El chat que me cambió la vida Capítulo 5
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Capítulo 5

Candela

Os podéis imaginar la boquita de mis amigas cuando les conté todo con detalle, desde el momento en que recibí el mensaje de que me habían incluido en un grupo de WhatsApp hasta el instante en el que le tiré la consola por la ventana.

—Si llego a ser yo la que estaba en tu lugar, se la hubiera tirado a dar, y ese habría dormido con una buena brecha en la cabeza —me dijo Noa, que era la más impulsiva de las tres.

—No, porque me podría haber denunciado por agresión y estoy demasiado buena para que me metan en la cárcel.

—¡Esa es la actitud, cariño! Que lo jodan, y a esa asquerosa también. Al final, el karma existe y le volverá de la misma manera —dijo Sofía, completamente segura de lo que decía.

—Ella era soltera, Sofía. El que me tenía que haber guardado respeto era él. Entiendo que se hubiera enamorado de ella, pero que me lo hubiera dicho, no que anduviera con ella a mis espaldas y, mucho menos, que me enterara de la manera en que lo hice.

—La bruja de su madre… Porque, por mucho que tú dijeras, siempre me pareció una mujer muy falsa y te lo dije muchas veces. Seguro que ha tenido algo que ver —me dijo Noa.

Era cierto. A ella, Adela nunca le cayó bien. Siempre me decía que era una bienqueda, que tenía una sonrisa más falsa que un billete de seis euros y que, cuando nos dábamos la espalda, seguro que nos ponía verdes. Y, visto lo visto, tenía que darle la razón.

—¿Qué piensas hacer ahora? Me refiero a si te vas a quedar aquí, en esta casa…

—Ni loca. Quiero buscarme algo que no sea demasiado grande. Con una habitación tengo suficiente.

Noa y Sofía se miraron, como hacían siempre que querían decirse algo sin necesidad de hablar, y ambas asintieron. A continuación, se dirigieron a mí con una sonrisa en los labios.

—¿Por qué no te vienes con nosotras? Tenemos una habitación libre y, como los muebles de esta casa son tuyos porque te los regalaron tus padres, nos los podemos llevar —me dijo Noa.

—¿Estáis seguras? No quiero ser un estorbo para nadie y, como hasta final de mes tengo pagado el alquiler…

—Segurísimas. Será como cuando estábamos en la universidad. ¿Lo recuerdas?

—Sí, pero con la pequeña diferencia de que ya no tenemos veinte años, sino treinta. Qué patético, tres mujeres de esta edad compartiendo piso como si fuéramos tres adolescentes.

—No, cariño, no es patético, es una suerte. Porque, a nuestra edad, conservar una amistad como la nuestra no es tan habitual, y nosotras seguimos juntas.

—En eso tienes razón, amiga. Debe de ser que mi ánimo no es el más adecuado para ver el lado positivo de las cosas.

—Pues para eso tenemos la botella de vodka, que con un refresco de naranja nos quitará las penas a todas.

Os puedo asegurar que esa noche cogí la cogorza más grande de mi vida. Al día siguiente no recordaba casi nada de lo que había bebido ni de lo que habíamos hablado. Solo sé que tenía la boca como la suela de un zapato y varias llamadas de mi madre a primera hora de la mañana.

Me dolía la cabeza como si tuviera metida dentro una de esas bandas que tocan en Semana Santa detrás de los pasos y todos sus integrantes estuvieran ensayando a la vez los instrumentos de percusión.

No había ni rastro de mis amigas, así que supuse que se habían marchado a su casa, hasta que levanté la mirada y las encontré dormidas, cada una en uno de los sillones.

Mi teléfono volvió a vibrar. Bueno, lo correcto sería decir que vibró, porque le había quitado el sonido, pero en esa ocasión era mi padre quien llamaba. Me levanté, lo cogí de la mesita de café donde lo había dejado la noche anterior y salí a la terraza para hablar sin despertar a mis amigas.

—Dime, papá.

—¿Eso es lo único que se te ocurre decir? ¿Se puede saber por qué nos hemos tenido que enterar por Jorge de que ya no estáis juntos?

—¿No te ha dicho que me ha puesto los cuernos y que se va a casar con otra mujer?

—Desde luego, hija, muy lista para los estudios, pero muy torpe para la vida. Ni siquiera has sido capaz de retener a un hombre como ese. Si se ha marchado con otra mujer, seguro que ha sido porque tú no estabas a la altura de lo que él necesitaba.

—¿Me estás diciendo eso en serio? ¿Él me pone los cuernos y soy yo la culpable? No sé ni qué decir, de verdad. Esto es para mear y no echar gota…

—Por supuesto que te lo estamos diciendo en serio, Candela —intervino mi madre—. A tu edad no vas a encontrar a otro hombre como ese.

Me quedé con la boca abierta, incapaz de entender cómo, después de todo lo que me había hecho, seguían defendiéndolo en lugar de mostrarme su apoyo.

—En eso consiste, mamá, en encontrar a alguien que no sea como él. Un cabrón y un cobarde que no se merece ni una sola lágrima mía.

—Si hubieras sido capaz de convencerlo para que se hubiera casado contigo, ahora la otra sería ella, no tú.

—Yo no pienso ser la otra, lo siento. Jorge salió de mi vida de manera definitiva.

—Pues nosotros estamos de su parte. Incluso nos ha enviado la invitación para la boda, que será dentro de dos meses. Nos ha dicho que quieren una ceremonia íntima, tan solo con la familia y los allegados, y que él nos considera familia.

—¿Vais a ir a esa boda? Os recuerdo que vuestra hija soy yo y, lo siento, pero si os ponéis de su parte, si vais a esa ceremonia, no quiero volver a saber nada de vosotros.

