El chat que me cambió la vida Capítulo 6
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Capítulo 6

Candela

Ya me había instalado en casa de mis amigas y ese era el día en el que tenía que volver al trabajo. Me desperté con la sensación de que mi vida estaba a punto de dar otro giro, pero no sabía si para bien o para mal, la verdad.

—Chicas, me marcho al trabajo. Nos vemos a la hora de comer —les dije a mis amigas.

—Eso, que nadie coma hasta que estemos todas —dijo Sofía.

—Por supuesto, que no me vaya a quedar sin probar ese pollo guisado que, anoche, mientras lo cocinabas, olía de muerte. Te prometo que me he pasado toda la noche con el olor metido en la nariz. A punto estuve de levantarme y servirme un trozo —dijo Noa, salivando como en los dibujos animados.

—No os preocupéis, que hice de sobra. Vamos a tener hasta para repetir, si nos apetece.

Mis amigas eran unas negadas para la cocina y, como a mí era algo que me encantaba y me relajaba mucho, decidimos que yo sería la encargada de la comida. No me gustaba alimentarme a base de fritos y precocinados, que era básicamente con lo que sobrevivían ellas.

Me subí al coche y me dirigí hasta la empresa en la que trabajaba. Normalmente iba andando, porque me quedaba cerca de donde vivía antes, pero ahora estaba bastante más lejos y tardaría, al menos, cuarenta y cinco minutos. No me apetecía hacer ese trayecto a pie ni loca.

Aparqué en la plaza que tenía reservada y que no había utilizado hasta entonces, y me encaminé hacia el ascensor que me llevaría directamente a la planta en la que se encontraba mi despacho. Así, de paso, evitaba encontrarme con esa mujer.

Pero, en cuanto entré en mi despacho, algo me llamó la atención.

Encima del teclado de mi ordenador había una nota en la que me indicaban que me esperaban en el despacho del director general.

No voy a negar que me puse nerviosa porque, en los casi siete años que llevaba trabajando allí, nunca me habían llamado para hablar directamente con él.

Dejé el bolso sobre la mesa, cogí aire y salí de nuevo al pasillo. El despacho del director general estaba en la misma planta, al fondo, junto al de su asistente, así que apenas tardé nada en llegar.

—Buenos días, Susana. El director general me ha hecho llamar —le dije a su asistente, con quien apenas había cruzado un par de palabras.

—Buenos días, Candela. Sí, dame un segundo, que lo aviso y te doy paso.

—Claro, el tiempo que necesites. Gracias.

Dos minutos después, ya estaba llamando a la puerta de su despacho, esperando a que me diera permiso para entrar. En cuanto lo hizo y me vi delante de él, os prometo que me temblaban las piernas, porque empezaba a intuir lo que se me venía encima.

—Buenos días, señorita Robles. Siéntese, por favor.

—Buenos días, señor Camacho. Dígame, ¿cuál es el motivo por el que me ha hecho llamar?

—Iré al grano, no me andaré por las ramas. Por toda la empresa se ha extendido el motivo de su ruptura con el señor Sánchez y, como no quiero que esa situación afecte al buen ambiente de trabajo, he tomado una decisión.

—Ha tomado una decisión…

—Sí, señorita Robles. Como comprenderá, ellos son dos y buscar dos personas que cubran sus puestos es mucho más complicado que sustituirla a usted o ascender a alguien de su departamento.

—Vamos, que me voy a la calle. Me parece perfecto. Encima de que soy yo la víctima, me dan una patada en el culo aun haciendo mi trabajo a la perfección.

—No se va a ir de vacío, se lo aseguro. Es más, tiene una entrevista en un par de horas en la empresa de un amigo mío. No es que esté en desacuerdo con lo que dice, pero póngase en mi lugar.

