El chacal y la hija del sol Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

La puerta se abrió casi de inmediato y Geb apareció en el umbral, pálido al vernos, pero lo bastante entrenado para no preguntar.

—Mi señor.

—Encontrad a Anukis. Ahora.

Geb inclinó la cabeza.

—¿En el palacio?

—En cada sala, cada corredor, cada patio, cada túnel y cada puerta de Hardai —dijo Anubis, y su voz ya no pertenecía al hombre que había pronunciado mi nombre unos segundos antes, sino al príncipe de una ciudad capaz de obedecer al miedo—. Traedla ante mí de inmediato.

Geb desapareció.

Anubis se volvió hacia mí, todavía envuelto en las sábanas, con el pecho agitado y una furia contenida que parecía oscurecerlo todo alrededor.

—Me ha tendido una trampa.

Lo miré.

Vi la confusión real en su rostro.

Vi la rabia.

Vi incluso el miedo que intentaba ocultar.

Y durante un segundo, uno solo, dudé.

Porque había algo en la forma en que había mirado la copa, en la manera en que había dicho mi nombre, en ese desconcierto imposible al verme en la puerta, que no parecía fingido.

Pero luego recordé las manos de Anukis sobre él.

La cama.

Su cuerpo inclinado sobre ella.

Su voz diciéndome que yo había llegado la noche anterior.

Y la duda se rompió contra una realidad demasiado cruel para ser perdonada.

—No te creo —susurré.

—Hathor…

—No puedo creerte.

Su mandíbula se tensó.

—Me ha envenenado. Ha utilizado un hechizo de suplantación, haciéndose pasar porti.

—Y esperas que eso borre lo que he visto.

—Espero que entiendas que no elegí esto.

—Yo tampoco elegí verlo.

Aquello lo alcanzó.

Lo vi en la forma en que bajó apenas la mirada, como si la culpa hubiera encontrado un lugar donde clavarse, aunque la trampa no hubiera sido suya.

—Hathor, yo nunca… nunca te haría esto.

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, odiando que siguieran cayendo.

—Qué ironía.

Anubis alzó los ojos.

—Hathor…

—Para no querer hacerme daño, lo estás haciendo muy bien.

El silencio que siguió fue más violento que cualquier grito.

Él dio un paso hacia mí y yo retrocedí.

No por miedo.

Por instinto.

Porque algo dentro de mí acababa de comprender que la herida no venía solo de Anukis, ni de la cama, ni de la trampa que quizás le habían tendido.

Venía de todo lo que Anubis había callado desde el primer día, de cada verdad entregada tarde, de cada advertencia sin explicación, de cada vez que había decidido por mí en nombre de una protección que se parecía demasiado a una jaula.

—Ya no confío en ti —dije.

Su rostro se endureció, pero no por orgullo.

Por dolor.

—Lo sé, pero…

—No, no lo sabes. Si lo supieras, no seguirías ocultándome cosas.

—Hay cosas que no podía decirte.

—Mentiste.

—Callé.

—Es lo mismo cuando el silencio se usa para manejarme.

Anubis cerró los ojos un instante, como si aquella frase le hubiera dolido más de lo que quería admitir.

—Intentaba protegerte.

—¿De qué? —exigí—. ¿De Anukis? ¿De Hardai? ¿De ti? ¿O de la verdad de lo que soy?

Él no respondió.

Y ese silencio fue suficiente.

Sentí que algo se quebraba otra vez, pero esta vez no fue tristeza, sino una rabia limpia, ardiente, más fuerte que el llanto.

—Lo sabías —murmuré—. Sabías lo que podía hacer mi sangre.

Anubis me miró.

No hizo falta que hablara.

—Sabías que podían usarla para crear un ejército.

La oscuridad pareció espesarse a nuestro alrededor.

—Hathor…

—¿Por qué? —di un paso hacia él, temblando—.

¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué dejaste que todos jugaran conmigo como si yo fuera una pieza en vuestro tablero?

¿Por qué me trajiste a Hardai, me hablaste de peligros, de sombras, de enemigos, pero nunca me dijiste que el verdadero peligro estaba dentro de mí?

—Porque no quería que sufrieras. Mira lo que paso con Tara, como te afecto. Lo único que he querido era preotegerte.

—¡Eso no es una respuesta!

—Es la única que podía darte sin condenarte.

La risa que se me escapó fue amarga, rota, casi irreconocible.

—Siempre lo mismo. Siempre tú decidiendo qué puedo soportar, qué puedo saber, qué parte de mi vida me pertenece.

—No quería que sufrieras más. Había visto el yugo de tu padre, las exigencias de Isis. Solo quería aislarte de más dolor.

Lo miré entre lágrimas.

Y por un instante lo odié por parecer sincero.

—Pues mírame, Anubis.

Él obedeció.

—Mírame bien y dime si te ha salido como esperabas.

Su expresión se quebró.

No mucho.

Lo suficiente.

—Hathor…

—No me llames así.

El eco de mi voz se extendió por la habitación oscura, y durante un segundo tuve la sensación de que el palacio entero nos escuchaba, como si Hardai se hubiera inclinado sobre nosotros para presenciar el instante exacto en que algo entre Anubis y yo dejaba de poder salvarse con palabras.

Geb regresó poco después, acompañado por Unar y dos centinelas.

Todos se detuvieron en la entrada.

—Anubis —dijo Geb—. Anukis no está en sus aposentos ni en las galerías superiores.

Anubis ni siquiera parpadeó.

—Seguid buscando.

—Las puertas exteriores no han registrado salida.

La mirada de Anubis se volvió más oscura.

—Entonces ha usado un paso antiguo.

