El chat que me cambió la vida Capítulo 1
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El chat que me cambió la vida

El chat que me cambió la vida

Por Marcos A. C.

© inepub.com

Capítulo 1

Candela

Todo comenzó cuando yo tenía veintitrés años y cursaba mi último año de universidad, en el grado de ADE. Ese día teníamos una fiesta. Una de las facultades había organizado una recogida de fondos para el viaje de fin de carrera, y allí que nos apuntamos Noa, Sofía y yo, que me llamo Candela.

—Venga, chica, que se te cae el alma —me dijo Noa.

—De verdad, deberíamos quedar contigo una hora antes, porque nunca estás lista a tu hora —añadió Sofía.

—Lo siento, lo siento, me he puesto a estudiar y se me ha ido el santo al cielo —me defendí.

Pero lo cierto era que mis mejores amigas tenían toda la razón del mundo. La puntualidad no era uno de mis fuertes y siempre me pasaba lo mismo, por mucho que yo dijera que no volvería a ocurrir. Miraba el reloj, pensaba que tenía tiempo de sobra y, al final, me cogía el toro.

Bueno, a lo que iba. Esa noche nos habíamos esmerado: nada de vaqueros y camisetas.

Yo, en concreto, me había puesto una minifalda de lentejuelas grandes en tono rosa pastel, que combiné con unas medias tupidas de color negro, una camiseta de esas que dejaban un hombro al descubierto, también negra, y un buen taconazo. Para no pasar frío, el abrigo encima.

Sí, frío, porque estábamos a finales de noviembre y las temperaturas habían caído en picado, sobre todo aquí, en Granada, que estábamos a los pies de Sierra Nevada, como aquel que dice.

Ninguna de nosotras era de allí, pero decidimos venirnos a estudiar a ese campus para empezar a ser independientes de nuestras familias.

Noa, Sofía y yo nos conocimos cuando entramos en primero de primaria, en el mismo colegio y en la misma clase. Éramos las nuevas, puesto que el resto de los niños venían del mismo centro de educación infantil y ya se conocían entre ellos.

Hicimos un grupo fuerte por si acaso los demás no nos dejaban jugar, y ese grupo había durado hasta la actualidad.

Cuando terminamos bachillerato, nos sentamos delante del portátil para buscar una universidad que tuviera las tres carreras que queríamos cursar y así no tener que separarnos.

Y allí estaba: la Universidad de Granada.

Yo, como ya he dicho, estaba cursando el último año de ADE, mientras que Sofía estudiaba Psicología y Noa, Pedagogía. Nos cogimos un pisito, pues pasábamos de estar en una residencia de estudiantes y que nos controlaran las horas de entrada y salida, la comida y demás.

La única condición que nos pusieron nuestros padres fue que teníamos que aprobar o, de lo contrario, volveríamos a casa y estudiaríamos en la universidad local, viviendo cada una con sus padres.

Esa fue amenaza suficiente para dejarnos las pestañas en los libros.

Eso sí, cuando tocaba fiesta, no dudábamos en desmelenarnos.

—Ya estoy lista, chicas —dije en cuanto salí al salón.

—¡Toma ya! No me extraña que hayas tardado tanto. Estás para mojar pan —me dijo Noa en tono de cachondeo.

—Esta hoy nos eclipsa a las demás y liga fijo —siguió Sofía con la broma.

—Vamos, vamos, han hablado las dos que van a la fiesta en pijama. Anda, vámonos, que ya nos espera el taxi abajo.

—No, verás, que ahora nos echará a nosotras la culpa de llegar tarde…

Salimos de casa entre risas y llegamos al taxi, donde nos sentamos las tres en el asiento trasero, haciendo que el conductor nos mirara con una sonrisa en los labios.

Era un hombre mayor que nos dijo que, al vernos, le parecía estar viendo a su hija con sus amigas.

Incluso nos aconsejó que tuviéramos mucho cuidadito con todo, como lo habría hecho con alguien de su familia.

Entramos en la discoteca donde se celebraba la fiesta y allí había más gente que en la guerra.

El ambiente estaba de lo más animado, pero, como solía ocurrirme cuando me veía en una aglomeración, empecé a agobiarme.

Eso de estar rodeada de personas y sentir que invadían mi espacio vital me daba angustia. No podía evitarlo.

—Chicas, allí hay un rinconcito, junto a la terraza, en el que parece que hay menos gente —dijo Noa, que ya me conocía y se dio cuenta antes de que yo tomara la decisión de marcharme.

—Pues vamos, porque me está faltando el aire, os lo prometo.

—Venga, yo te sujeto del brazo.

Cuando llegamos hasta allí y vi que la terraza estaba casi vacía, no lo dudé. Prefería pasar frío antes de que me diera una crisis de ansiedad. Allí, sin necesidad de salir del todo, me daba el aire suficiente para que el agobio se me fuera pasando.

—No te muevas de aquí, que Sofía y yo vamos a por unas copas. ¿A ti te traemos lo de siempre?

—Sí, por favor. Y no vayáis a tardar, que no…

—Sí, que no te gusta estar sola, ya lo sabemos. Pero ¿has visto la cantidad de gente que hay? Cariño, no podemos obrar milagros —me dijo Noa, negando con la cabeza y poniendo los ojos en blanco.

