Capítulo 24
El umbral del Duat
Aquella noche no quise quedarme sola.
Lo intenté, al principio. Dejé que las doncellas prepararan una habitación para mí en un ala distinta del palacio, lejos de los aposentos de Anubis, lejos de aquella cama que ya no podía imaginar sin sentir un nudo violento en el estómago,
lejos de la puerta que había abierto con el corazón en la mano para encontrar al otro lado una imagen que todavía me ardía bajo los párpados.
Les dije que estaba bien, que podían retirarse, que necesitaba descansar, y durante unos minutos me quedé sentada al borde del lecho, con las manos juntas sobre el regazo y la mirada fija en las llamas azules de los pebeteros, fingiendo que el silencio no me estaba empujando, poco a poco,
hacia la única persona a la que no debía buscar.
Porque lo sabía.
Si me quedaba sola, acabaría yendo a su habitación.
No por debilidad, o quizá sí; no por falta de orgullo, aunque de eso empezaba a quedarme poco; sino porque había una parte de mí que todavía temblaba con su voz, con la forma en que había dicho mi sol, con esa confesión que no borraba el dolor, pero había abierto una grieta en él.
Una parte de mí quería creerlo todo de inmediato, cruzar el palacio, entrar sin llamar y preguntarle dónde terminaba la mentira y dónde empezaba aquello que no nos atrevíamos a nombrar.
Otra, la más sensata, la más herida, sabía que si lo hacía antes de tiempo me perdería en él sin haber entendido antes qué quedaba de mí.
Por eso mandé llamar a Akasha y a Selene.
Llegaron poco después, envueltas en mantos ligeros y con el cabello suelto, como si hubieran venido preparadas no para una visita formal, sino para una vigilia de amigas.
Akasha entró primero, seria, observándolo todo con esa mirada suya capaz de medir el peligro antes de que nadie lo nombrara; Selene lo hizo detrás, luminosa incluso en aquel lugar oscuro, con una sonrisa contenida y los ojos brillantes por algo que no tardó en escapársele de los labios.
—No podíamos dejarte sola —dijo Akasha, cerrando la puerta tras ellas.
—No —añadió Selene, sentándose a mi lado sin pedir permiso y rodeándome los hombros con un brazo—. Además, yo tengo noticias importantes y necesito contarlas antes de que me estalle el pecho.
La miré, y por primera vez en toda la noche algo parecido a una sonrisa me rozó la boca.
—Por favor, dime que no tiene que ver con muerte, traición ni maldiciones de Hardai.
—Mucho peor —respondió ella, abriendo mucho los ojos con una solemnidad ridícula—. Tiene que ver con Unar.
Akasha soltó una pequeña risa y se sentó al otro lado del lecho, apoyando la espalda contra el cabecero como si aquella habitación fuera nuestra desde siempre. Yo me acomodé entre ambas, agradeciendo su calor más de lo que fui capaz de decir en voz alta.
—¿Unar? —pregunté, intentando sonar más serena de lo que estaba—. ¿El mismo Unar que parece incapaz de pronunciar tres palabras seguidas sin mirar al suelo?
Selene se llevó una mano al pecho, ofendida.
—No seas cruel. Es tímido, no mudo.
—Es un chacal de Hardai —intervino Akasha con sequedad divertida—. Se supone que debería intimidar a almas condenadas, no quedarse paralizado porque Selene le sonríe.
Selene se cubrió el rostro con ambas manos, pero la risa se le escapó entre los dedos, clara, musical, absurda y preciosa en mitad de aquel palacio de sombras.
—Se me ha declarado —confesó al fin, bajando las manos con las mejillas encendidas—. Por fin. Después de semanas mirándome como si fuera a arrojarse al Abismo de las Almas cada vez que me acercaba.
—¿Y cómo ha sido? —pregunté, dejándome arrastrar por aquella pequeña luz, por esa normalidad imposible que necesitaba más que el aire.
Selene se incorporó sobre las rodillas, incapaz de quedarse quieta.
—Romántico. Torpe, pero romántico. Me llevó a una galería interior donde crecen flores blancas que solo se abren de noche, ¿las habéis visto?
Son preciosas, parecen hechas de luna, y él estaba allí, de pie, rígido como una estatua, con una de esas flores en la mano y Geb detrás de una columna, fingiendo que no estaba vigilándolo.
Akasha arqueó una ceja.
—Por supuesto que Geb estaba detrás de una columna.
—No fingió muy bien —continuó Selene, riendo—. Cada vez que Unar se quedaba callado, Geb carraspeaba. Una vez incluso dijo, muy bajo, “ahora”, como si estuviera dirigiendo una ceremonia militar.
No pude evitar reírme.
La risa me salió débil, al principio, casi oxidada después de tantas horas conteniendo el llanto, pero luego se volvió real, breve y cálida. Selene me miró con una ternura que me dolió.
—Y Unar me dijo... —su voz se suavizó entonces— que en Hardai había aprendido a obedecer, a vigilar, a pelear y a no esperar nada que no pudiera proteger con las manos, pero que conmigo había descubierto algo que no sabía defenderse de ninguna manera.
Dijo que me quería. Así. Mirándome como si yo fuera la única cosa viva en todo ese reino de muertos.
Akasha bajó la mirada, con una sonrisa mínima.
—Eso ha sido bueno. Muy bueno, de hecho.
