Capítulo 2
Candela
No fueron pocas las veces que le hablé a Jorge sobre casarnos, pero siempre tenía una excusa.
Primero, que éramos muy jóvenes; luego, que teníamos demasiado trabajo como para organizar una boda, y así, una detrás de otra, hasta llegar a los siete años que llevábamos de noviazgo y los cinco que convivíamos.
Con el tiempo, me cansé de hablarlo con él. Total, tampoco nos hacía falta una firma en un papel para considerarnos un matrimonio. Estábamos bien, éramos felices y no quería que una cabezonería mía fuera el motivo para romper lo que teníamos.
—Candela, cariño, no te desesperes. De verdad que mi hijo te quiere, y yo estoy de lo más feliz con que te haya elegido como su compañera de vida. Verás que, cuando menos te lo esperes, se arrodilla y te planta un anillo en el dedo —me decía Adela, su madre.
—No, si a mí ya, después de tanto tiempo, como que me da igual. Estamos bien así y, cuando nos decidamos a tener hijos, seremos una familia. Da igual que tengamos un acta de matrimonio o no.
—Eso es, así es como tienes que pensar. Ya sabes cómo es Jorge, que necesita su tiempo para todo. No es de los que hacen las cosas de manera impulsiva, lo piensa todo mucho y analiza los pros y los contras.
—Tanto lo está analizando que, como siga así, el viaje de luna de miel lo podremos hacer con las ofertas del IMSERSO.
Adela me miró y soltó una carcajada. Sí, lo sé, la ironía me salía por las orejas en momentos como ese, y lo peor era que me salía sola, que no era algo que yo premeditara ni nada por el estilo. Y eso, según decía Jorge, era lo que más le gustaba de mí: que era absolutamente transparente.
Él era todo lo contrario y llevaba unos días un tanto raro. Llegaba del trabajo mucho más tarde de lo habitual y siempre me decía que eran problemas de última hora. No quería desconfiar de él, ni mucho menos, pero algo de todo aquello me escamaba.
Esa tarde era sábado y estábamos en el sofá cuando su teléfono vibró. En la televisión se reproducía una película, una comedia que ambos queríamos ver, pero la única que estaba prestando atención era yo.
Lo vi coger el móvil y sonreír de inmediato. Sentí un pellizco en el estómago y no pude callarme. Era como si algo en mi interior me dijera que no debía hacerlo, que tenía que preguntar sin miedo.
—¿Qué te provoca esa sonrisa?
—Un meme que me han enviado en el grupo de mis amigos.
—A ver, enséñamelo y así nos reímos los dos.
—¿Ahora te vas a poner en plan fiscal? ¿Te has convertido en la típica novia celosa? Porque, de verdad, no me lo creo…
—No he dicho ni he hecho nada fuera de lo normal. ¿Qué tiene de malo que te pida que me enseñes el meme?
—Mira, no quiero discutir. Mejor me voy a tomar una cerveza con esta gente. No me esperes para cenar.
—¿Te vas a marchar y me vas a dejar aquí tirada como una colilla?
—Está claro que estás buscando cualquier excusa para que nos peleemos, y a mí no me apetece. Piensa en tu manera de actuar, Candela, porque me podría cansar de tanta preguntita con doble intención.
Se levantó del sofá y entró en nuestra habitación, de donde salió minutos después, duchado, arreglado y oliendo a perfume. Parecía que, en vez de irse con sus amigos, fuera a una cita con otra mujer. No pude evitarlo y dos lágrimas cayeron por mis mejillas.
Mis amigas se habían ido de viaje de fin de semana, por lo que tampoco podía recurrir a ellas. Me quedé allí, sentada en el sofá, como si no pudiera levantarme. Y eso que todavía no me habían dado el golpe de gracia, porque ese llegaría más tarde.
Sobre las siete de la tarde, mi móvil lanzó uno de esos pitiditos que indicaban que había recibido un mensaje de WhatsApp, y una sonrisa se me dibujó en los labios. Pensé que sería Jorge, que me pediría disculpas y me diría que me uniera a ellos, ya que sabía que mis amigas no estaban en la ciudad.
Al coger el móvil, no pude evitar levantar una ceja a modo de interrogante, porque me habían añadido a un grupo del que no tenía ninguna noticia. Cuando miré el nombre, el corazón me dio un vuelco. Estaba claro que me habían incluido por error, pero no dije nada. Quería ver si me enteraba de algo.
