Capítulo 24 #2
Geb, en cambio, no dudó. Se transformó antes de alcanzar a Anukis: un cuerpo enorme, oscuro, de fauces descomunales y ojos ardientes, se abalanzó sobre ella y la derribó contra el suelo con tal violencia que la piedra crujió bajo el impacto.
Anukis intentó levantar la daga, pero Geb le atrapó la muñeca entre las garras y después cerró sus fauces alrededor de su garganta, no lo bastante para matarla, pero sí para que cualquier movimiento significara el fin.
Yo apenas lo vi.
Todo mi mundo se había reducido a Selene.
Estaba muy pálida. Demasiado. Su piel, siempre cálida, siempre luminosa, iba perdiendo color con una rapidez que me vació por dentro. La sangre le manaba del pecho en pulsos lentos, oscuros, y cada respiración que intentaba tomar sonaba más débil que la anterior.
Unar la sostuvo contra él, temblando de una forma que habría parecido imposible en alguien como él.
—Selene... mírame. Mírame, amor. No cierres los ojos.
Ella intentó sonreírle.
Ese gesto me rompió.
—Unar... —murmuró, pero la voz se le perdió en un hilo de aire.
Me arrodillé a su lado, con las manos cubiertas de su sangre, sintiendo cómo el mundo se inclinaba bajo mis pies, aunque yo ya estuviera en el suelo. La herida era exacta. Certera. El corazón. Lo supe en cuanto la vi. No había medicina, magia común ni oración capaz de deshacer aquello.
Salvo una.
La idea apareció en mi mente con una claridad terrible.
No como una esperanza.
Como una transgresión.
—Déjame Unar—dije.
Unar levantó la cabeza hacia mí, desencajado.
—No.
—Puedo ayudarla.
Akasha, que estaba detrás de mí, contuvo la respiración.
Unar me miró como si hubiera escuchado algo imposible, y quizá lo era.
Porque yo sabía lo que estaba diciendo. Sabía qué significaba.
Sabía que aquello no era curar, no era salvar en el sentido limpio de la palabra.
Era arrancarla del camino de la muerte y atarla a otro más oscuro.
Era ir contra las leyes que Anubis custodiaba, contra Hardai, contra el equilibrio mismo que él gobernaba. Era usar mi sangre prohibida.
Era condenarla.
Y, aun así, verla morir me pareció una crueldad mayor.
—Hathor... —susurró Akasha, con una advertencia rota en la voz.
No la miré.
—Puedo evitar que muera.
Unar apretó a Selene contra su pecho. Parecía partido en dos.
En el suelo, Anukis se rio bajo las fauces de Geb, una risa ahogada, húmeda, demente.
—Hazlo —susurró con dificultad—. Condénala. Que él vea lo que eres.
Geb apretó los dientes sobre su garganta y ella calló con un gemido.
Unar bajó la mirada hacia Selene. Ella ya no lo veía. Sus párpados temblaban, su respiración era casi inexistente, y la vida se le escapaba entre mis dedos con una rapidez insoportable.
Entonces Unar se movió, como si fuera a levantarse para coger a Anukis, para destrozarla él mismo, pero Geb, aún transformado, le bloqueó el paso con un gruñido profundo.
—Unar —lo llamé.
El chacal volvió hacia mí una mirada devastada.
Yo extendí la mano manchada de sangre hacia él.
—Solo dímelo, y la salvaré de la muerte.
No le prometí devolverle la vida que conocía.
Él lo entendió.
Respiró hondo, como si aquella inhalación le desgarrara por dentro. Miró a Selene, a su rostro desvanecido, a la boca que unos minutos antes reía sobre una declaración torpe, a la mujer que acababa de interponerse entre una daga y yo sin pensarlo.
—Hazlo —dijo al fin, con la voz rota de un guerrero derrotado—. Sálvala.
Fue suficiente.
Tomé mi propia daga con dedos temblorosos y me hice un corte en la palma.
La sangre brotó de inmediato, brillante, espesa, demasiado viva.
No era roja como la de Selene. Tenía un matiz oscuro bajo la luz azul del cuarto, una profundidad extraña, como si dentro de ella se moviera algo que no pertenecía a la superficie del mundo.
La sangre prohibida. La que no debía derramarse sobre labios moribundos.
La que podía abrir una puerta que Anubis habría sellado con sus propias manos.
Y aun así la llevé a la boca de Selene.
—Perdóname —susurré, aunque no sabía si se lo decía a ella, a Unar, a Anubis o a mí misma.
La primera gota tocó sus labios.
Nada ocurrió.
Luego otra.
Y otra.
Entonces Selene inhaló.
No fue una respiración humana.
Fue un golpe seco, violento, como si algo invisible hubiera tirado de ella desde el otro lado y la hubiera devuelto al cuerpo con demasiada fuerza.
Sus dedos se clavaron en mi muñeca. La herida de su pecho dejó de sangrar de golpe, pero no se cerró como lo haría una curación normal; la carne se tensó alrededor de la hoja ausente, oscureciéndose en los bordes, dibujando venas negras que se extendieron bajo la piel como raíces de tinta.
Unar soltó un sonido de horror.
Selene arqueó la espalda.
Sus huesos crujieron.
No de forma grotesca, sino profunda, interna, como si su cuerpo estuviera reescribiéndose desde dentro.
La luz que siempre la acompañaba, esa suavidad cálida que parecía vivirle bajo la piel comenzó a apagarse.