—Lo sé —Selene se abrazó a sí misma, feliz—. Y luego intentó besarme, pero se inclinó demasiado rápido, chocamos la frente y Geb hizo un ruido tan espantoso desde detrás de la columna que pensé que se había atragantado con su propia vergüenza.
Esta vez las tres nos reímos.
Durante unos instantes, el mundo fue solo eso: una cama amplia, tres amigas acurrucadas bajo la luz azulada de Hardai, Selene hablando con su voz cantarina de un amor recién confesado, Akasha burlándose con esa elegancia seca que siempre parecía esconder afecto,
y yo respirando al fin sin sentir que cada inhalación tenía espinas.
Entonces oímos el primer grito.
La risa murió en mi garganta.
Akasha fue la primera en levantarse. Selene se quedó inmóvil apenas un segundo antes de ponerse también en pie, y yo tardé un instante más porque mi cuerpo, agotado por todo lo ocurrido, no entendió de inmediato que el peligro había entrado en la noche.
Hubo otro grito. Más cerca.
Después un golpe.
La puerta tembló.
—Atrás —ordenó Akasha, colocándose delante de mí.
—¿Qué está pasando? —susurró Selene, pero su voz ya no tenía música.
Algo golpeó de nuevo la puerta, no con fuerza física, sino con magia.
Una magia negra, espesa, que se filtró por las rendijas como humo líquido y trepó por la madera hasta rodear la cerradura.
El metal chirrió con un sonido agudo, casi vivo, y las llamas de los pebeteros se inclinaron hacia la entrada como si una corriente invisible las estuviera obligando a arrodillarse.
La cerradura cedió.
La puerta se abrió despacio.
Anukis apareció en el umbral.
Durante un segundo no pude procesar lo que veía.
Su túnica estaba rasgada, el cabello pegado al rostro en mechones oscuros, los brazos manchados de sangre hasta los codos.
La sangre no era toda suya. Lo supe antes incluso de ver la daga que empuñaba en la mano derecha, larga, fina, demasiado afilada, con un líquido oscuro goteando desde la punta hasta el suelo de piedra, dejando manchas negras que humeaban al contacto. Veneno.
Sus ojos estaban desquiciados.
No había rastro de la mujer triunfal que había sonreído entre las sábanas de Anubis. Aquello era otra cosa. Una criatura rota por el miedo, por los celos y por una condena de la que había escapado a costa de todo cuanto encontró en su camino.
—Tú —dijo, y esa sola palabra bastó para helarme la sangre.
Akasha extendió un brazo, impidiéndome avanzar.
—No des ni un paso más.
Anukis soltó una risa baja, desfigurada.
—He matado a cada guardia que se interpuso en mi camino. ¿De verdad crees que tú vas a detenerme?
Selene se colocó también delante de mí, más pálida que antes, pero firme.
—No vas a tocarla.
Anukis la miró apenas, como si no mereciera más que una fracción de su desprecio.
—No he venido por vosotras.
Sus ojos volvieron a mí, y en ellos vi una decisión tan absoluta que el aire pareció encogerse.
—He venido a quitarle a Anubis lo único que todavía podía hacerle feliz.
El golpe de aquellas palabras fue peor que la amenaza.
—Estás loca —susurré.
—No —respondió, avanzando un paso—. Estoy condenada. Y si voy a hundirme, me aseguraré de que él no vuelva a levantar la cabeza sin recordar quién lo destruyó.
Todo ocurrió demasiado deprisa.
Akasha se lanzó hacia ella antes de que Anukis pudiera cruzar del todo el umbral, y Selene se movió conmigo, intentando arrastrarme hacia un lado, lejos de la daga.
La habitación se llenó de ruido: un jadeo, el crujido de un mueble al caer, el siseo de la magia negra golpeando las paredes, la voz de Akasha ordenándome que me apartara, la risa de Anukis rompiéndose en un gruñido cuando logró zafarse de su agarre.
Vi un destello oscuro. Sentí el tirón de Selene empujándome hacia atrás. Tropecé con la alfombra y caí al suelo.
La cabeza me golpeó contra la base de la cama.
Durante un instante todo se volvió borroso.
Cuando abrí los ojos, Anukis estaba sobre mí.
La daga descendía.
No tuve tiempo de gritar.
Selene se interpuso.
El sonido que hizo la hoja al entrar en su pecho no se pareció a nada que hubiera oído antes.
Fue pequeño. Húmedo. Definitivo.
Selene se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, como si ni siquiera ella comprendiera todavía que su cuerpo acababa de recibir el golpe que iba destinado al mío.
La daga se hundió justo bajo su clavícula, inclinada hacia el corazón, y el líquido oscuro que la cubría pareció extenderse por la herida con una avidez enfermiza.
—¡Selene! —chillé.
Akasha gritó también, un sonido desgarrado que no reconocí como suyo.
Anukis retrocedió, tambaleándose, con una expresión de triunfo salvaje que apenas duró un segundo, porque la puerta terminó de reventar hacia dentro y varios guardias irrumpieron en la habitación, seguidos por Geb y Unar.
Unar vio a Selene.
Nunca olvidaré su rostro.
La ferocidad del chacal desapareció de él como si alguien le hubiera arrancado el alma de un golpe.
Corrió hacia ella con un sonido ronco, animal, y cayó de rodillas a su lado justo cuando Selene se desplomaba en mis brazos.