Capítulo 8
Iván
Había llegado el momento de la entrevista y llevaba en mi despacho desde las ocho menos cuarto.
Había salido de casa demasiado temprano, lo sé, pero es que a las seis de la mañana ya no podía seguir en la cama.
Así que me levanté, me di una ducha y, mientras terminaba de vestirme, puse la cafetera y la tostadora.
No sé por qué… Bueno, sí, sabía perfectamente por qué me había costado tanto decidir qué ponerme aquel día: esa mujer me había llamado la atención.
No es que yo fuera un desastre vistiendo, ni mucho menos, pero tampoco era de esos directivos que iban a todas partes con trajes hechos a medida.
Normalmente solo me ponía chaqueta cuando tenía alguna reunión importante.
Al final, como había decidido tomarme aquella entrevista precisamente así, como una reunión importante, opté por un traje de chaqueta, aunque sin corbata. Tampoco quería parecer demasiado formal.
A las siete y cuarto estaba subiendo al coche y, media hora después, ya me encontraba sentado detrás de mi escritorio con un folio delante en el que había anotado la noche anterior algunas preguntas que quería hacerle a Candela.
Me había releído su currículo unas cuantas veces y había señalado los detalles que podían resultarme útiles durante la entrevista.
Su experiencia era amplia, llevaba casi siete años trabajando en la misma empresa y había ocupado un puesto de responsabilidad, así que, aunque nunca hubiera ejercido como asistente personal, tenía claro que estaba acostumbrada a organizarse, asumir responsabilidades y tratar con todo tipo de personas.
Teo había llegado hacía apenas cinco minutos y no dudó en entrar en mi despacho, pues decía que estaría presente en aquella entrevista sí o sí, me pusiera como me pusiera. En cuanto me vio, soltó una carcajada que resonó por toda la estancia.
—Me cago en la leche. Si me lo llegan a contar, no me lo hubiera creído.
—¿Me puedes aclarar a qué te refieres y por qué te ríes?
—¿Tú te has mirado al espejo esta mañana?
—Como todos los días mientras me peino y me lavo los dientes. ¿Por qué?
—Coño, si hasta te has perfumado y engominado el pelo, además de ponerte una chaqueta, y hoy no tienes ninguna reunión.
—¿Cómo que no tengo reunión? Tengo una y debe de estar a punto de llegar la persona con la que voy a reunirme.
Menos mal que, justo en ese momento, Marta, que todavía seguía trabajando conmigo, llamó a la puerta y dejó la conversación ahí. Aunque eso no consiguió que me sintiera más tranquilo; más bien ocurrió todo lo contrario.
—Iván, acaba de llegar Candela Robles, la candidata a sustituirme, pero dice que la han citado en tu despacho, no en el de Teo.
—Sí, está en lo cierto. Hazla pasar, por favor.
—Ahora mismo. Dame un minuto para avisarla, que está en la sala de espera.
—El que necesites.
Me puse en pie y, menos de un minuto después, Candela entró por la puerta.
Tengo que reconocer que me había equivocado al pensar que no era especialmente guapa, porque sí lo era. Mucho, además. Aquella fotografía del currículo no le hacía justicia.
—Buenos días, señor Montero. Soy Candela Robles y venía a la entrevista para el puesto vacante de asistente personal.
—Buenos días, Candela. Por favor, agradecería que nos tuteáramos y que me llamaras Iván. Él es Teo, el jefe de Recursos Humanos y mi mano derecha. Siéntate.
—Gracias, Iván.
Caminaba con seguridad a pesar de los taconazos que llevaba y se sentó con una elegancia que me llamó bastante la atención. Candela tenía una boca de lo más apetecible…
Pero ¿qué coño hacía yo fijándome en esas cosas?
Estaba allí para determinar si era la persona que necesitaba en el trabajo, no para intentar ligármela.
—Empecemos con la entrevista. He visto que, hasta hace unos días, trabajabas como jefa de Recursos Humanos en una importante farmacéutica. ¿A qué se ha debido tu marcha?
—Bueno, ha sido por un motivo personal que ha terminado con mi queridísimo jefe poniéndome de patitas en la calle.
Pero, antes de que sigamos con la entrevista, prefiero dejar una cosa clara: por si lo conoces o te incomoda contratar a alguien que ha denunciado a su anterior empresa, quiero que sepas que he presentado una demanda por despido improcedente.
—¿Y por qué iba a importarme eso? Más bien todo lo contrario. Me parece bien que alguien sea capaz de luchar por lo que considera justo. De hecho, eso también dice bastante de cómo eres.
Candela pareció relajarse un poco.
—Entonces podemos continuar. Lo cierto es que no me gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás.
—Otra cosa que valoro bastante. La constancia, la responsabilidad y, por supuesto, la puntualidad.
—Bueno, con la puntualidad soy un poquito más despistada en mi vida personal, pero jamás he llegado tarde al trabajo en los casi siete años que estuve en aquella empresa.
