Capítulo 23 #3
—Lo hice porque te amo.
El silencio que siguió fue tan denso que hasta mi respiración me pareció un exceso.
Anubis no se movió.
Yo sí. Apenas. Un mínimo estremecimiento, una grieta inesperada dentro del dolor.
—Te amo desde antes de que supieras mirar a otra mujer —dijo ella, y su voz, aunque quebrada, comenzó a llenarse de una desesperación casi hermosa—.
Desde que era una niña y te seguía por los corredores de Hardai, desde que aprendí a montar solo para poder cabalgar a tu lado, desde que todos me decían que no me acercara a ti porque pertenecías a la muerte y yo no escuchaba a nadie.
Yo estaba ahí, Anubis. Siempre. Cuando regresabas cubierto de sangre, cuando tu padre te exigía más de lo que nadie habría soportado, cuando la corte te temía, cuando nadie entendía lo que eras. Yo sí. Yo siempre te entendí.
No quise sentir compasión.
No después de verla sonreír entre aquellas sábanas, no después de sentir cómo me arrancaba la dignidad de un solo golpe, no después de comprender que había preparado mi herida con una precisión cruel.
Y, aun así, durante un instante breve y miserable, la sentí.
Porque el amor, cuando se pudre, no deja de ser amor de inmediato; se vuelve algo torcido, hambriento, capaz de morder aquello que no sabe conservar.
Anukis volvió la mirada hacia mí, y esa compasión murió en cuanto vi el odio que aún ardía en sus ojos.
—Y entonces llegó ella —susurró—. La hija del sol. La prometida de Horus. La que no pertenece a este lugar. La que te desafía y te humilla, y aun así tú la miras como nunca me has mirado a mí.
Anubis tensó la mandíbula.
—No pronuncies su nombre.
—¿Por qué? —Anukis soltó una risa rota—. ¿También eso es suyo ahora? ¿Tu atención? ¿Tu rabia? ¿Tu silencio? Desde que llegó, todo cambió. No tenías que decir nada para que se notara. Bastaba verla entrar en una sala para que dejaras de ser tú.
No respiré. No podía. Anubis no la interrumpió, pero había algo en su quietud que asustaba más que cualquier amenaza.
—No soportaba verlo —continuó ella, llorando ya sin importarle—.
No soportaba estar a tu lado y sentir que, por primera vez, yo no era suficiente.
Que todos esos años a tu sombra, todos esos secretos, todas esas noches esperándote, podían no significar nada frente a una diosa que ni siquiera sabía lo que despertaba en ti.
Anubis tensó la mandíbula.
—Tú no sabes lo que ella despierta en mí.
Aquella frase cayó entre nosotros como una llama. Anukis se quedó inmóvil, herida en un lugar mucho más profundo que el orgullo.
—Lo sé mejor que tú —susurró—. Lo vi antes de que quisieras admitirlo.
—No —dijo él, y su voz sonó tan baja que casi dolió—. Tú viste lo que querías destruir.
Anukis negó con la cabeza una y otra vez.
—No. No digas eso. No me hagas esto. Yo te conozco. Te conozco mejor que ella. Ella no sabe quién eres, no sabe lo que has hecho, no sabe lo que llevas dentro. Yo sí, y aun así te amo.
—Si me conocieras —respondió él, cada palabra más fría que la anterior—, habrías sabido que jamás perdonaría esto.
Ella abrió mucho los ojos. Por primera vez, el miedo venció al orgullo.
—No... Anubis, no. No puedes.
Él dio otro paso, y Geb y Unar inclinaron la cabeza antes incluso de que hablara, como si conocieran la sentencia antes de escucharla.
—Has traicionado a tu príncipe, Anukis. Has tomado mi voluntad, has corrompido mi sangre y has mancillado mi lecho con magia prohibida.
Has convertido mi confianza en arma y la has dirigido contra la diosa que amo.
Escúchame bien, porque no volveré a repetirlo: en Hardai no existe perdón para quien utiliza al señor de Hardai como instrumento de su ambición.
Existe juicio. Existe castigo. Existe condena.
Mi pecho se cerró al oírlo decir aquello.
Anukis empezó a forcejear de nuevo.
—¡No! ¡No puedes hacerme esto! ¡Soy Anukis! ¡He servido a tu casa toda mi vida!
—Y por eso conocías mejor que nadie el precio.
La voz de Anubis se volvió entonces más oscura, más antigua, como si no hablara solo él, sino todo Hardai a través de su boca.