Lo reconozco, era una cagueta de mucho cuidado. Todo me daba miedo. Poco a poco iba librándome de algunos, pero todavía tenía mucho trabajo por delante. Por suerte, mis amigas me hacían la vida un poquito más fácil y me ayudaban a enfrentarme a ellos.

Minutos después, llegaron las dos con nuestras copas y pude respirar tranquila. Y en ello estábamos, bailando y bebiendo, cuando Noa se percató de que había un grupo de chicos que no nos quitaban el ojo de encima y así nos lo hizo saber.

—Chicas, a las tres y cuarto. Mirad qué bombones, y no nos quitan ojo.

—¿A ver? —preguntó Sofía, que, con todo el descaro del mundo, les lanzó un saludito con la mano.

—La madre que te parió, Sofía. Seguro que ahora vienen hacia acá —le dije entre risas.

—¿No es eso lo que pretendemos? Vamos, porque están todos para ponerles un piso con vistas a la playa.

Ella era así, descarada y sin filtro, pero era mi mejor amiga, la que me aguantaba los malos momentos, los llantos y todo lo que le echaran. Además, siempre lo hacía con una sonrisa y tratando de quitarle hierro a los problemas.

Mis padres eran todo lo contrario. Formaban uno de esos matrimonios de los de toda la vida, muy tradicionales, muy de hacer las cosas como siempre se habían hecho y con unas ideas bastante firmes sobre cómo debía ser una familia.

Llevaban juntos desde muy jóvenes y, para ellos, el matrimonio era algo que había que cuidar y conservar por encima de casi todo.

Supongo que por eso, desde pequeña, crecí con la idea de que algún día tendría algo parecido: una pareja estable, una casa, hijos y una vida construida entre dos. Para mí, ese era el futuro lógico cuando querías a alguien de verdad.

Bueno, que ya me estoy enrollando demasiado, a lo que iba. Esos chicos se acercaron a nosotras con una sonrisa, y uno de ellos me llamó muchísimo la atención. Al parecer, él también se había fijado en mí.

—Hola, soy Jorge. ¿Te apetece que salgamos ahí fuera a tomar un poquito el aire? Empiezo a agobiarme con tanta gente.

—Hola, soy Candela. Sí, acepto tu propuesta. A mí tampoco me gustan las aglomeraciones, me dan como ansiedad.

—¡Gracias, Dios mío! Por fin una persona que me entiende.

Me hizo muchísima gracia la manera en la que lo dijo, como si hasta ese momento no hubiera encontrado a una mujer que pensara de la misma manera que él.

Aquella noche estuvimos hablando durante horas.

Primero en la terraza, después dentro de la discoteca y, cuando llegó el momento de marcharnos, intercambiamos los números de teléfono.

No pensé que fuera a pasar de ahí, pero al día siguiente Jorge me escribió y, casi sin darnos cuenta, empezamos a vernos cada vez más.

Al principio fueron cafés, alguna cena y tardes de estudio que acababan alargándose más de la cuenta.

Poco a poco, dejó de ser aquel chico que había conocido en una fiesta para convertirse en alguien imprescindible en mi vida.

Unos meses después ya éramos pareja y ambos nos habíamos acostumbrado a formar parte de la rutina del otro.

Compartíamos tardes de cine, manta y palomitas en el sofá de mi piso, estudiábamos juntos y, cuando a él le apetecía salir y a mí no, nunca montaba un drama. Se iba con sus amigos mientras yo hacía planes más tranquilos con Noa y Sofía o aprovechaba para ponerme al día con los estudios.

Así fueron pasando los meses hasta que terminamos la carrera.

Los dos encontramos trabajo bastante rápido y, como ninguno tenía intención de regresar a su ciudad, decidimos quedarnos en Granada.

Yo entré a trabajar en una empresa farmacéutica y Jorge, que era químico, tuvo la suerte de encontrar un puesto en la misma compañía.

Llevábamos ya dos años juntos cuando decidimos dar el siguiente paso y buscar un piso para vivir los dos. No queríamos nada demasiado grande ni lujoso, solo un lugar que sintiéramos nuestro y en el que pudiéramos empezar aquella vida adulta que, hasta entonces, todavía sentíamos un poco lejana.

Cuando por fin nos instalamos, organizamos una comida para que nuestras familias se conocieran en condiciones. Mis padres habían coincidido alguna vez con Jorge, igual que yo había conocido ya a Adela, su madre, pero nunca habíamos estado todos juntos alrededor de una misma mesa.

La comida salió mejor de lo que imaginaba.

Mis padres conectaron enseguida con Jorge y Adela me trató desde el primer momento como si llevara años formando parte de su familia.

Recuerdo haberlos mirado a todos desde la cocina, mientras terminaba de preparar el postre, y pensar que aquello era exactamente lo que quería para mi futuro.

Con el paso de los años, Jorge dejó de ser simplemente mi novio para convertirse en uno más. Estaba presente en cumpleaños, comidas familiares y celebraciones, y mis padres llegaron a quererlo como si fuera de la familia.

Noa y Sofía tampoco volvieron a casa, pero en su caso no fue por amor, sino por trabajo, ya que ambas encontraron empleo en un colegio privado de mucho prestigio y estaban de lo más felices.

Ellas seguían viviendo juntas y no eran pocas las noches en las que, cuando Jorge salía con los amigos, yo me quedaba a dormir allí con ellas.