—¿Sabes lo que siempre decía mi abuelo? Que no era más eficiente quien más horas permanecía en su puesto de trabajo, sino quien conseguía sacar adelante el mismo trabajo en menos tiempo.
—Pues aplícate el cuento, que te pasas aquí media vida —intervino Teo.
Si las miradas hubieran matado, mi amigo habría caído fulminado en el acto. Giré la cabeza despacio hacia él, con toda la intención de resultar amenazante, pero Candela soltó una carcajada que terminó contagiándonos a los dos.
Me gustó comprobar que no se sentía intimidada por mi posición ni por el hecho de que de mí dependiera que consiguiera el puesto.
—Perdón, perdón, pero es que ha tenido mucho arte —dijo todavía riéndose.
—No te preocupes. Ya lo irás conociendo. Teo es así, no piensa demasiado lo que sale por su boquita.
—A veces sí, ¿eh? A ver si ahora va a pensar que soy un inconsciente…
—No, para nada. No soy de sacar conclusiones tan rápido ni de prejuzgar a nadie. Fíjate cómo será la cosa, que seguía viviendo con mi novio cuando me enteré de que se casaba con otra.
Os prometo que se me abrió la boca como si fuera un personaje de dibujos animados.
¿Cómo podía alguien tener tan poca vergüenza?
Y yo pensaba que lo mío con mi ex había sido un palo importante. Si me hubiera ocurrido lo que le había pasado a ella, y encima hacía apenas unos días, no sabía ni cómo habría reaccionado.
—Joder, ¿cómo han podido hacerte algo así? —preguntó Teo, verbalizando exactamente lo que yo estaba pensando.
—Pues muy sencillo: jugando conmigo, haciéndome creer que estaba loca y buscando excusas para irse con su amante, que, para más inri, era una compañera nuestra de trabajo. Y, sin querer, acabo de contaros también el motivo de mi despido.
La rabia empezó a hervirme por dentro. No había tenido suficiente con descubrir que su pareja llevaba otra vida a sus espaldas, sino que además su jefe había decidido que la solución más cómoda para la empresa era despedirla a ella.
Aun así, procuré no dejarme llevar únicamente por aquello. Volví a mirar el currículo que tenía delante. Casi siete años en la misma empresa, un puesto de responsabilidad, formación adecuada y una manera de desenvolverse que, hasta ese momento, me estaba gustando bastante.
No era asistente personal, cierto, pero tampoco necesitaba a alguien que se limitara a llevarme una agenda. Necesitaba una persona resolutiva, capaz de organizarse, reaccionar ante los imprevistos y trabajar a mi lado sin quedarse paralizada cada vez que yo diera una orden.
Y Candela, por lo poco que había visto, parecía cumplir bastante bien con ese perfil.
—Bueno, viendo tu experiencia, tu formación y la manera en la que te estás desenvolviendo en esta entrevista, creo que podemos dejar de dar vueltas. Si estás de acuerdo con las condiciones que te explicará ahora Teo, el puesto es tuyo.
Candela abrió los ojos con sorpresa.
—¿Me lo dices en serio? ¿Así, tan fácil?
—No diría que ha sido tan fácil. Antes de que llegaras ya había estudiado tu currículo y ahora he podido conocerte personalmente. Además, se dan dos circunstancias.
»La primera es que Marta tiene que marcharse este mismo lunes porque su marido se ha trasladado a otra ciudad y quiere reunirse allí con él y con sus hijos. Y la segunda es que creo que tienes el perfil que necesito.
—Gracias, de verdad. No sabes lo que esto significa para mí, sobre todo ahora.
—Candela, si vienes conmigo a mi despacho, te explico cómo funciona todo y revisamos el contrato. Sé que puede parecer precipitado, pero necesitaríamos que empezaras mañana mismo —le indicó Teo.
—¿Precipitado? Como si tengo que empezar ahora. No hay ningún problema.
—No, mujer, tampoco hace falta tanto —respondió él entre risas—. Lo de empezar mañana es para que Marta pueda orientarte antes de marcharse y explicarte cómo funciona todo.
De repente, se me ocurrió una posibilidad.
No era algo que me hubiera planteado hasta entonces, pero pensé que, teniendo una asistente sin las obligaciones familiares de Marta, quizá podría contar también con ella en algunos viajes de trabajo.
No lo había incluido en la oferta porque nunca había necesitado cambiar esa dinámica, aunque ahora podía resultarme bastante útil.
—Hay una cosa que no te hemos comentado antes y que para mí sería importante.
—Dime, ¿qué es?
—Marta nunca me acompañaba cuando tenía que viajar porque tiene hijos y su marido iba de destino en destino, así que entendía perfectamente que no pudiera hacerlo.
»Pero, si alguna vez tengo un viaje de trabajo, una reunión fuera o alguna gala en la que necesite tener a alguien pendiente de documentación, agenda o cualquier dato que pueda necesitar, me gustaría poder contar contigo.
—Por supuesto. No tengo ningún inconveniente. Además, me encanta viajar, aunque sea por trabajo.