—Anukis semi diosa del Hardai , quedas condenada al Abismo de las Almas. Que tu nombre sea retirado de los registros, que tu sangre no reclame linaje y que tu sombra no encuentre descanso bajo ningún cielo.
Sentí que algo dentro de mí se encogía. Anukis se quedó sin color.
—Anubis... —suplicó, y ya no había veneno en ella, solo una niña aterrada mirando al hombre al que había amado mal durante demasiados años—. Por favor.
Él no apartó la mirada.
—Lleváosla.
Geb y Unar obedecieron al instante. No hubo duda. No hubo espera. La arrastraron hacia el corredor mientras ella gritaba su nombre, primero con rabia, luego con súplica, después con una desesperación que se fue perdiendo entre los muros de Hardai hasta convertirse en un eco largo y oscuro.
Yo no pude moverme. Tampoco Anubis. Cuando el último sonido de Anukis desapareció, el silencio que quedó entre nosotros fue distinto. Más íntimo. Más incómodo. Más verdadero.
Él seguía de pie, con los hombros tensos y la mirada fija en el corredor vacío, pero por primera vez desde que lo conocía no parecía invencible.
Parecía herido. No de una forma que pudiera tocarse.
Era algo más profundo, una traición hundida en un lugar que ni siquiera su furia había logrado proteger.
Y yo lo vi. Vi al príncipe de Hardai, al dios implacable, al hombre que acababa de condenar a muerte a una amiga de toda la vida, y entendí que mi dolor no era el único en aquella galería. Eso no lo borraba todo. Pero lo cambiaba.
Anubis cerró los ojos un instante, como si necesitara apartar de sí el rostro de Anukis antes de poder mirarme de nuevo. Cuando lo hizo, su expresión seguía siendo severa, pero ya no había rabia dirigida a mí. Solo cansancio. Culpa. Una sinceridad desnuda que me desarmó más de lo que habría querido.
—Entiendo tu dolor —dijo al fin—. Entiendo que lo que viste haya sido suficiente para destruir cualquier confianza que pudieras tener en mí. No voy a pedirte que olvides esa imagen ni a fingir que una explicación puede arrancarla de tu memoria.
Mi garganta se cerró. No respondió con orgullo. No se defendió atacando. Y eso hizo que doliera de otra manera.
—Pero espero que ahora puedas creerme cuando te digo que nunca he querido hacerte daño, Hathor. Ni siquiera cuando tú estabas convencida de que te odiaba y hacía todo lo posible para que siguieras creyéndolo.
Sentí que las lágrimas me subían a los ojos, pero no aparté la mirada.
La honestidad de su respuesta me golpeó más que cualquier excusa. Anubis dio un paso hacia mí, pero se detuvo enseguida, como si recordara que acercarse demasiado podía ser otra forma de invadirme. Ese gesto, tan pequeño, tan impropio de él, me hizo apretar los dedos contra la palma de la mano.
—Hay cosas que ella ha dicho sin entenderlas —continuó—. Cosas que vio desde fuera y convirtió en veneno porque era lo único que podía soportar. Pero hay otras que solo puedo decirte yo.
Tragué saliva. Él sostuvo mi mirada.
—El día de la carrera, cuando la tormenta de arena nos alcanzó, te dije que volví por orden de Horus.
Yo recordaba aquella frase. Recordaba el desierto, el miedo, su cuerpo protegiéndome, mi orgullo intentando no reconocer el alivio.
—Mentiste.
—Sí.
Una lágrima cayó antes de que pudiera impedirlo. Anubis la vio, pero no se movió.
—Volví porque quise —dijo—. Porque te perdí de vista y algo dentro de mí dejó de obedecer cualquier otra razón. Horus no me lo pidió. Nadie me lo ordenó. Te busqué porque no soporté imaginarte sola en aquella tormenta, aunque en ese momento habría preferido arrancarme la lengua antes que admitirlo.
El pecho me dolió de una forma extraña, dulce y terrible a la vez.
—¿Por qué me dijiste lo contrario?
—Porque era más fácil que me odiaras por soberbio que verte entender que empezabas a importarme.
La frase quedó entre los dos como una llama. No dije nada. No podía.
Él bajó la mirada un segundo, como si aquella confesión le costara más que cualquier sentencia pronunciada en Hardai.
—Y en la cena, cuando discutí con Isis...
tampoco fue por simple insolencia. La vi mirarte.
Vi cómo leía tu miedo como si fuera una grieta que pudiera aprovechar.