Capítulo 23
Alta traición
Los días siguientes fueron convulsos.
Anubis y yo apenas hablamos; o, más bien, no hablamos de nada que importara, porque entre nosotros se había instalado una distancia extraña, hecha de silencios demasiado largos, miradas que se apartaban antes de sostenerse y verdades que todos parecían conocer salvo yo.
Después de todo lo ocurrido, esperaba una explicación, una sola, algo que me permitiera ordenar el caos que él había dejado dentro de mí, pero Anubis no me dio nada.
Solo envió a Geb y a Unar para avisarme de que debía regresar a Hardai.
Se presentaron una mañana con esa solemnidad que parecía adherirse a todo cuanto pertenecía a la ciudad de los muertos y me comunicaron que el príncipe debía partir cuanto antes, que ciertos asuntos reclamaban su presencia y que yo podía permanecer en Tebas unos días más si así lo necesitaba.
Lo dijeron con respeto, incluso con cautela, como si supieran que estaban entregándome un mensaje que no les correspondía explicar.
Yo asentí.
No pregunté por él.
No delante de ellos.
No iba a darle a Anubis la satisfacción de parecer herida por una despedida que ni siquiera había tenido el valor de darme en persona.
Durante aquellos días intenté aferrarme a mis hermanas, a la presencia serena de Baset, a la calma suave de Tefnut, a los paseos por los jardines, a las comidas largas en las que fingíamos hablar de vestidos, de música y de los rumores de la corte mientras todo cuanto no decíamos ardía por debajo;
pero cada noche, cuando Tebas quedaba en silencio y el palacio parecía demasiado grande para contener lo que yo sentía, mi mente volvía a Hardai, a sus puertas negras, a su frío imposible y a ese hombre que había aprendido a abrir heridas sin levantar la voz.
Al cuarto día dejé de fingir.
No avisé a Baset, no busqué a Gabriel, no pedí permiso a mi padre ni a Horus ni a nadie, porque si algo había aprendido desde mi llegada a Tebas era que cada vez que anunciaba mis intenciones alguien encontraba la manera de convertirlas en una orden ajena.
Esta vez no.
Me vestí antes del amanecer con una túnica oscura y un manto sencillo, dejé el oro sobre la mesa salvo una pulsera fina que no fui capaz de quitarme y salí del palacio sin mirar atrás, impulsada por una necesidad que ya no tenía nada de prudente,
porque no iba a Hardai porque Anubis me lo hubiera pedido ni porque el destino hubiera vuelto a empujarme hacia sus sombras.
Iba porque necesitaba mirarlo a los ojos y arrancarle la verdad.
El camino fue más silencioso de lo que recordaba.
A medida que me acercaba, la luz parecía retirarse de la tierra, el aire se volvía frío y las sombras de Hardai comenzaban a elevarse al final del sendero como si la ciudad no se estuviera dejando ver, sino despertando para recibirme.
Las puertas negras estaban abiertas cuando llegué, y aquello debió advertirme, porque no hubo trompetas, no hubo guardias sorprendidos, no hubo preguntas ni amenazas;
los centinelas inclinaron la cabeza a mi paso con una precisión inquietante y me dejaron entrar como si hubieran sabido desde el principio que acabaría cruzando aquel umbral.
El palacio respiraba en silencio.
No como Tebas, donde cada columna parecía presumir de poder, ni como Alejandría, donde la luz suavizaba incluso las heridas, sino de una forma más antigua, más honda,
como si aquellas paredes de piedra negra y aquellas llamas azules que ardían sin humo llevaran siglos esperando algo que nadie se atrevía a nombrar.
Mis pasos resonaron por los corredores.
Y aun así, yo conocía el camino.
Eso fue lo que más me asustó.
No pregunté por Anubis, no hizo falta; mis pies me guiaron por escaleras curvas, galerías estrechas y pasillos cubiertos de relieves que parecían moverse cuando los miraba de reojo, hasta llegar a la zona más alta del palacio, donde el aire olía a mirra, a vino oscuro y a noche cerrada.
El dormitorio real estaba al final.
El suyo.
El mismo en el que yo había dormido junto a él durante aquellas noches que todavía me negaba a convertir en memoria.
Me detuve ante la puerta con la mano apoyada sobre la madera negra, escuchando el golpe de mi corazón en la garganta, y durante un instante todos los reproches que había ensayado durante el camino se me agolparon en la boca sin llegar a salir, porque venía a exigir respuestas,
a reclamar mi lugar en una verdad que todos me negaban, a decirle que no podía seguir empujándome hacia su oscuridad mientras fingía protegerme de ella.
Abrí sin llamar.
Al principio no entendí nada.
La habitación estaba sumida en una penumbra azulada, iluminada apenas por las brasas violetas de los pebeteros y por la luz fría que se filtraba entre las cortinas negras.
El olor a mirra era más intenso allí dentro, mezclado con vino derramado y con una calidez íntima que me golpeó antes de que mi mente pudiera ordenar lo que mis ojos ya estaban viendo.
Las sábanas estaban revueltas.
Y Anubis estaba en la cama.
De espaldas a mí.
Envuelto en sombras, inclinado sobre la mujer que tenía debajo, tan cerca de ella que durante un segundo mi mente se negó a aceptar la escena completa, como si el horror necesitara más tiempo que la vista para convertirse en verdad.
