El chat que me cambió la vida Capítulo 7
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Capítulo 7

Iván

Mi vida había sido un cúmulo de malas temporadas, aunque no a nivel económico ni laboral, sino personal. Llevaba cuatro años con mi novia cuando descubrí que mantenía otra relación a mis espaldas, así que no dudé en echarla de mi casa, porque era mía, y dejarle claro que no quería volver a verla.

De aquello habían pasado ya ocho meses, un tiempo durante el que me había volcado por completo en el trabajo y en sacar adelante mi empresa, echando muchas más horas de las recomendables si uno pretendía tener una vida medianamente sana.

Había días en los que llegaba a casa tan tarde que apenas me daba tiempo a cenar cualquier cosa antes de meterme en la cama.

Otros, directamente, alargaba la jornada sin necesidad, buscando siempre algo más que revisar o dejar preparado para el día siguiente.

Sabía perfectamente por qué lo hacía, aunque no me gustara reconocerlo: mientras estuviera ocupado, tenía menos tiempo para pensar.

Y yo aquí, contándoos mis penas, sin haberme presentado siquiera. Soy Iván, tengo treinta y cuatro años y soy el propietario y gerente de una empresa dedicada al transporte y distribución de productos cosméticos y farmacéuticos.

Esa mañana estaba hablando con mi mejor amigo, que además era mi mano derecha, cuando me contó que un conocido suyo tenía un problema en su empresa.

Al parecer, uno de sus mejores químicos había mantenido una relación sentimental durante años con una de las responsables de departamento, pero todo había terminado porque él se había enamorado de otra compañera.

—Joder, pobre chica. Tener que aguantar a esos dos a diario después de haber sido ella la traicionada… —le dije a Teo, mi mejor amigo.

—Mi amigo me ha pedido un favor, pero le he dicho que antes tenía que hablar contigo.

—¿Qué favor?

—Me ha dicho que tiene que despedirla. No porque sea mala trabajadora ni porque no haga bien su trabajo, sino porque teme que el ambiente se vuelva imposible y termine afectando a la empresa.

—Pues qué quieres que te diga, tu conocido es un pedazo de cabrón por hacerle eso a la chica, sobre todo si me dices que hace bien su trabajo.

—Eso mismo le he dicho yo, pero asegura que, para él y para la empresa, es mucho más sencillo ascender a alguien de su departamento que prescindir del químico, que tiene entre manos una de las mejores fórmulas que van a sacar al mercado.

—Me da igual. Ponte en contacto con esa chica y dile que venga mañana a hacer una entrevista. Ya sabes que necesito una asistente nueva y que Marta se marcha esta misma semana.

—Ese es el problema. Cuando le ha comentado que tendría una entrevista con nosotros, ella le ha dicho que por encima de su cadáver. Que, si piensa que con ese gesto va a evitar una demanda, lo tiene claro.

—Yo también lo demandaría si me trataran así.

—¿Y qué podemos hacer? Porque mi amigo anda un poquito desesperado.

—Claro que está desesperado, pero no por lo que pueda pasarle a esa chica, sino porque teme la demanda que le puede caer encima.

—Entonces…

—Entonces, nada. Publica una oferta en la web que utilizamos para los procesos de selección y busquemos una asistente en condiciones.

—Sí, porque Marta es adorable, pero no puede contigo. Llevas meses con la cabeza metida entre contratos, documentos y la pantalla del ordenador, y no puedes seguir así.

—Es mi manera de evadirme de todo, Teo.

—No. Es tu manera de no volver a casa antes de tiempo, de no notar la soledad y de no echarla de menos. Pero ¿tú no sabes eso de que una mancha de mora con otra mora se quita?

—Por supuesto. Esta misma noche salgo y, cuando vea a una mujer que me guste, le digo que se venga a vivir conmigo. O, mejor todavía, le propongo matrimonio. ¿Eres tonto o has desayunado bolitas de alcanfor?

—No te estoy diciendo que hagas eso. Tan solo intento que vuelvas a vivir, que te acuestes con quien te dé la gana y que dejes de comportarte como si tuvieras ochenta años y una disfunción eréctil.

—Eso te aseguro que no pasa, porque mi mástil se pone recto todas y cada una de las mañanas.

—No necesito conocer esos detalles, gracias. Mejor demuéstraselo a alguna de esas mujeres que te gustan a ti, con curvas en las que perderte…

—Vete a la mierda, Teo, y déjame trabajar. Haz lo que te he dicho o te veo a ti ejerciendo de asistente, y los dos sabemos que no durarías ni una semana.

—Eso lo saben hasta los hebreos, cariño.