—Los que lo sentimos somos nosotros porque Jorge, para tu padre y para mí, es una persona muy importante en nuestras vidas y pensamos acudir. Que tú no hayas sabido conservarlo a tu lado no significa que nosotros también tengamos que darle la espalda.

—Entonces no tengo nada más que hablar con vosotros. Que os vaya bien en la vida, pero, desde este momento, haceos a la idea de que ni vosotros tenéis hija ni yo tengo padres.

Corté la llamada, pero me quedé allí, mirando el horizonte y la Alhambra, que se veía desde mi terraza. No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que sentí los brazos de Sofía alrededor de mi cuerpo, abrazándome por detrás.

—Amiga, no he podido evitar escuchar la conversación…

—No importa. Os lo iba a contar de todas maneras.

—Son unos gilipollas y no se merecen una hija como tú.

—¿Qué he hecho mal para quedarme, de golpe, sin novio y sin padres?

—Tú no has hecho nada malo, cariño. Son ellos, que ninguno ha sabido quererte bien.

—¿Tan mala soy que ni siquiera mis padres han podido quererme?

—Eso sí que no te lo voy a permitir, Candela. Eres la persona más adorable que conozco, con un corazón que no te cabe en el pecho. No dejes que nadie te mine la moral ni te haga sentir inferior, cariño.

—Eso, la autoestima siempre por las nubes. Levanta esa cara y deja ya de llorar, que tenemos que preparar una mudanza —me dijo Noa, que también se había unido a nosotras.

Noa bajó un momento a la calle y, en menos de cinco minutos, regresó con un montón de cajas de mudanza, además de una especie de mantas para cubrir los muebles que quería llevarme.

A la hora de comer, ya teníamos casi toda la ropa recogida, además de mis libros, la ropa de cama, las toallas y buena parte de la decoración que quería llevarme.

Noa me convenció de que me llevara el sofá, pues lo habíamos comprado hacía tan solo dos meses, además del mueble del salón y todos los electrodomésticos.

—Nuestro sofá tiene más años que un bosque y hay partes en las que, si te sientas, le das con el culo en la frente al vecino de abajo —soltó Sofía con total naturalidad.

No pude evitar soltar una carcajada al imaginarme la escena que estaba describiendo, a pesar de saber que era literalmente imposible.

Solo pedí una cosa: que alguna de ellas comprara una funda y que, cuando llegara, se la pusieran.

No quería que aquel sofá me recordara todos los momentos que había pasado en él.

Sí, suena como una gilipollez, lo sé, pero muchas veces un cambio físico ayuda a dejar ciertos recuerdos atrás, y eso era exactamente lo que yo quería.

La televisión también me la iba a llevar para ponerla en mi habitación, por si alguna vez me apetecía ver algo mientras estaba en la cama o me ponía enferma y necesitaba distraerme.

Llamé a mi casero, que se llevó un disgusto cuando le dije que quería rescindir el contrato.

Le expliqué que no iba a llevarme muchos de los muebles y que podía contar con ellos por si los próximos inquilinos los querían.

No dudó en decirme que pasaría al día siguiente por el piso para devolverme la fianza y comprobar su estado porque, si estaban tan bien como yo decía, estaría dispuesto a pagármelos.

El dinero, en ese punto de mi vida, era lo de menos.

Tan solo quería cerrar aquella etapa y poder empezar de cero, aunque todavía me quedaba el tema del trabajo, donde, indudablemente, tendría que cruzarme con ellos.

Quizás a Jorge lo vería menos, pero a Marisa la tendría más presente porque trabajaba en recepción y era inevitable encontrármela al entrar, al salir o cuando tuviera algún paquete o sobre a mi nombre.

Pero bueno, prefería no pensar en ello o terminaría poniéndome otra vez a llorar. Esa noche dormimos las tres en mi casa, en mi cama, pues la empresa de mudanzas vendría al día siguiente a primera hora y así, entre las tres, podríamos dejarlo todo listo antes.

A la mañana siguiente, entre cajas, bolsas y muebles por mover, el piso parecía otro. La empresa de mudanzas llegó temprano y, mientras ellos empezaban a cargarlo todo, apareció también mi casero para revisar la vivienda y hablar conmigo sobre la fianza y los muebles que se quedarían allí.

—Hola, Candela. De verdad, no sabes el disgusto que tengo de que os marchéis —me dijo.

—Hola, don José. Pues sí, la relación se terminó y no quiero tener cerca nada que me lo recuerde. Por eso, de momento, me marcho a vivir con mis amigas. El tiempo dirá si me quedo allí o si la vida me tiene preparada alguna sorpresa.

—Eso no lo dudes. Eres demasiado bonita y dulce como para que te quedes soltera toda la vida.

—Uy, eso de tener pareja, al menos durante un tiempo, creo que lo tengo descartado.

—No te cierres al amor, preciosa, porque cuanto más te niegues, más se empeñará el destino en ponértelo por delante.

Estuvo revisando los muebles y acordó pagarme mil quinientos euros por ellos.

Aunque me negué en un primer momento, me hizo la transferencia allí mismo, junto con el mes de fianza que habíamos dejado cuando alquilamos el piso.

Eso sí, le di mi número de cuenta personal porque el que tenía era el de la cuenta conjunta, y esa ya la había cerrado después de transferir a mi cuenta el dinero que quedaba.

Podría haberle dicho que Jorge quería quedarse con la casa, pero no me dio la gana. Y lo digo así de claro, porque pensar que ellos pudieran formar allí la familia que yo tanto había deseado hacía que se me revolviera el estómago.

Sé que estaba actuando de manera egoísta y que podéis pensar que era una actitud muy infantil por mi parte. No os voy a quitar la razón, pero, por una puta vez en mi vida, no iba a pensar en nadie más que en mí.