El chacal y la hija del sol Capítulo 22 #8
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Capítulo 22 #8

No se abrió, no tembló con violencia, no hizo falta; simplemente la piedra bajo los pies de Seth se oscureció, como si la sombra hubiera sido absorbida hacia abajo, y de las juntas del mármol comenzaron a emerger líneas de luz verde y oro viejo, antiguas, severas,

trazando alrededor del dios desterrado un círculo de sellos que no pertenecían al poder de Ra ni al de Anubis, sino a una ley más antigua que ambos, a esa autoridad funeraria y real que Osiris no ejercía para impresionar, sino para detener lo que no debía seguir avanzando.

Seth bajó la mirada hacia el círculo.

—Ah —dijo, casi divertido—. Por fin.

Osiris no apartó los ojos de él.

—Por orden del trono de Egipto, Seth, señor de las tinieblas, queda apresado hasta que esta corte decida qué hacer con el dios que ha quebrantado su destierro.

El impacto de aquellas palabras atravesó la sala como un golpe sordo.

Varios guardias avanzaron de inmediato, pero no fueron soldados comunes quienes se atrevieron a acercarse primero, sino custodios del trono, hombres marcados con símbolos de Osiris y protegidos por brazaletes rituales,

porque nadie en su sano juicio habría intentado sujetar a Seth con simples manos mortales.

Aun así, incluso ellos caminaron con cautela, como si cada paso hacia él pudiera ser el último.

Anubis no se movió.

Pero sentí su furia.

Estaba tan cerca de mí que podía percibirla en el aire que nos separaba, en la tensión de su espalda, en la forma en que su sombra seguía demasiado alerta bajo sus pies, como si una parte de él quisiera adelantarse a todos,

arrancar a Seth del círculo y acabar con aquello de una forma mucho menos limpia que una orden real.

—No —dijo Osiris sin mirarlo.

Una sola palabra.

Anubis apretó la mandíbula.

—Ha puesto su nombre en boca de todos.

—Y por eso responderá ante mí.

—Si vuelve a acercarse a ella...

—No volverá a acercarse a nadie sin mi permiso.

Aquella frase pareció pesar más que cualquier cadena.

Los custodios rodearon a Seth, y cuando uno de ellos extendió las manos, los sellos del suelo se alzaron como filamentos de luz antigua, envolviéndole las muñecas, el pecho y la garganta en una red brillante que no quemaba la piel, pero que lo sujetaba de una manera mucho más profunda,

como si no apresara solo su cuerpo, sino la oscuridad que lo habitaba.

Seth cerró los ojos un instante.

Después volvió a abrirlos.

Y me miró.

Anubis dio un paso, pero yo no me aparté.

Porque aquella mirada, incluso encadenada, incluso bajo el poder de Osiris, seguía encontrando el camino hacia mí con una precisión insoportable.

—No importa dónde me encerréis —dijo Seth, y aunque hablaba a Osiris, sus ojos seguían en los míos—. La muerte solo es el principio.

El frío me recorrió la espalda.

Anubis se colocó por completo delante de mí, cortando al fin aquella línea visual con una brusquedad que no admitía réplica.

—Lleváoslo —ordenó Osiris.

Los custodios tiraron de los sellos, y Seth avanzó sin oponer resistencia, lo cual resultó aún más inquietante que si hubiera luchado, porque no caminaba como un prisionero derrotado,

sino como alguien que había conseguido exactamente lo que había venido a hacer y podía permitirse el lujo de marcharse sonriendo.

Al pasar junto a Isis, inclinó apenas la cabeza.

—Gracias por la invitación, hermana.

La sala entera se volvió hacia ella.

Isis no respondió.

Osiris la miró entonces, y en aquella mirada había una severidad que no había mostrado ni siquiera cuando Seth apareció entre flores podridas y tormenta.

—Después hablaremos.

La reina sostuvo la compostura, pero por primera vez en mucho tiempo vi algo parecido a una grieta en su rostro.

Seth fue conducido fuera de la sala, y cuando atravesó el umbral escoltado por los custodios del trono, las llamas comenzaron a recuperarse poco a poco, débiles al principio, como si tuvieran miedo de volver a arder.

El olor nauseabundo no desapareció de inmediato, tampoco la podredumbre a nuestros pies ni el gris enfermizo de la luz, pero la presión que había mantenido la sala al borde del abismo cedió lo suficiente para que algunos dioses recordaran cómo respirar.

Yo no.

Yo seguía de pie detrás de Anubis, sintiendo cada latido de mi corazón como una amenaza bajo la piel.

Baset logró soltarse de Horus y vino hacia mí, pero se detuvo a medio camino, como si no supiera si abrazarme podía herirme más o salvarme de caer.

Tefnut tenía los ojos llenos de lágrimas.

Sobek permanecía a su lado, alerta. Ra no se había movido, y eso me inquietó más que si hubiera estallado, porque sus ojos no estaban puestos en Seth ni en Osiris, sino en mí, con una intensidad nueva, posesiva, casi hambrienta.

Anubis giró al fin.

Su rostro seguía duro, pero cuando sus ojos encontraron los míos, toda aquella dureza se quebró en algo más íntimo, más doloroso, más difícil de soportar.

—Hathor...

Di un paso atrás.

No porque le temiera.

Sino porque, de pronto, no sabía cuánto de mi miedo le pertenecía a Seth, cuánto a mi padre, cuánto a la corte y cuánto al silencio que Anubis había guardado hasta que otro lo arrancó delante de todos.

Él lo entendió.

Lo vi en su cara.

Y quizá por eso no intentó tocarme.