Capítulo 9
Candela
Madre mía de mi alma. Cuando les contara a mis amigas cómo estaban mi jefe y su amigo, se iban a caer de culo, lo sabía. En mi vida me había cruzado con dos hombres como ellos, en especial con Iván, que sería con quien tendría que trabajar directamente.
Cuando me dijo que tendría que viajar con él, se me dibujó una sonrisa en la cara. No porque pretendiera tener algo con mi jefe, ni mucho menos, sino por la posibilidad de salir de la ciudad, conocer otros lugares y cambiar de aires de vez en cuando.
Lo que menos quería en esos momentos era tener algo con ningún hombre, y mucho menos con el que sería mi jefe. Además, seguro que estaba acostumbrado a ir de flor en flor, suponiendo que no tuviera pareja, porque un hombre como él debía de tener candidatas de sobra.
Firmé el contrato porque las condiciones no podían ser mejores y, además, me había gustado mucho el ambiente que se respiraba en aquella empresa.
La cercanía entre los trabajadores y el jefe, el buen rollo que se percibía allí y el propio puesto fueron determinantes para que aceptara sin darle demasiadas vueltas.
Lo primero que hice en cuanto me subí al coche fue llamar a mis amigas a través de una videollamada en el grupo que teníamos las tres. No sabía si podrían atenderme, porque se suponía que estaban trabajando, pero no pude evitarlo. La emoción me podía.
—Dinos que lo has conseguido —me dijo Sofía, que apareció en la pantalla junto a Noa, pues había sido ella quien contestó la llamada.
—¡Lo he conseguido! Y no os podéis imaginar las condiciones que he firmado. Vamos, que lo que ganaba en el otro trabajo era una limosna si lo comparamos con esto.
—No sabes cuánto nos alegramos, cariño. Pero esto no se puede quedar en una llamada de teléfono. Tenemos que celebrarlo. Nos vemos a las dos y media en el asador de siempre —dijo Noa.
—No, no. Vamos a comer a un restaurante en condiciones. Ahora os paso la ubicación y, por supuesto, pago yo.
Mis amigas soltaron una carcajada al ver mi cara de ilusión y yo terminé riéndome con ellas. Nada más colgar, les envié la ubicación del restaurante en el que había cenado aquella fatídica noche. En esa ocasión no había sido capaz de disfrutar de la comida y ahora sí pensaba hacerlo.
Como todavía tenía tiempo, decidí pasar por casa para cambiarme. No me apetecía ir a comer vestida como había ido a la entrevista, con falda de tubo y tacones, mientras que mis amigas habían salido aquella mañana con vaqueros y botas. Yo pensaba ponerme algo parecido.
Nada más entrar en casa, empecé a saltar de alegría y a gritar como si me hubiera tocado la lotería, y no la pedrea precisamente, sino un premio de los buenos. Después de todo lo que había ocurrido durante aquellos días, por fin sentía que el destino empezaba a ponerse un poquito de mi parte.
Me quité la ropa que llevaba y me puse un pantalón de corte palazzo , unos botines y una camisa con escote en V que me gustaba muchísimo.
Me recogí el pelo, que hasta ese momento había llevado suelto, en una coleta y cogí la americana.
No hacía demasiado frío, pero tampoco estaban las temperaturas como para salir en mangas de camisa.
Me colgué el bolso al hombro y bajé a buscar un taxi, porque pensaba tomarme alguna copa de vino blanco y no me gustaba conducir después de beber ni una pizca de alcohol.
No era solo por la multa que me podían poner, que también, porque, oye, tampoco estaba la cosa como para ir tirando el dinero cuando se podía evitar.
Lo que realmente me preocupaba era la posibilidad de hacerle daño a alguien.
Le di al taxista la dirección del restaurante y llegamos sin problemas. Antes de salir de casa había llamado para reservar una mesa para tres, no fuera a ser que apareciéramos allí y no pudiéramos comer. Entonces cualquiera aguantaba a Sofía, que era la que más comía de las tres.
Al llegar, el mismo hombre que me había atendido aquella noche me acompañó hasta la mesa que nos habían reservado. Me reconoció al instante y así me lo hizo saber.
—Me alegro de que lo de aquella noche no te haya quitado las ganas de volver.
—Eso por descontado. Podría haber sucedido en este restaurante como en cualquier otro. Además, con el disgusto no disfruté de la comida y no pienso quedarme con las ganas.