Sí, el grupo se llamaba «Organización Boda del Siglo», y entre los integrantes estaban la familia de mi chico, su madre, sus primos, sus tías…
Enseguida pensé que por fin se había decidido.
A lo mejor, lo raro que había estado durante los últimos días se debía precisamente a eso: estaba organizando la pedida de mano.
No pensaba salirme del grupo, aunque eso rompiera la magia de la sorpresa, porque los nervios por saberlo todo podían más que cualquier otra cosa. De pronto, en mi mente empezaron a formarse imágenes de cómo podría ser la pedida y de los distintos escenarios que Jorge podía haber elegido.
Decidí que prepararía una comida especial para nosotros al día siguiente y así le pediría disculpas por mi actitud.
A lo mejor, de esa manera lo precipitaba un poquito más.
Pero, justo cuando iba a empezar a buscar recetas que nos gustaran a los dos, el grupo comenzó a llenarse de mensajes y lo dejé para más tarde.
La primera en escribir fue la madre de Jorge, y me puse a leerlos todos.
Adela: Ay, familia, no sabéis lo feliz que estoy de que mi hijo se haya decidido por fin.
Tía Mari: Me lo puedo imaginar, porque es una mujer preciosa, además de simpática y divertida. No podía haber encontrado a nadie mejor.
Primo Pablo: Ni que lo digas. Yo quisiera una así para mí. Estoy por preguntarle si tiene una prima o algo que se le parezca.
Tía Juani: Eso es lo que debes hacer, que ya tienes una edad y no me vas a hacer abuela en la vida. Con las ganas que yo tengo de tener nietecitos.
Adela: Parece que me has escuchado, hermana. Eso ha sido lo primero que le he dicho a mi hijo cuando me ha contado que iba a pedirle matrimonio: que tenían que ir a buscar un bebé cuanto antes, que quiero tener fuerzas para correr detrás de él.
Joder, no tenía ni idea de que tuvieran esa impresión de mí, sobre todo la tía Mari, que las veces que habíamos coincidido no se había mostrado especialmente simpática conmigo.
Tampoco Pablo. Pero no me di cuenta de que no estaban hablando de mí hasta que vi aquel comentario, al que siguió una foto.
Tía Mari: ¿Qué ha dicho ella? Supongo que se habrá puesto como loca, ¿no? Porque un partido como Jorge no se encuentra todos los días.
Adela: Espera, que te envío la foto que les he hecho en el momento clave.
Mi corazón se paró en el instante en el que la vi. En ella estaba Jorge, arrodillado delante de una de nuestras compañeras de trabajo, con una cajita abierta en la mano en la que se veía un anillo.
¿Cómo podía haber sido tan idiota? ¿Cómo me había podido engañar de esa manera?
Me fijé bien en la foto hasta que distinguí el nombre del restaurante.
Sabía dónde estaba, aunque nunca había comido allí, así que no me lo pensé.
Me di una ducha rápida y me puse un vestido que me hacía una figura de escándalo.
Necesitaba sentirme poderosa, que viera que aquello no iba a hundirme, aunque en la intimidad sí lo hiciera.
Llamé a un taxi y puse rumbo a ese restaurante.
Sabía que la cosa se alargaría un buen rato y, durante el trayecto, entendí una cosa: no era yo la que estaba buscando un motivo para discutir.
Era él quien buscaba cualquier excusa para salir huyendo y acudir al lugar donde había quedado con «su novia», la familia de ella y su madre, Adela, que era consciente de todo lo que pasaba a mis espaldas.
Entonces comprendí también que su madre nunca me había querido de verdad, que me había visto como un mero trámite entre la soltería de su hijo y la mujer a la que ella consideraba adecuada como nuera.
Pagué al taxista que me había dejado en la puerta del restaurante, bajé del coche y, parada frente a la entrada, cogí una fuerte bocanada de aire para insuflarme todo el valor y la fuerza que necesitaba para hacer lo que tenía pensado.
—Buenas noches, señorita. ¿En qué puedo ayudarla? —me dijo el jefe de sala.
—Buenas noches. Quería una mesa para uno, por favor.
—Está usted de suerte, porque al fondo de la sala se ha quedado una disponible.