Una de las manos de ella se aferraba a su espalda, la otra se perdía en su nuca con una familiaridad lenta, posesiva, insoportable, y él permanecía inclinado sobre ella como si el mundo se hubiera reducido a aquella cama, a aquellas sábanas negras y a la oscuridad que los cubría.
No hice ningún sonido.
No respiré.
No supe si el corazón se me había detenido o si estaba golpeando tan fuerte que había dejado de escucharlo.
Entonces la puerta cedió del todo a mi espalda y la madera golpeó suavemente contra la pared.
El sonido fue mínimo.
Pero bastó.
Anubis levantó la cabeza.
Primero miró hacia la puerta.
Hacia mí.
Y después bajó la vista hacia la mujer que tenía debajo.
Volvió a mirarme.
Volvió a mirarla.
Y en su rostro apareció una confusión tan profunda, tan brutal, que durante un segundo no vi culpa, sino desconcierto puro, como si acabara de despertar dentro de una realidad imposible y no comprendiera por qué dos verdades incompatibles estaban ocurriendo al mismo tiempo.
La mujer giró entonces la cabeza hacia mí.
Anukis.
Su cabello oscuro caía sobre las sábanas como tinta derramada y sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, perfecta, triunfal, una sonrisa que no tenía nada de sorpresa y todo de espera cumplida.
—Hathor.
Mi nombre en su boca sonó como una victoria.
El mundo se vació.
Anubis se apartó de ella con una brusquedad que hizo crujir la cama bajo su peso, todavía mirándome como si no pudiera explicarse mi presencia allí, como si mi rostro delante de la puerta hubiera quebrado algo dentro de su cabeza.
—Hathor…
Mi nombre salió de su garganta áspero, roto, casi irreconocible.
Pero yo ya no podía oírlo sin que todo dentro de mí sangrara.
Di un paso atrás.
Luego otro.
Anukis no apartó la mirada ni intentó fingir vergüenza; permaneció entre las sábanas con una serenidad venenosa, hermosa y oscura, como si aquella escena hubiera sido preparada para alcanzarme exactamente donde más podía dolerme.
—Llegas tarde —susurró.
Aquellas dos palabras terminaron de partirme.
No quise llorar.
Pero las lágrimas llegaron igual, calientes, silenciosas, humillantes, y las odié más que a ella, más que a él, más que a aquella habitación donde todo cuanto había intentado negar se había vuelto imagen.
Anubis salió de la cama cubriéndose con las sábanas, torpe por primera vez desde que lo conocía, no por pudor, sino por urgencia, por esa desesperación feroz que le tensaba el rostro mientras avanzaba hacia mí.
—No es lo que piensas.
La frase fue tan vulgar, tan diminuta frente a lo que acababa de ver, que me reí entre las lágrimas.
Una risa breve, rota, sin vida.
—No —murmuré—. Claro que no. Nunca es lo que parece, ¿verdad?
—Hathor, escúchame.
—No te acerques.
Levanté la mano antes de que pudiera tocarme, porque necesitaba poner distancia entre nosotros antes de que la parte más débil de mí buscara en su voz una excusa para no romperse del todo.
Él se detuvo.
Tenía los ojos clavados en mí, aún turbios, aún desorientados, y por debajo de esa confusión comenzaba a formarse una furia oscura, no contra mí, sino contra algo que todavía no alcanzaba a comprender.
—No lo entiendes.
—No, Anubis, creo que lo he entendido perfectamente.
—No es lo que crees.
—He venido desde Tebas para hablar contigo —dije, y mi voz tembló de una forma que me dio rabia no poder evitar—.
He cruzado el Nilo entero para pedirte una explicación, para darte una oportunidad que ni siquiera merecías, y te encuentro aquí, con ella, en tu cama, en el mismo lugar donde yo fui lo bastante estúpida como para creer que quizá algo de todo esto había sido real.
Su rostro cambió.
—Eso es imposible.
Lo miré sin comprender.
—¿Qué?
—Eso es imposible —repitió, más bajo, como si la frase acabara de abrirle una grieta en la memoria—. Tú llegaste anoche.
El aire se congeló entre nosotros.
—Yo he llegado hace unos minutos.
Anubis negó con la cabeza, pero no como quien me desmiente, sino como quien intenta rechazar una verdad que empieza a tomar forma demasiado tarde.
—No. Estuviste aquí. Entraste en esta habitación. Hablamos. Discutimos. Hicimos las paces. Yo creí…
Se interrumpió.
Su mirada se desplazó hacia la cama.
Hacia la copa caída junto a la mesa.
Hacia el vino oscuro que manchaba el suelo de piedra.
El aroma dulce, demasiado dulce, que yo había percibido al entrar pareció espesarse de pronto en la habitación.
Anubis se quedó inmóvil.
Y entonces lo entendió.
Lo vi en su cara antes de que pronunciara una sola palabra.
El desconcierto se convirtió en horror.
El horror, en una rabia silenciosa y terrible.
—Anukis.
Anubis giró hacia la cama con una lentitud peligrosa.
Pero Anukis no estaba allí.
Las sábanas caían vacías sobre el colchón oscuro.
Durante un instante nadie habló.
Después, la voz de Anubis atravesó la habitación como una orden de muerte.
—¡Geb!