Teo salió de mi despacho y me dejó con una carcajada que me salió de lo más hondo. Negué con la cabeza y volví a lo mío, sumergido entre documentos que tenía que revisar y partidas que debía autorizar.

Un par de horas después, Teo volvió a entrar en mi despacho como hacía siempre: sin llamar y abriendo la puerta como si hubiera fuego en el edificio y tuviéramos que salir corriendo.

—¡No te lo vas a creer!

—¿El qué? ¿Que vuelvas a entrar sin llamar? ¿Que algún día se me vaya a salir el corazón por la boca del susto? ¿O que me esté conteniendo para no darte un puñetazo y mandarte de vuelta a tu despacho?

—Desde luego, siempre has sido un dramático.

—Supongo que no habrás venido hasta aquí solo para decirme eso…

—No, pero, como siempre haces, me has obligado a desviarme de mi objetivo. Mira.

Teo dejó delante de mí el currículo de una mujer que me llamó la atención. No porque fuera especialmente llamativa ni porque tuviera uno de esos currículos que impresionaban a primera vista, sino porque en la fotografía aparecía de lo más natural y tenía una sonrisa preciosa.

Al fijarme bien, descubrí lo que mi amigo intentaba enseñarme. La mujer que acababa de solicitar el puesto de asistente era la misma de la que habíamos estado hablando aquella mañana.

Volví a mirar el currículo con más atención.

Llevaba casi siete años trabajando en la misma empresa farmacéutica y había llegado a ocupar un puesto de responsabilidad, algo que, al menos para mí, decía bastante de su constancia y de su capacidad para asumir responsabilidades.

Su experiencia no era exactamente la de una asistente personal, pero estaba acostumbrada a trabajar en un entorno empresarial, a organizarse y a tratar con otras personas, y eso podía encajar perfectamente con lo que yo necesitaba.

No me lo pensé demasiado y, sinceramente, no me preguntéis por qué, porque ni yo mismo lo sabía. De repente, quise que fuera ella quien ocupara el puesto. No me apetecía entrevistar a nadie más y así se lo hice saber a Teo, sin medias tintas.

—No conciertes más entrevistas. Quiero que ella venga mañana a las nueve en punto.

—Lo sabía. Sabía que ibas a empatizar con ella y que acabarías diciendo exactamente eso. Por eso ya la he citado. Estoy esperando a que confirme por correo.

Mi amigo acababa de ponerle palabras a uno de los motivos, aunque no era el único. La imagen de aquella fotografía y, sobre todo, esa sonrisa tan cercana se me quedaron grabadas en la cabeza durante el resto del día.

De pronto, decidí que quería hacer yo mismo la entrevista.

—Quiero hacer yo la entrevista —le dije a Teo.

—Tiene sentido. Al fin y al cabo, va a trabajar directamente contigo.

—Precisamente por eso. Quiero que haya cercanía desde el principio. Ya sabes que no me gusta que me llamen de usted ni «señor Montero». Aquí, aunque sea el jefe, para todos soy Iván.

—Uy, me da a mí que esa mujer te ha gustado…

—No empieces con tonterías, por favor. Mi único interés es laboral.

—Bueno, eso solo lo dirá el tiempo. Por ahora, vamos a asegurarnos de que las condiciones sean lo bastante atractivas como para que quiera quedarse con nosotros. Te recuerdo que ocupaba un puesto de responsabilidad en la farmacéutica…

—Sí, pero también sabemos que ahora mismo no tiene trabajo y que, como ella, habrá muchos candidatos buscando puestos similares.

—Bueno, yo pondré todo de mi parte para que se quede.

—Ni se te ocurra tirarle los tejos, porque te echo del despacho.

—Ya estás celoso y todavía no la has visto cara a cara. No quiero ni imaginar cómo serás cuando la tengas delante…

—¿Quieres dejar de decir gilipolleces, por favor?

—Yo…

Teo hizo el gesto de cerrarse una cremallera en la boca, una que, en multitud de ocasiones, había deseado que tuviera de verdad para poder cerrársela yo mismo.

Como aquella vez en la que mi ex me regaló una corbata horrorosa y él se encargó de decírselo directamente, sin paños calientes.

Aquello provocó una de las peores broncas que tuve con ella desde que empezamos a salir, porque, según decía, yo tenía que haber defendido su buen gusto y asegurar que la corbata era preciosa.

En lugar de eso, solté una carcajada cuando Teo le dijo que no se la pondría ni para ir a un entierro y que no había visto una más fea en su vida.

Negué con la cabeza mientras Teo se marchaba de mi despacho y, por primera vez en mucho tiempo, decidí volver a casa a una hora razonable. Dejaría de lado el trabajo por aquella tarde y aprovecharía para preparar con calma la entrevista del día siguiente.