El chat que me cambió la vida Epílogo
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Epílogo

Diez años después…

Candela

Ya habían pasado diez largos años desde aquel día en el que sufrí la crisis de ansiedad, y no fue la última, todo hay que decirlo. Iván no paró hasta conseguir hablar conmigo, pero no se lo puse fácil porque no me dio la gana, por mucho que me doliera repetirle que no tenía nada que hablar con él.

Pocos días después de aquella crisis también se resolvió definitivamente la otra parte de la historia. La prueba de ADN confirmó lo que Iván llevaba meses sospechando: Naiara no era hija suya.

Poco después nos enteramos de que Dafne había decidido dar a la niña en adopción. Según decía, si no podía tener la vida que quería junto a Iván, la pequeña no era más que un obstáculo para seguir viviendo como le daba la gana.

Llegó al extremo de dejar claro que tampoco quería que sus propios padres se hicieran cargo de ella porque, según Dafne, tener que verla en las celebraciones familiares le recordaría constantemente su fracaso, y no estaba dispuesta a permitirlo.

Cuando aquello llegó a oídos de Adrián y Samuel, no dudaron ni un instante en interesarse por la situación de la pequeña y en ponerse a disposición de los servicios competentes, iniciando todos los trámites que les indicaron.

La bebé seguía ingresada en Neonatología y todavía tenía por delante un proceso antes de que pudiera asignársele una familia.

Cuatro meses después, y tras las valoraciones correspondientes, Naiara, que fue el nombre que terminó recibiendo, ya estaba con Adrián y Samuel en guarda con fines de adopción, mientras el procedimiento para convertirse legalmente en sus padres seguía su curso.

Mis mejores amigos, aquellos hermanos que la vida me había regalado sin compartir una sola gota de sangre, le habían preparado una zona preciosa solo para ella y aquello parecía un auténtico hotel para niños.

Cinco meses después de aquella crisis, una mañana, nada más levantarme, sentí una fuerte presión en el bajo vientre. Hasta ese momento había mantenido que no quería hablar con Iván, pero, justo cuando mi hijo, nuestro hijo, estaba a punto de venir al mundo, cambié de opinión.

—Adrián, avisa a Teo para que llame a Iván. Quiero que esté presente en el parto —le dije.

—Gracias al cielo que has entrado en razón, cariño —me dijo Samuel.

—Ahora mismo, preciosa. Es lo justo para él y para ti, pero, sobre todo, para el niño, que tiene derecho a tener a su padre y a su madre —respondió Adrián.

Iván llegó al hospital poco después, con la cara desencajada y sin entender por qué lo había hecho llamar precisamente en aquel momento. Cuando entró en la habitación y nuestras miradas se encontraron, supe que ya no podía seguir ocultándoselo.

—El bebé es tuyo, Iván.

Se quedó completamente inmóvil, mirándome como si necesitara unos segundos para comprender lo que acababa de decirle.

—¿Mío? —preguntó con la voz rota.

—Sí. Es tu hijo.

Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, pero no hubo tiempo para hablar de nada más. Héctor había decidido que ya había esperado suficiente para conocernos y, en aquel momento, lo único importante era traerlo al mundo.

Aquel fue el momento en el que de verdad volvimos a conectar. Iván lloró lo más grande cuando nuestro hijo le agarró el dedo por primera vez y no pudo evitar besarme y dedicarme unas palabras que jamás olvidaría.

—Gracias, Candela, por darme el regalo más bonito que podías hacerme, por convertirme en el hombre más feliz del mundo. Ahora solo me queda conquistarte de nuevo y conseguir que seas mi mujer para el resto de mi vida.

—Mi corazón nunca ha dejado de quererte, Iván, pero eso no significa que no tengas que volver a ganarte mi confianza.

—Entonces lo haré. El tiempo que haga falta. Te amo, mi vida. A los dos.

—Y nosotros a ti. Quiero que conozcas a tu hijo y que formes parte de su vida desde este momento.

—Jamás me marcharé, te lo juro por mi vida.

No recuperamos de golpe todo lo que habíamos perdido, porque había heridas que necesitaban tiempo y una confianza que tenía que reconstruirse. Pero aquel día fue el comienzo. Iván cumplió su palabra y, poco a poco, consiguió demostrarme que podía volver a creer en él.

Hoy era el décimo cumpleaños de Naiara y estábamos allí todos, acompañados de nuestros niños y niñas, porque la familia había crecido muchísimo desde entonces. Adrián y Samuel no habían sido los únicos en convertirse en padres; todos los demás también lo habíamos hecho.

Teo y Sofía eran padres de mellizos, un niño y una niña llamados Leo y Martina, que tenían ocho años, la misma edad que el mayor de Miguel y Noa, padres de tres niños.

Miguel y Noa también habían formado su propia familia y eran padres de tres niños.

El mayor, Miguel, tenía ocho años; Nora contaba con cinco y el pequeño Iván acababa de cumplir tres.

Como decían ellos, con eso habían cerrado la fábrica.

Noa aseguraba que no se veía con fuerzas para volver a empezar de cero y que tres niños eran más que suficientes para mantenerlos entretenidos durante unas cuantas vidas.

Iván y yo también ampliamos la familia. Después de Héctor, que cumpliría diez años dentro de unos meses, llegó María, la princesa de su padre, aunque la conexión que Iván tenía con su hijo mayor era digna de ver.

Después del parto de María tuve algunos problemas que me impidieron volver a quedarme embarazada, pero tampoco era algo que me quitara el sueño. Ya tenía a mis dos hijos y, con ellos, me sentía completamente feliz.

Ni Teo y Sofía ni Miguel y Noa habían pasado por el altar. Nosotros sí terminamos casándonos, igual que Adrián y Samuel ya lo estaban cuando entraron en mi vida.

