Capítulo 4
Candela
Al día siguiente, a primera hora de la mañana, Jorge entró en la que, hasta la tarde anterior, había sido nuestra casa y lo hizo como un elefante en una cacharrería. Para que me entendáis, empezó dando un portazo y continuó gritando como un loco.
—¿Se puede saber qué coño pretendías apareciendo en ese restaurante?
—No, si ahora encima vas a venir de víctima. Mira, si estás ahora mismo dentro de esta casa es porque yo he querido, así que bájame esos humos, pero ya.
—Si estoy aquí es porque esta también es mi casa, que no se te olvide.
—Venga, recoge tus cosas y lárgate ya, que seguro que tu prometida te está esperando para tener una sesión de sexo desenfrenado —le dije con cierta ironía.
—Con ella siempre es sexo desenfrenado. El descafeinado lo tenía contigo.
Por mucho que intentara convencerme de que sus palabras no me afectaban, alguna consiguió colarse por las grietas que él mismo había ido abriendo con el tiempo. No pensaba darle el gusto de que lo notara, pero eso no significaba que no doliera.
—Si pretendes hacerme daño, siento comunicarte que no lo has conseguido. Yo sé cómo soy, y ya sabes eso que dicen de que no hay mujer fría, sino hombres que no saben cómo tocarla.
Lo vi entrar en la que había sido nuestra habitación y sacar un par de maletas, en las que metió toda su ropa. Después fue hasta el baño y el despacho, donde terminó de recoger sus enseres personales y los documentos que guardaba en casa. Los metió en su maletín de trabajo junto con el portátil.
—¿Y qué vas a hacer con el piso?
—¿Y a ti qué te importa?
—Porque me gustaría quedármelo. Es más grande que la vivienda de Marisa.
Así se llamaba la mujer con la que estaba.
—Pues eso ya no es problema mío. Otra cosa: no te vayas tan rápido, que tenemos que hablar de la cuenta del banco.
—De la conjunta puedes quedarte con todo. Al fin y al cabo, de ahí se ha pagado el anillo que luce mi prometida, además de la ropa interior y de todos los regalos que le he hecho. No quiero quedarme aquí más tiempo del necesario y que mi chica piense que sigo acostándome contigo.
—¿Acostarte conmigo? Ni aunque fueras el último hombre sobre la faz de la Tierra. Te aseguro que he pasado de amarte con toda mi alma a odiarte con todo mi corazón. Siento un asco por ti…
—¿Acaso piensas que yo me acostaba contigo por gusto? Para conseguir que se me pusiera dura, tenía que recurrir a los recuerdos de las veces que me acostaba con Marisa en la oficina, de las felaciones que me hacía mientras tú estabas con tus amiguitas de «chupipandi».
Me dolió la manera en que lo dijo, pero, sobre todo, me dolió que pareciera haber olvidado todas las veces que nos quisimos de verdad.
Porque las hubo. Lo nuestro no siempre había sido ese mero trámite en el que, por lo visto, se había convertido últimamente, aunque ahora empezaba a entender el motivo.
Fui hasta la puerta y la abrí de par en par. La rabia me recorría las venas y no dudé en echarlo de allí.
—Fuera. Lárgate de mi casa, pedazo de cabrón. Cobarde, que eso es lo que eres. Un cobarde asqueroso que no ha tenido los cojones de decirme la verdad a la cara y ha esperado a que yo lo descubriera.
—Ni que mi madre fuera tonta para no saber a quién incluye en los chats de la familia. Si lo hizo fue para que te enteraras de una puta vez de que no me iba a casar contigo jamás.
—Sal de aquí. Espero no tener que volver a verte en mi puta vida.
—Pues mal lo llevas, sobre todo teniendo en cuenta que trabajamos en la misma empresa. Lo siento, pero tendrás que verme. No a diario, pero sí en la cena de Navidad, junto a la que será mi mujer muy prontito.
—No se puede ser más cabrón que tú. Lárgate de una puta vez.
En cuanto salió de allí, y todavía presa de la rabia, me di cuenta de que se había dejado su consola de videojuegos. No me lo pensé. Vivíamos en un primero y nuestras ventanas daban al jardín delantero, así que me asomé para comprobar que no hubiera nadie debajo.