Su rostro se volvió de una belleza imposible y fría, demasiado perfecta, demasiado quieta; los labios perdieron color durante un instante y luego se tiñeron de un rojo oscuro, casi violento; las venas de su cuello se marcaron bajo la piel pálida y ascendieron hasta las sienes, donde latieron una,
dos, tres veces antes de desaparecer.
Las lámparas azules se apagaron.
Durante unos segundos solo quedó la oscuridad.
Y en esa oscuridad oí su corazón detenerse.
Un latido.
Otro.
Después nada.
Unar dejó escapar un gemido que nunca habría esperado de él.
—No...
Entonces Selene abrió los ojos.
Ya no eran los mismos.
Había en ellos una luz nueva, fría, plateada y negra a la vez, como luna reflejada sobre agua muerta. Me miró sin verme. Miró a Akasha. A Geb. A los guardias que habían entrado detrás. Sus pupilas se dilataron, y su boca se entreabrió con una lentitud que me heló la sangre.
Tenía hambre.
No hambre de alimento.
Hambre de vida.
El primer soldado no tuvo tiempo de reaccionar.
Selene se movió tan rápido que mi mente apenas pudo seguirla.
Un instante estaba tendida en el suelo, y al siguiente había atravesado la habitación con una velocidad imposible, se había abalanzado sobre uno de los guardias y le había hundido los dientes en el cuello.
El grito del hombre se cortó enseguida. La sangre brotó, oscura y caliente, y Selene bebió con una avidez que no tenía nada de la joven que había reído en mi cama minutos antes.
—¡Selene! —gritó Unar, lanzándose hacia ella.
Ella levantó la cabeza.
Tenía la boca manchada de sangre.
Y cuando lo miró, no hubo amor en sus ojos.
Hubo rechazo.
Unar se detuvo como si lo hubieran golpeado.
—Selene, soy yo.
Ella inclinó la cabeza, observándolo con una frialdad ajena, casi curiosa.
—Chacal —susurró.
La palabra no sonó como reconocimiento.
Sonó como desprecio.
Antes de que nadie pudiera hacer nada, se giró hacia otro soldado.
Akasha intentó detenerla, pero Selene la apartó con un movimiento brutal, casi sin mirarla, y cayó contra la cama con un golpe seco.
El segundo guardia alzó la lanza, pero ella ya estaba encima de él.
Esta vez no hubo grito. Solo el sonido húmedo de la sangre y el cuerpo desplomándose cuando ella lo soltó.
Unar rugió.
El sonido hizo vibrar las paredes.
Se lanzó hacia ella, no para herirla, sino para contenerla, para sujetarla, para devolverle la cordura con las manos si era necesario.
Pero cuando sus dedos rozaron su brazo, Selene reaccionó como si hubiera tocado fuego.
Se volvió contra él con los colmillos descubiertos, los ojos encendidos de una aversión instintiva, antigua, brutal.
—No me toques.
La voz era suya.
Y no lo era.
Unar retrocedió un paso. Solo uno. Pero bastó para que yo entendiera lo que acababa de hacer.
Los chacales de Hardai y los no muertos no eran aliados.
No eran simplemente distintos. Eran enemigos por naturaleza, por sangre, por ley antigua.
Uno custodiaba el tránsito de las almas; los otros lo profanaban.
Unar no tenía delante a la mujer que amaba, sino a una criatura nacida de una ruptura que su propia especie estaba destinada a destruir.
Y ella lo sabía, aunque acabara de despertar.
O quizá lo sentía.
Selene pasó la lengua por sus labios manchados de sangre y lo miró como se mira algo inferior, algo que antes había importado en una vida demasiado lejana.
—Apártate de mí, escoria.
El dolor en el rostro de Unar fue tan grande que me pareció indecente mirarlo.
—Selene...
Ella sonrió.
Una sonrisa preciosa.
Muerta.
—No tienes derecho a pronunciar mi nombre, perro del desierto.
El silencio que siguió fue tan profundo que incluso Anukis dejó de reír.
Yo seguía arrodillada en el suelo, con la palma abierta, la sangre resbalándome por la muñeca, observando el desastre que había creado. Había salvado a mi amiga de la muerte, sí. Había impedido que su alma cruzara el umbral que Anubis custodiaba. Había respondido a la súplica de Unar.
Y, aun así, comprendí que había hecho algo imperdonable.
La puerta de la habitación volvió a abrirse.
No necesitaba mirar para saber quién había llegado.
El aire entero cambió.
El palacio entero pareció contener la respiración antes de que él apareciera.
No hubo aviso, ni pasos precipitados, ni una puerta que se abriera como cualquier otra puerta mortal; primero llegó el silencio, un silencio profundo y antinatural que descendió sobre la estancia como una losa, apagando los gemidos, los jadeos,
el roce inquieto de los cuerpos y hasta el eco de la sangre derramada sobre el mármol, y después llegó el frío, no un frío de noche ni de piedra, sino una oscuridad antigua entrando en los huesos,
una presencia tan densa que las llamas de los pebeteros se inclinaron hacia un lado y los chacales bajaron la cabeza antes incluso de verlo.
Entonces Anubis cruzó el umbral.
No necesitó alzar la voz ni moverse deprisa para que todo a su alrededor obedeciera.
Bastó su presencia. Bastó la forma en que se detuvo allí, inmóvil, con el rostro endurecido por una calma terrible, con la mandíbula tan tensa que parecía tallada en piedra negra,