Capítulo 10
Iván
Aquel día se nos complicó un poco la agenda. Teníamos una reunión programada para la una y media de la tarde, pero el cliente nos avisó de que le había surgido un problema personal y tendría que retrasarla hasta las cinco.
Como de repente teníamos mucho más tiempo del previsto, Teo aprovechó para proponerme que saliéramos a comer juntos. Eso sí, según él, nada de los bares de la zona, porque teníamos que celebrar que mi nueva asistente personal hubiera aceptado el puesto.
—De verdad, aprovechas cualquier excusa para salir de aquí y escaquearte.
—No me estoy escaqueando. Estamos en nuestra hora de comer. Lo único que digo es que, por una vez, podemos hacerlo tranquilamente y no deprisa y corriendo en la sala de reuniones o en cualquiera de los bares que tenemos alrededor.
—Tienes razón. Por eso he llamado a tu restaurante preferido y he reservado una mesa para dos.
—¿Bajas tú solo o tengo que sacarte a hombros como a los toreros?
Solté una carcajada. Mi amigo no tenía pelos en la lengua y siempre encontraba la manera de poner la puntilla a cualquier cosa que se le dijera.
Negando con la cabeza, salimos de mi despacho y, antes de dirigirnos hacia el ascensor, me acerqué a la mesa de Marta.
—Marta, nos vamos a comer. Intentaremos estar aquí antes de las cinco, pero, si el cliente llega antes que nosotros, llévalo a la sala de reuniones y ponle un café, por favor.
—No hay problema. ¿Sabes qué? Yo también voy a aprovechar para salir a comer. Hoy las fieras están de excursión y puedo hacerlo tranquilamente.
—Entonces vente con nosotros. Vamos a un restaurante que te va a gustar.
—No quiero incomodaros, de verdad. Además, he dejado comida preparada en casa…
—Déjate de rollos, Martita, y coge el bolso, que me estoy muriendo de hambre. Además, vamos a mi restaurante preferido y tú y yo tenemos prácticamente los mismos gustos para comer —intervino Teo.
Marta negó con la cabeza, aunque terminó levantándose, apagó la pantalla del ordenador y cogió el bolso.
Sabíamos que, cuando los niños no estaban en casa, aprovechaba la hora de la comida para recoger, limpiar o adelantar cualquier cosa pendiente, y aquello sí que no pensábamos permitirlo.
Marta tenía cuarenta años, aunque aparentaba bastantes menos, y llevaba quince casada con Juan, su marido, que era militar.
Después de mucho tiempo yendo y viniendo entre diferentes destinos, por fin le habían dado una plaza fija en Sevilla y ella había visto la oportunidad perfecta para instalarse allí definitivamente con toda la familia.
No había sido fácil pasar tanto tiempo separada de su marido mientras se ocupaba de dos gemelos de diez años que de tranquilos tenían más bien poco.
Juan intentaba regresar todos los fines de semana y, cuando lo destinaban demasiado lejos, procuraba acumular días libres haciendo guardias para poder pasar algo más de tiempo con ellos.
Por eso entendíamos perfectamente que Marta quisiera marcharse cuanto antes. Después de tantos años organizando su vida alrededor de los destinos de Juan, por fin podrían vivir juntos sin tener que estar pendientes del siguiente traslado.
Llegamos al restaurante y nos recibió Miguel con la amabilidad y la sonrisa que parecían caracterizarlo. Nos estaba acompañando hacia nuestra mesa cuando escuché una carcajada que reconocí al instante. No sabía muy bien por qué, pero se me había quedado grabada desde aquella mañana.
—No puede ser… —murmuré.
—¿Esa no es…? —preguntó Marta, mirando en la misma dirección que yo.
—Sí, sí que es. Espera, que vamos a saludarla y, de paso, a conocer a sus amigas, que la del pelo largo me ha cautivado —dijo Teo.
—¿Cómo te va a cautivar si todavía no le has visto ni la cara? —preguntó Marta entre risas.
—Te aseguro que, si Teo ha dicho eso, ya le ha visto hasta las amígdalas. No solo la cara —contesté.
No me dio tiempo a añadir nada más. Cuando quise darme cuenta, Teo ya estaba junto a la mesa de Candela hablando con ella y con sus amigas. Intercambiaron unas palabras y, poco después, llamó a Miguel.
—Hemos decidido que comemos todos juntos. ¿Te parece bien? —me preguntó cuando regresó, aunque yo sabía perfectamente por dónde iban los tiros.