Unar palideció.

—Eso sería imposible sin…

—Nada es imposible esta noche —lo cortó Anubis—. Cerrad Hardai. Nadie entra ni sale. Registrad los túneles inferiores, los patios funerarios y la galería de las máscaras. Quiero a Anukis ante mí antes de que vuelva a ponerse el sol.

Los hombres inclinaron la cabeza y desaparecieron.

Cuando volvimos a quedarnos solos, Anubis se acercó con cuidado, como si cada paso pudiera hacerme huir.

—Yo te traje aquí porque quería que tuvieras elección.

—Pues ya has visto mi elección. Me marcho.

Aquello lo silenció.

No porque no tuviera respuesta.

Sino porque sabía que era cierto.

Me aparté de él y salí de la habitación antes de que pudiera decir nada más.

Los pasillos de Hardai me recibieron con su frío antiguo, con sus llamas azules agitándose en los pebeteros y sus muros de piedra negra devolviéndome el sonido de mis pasos, pero esta vez no corrí como quien huye sin rumbo; caminé deprisa,

con las lágrimas secándose sobre el rostro y una certeza amarga creciendo dentro de mí.

Anubis vino tras de mí.

Lo oí antes de verlo.

El roce de las sábanas arrastrándose apenas sobre la piedra, sus pasos descalzos, su respiración contenida.

—Hathor, espera.

No me detuve.

—No.

—No puedes irte así.

Me giré en mitad de la galería abierta al vacío de Hardai, donde la ciudad se extendía bajo la noche como un reino imposible, iluminado por fuegos azules y ríos de sombra.

—¿Y cómo quieres que me vaya? ¿Tranquila? ¿Agradecida? ¿Confiando en que esta vez sí me estás diciendo toda la verdad?

Él se detuvo frente a mí, todavía envuelto en aquellas sábanas que convertían su presencia en una burla cruel de lo que acababa de ver. Se dio cuenta y con un sutil movimiento de muñeca su atuendo cambio. Ahora era el príncipe oscuro que yo creía conocer tan bien.

—Creí que eras tú.

La frase cayó entre nosotros con un peso insoportable.

—No vuelvas a decir eso.

—Es la verdad.

—No la uses contra mí.

—No lo hago.

—Sí lo haces. Lo dices como si debiera consolarme, como si saber que Anukis pudo tomar mi rostro, mi voz o lo que fuera que utilizó para engañarte hiciera menos repugnante lo que he visto.

—No fue real.

—Para mí sí.

Anubis cerró la boca.

Yo respiré hondo, aunque el aire de Hardai dolía al entrar.

—Yo estaba allí, Anubis. Yo abrí la puerta. Yo te vi con ella. No tú. No Anukis. Yo. Y por mucho que me digas que hubo vino, magia o una trampa, nada va a sacarme esa imagen de la cabeza.

Su rostro se ensombreció.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Tú estás furioso porque te han engañado. Yo estoy destrozada porque he descubierto que incluso cuando pareces vulnerable, incluso cuando pareces sincero, sigo sin poder saber dónde acaba la verdad y dónde empieza todo lo que me ocultas.

Por primera vez, Anubis no respondió.

Y ese silencio, tan distinto a todos los anteriores, me dolió más porque en él no había arrogancia, solo impotencia.

Entonces escuchamos pasos al fondo de la galería.

Me giré.

Geb y Unar aparecieron poco después, arrastrando consigo una presencia que cambió por completo el aire de la galería.

Anukis venía esposada.

No con simples brazaletes de hierro, sino con grilletes negros, antiguos, grabados con símbolos que parecían beberse la poca luz que quedaba a nuestro alrededor.

Forcejeaba contra el agarre de los dos chacales con una ferocidad desesperada, el cabello revuelto cayéndole sobre el rostro, los labios manchados de sangre por habérselos mordido y los ojos clavados en Anubis con una mezcla de terror,

desafío y súplica que habría conmovido a cualquiera que no hubiera visto lo que yo acababa de ver.

A mí, sin embargo, me dejó inmóvil.

No sabía qué sentía. O quizá sentía demasiadas cosas a la vez.

Anubis se volvió hacia ella despacio, y en ese movimiento hubo algo tan oscuro, tan contenido, que incluso Geb y Unar apretaron más los dedos sobre sus brazos, como si temieran que la furia de su señor no distinguiera entre culpables y testigos.

—Soltadme —escupió Anukis, retorciéndose—. No tenéis derecho.

Unar no respondió. Geb tampoco. Solo la sujetaron con más fuerza.

Anubis dio un paso hacia ella.

La galería pareció enfriarse.

—¿Cómo has osado?

Su voz no fue alta, pero hizo que el silencio se inclinara ante él.

Anukis alzó la barbilla, aunque el temblor de su boca la traicionaba.

—Anubis...

—¿Cómo te has atrevido a utilizarme de esa manera?

—continuó él, y esta vez algo en su tono se rompió, no en debilidad, sino en una ira tan profunda que me hizo tensar los dedos contra la tela de mi túnica—.

Me has hechizado dentro de mi propio palacio.

Has manipulado mi percepción. Has entrado en mi cama llevando un rostro que no era el tuyo.

Has usado mi confianza, mi nombre y mi cuerpo para herir a quien sabías que no debía ser herida.

Apreté los labios.

Aquellas palabras me atravesaron, porque en ellas había una verdad que yo todavía no sabía si estaba preparada para aceptar. Él no sonaba como un dios descubierto en una mentira. Sonaba como alguien traicionado hasta lo más hondo.

Anukis dejó de forcejear durante un instante. Su mirada se llenó de lágrimas, pero no bajó la cabeza.