Por suerte, Teo e Iván también habían conseguido recuperar lo que tuvieron antes de que todo se complicara.

No fue de un día para otro. Mi marido tuvo que tragarse el orgullo y pedirle perdón por haber utilizado su posición de jefe para apartarlo cuando más necesitaba a su amigo, y Teo tardó en volver a confiar plenamente en él.

Pero lo consiguió. Diez años después, volvían a ser esos dos idiotas capaces de insultarse durante cinco minutos y terminar abrazados como si nada hubiera ocurrido.

Mis padres, en cuanto se enteraron de quién era mi pareja y de que había formado una familia, intentaron ponerse de nuevo en contacto conmigo alegando que tenían todo el derecho del mundo a conocer a sus nietos, pero no se lo permití.

Si no habían estado a mi lado en los malos momentos, por mucho que fueran mis padres, tampoco iban a aparecer ahora para disfrutar de los buenos.

Algo parecido ocurrió con la familia de Iván. Cuando intentaron acercarse de nuevo, tampoco se lo pusimos fácil. Nuestra verdadera familia estaba formada por quienes habían permanecido a nuestro lado siempre, tanto en las buenas como en las malas.

Nos instalamos en casa de Iván, que era mucho más grande, mientras que la mía terminó siendo nuestro regalo para Miguel y Noa. Ellos no tenían una vivienda en propiedad y seguían viviendo en aquel pequeño piso de alquiler en el que se quedaron cuando Sofía se marchó con Teo.

Aunque podían permitirse algo mejor, no queríamos que pasaran estrecheces cuando a nosotros nos iba tan bien económicamente. Por eso les regalamos la casa cuando nació Miguel, algo que consiguió hacerlos llorar de emoción.

No podía permitir que, mientras mis hijos y los de Sofía tenían un jardín donde correr y jugar, los suyos fueran menos. El terreno no era enorme, pero tenían espacio de sobra para poner columpios y convertirlo en su pequeño paraíso.

—¿En qué piensas, mi vida? —me preguntó Iván al verme sentada en uno de los bancos del jardín de nuestros amigos, con la mirada perdida.

—En lo mucho que han cambiado nuestras vidas, especialmente la mía, desde que me incluyeron por error en aquel chat.

—¿Y cuál es el balance de ese cambio?

—Positivo, por supuesto. Jamás pensé que llegaría a ser tan feliz ni que encontraría al amor de mi vida en tantos aspectos diferentes.

—¿En diferentes aspectos? Explícame eso.

—Pues sí. Contigo he conocido el amor romántico y, por eso, eres el amor de mi vida en ese sentido. También he conocido el amor de una familia gracias a nuestros hijos, que me llenan el corazón cada día.

»Y, por supuesto, pero no menos importante, está el amor de la amistad, porque la vida me dio la oportunidad de cruzarme con otros dos hombres fundamentales para mí: mis dos ángeles de la guarda.

—Joder, y pensar en lo mal que lo pasé imaginando que te estabas acostando con Adrián…

—Eso nunca habría podido pasar…

—Sí, ahora lo sé, pero en aquel entonces… Ponte en mi lugar. Un hombre con la planta de Adrián, podrido de dinero y con un carisma que muchos querríamos para nosotros. Era blanco y en botella.

—Pues nada, sería blanco y en botella, pero no era leche, era crema hidratante.

Iván soltó una carcajada. Diez años después, seguía consiguiendo hacerlo reír como el primer día o, al menos, eso era lo que mi marido me demostraba a diario. Y no era la única cosa que permanecía intacta entre nosotros.

Habíamos tenido todos los altibajos del mundo porque no voy a decir que nuestra relación fuera idílica. Habíamos discutido y peleado como cualquier matrimonio, pero nuestra pasión seguía siendo la misma.

Cuando cerrábamos la puerta de nuestra habitación, volvíamos a ser aquellos dos que éramos antes de casarnos y antes de convertirnos en padres. Es más, de vez en cuando dejábamos a los niños con nuestros amigos y nos perdíamos por algún rincón del mundo en una escapada solo para nosotros.

En el terreno laboral también nos iba muy bien.

Mi marido continuaba al frente de su empresa y yo seguía trabajando como asistente de Samuel.

Estaba de lo más a gusto y, con el tiempo, entendí que aquella había sido la mejor decisión, porque, de haber vuelto a trabajar con Iván, habríamos terminado llevándonos la oficina a casa.

Eso sí, mi marido no quiso que otra mujer ocupara mi antiguo puesto y terminó contratando a un chico llamado Martín, que era de lo más agradable y hacía su trabajo como nadie.

Iván decía que así se ahorraba posibles escenas de celos y malentendidos y, aunque yo no me consideraba especialmente celosa, podía entenderlo.

Nos había costado demasiado llegar hasta donde estábamos como para no intentar evitar todos aquellos problemas que estuvieran en nuestra mano.

Nos quedamos junto a una de las mesas altas del jardín observando a nuestros hijos, que jugaban ajenos a los dramas de los adultos. Habían crecido tanto y estaban todos tan guapos que costaba creer que hubieran pasado ya tantos años.

—¿Alguna vez imaginaste que llegaríamos a vivir todo esto? —me preguntó mi marido.

—No, pero ahora puedo decir que aquel chat me cambió la vida y lo hizo para bien. Soy la mujer más feliz del mundo y os amo con toda mi alma.

—De la misma manera que nosotros te amamos a ti.

Apoyé la cabeza en su hombro mientras observábamos a nuestros hijos jugar en el jardín. Iván entrelazó sus dedos con los míos y yo sonreí. Después de todo lo que habíamos tenido que atravesar para llegar hasta allí, no necesitaba absolutamente nada más.