
Lo que sí me hacía gracia era verla tan lanzada después de llevar años diciendo que no quería complicarse la vida por ningún hombre y que había nacido para ser libre.
Sin embargo, había sido verlo y cambiarle el discurso en cuestión de minutos.
Eran poco más de las seis y media cuando se me pasó una idea por la cabeza. Si mi vida había cambiado tanto en tan pocos días, quizá también había llegado el momento de cambiar algo de mí.
Cogí la chaqueta y el bolso, dispuesta a salir.
—¿Dónde vas, alma de cántaro? —preguntó Noa.
—A la peluquería.
—Uy, que nuestra amiga quiere ponerse guapa para mañana e impresionar al churri de su jefe —dijo con guasa.
—No es eso. He pensado una cosa.
—¿Y qué has pensado, si se puede saber?
—Que, si mi vida ha cambiado tanto en tan poco tiempo, ¿por qué voy a seguir viéndome exactamente igual? Me apetece hacerme un cambio.
—Pues haces muy bien —respondió Noa—. Y ya que te pones, quiero que vuelvas pareciendo otra.
—También creo que te vendrá bien —añadió Sofía—. No para pasar página de golpe, porque esas cosas no funcionan así, sino para hacer algo por ti después de todo lo que has vivido.
Aquello me convenció todavía más.
Cuando llegué a la peluquería y la chica me vio entrar, sonrió de inmediato. Y no era para menos, porque hacía más de cinco años que no pisaba una. Creo que la última vez había sido unas semanas antes de irme a vivir con Jorge.
Mi ex siempre decía que ir a la peluquería era tirar el dinero y que yo podía arreglarme perfectamente en casa. Eso sí, él iba cada quince días porque, según decía, tenía que cuidar su imagen y no podía ir por ahí con el pelo o la barba descuidados.
La coherencia hecha persona.
—Hola, Candela. Me alegro de que por fin hayas decidido ponerte en mis manos, porque espero que hayas venido para eso —me dijo la peluquera.
—Hola. Pues sí, ya era hora. Pero no quiero que me cortes solo las puntas. Me apetece un cambio de verdad. Lo único que no quiero que toques es el color. Una vez me puse rubia y casi me da algo cuando me vi en el espejo.
—Tranquila. Como mucho te pondré un matizador natural para realzar los destellos cobrizos que ya tienes.
—Entonces me pongo en tus manos. Haz conmigo lo que quieras.
—Uy, eso es muy peligroso decírselo a una peluquera, ¿lo sabías?
—No cuando la peluquera eres tú. Quiero un corte que marque los rizos, pero que también sea cómodo y no me obligue a pasarme media vida arreglándome el pelo.
—Tengo el corte perfecto para ti. Ya verás.
—Y, puestos a hacer el cambio completo, también quiero que me arregles las cejas, las uñas y me hagas una limpieza facial.
—Vaya. Lo que no te has hecho en cinco años te lo quieres hacer todo hoy.
Solté una carcajada que terminó contagiando a varias de las chicas de la peluquería y nos pusimos manos a la obra.
Pasé allí más de tres horas, pero, cuando terminaron y me miré en el espejo, me quedé con la boca abierta.
—No me puedo ver más guapa. De verdad que no.
—Porque eres preciosa, Candela. Nosotras solo te hemos sacado partido. Cuando la materia prima es buena, tenemos medio trabajo hecho.
El cabello me quedaba a la altura de la barbilla y los rizos se veían mucho más definidos y naturales.
Los matices cobrizos habían recuperado brillo y, aunque seguía siendo yo, la mujer del espejo parecía distinta.
No porque pareciera más joven ni porque me hubiera convertido en otra persona, sino porque, por primera vez en muchos días, volvía a reconocerme un poco más en aquella imagen.
Cuando regresé a casa y mis amigas me vieron entrar, se quedaron con la boca abierta.
—Joder, Candela. Mañana vas a dejar a Iván con la boca abierta —soltó Sofía.
—Verás tú el jefe buenorro cuando la vea. Como al cambio de pelo le sumes una de esas faldas de tubo que tienes y que te hacen un culo de impresión, más una camisa con un buen escote, en dos días te pide matrimonio —añadió Noa como si acabara de resolver una ecuación.
—Ay, de verdad, no digáis más tonterías. Este cambio lo he hecho por mí porque lo necesitaba, por nadie más. Y, con respecto a las faldas, ya sabes que me gusta vestir así para trabajar. Si lo hacía antes, cuando me pasaba medio día metida en un despacho, ahora con más razón.
—Sí, sí. Con más razón porque vas a estar de cara a tu jefe —insistió Noa—. Pero oye, que yo no te juzgo. Si estuviera en tu lugar, haría exactamente lo mismo.
—Bueno, venga. Me voy a cambiar y cenamos, que mañana tengo que levantarme temprano y estoy cansada.
—Claro, claro. Cualquier excusa es buena para escapar de un tema que te incomoda.
Puse los ojos en blanco y desaparecí por el pasillo antes de que pudieran seguir.
A la mañana siguiente fui la primera en levantarme. Me di una ducha sin mojarme el pelo, porque todavía seguía perfecto del día anterior, y empecé a arreglarme para mi primer día de trabajo.