La cogí y esperé a que saliera. Minutos después, puesto que había tenido que esperar el ascensor por todas las cosas que llevaba y que le impedían bajar por las escaleras, lo vi aparecer.
—Jorge, te has olvidado de esto.
Cuando levantó la mirada, ya no había nada que hacer. Su consola de última generación se estrelló contra el suelo y se abrió en canal, con las piezas desperdigándose en todas direcciones.
—Uy, lo siento.
—Eres una hija de puta, pero me las vas a pagar, te lo aseguro.
—Tuve al mejor maestro y he tenido mucho tiempo para aprender.
Cerré la ventana y fue entonces cuando empecé a llorar desconsoladamente. Me sentía como si me hubieran arrancado el corazón del pecho y lo hubieran pisoteado. Me faltaba el aire y, como si mis amigas lo hubieran sentido, como si estuviéramos conectadas de alguna manera, mi móvil empezó a sonar.
—Chicas…
—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? —me preguntó Noa.
—No, no lo estoy. Me siento como una puta mierda, pero no quiero amargaros el fin de semana.
—Si una de nosotras se siente mal, si tiene un problema, lo tenemos todas. En una hora estamos en tu casa —aseguró Sofía.
—No, de verdad, no interrumpáis vuestros planes por mí. Además, me gustaría estar sola. Nos vemos el domingo, cuando volváis.
—¿Estás segura de que quieres estar sola? Porque, si dices eso, doy por hecho que Jorge no está contigo en estos momentos —continuó Noa.
—Sí, a las dos cosas. Necesito estar sola y Jorge ni está ni estará nunca más a mi lado.
—Chica, digas lo que digas, nos necesitas contigo y no pensamos poner por encima de ti ni un fin de semana fuera ni nada que no sea estar ahí, a tu lado —sentenció Sofía, aunque supe que Noa estaba completamente de acuerdo con ella.
—Está bien, aquí os espero…
Mis amigas llegaron exactamente una hora después, cargadas con pizzas , una bolsa de chuches y una botella de vodka, que era la única bebida alcohólica que me gustaba.
No me preguntaron nada. Me cogieron del brazo, me llevaron hasta el baño y prácticamente me metieron en la ducha, pues todavía llevaba la misma ropa y tenía restos del maquillaje de la noche anterior alrededor de los ojos.
—Venga, date una ducha, llora todo lo que necesites y vístete, que nosotras vamos poniendo la mesa —me dijo Noa con un tono protector, pero también firme, que no daba opción a réplica.
—Gracias, chicas. No sé qué haría sin vosotras.
—Pues lo mismo, pero más aburrida, te lo aseguro —me contestó Sofía.
Debajo del agua dejé salir todo lo que llevaba dentro.
Grité, lloré y hasta golpeé la pared con la palma de la mano, pero ellas no me interrumpieron en ningún momento.
Me dejaron desahogarme a gusto hasta que pude salir de la ducha, secarme y vestirme con unas mallas, una sudadera y mis calcetines gordos.
Me sequé el pelo con una toalla porque no me apetecía sacar el secador y me lo recogí en un moño de cualquier manera. Lo que menos me importaba en aquel momento era mi aspecto físico que, dicho sea de paso, era deplorable. Ni siquiera quise mirarme en el espejo.
Cuando llegué al salón, mis amigas ya habían puesto la mesa y sacado las latas de refresco. La caja de la pizza familiar estaba en el centro, esperando a que nos decidiéramos a abrirla y fuéramos cogiendo las diferentes porciones.
La habían pedido de lo que a mí me gustaba: atún, daditos de jamón cocido y un huevo cuajado en el centro. Además, habían comprado tres porciones de flan de manzana, que también era mi postre preferido.
—Venga, vamos a comer y, mientras nos tomamos una copa, nos cuentas lo que ha pasado —me dijo Sofía, dándome un abrazo.
—Eso, que seguro que no es tan grave. Discusiones hay en todas las parejas. Ya verás cómo mañana, cuando Jorge lo vea con otro punto de vista, vuelve a casa y te pide perdón —añadió Noa, sin saber todavía lo que había sucedido.
—Jorge se casa con una compañera de trabajo y me he enterado por un chat al que me añadieron por error.