—A lo mejor Candela y sus amigas prefieren estar solas. Estarán hablando de sus cosas…
Intenté que nos sentáramos en otra mesa, más por educación que por otra cosa, pero fue inútil.
—Uy, para nada —intervino Candela—. Si por algo se caracterizan mis amigas es porque no tienen pelos en la lengua. Si tienen algo que decir, lo van a decir igual, haya quien haya delante. Son como la versión femenina de Teo.
—Entonces miedo me da lo que puede salir de esta comida.
Nos sentamos con ellas y, desde ese momento, las risas se convirtieron en la banda sonora de la sobremesa.
Noa no paraba de tirarle los tejos a Miguel, que, con lo vergonzoso que era, ya no sabía dónde meterse.
Teo, por su parte, se había marcado como objetivo conseguir que Sofía le diera una cita, mientras Candela no hacía más que alentar a unos y a otros.
Cuando quise darme cuenta, me dolía hasta la mandíbula de tanto reírme.
—Jefe, de verdad, cuánto me habría gustado que esta chica hubiera entrado antes en la empresa. Me iba a reír lo más grande con ella —comentó Marta con cierta melancolía.
—Bueno, todavía tienes toda la semana para hacerlo.
—No, no. Esta semana es para que aprenda cómo funciona tu agenda y todo lo demás.
—Una cosa no impide la otra, Marta.
Al final salimos del restaurante algo más tarde de lo previsto y con una copita de más.
No estábamos borrachos ni mucho menos, pero sí en ese punto en el que cualquier tontería hacía gracia.
Incluso se me pasó por la cabeza llamar para aplazar la reunión de las cinco, aunque descarté la idea enseguida.
Una cosa era haber disfrutado de la comida y otra muy distinta dejar colgado a un cliente.
Hacía muchísimo tiempo que no me reía así y, cuando nos levantamos de la mesa, me di cuenta de que no me apetecía que aquello quedara en una simple casualidad.
—Tenemos que repetir esto —dije—. ¿Qué os parece si este fin de semana quedamos para cenar y tomar una copa?
—Por mí perfecto, pero no quiero que sea en un restaurante —respondió Noa—. Ya le he preguntado a Miguel cuándo libra y me ha dicho que el viernes. No quiero llevarlo a cenar a un sitio donde parezca que sigue trabajando.
—Entonces, ¿qué propones?
—Que hagamos la cena en casa de alguno de nosotros. Cocinamos algo y estamos tranquilos, sin horarios ni gente alrededor.
—Querrás decir que cocine yo, ¿no, bonita? Porque tú quemas hasta la pasta —le soltó Candela.
Todos rompimos a reír.
Nunca había sido de meter a gente del trabajo en mi vida privada. Mucho menos de invitar a casa a alguien que acababa de contratar esa misma mañana. Sin embargo, antes de que pudiera darle demasiadas vueltas, ya estaba hablando.
—Yo vivo en una casa a las afueras, con jardín. Podemos hacerlo allí si queréis.
—Pues ya sabes, cariño, pasa la ubicación para que sepamos dónde es. Ahora mismo le pido a Miguel su número y monto un grupo de WhatsApp —dijo Noa.
Me gustaba la naturalidad que tenían aquellas tres. No parecían impresionadas por el dinero, los cargos ni por las marcas que pudiéramos llevar, y eso hacía que resultara muy fácil estar con ellas. Así que, cuando Noa me pidió mi número, no dudé en darle el personal en lugar del de empresa.
No sabía muy bien qué había ocurrido durante aquella comida, pero algo había cambiado. Hacía meses que mi vida se reducía prácticamente al trabajo, y de repente me había descubierto organizando una cena para el viernes y deseando que llegara.
Teo parecía tan encantado con el plan como yo y, cuando Noa regresó después de hablar con Miguel y anunció que ya había creado el grupo, envié la ubicación de mi casa.
El nombre que había elegido consiguió que volviera a reírme.
Una diva y cinco matados .
Ahora solo quedaba averiguar quién era la diva y quiénes los cinco matados.
A Candela la vería al día siguiente en la oficina, pero a Noa y Sofía no volvería a verlas hasta el viernes por la noche, cuando habíamos quedado a las nueve en mi casa para cenar y lo que surgiera.
Aunque, para entonces, yo ya tenía otro pequeño plan en mente.
Candela había dejado bastante claro que la que sabía cocinar del grupo era ella y a mí también me gustaba meterme entre fogones, así que pensé que podía proponerle que viniera un poco antes para preparar la cena juntos.
Total, si íbamos a cocinar para todos, cuatro manos siempre serían mejor que dos.