—Eso me gusta. Una mujer que no le tiene miedo a nada.
—Uy, miedo tengo a muchas cosas, pero volver a un restaurante no está entre ellas.
—Veo que la reserva es para tres. ¿Prefieres esperar a que lleguen tus amigas?
—Sí, mejor. Aunque mientras tanto sí me tomaría una copa de vino blanco bien frío.
—Perfecto. Ahora mismo te la traigo, y esa invita la casa.
—Muchísimas gracias.
—Por cierto, soy Miguel. La otra noche no tuvimos precisamente ocasión de presentarnos.
—Candela. Y espero que hoy nos conozcamos en circunstancias bastante mejores.
—Seguro que sí.
—Encantada, Miguel.
Le ofrecí la mano y él no dudó en estrechármela.
Miguel era un hombre muy guapo, justo del tipo que solía gustarle a Noa, y estaba completamente segura de que, en cuanto lo viera, me lo diría.
Eso si no era capaz directamente de pedirle una cita, porque mi amiga era mucho de ir a por lo que le gustaba.
Minutos después, un camarero me trajo una copa de vino blanco afrutado que me gustó muchísimo porque entraba solo. Esperaba no tomar muchas más o terminaría saliendo de allí cantando el Porompompero .
—Ya está aquí lo más bonito de toda la ciudad, después de ti, por supuesto —dijo Sofía al llegar, sonriendo.
—Por cierto, no veas cómo está el jefe de sala, ¿no? Estoy por pedirle una cita, pero todavía no me he atrevido porque no me ha dado tiempo a descubrir si es un sieso o es simpático —añadió Noa.
Solté una carcajada.
—Lo sabía. En cuanto he estado hablando con Miguel, sabía que te iba a gustar.
—¿Lo conoces? Bueno, qué pregunta más tonta. Si sabes su nombre es porque lo conoces. Solo espero que no hayas tenido nada con él porque, si es así, lo descarto de inmediato…
—Calla, loca. ¿Cómo voy a haber tenido algo con él si desde que tenía veintitrés años he estado con Jorge?
—Pues también es verdad… Es que, cuando me gusta un tío, ya sabes que mi cabeza deja de regar.
—No, la cabeza no. Lo que te suele regar es otra parte de tu anatomía —soltó Sofía como quien no quiere la cosa.
Cuando llegó el camarero asignado a nuestra mesa, nos encontró a las tres riéndonos.
Al final decidimos pedir una botella del mismo vino que yo había probado y, para comer, escogimos una bandeja de entrantes surtidos, parecida a la que había pedido aquella fatídica noche, y tres platos diferentes que compartiríamos.
Mientras comíamos, les fui contando todo lo que había sucedido aquella mañana en el despacho: las condiciones del contrato, cómo había sido la entrevista y también lo de los viajes, que era una de las cosas que más ilusión me habían hecho.
Cuando llegó el momento de explicarles qué me había parecido mi nuevo jefe, me atasqué un poco.
Quería decirles que probablemente era el hombre más guapo que había visto en mi vida, pero tampoco quería que empezaran a hacerse películas porque, para mí, los hombres estaban descartados durante una buena temporada.
—A ver, no te voy a decir que tengas una relación con él porque sé que todavía no estás preparada, pero, si dices que está tan bueno, a un buen kiki no sería yo quien le dijera que no —me soltó Noa, con su particular visión de la vida.
—¿Y por qué no te has acostado tú con el profesor de gimnasia, entonces? —le pregunté, siguiendo su mismo razonamiento.
—Lo iba a hacer, no te quepa duda, hasta que me enteré de que estaba casado y tenía dos hijos. Ya sabes que por ahí sí que no paso. No le hagas a otra lo que no te gustaría que te hicieran a ti.
—¿Estaba casado y no te lo había dicho? Menudo sinvergüenza.
—Pues sí. Me enteré de pura casualidad y justo cuando estaba casi convencida de aceptar esa cena que llevaba tiempo proponiéndome.
Aquella mañana fui a buscarlo para hablar con él y no lo encontré, pero sí me crucé con otra compañera, que me contó que había tenido que acompañar a su mujer al médico.
Estaba escuchando a mi amiga cuando, al levantar la cabeza del plato, me quedé paralizada.
No podía creérmelo.
Hasta aquella mañana no lo había visto nunca y, en cuestión de unas horas, ya era la segunda vez que me cruzaba con él.