Mientras terminaba de vestirme, puse la cafetera y me tomé un café. Después cogí el bolso, la chaqueta y salí de casa rumbo al coche.
No voy a decir que no estaba nerviosa porque lo estaba. Incluso me había costado un poco conciliar el sueño la noche anterior. Una cosa era haber conseguido el puesto y otra muy distinta empezar de verdad y demostrar que Iván no se había equivocado al contratarme.
Antes de despedirnos en la puerta del restaurante, me había explicado que tenía una plaza de aparcamiento asignada en el garaje de la empresa, la número siete. Le pregunté si no la estaría utilizando Marta mientras siguiera trabajando allí, pero me aclaró que ella tenía otra.
Dejé el coche en mi plaza y miré la hora.
Todavía faltaban casi cuarenta minutos para empezar, así que decidí tomar otro café en una cafetería cercana en lugar de presentarme con tanta antelación.
Nada más entrar, me llevé una sorpresa al encontrarme a Teo sentado en una mesa con un café delante.
—Hombre, si está aquí la asistente más guapa de toda la ciudad.
—Claro que sí. Ahora soy Miss Asistente España y me estoy preparando para presentarme a Miss Asistente Internacional.
—¡Hala! Vaya cambio de imagen. Estás preciosa.
—Gracias. Necesitaba hacer algo diferente y creo que lo he conseguido.
—Anda, siéntate y nos tomamos un café. Tenemos tiempo de sobra.
—Precisamente venía a eso.
—¿A tomarte un café conmigo?
—No, tonto. A hacer tiempo para no llegar demasiado temprano.
—Desde luego, qué poquito respeto me tienes…
Solté una carcajada. Teo era como Noa o Sofía: de esas personas que soltaban lo primero que se les pasaba por la cabeza y conseguían que te rieras incluso aunque no quisieras.
El problema fue que nos entretuvimos más de la cuenta.
Cuando miramos la hora, apuramos el café y salimos deprisa hacia la empresa. No íbamos tarde, pero quedaba mucho menos margen del que yo habría querido para mi primer día.
—Desde luego, no vuelvo a tomarme un café contigo antes de entrar a trabajar. Al final voy a acabar llegando tarde.
—No te preocupes. Ahora le digo a Iván que la culpa ha sido mía.
—Déjate de contar nada y aligera el paso, que todavía llegamos con tiempo.
—Joder, que ya estamos en el edificio y me llevas con la lengua fuera.
—¡Que te dejes de rollos! Como llegue tarde por tu culpa, le hablo mal de ti a Sofía.
Teo se frenó en seco y me miró con la boca abierta, pero apenas me dio tiempo a reaccionar antes de que hiciera algo que no me esperaba en absoluto.
—¿Ah, sí?
Antes de que pudiera reaccionar, me cogió en brazos y echó a correr conmigo hacia las escaleras.
—¡Teo! ¡Bájame, pedazo de imbécil! —protesté entre risas mientras intentaba no caerme.
—Tú has dicho que lleguemos rápido.
—¡Pero no así!
Llegamos hasta la zona del ascensor montando un escándalo considerable y, justo cuando Teo me dejó en el suelo, las puertas se abrieron.
Iván apareció al otro lado.
Y la cara que puso al vernos fue difícil de interpretar.
—¿Estamos en el patio del colegio? ¿Es la hora del recreo y yo no me he enterado? —preguntó, bastante más serio de lo que lo había visto hasta entonces.
Se me borró parte de la sonrisa.
—Lo siento. No pretendía montar este escándalo…
—Ha sido culpa mía —intervino Teo—. Ya sabes lo payaso que soy. Me la he encontrado tomando café, nos hemos entretenido y ella estaba preocupada por llegar tarde, así que la he cogido en brazos y hemos venido corriendo.
Iván nos miró a los dos.
—Pues los payasos, al circo. Aquí se viene a trabajar. No confundáis la cercanía que tengo con mis empleados con permisividad ni la amistad con poder hacer lo que os dé la gana.
Aquello me sentó mal, sobre todo cuando miré la hora y comprobé que todavía faltaban cinco minutos para que empezara mi jornada.
—Todavía faltan cinco minutos para que empiece mi jornada —respondí—. Así que no tienes derecho a hablarnos así. Al menos a mí no. Eres mi jefe, Iván, no mi dueño.
Me sostuvo la mirada durante un par de segundos y, por un momento, no supe si acababa de cargarme mi primer día antes siquiera de empezarlo, aunque la preocupación me duró poco porque vi cómo la seriedad iba desapareciendo de su expresión hasta que terminó soltando una carcajada.
—Desde luego, sois de lo que no hay. Venga, subamos, que tenemos mucho trabajo por delante.
—Eso, que tengo muchísimo que aprender —dije mientras entrábamos en el ascensor.
Dentro del ascensor, la tensión de hacía unos segundos seguía flotando entre Iván y yo, aunque ahora se mezclaba con algo distinto que me costaba identificar.
Teo, mientras tanto, nos miraba alternativamente con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
Cuando salimos, Iván esperó a que se adelantara un poco y se acercó lo suficiente para hablarme en voz baja.
—Ese peinado te sienta demasiado bien para mi salud mental.