Capítulo 23 #4
Vi cómo te estaba dirigiendo la vida delante de todos, con una sonrisa en la boca y una cadena invisible en la mano, y sentí una rabia que no me pertenecía, porque en teoría tú no eras nada mío y aun así no soporté verte sufrir bajo su mirada.
Me cubrí la boca con una mano. Para no romperme.
Cada palabra reorganizaba partes de mi memoria que yo había colocado bajo una luz distinta.
La carrera. La cena. La tormenta. Sus provocaciones.
Sus advertencias. No lo convertían en inocente.
No deshacían sus errores. Pero revelaban algo que yo no había querido ver, quizá porque verlo significaba aceptar que mi dolor no había nacido solo del engaño, sino también de la importancia que él había llegado a tener.
—Hathor... —pronunció mi nombre con una suavidad que casi no parecía suya—.
No puedo cambiar lo que viste esta noche.
Ni puedo exigirte que confíes en mí solo porque otra persona ha confesado su traición.
Pero sí puedo decirte esto, y te lo diré una sola vez porque sé que las palabras, repetidas demasiado, pierden valor: jamás habría elegido a otra, teniéndote a ti.
Una respiración rota se me escapó. Él siguió inmóvil.
—Estaba convencido de que eras tú.
Cerré los ojos, y la imagen volvió, cruel, insoportable: las sábanas negras, el cuerpo de Anukis, su sonrisa, Anubis mirándome sin comprender. Esta vez, sin embargo, el recuerdo ya no encajaba igual. Había una grieta en él. Una duda. Una posibilidad que me dolía casi tanto como la traición.
—Te creo —susurré.
Anubis se quedó absolutamente quieto.
Abrí los ojos y lo miré a través de las lágrimas.
—Te creo, pero necesito tiempo.
Algo en su rostro se suavizó apenas, no como alivio pleno, sino como si aquel pequeño margen de fe le hubiera devuelto el aire.
—Te daré todo el que necesites.
La tensión entre nosotros se hizo palpable, casi física, como una cuerda estirada al límite que ninguno se atrevía a romper.
Él estaba a pocos pasos de mí y, aun así, aquella distancia parecía contener todo lo que no podíamos decir todavía: el deseo, la herida, la rabia, la confianza apenas nacida, el miedo a acercarnos demasiado pronto y destruir lo poco que había sobrevivido.
Quise tocarlo. No lo hice. Creo que él también quiso acercarse. Tampoco lo hizo. Ese respeto dolió más que cualquier abrazo.
—¿Deseas volver a Tebas? —preguntó al cabo de unos segundos—. Puedo ordenar que te escolten ahora mismo. Nadie te obligará a quedarte en Hardai si no quieres.
La pregunta me tomó desprevenida, quizá porque esperaba una orden, una insistencia, una manera suya de decidir por mí una vez más. Pero no la hubo. Solo me ofreció una salida y esperó mi respuesta.
Miré hacia el corredor por donde se habían llevado a Anukis, luego hacia la oscuridad viva del palacio, hacia ese lugar que me había llamado sin que yo entendiera por qué, y después volví a mirarlo a él.
—No lo sé —respondí con sinceridad—. No sé si quiero volver a Tebas, no sé si quiero quedarme, no sé qué significa todo esto. Ahora mismo no sé casi nada.
Anubis asintió, aceptando cada una de mis incertidumbres como si fueran respuestas válidas.
—Entonces no decidas esta noche.
Una lágrima más se deslizó por mi mejilla.
—Si no te importa... pasaré la noche aquí. Pero en otra habitación.
No sé por qué me costó tanto decirlo. Tal vez porque una parte de mí recordaba la otra habitación, la cama, las sábanas, el lugar que había dejado de parecer mío en el instante en que abrí la puerta.
Tal vez porque pedir distancia era también reconocer que aún existía algo de lo que necesitaba protegerme.
Anubis inclinó la cabeza.
—Por supuesto.
Su aceptación fue inmediata, limpia, sin orgullo herido, sin reproche. Eso me quebró un poco más.
—Pediré que preparen una estancia para ti —añadió—. Nadie entrará sin tu permiso. Ni siquiera yo.
Nos miramos. Y durante un instante, solo uno, el mundo pareció quedarse suspendido en esa promesa.
Había tantas cosas pendientes entre nosotros que casi podía sentirlas arder en el aire: preguntas sin respuesta, verdades que aún no me había contado, heridas que seguían abiertas y una atracción tan evidente que ya no tenía sentido fingir que no existía.
Pero también había algo nuevo. Frágil. Silencioso.
No era perdón, no todavía. Era la posibilidad de que algún día pudiera llegar a serlo.
Anubis dio un paso atrás, concediéndome espacio.
—Descansa, Hathor.
Mi nombre en su voz ya no sonó como una provocación. Sonó como una súplica que él nunca habría admitido.
Pasé junto a él sin tocarlo, aunque sentí el calor de su cuerpo rozarme como una amenaza dulce. Me detuve apenas un instante a su altura, lo suficiente para que ambos supiéramos que el impulso de quedarme era tan real como la necesidad de marcharme.
—Buenas noches, Anubis.
No respondí con frialdad. No pude.
Él cerró los ojos un segundo al escucharme, y cuando volvió a abrirlos había en su mirada algo que me hizo doler el pecho.
—Buenas noches, mi sol.
No me giré.
Si lo hacía, quizá habría sido incapaz de seguir caminando.
Y aquella noche, por primera vez desde que había llegado a Hardai, comprendí que había dolores que no separaban del todo.
Algunos dejaban una puerta entreabierta.