—¿En la empresa de un amigo suyo? Me parece que, además de despedirme sin motivo, se está usted extralimitando. Así que, sintiéndolo mucho, mi próximo trabajo me lo buscaré yo. Y tendrá noticias de mi abogado, porque no pienso quedarme de brazos cruzados ante una injusticia como esta.

Me levanté porque me negaba a seguir escuchando tonterías y excusas baratas.

Antes de volver a mi despacho, recogí la documentación del despido, que ya tenían preparada.

No necesitaba que nadie me explicara nada: después de casi siete años trabajando en Recursos Humanos, sabía perfectamente qué documentos debían entregarme y qué pasos correspondían a partir de ese momento.

Antes de irme, entré en mi despacho y recogí mis enseres personales. Lo único que dejé allí, dentro de la papelera, fue la foto que tenía sobre el escritorio, en la que aparecíamos Jorge y yo el día que nos dieron las llaves de nuestra casa.

Salí de allí como alma que lleva el diablo, directa hacia mi coche.

Si esperaban que fuera a buscar a Jorge o a su prometida, montara un numerito y les diera la excusa perfecta para justificar mi despido, podían esperar sentados.

Tenía claro que demandaría a la empresa por despido improcedente y no iba a ponerles las cosas fáciles.

Media hora más tarde entraba por la puerta de la casa de mis amigas, porque todavía no era capaz de considerarla mi casa. Al menos no del todo, por mucho que a ellas sí las considerara mi hogar.

Las lágrimas me caían por las mejillas sin control.

Había algo que no entendía. ¿Cómo coño se había ido mi vida a la mierda en tan poco tiempo?

Hasta hacía unos días tenía una familia que me apoyaba, con sus más y sus menos, pero estaban ahí.

Tenía una pareja que yo pensaba que me quería, una casa y un trabajo.

Y ahora no tenía nada de eso y me sentía más sola que nunca.

Me senté en el sofá, con la televisión apagada, mirando la pantalla como si estuvieran proyectando la película o el documental más interesante del mundo. Así estuve hasta que llegaron mis amigas y, en cuanto me vieron y se dieron cuenta de mi estado de ánimo, vinieron corriendo hacia mí.

—Candela, ¿qué te ocurre? —me preguntó Noa en cuanto me vio.

—Mi vida se ha ido a la mierda, Noa.

—No digas eso, por favor. Son etapas que hay que superar —añadió Sofía.

—¿Etapas? Mira, a mí el destino me ha debido confundir con una ciclista de la Vuelta a España, porque no es que me haya puesto una etapa, me ha colocado un puerto de montaña entero.

—Así me gusta, que te lo tomes con un poquito de humor —me dijo Noa, sonriendo.

—No es que me lo tome con humor. Es que no tengo más cojones que hacerlo así, porque ya no me quedan más lágrimas.

—Bueno, cuéntanos, ¿qué ha pasado para que estés así? —preguntó Sofía, yendo directa al grano.

—Me han despedido del trabajo. Según mi jefe, era más fácil ascender a alguien de mi departamento que tener que buscar a dos personas que los sustituyeran a ellos. Así de sencillo. Y encima me dice que tengo una entrevista en la empresa de un amigo suyo…

—¡Será cabronazo tu jefe! —exclamó Sofía.

—Pues más cabronazo es su ex. Después de tanto tiempo juntos y de no ser capaz de decirle a la cara lo que estaba haciendo, encima habla con su jefe y consigue que la despidan —añadió Noa.

—Bueno, vamos a calentar la comida, que no pienso ponerme enferma por culpa de todo esto. Me sobran ovarios para seguir adelante, encontrar otro trabajo y empezar de cero tantas veces como haga falta.

Mis amigas me abrazaron y fue muy reconfortante. Cuando estaba entre ellas, cualquier problema, por duro y complicado que fuera, parecía algo menor. Todo se veía de otra manera, con más fuerza, como si supiera que, de un modo u otro, terminaríamos encontrando una solución.

Nos sentamos a la mesa y comimos en silencio. Pero no era un silencio incómodo, sino uno de esos en los que cada una está sumida en sus pensamientos, intentando asimilar lo ocurrido y encontrar alguna manera de solucionarlo.

En cuanto terminamos de comer, y mientras yo recogía la cocina, ellas se pusieron a preparar el trabajo del día siguiente con los alumnos del colegio que tenían más dificultades de aprendizaje y necesitaban una atención especial.

Después de recoger, me senté con el portátil y empecé a buscar nuevas oportunidades. Entré en varias plataformas de empleo y envié mi currículo a todas las ofertas que encajaban con mi experiencia y mi formación.

Tenía la esperanza de que no tardaran demasiado en responderme.

De todos modos, contaba con un pequeño colchón económico que me permitiría vivir una temporada aunque no encontrara trabajo de inmediato.

El problema era que yo no sabía estar mucho tiempo de brazos cruzados.

No era mi forma de ser, pero, por el momento, tendría que adaptarme.

—Candela, hemos pensado que, hasta que no encuentres trabajo, no vamos a permitir que pongas ni un céntimo para nada de la casa —me dijo Sofía.

—Eso no te lo crees ni tú. Lo siento, pero por ahí sí que no pienso pasar. No quiero convertirme en una carga para nadie, mucho menos para vosotras.

—No eres una carga ni lo serás nunca, Candela. Eres nuestra amiga y, por eso, queremos protegerte y ayudarte. Además, estoy segura de que, si fuera al revés, tú harías exactamente lo mismo por nosotras —me dijo Noa.

—Eso no tiene nada que ver. Yo tengo ahorros y puedo hacer frente a mis gastos, de verdad. No me hagáis sentir más inútil de lo que ya me siento.

—¿Inútil? ¿Acaso eres tonta? Eres una de las mujeres más fuertes que conozco, de las más resilientes que la vida me ha puesto por delante, y tienes uno de los corazones más bonitos del mundo. Así que hazme el favor y deja que te cuidemos.

No pude evitar que las lágrimas volvieran a caerme por las mejillas.

Os prometo que estaba llorando en unos días más de lo que había llorado en toda mi vida.

Y yo era de esas personas que siempre decían que llorar no servía para nada, que había que buscar soluciones en vez de hundirse en la miseria.

Esa misma tarde recibí respuesta a uno de los currículos que había enviado.

No se trataba de un puesto ejecutivo como el que había desempeñado hasta entonces, sino de asistente de dirección.

Pero me daba igual, porque las condiciones que ofrecían eran muy buenas y estaba más que preparada para ese puesto.

Me habían citado al día siguiente, a las nueve de la mañana, en la sede central de la empresa. Se encontraba en la misma zona donde había trabajado hasta entonces, así que sabía perfectamente cuánto tardaría en llegar y a qué hora tendría que salir de casa.

Por supuesto, confirmé la entrevista. No tenía nada que perder y, al fin y al cabo, era una oportunidad. Una sonrisa se dibujó en mi cara y, en cuanto se lo conté a mis amigas, lo primero que hicieron fue abrazarme y decirme que estaban seguras de que lo iba a conseguir.

No sabía si lo conseguiría, pero el simple hecho de que hubieran valorado mi candidatura ya era motivo suficiente para sentirme feliz y esperanzada. Y, si no salía bien en esa ocasión, ya llegaría otra oportunidad.

Esa noche me acosté algo más animada. Después de todo lo que me había pasado, después de ver cómo mi vida se había puesto patas arriba, cualquier pequeño resquicio que me permitiera seguir avanzando era motivo para sonreír.

A la mañana siguiente me levanté temprano. Bueno, en realidad me había costado mucho dormir y lo poco que había conseguido descansar había sido a ratos. Me arreglé, cogí las llaves del coche y salí de casa con toda la positividad que podía reunir para afrontar una entrevista de trabajo.