Capítulo 22 #7
Porque aquella vez no bastaba.
—Tú también lo sentiste —murmuré.
No era una acusación limpia.
Era una herida buscando forma.
Él no respondió enseguida.
—Desde el vínculo —contestó al fin, con una dureza contenida—. No todo. No así. Pero sí lo suficiente para saber que había algo en tu sangre que no pertenecía solo a la vida.
Seth dejó escapar una risa baja.
—Qué consuelo. El chacal olió la tormenta y decidió dormir abrazado a ella.
Anubis giró hacia él con tal violencia que la sombra bajo sus pies pareció tensarse como un animal a punto de saltar.
—Te advertí que no siguieras.
—Y yo he venido a advertiros a todos —respondió Seth, alzando la voz por primera vez—.
Porque si yo lo he visto, otros también lo verán; si su sangre despierta del todo, los condenados la sentirán desde sus jaulas, los muertos sin descanso aprenderán su nombre y todos aquellos que alguna vez soñaron con desafiar el orden del cosmos querrán una gota de ella.
Ra dio otro paso.
—Basta.
No supe si pretendía protegerme de Seth o proteger de Seth aquello que acababa de descubrir en mí.
Osiris, en cambio, no apartaba la vista de Anubis.
—¿Qué sabes?
Anubis permaneció en silencio.
La sala entera esperaba.
Yo también.
Y quizá fue eso lo que más me hirió: no el miedo de los demás, no la mirada calculadora de Ra ni la satisfacción venenosa de Seth, sino el silencio del hombre que decía estar dispuesto a erradicar a cualquiera que me tocara y que, sin embargo,
había elegido no tocar con palabras una verdad que nos pertenecía a los dos desde que nuestra unión había alterado algo que ninguno comprendía del todo.
—Anubis —repetí, más bajo.
Su mandíbula se tensó.
—He sentido el desequilibrio —dijo al fin—. Desde Hardai. Desde ella. Hay algo en su sangre que no responde solo al sol ni al inframundo, algo que tira de los muertos como si pudiera recordarles el camino de regreso.
Seth aplaudió despacio, una vez, dos, tres, con una burla silenciosa que hizo que varias miradas se endurecieran.
—Magnífico. Casi poético.
Anubis avanzó tan rápido que apenas lo vi moverse.
Un instante estaba delante de mí y al siguiente la distancia entre él y Seth se había reducido a nada, con una mano cerrada alrededor del cuello del dios desterrado, empujándolo hacia atrás hasta que la nube oscura que aún lo rodeaba se agitó con violencia.
La sala entera reaccionó a la vez: gritos ahogados, armas desenvainándose, Horus soltando a Baset para avanzar, Osiris alzando una mano, Ra encendiendo los dedos por puro reflejo.
Pero Seth no pareció asustado.
Sonrió incluso con la mano de Anubis apretándole la garganta.
—Ahí está —susurró—. Eso es mucho más honesto.
Anubis acercó el rostro al suyo.
—Si vuelves a poner su nombre en tu boca como una amenaza, no habrá destierro que pueda salvarte de mí.
Seth lo miró, y por primera vez su sonrisa perdió una mínima parte de ligereza.
—No soy yo quien debería darte miedo.
La frase cayó entre ambos como una grieta.
Anubis no lo soltó.
Osiris habló entonces, y su voz hizo temblar la sala.
—Suéltalo.
Durante un instante pensé que no obedecería, que la furia, el miedo y todos los secretos que Seth acababa de arrancar al aire lo empujarían a cruzar un límite del que no habría regreso, pero Anubis abrió la mano.
Seth dio un paso atrás, acomodándose la ropa como si solo le hubieran desordenado un detalle menor.
Yo seguía inmóvil.
Demasiado consciente de mi pulso.
De mi sangre.
De cada latido como una puerta cerrada a la fuerza bajo la piel.
Todos me miraban de una manera distinta, y esa fue la verdadera condena, no que Seth hubiera revelado mi poder, sino que lo hubiera transformado ante la corte en posibilidad, en arma, en amenaza, en algo que otros podían desear, temer o intentar poseer.
Seth inclinó la cabeza hacia mí, con una cortesía cruel.
—Enhorabuena, Hathor. Parece que la boda no era el acontecimiento más interesante del día.
Anubis volvió a colocarse delante de mí, pero ya era tarde.
Todo había cambiado.
Ahora era una llamada.
Y alguien acababa de gritarla en mitad de Tebas.
El silencio que siguió fue tan espeso que ni siquiera Seth pareció dispuesto a romperlo enseguida, quizá porque disfrutaba demasiado de lo que había provocado, de la forma en que los dioses me miraban como si acabaran de descubrir que bajo mi piel no habitaba solo una hija del sol,
sino una posibilidad prohibida, una grieta en el orden, una herramienta capaz de encender ambiciones demasiado antiguas para permanecer dormidas.
Osiris descendió lentamente los escalones del trono.
Cada paso suyo hizo que la sala recuperara una parte de la autoridad que Seth había corrompido con su aparición, no porque el hedor desapareciera ni porque las flores dejaran de pudrirse bajo nuestros pies, sino porque su presencia volvió a imponer un centro, una ley,
un límite donde el caos había empezado a extenderse con demasiada facilidad.
—Has hablado demasiado —dijo Osiris.
Seth sonrió, todavía con esa calma venenosa que convertía cada gesto suyo en una provocación.
—Siempre fuisteis poco agradecidos con quienes traen noticias incómodas.
—No has traído noticias —respondió Osiris, y su voz se volvió más grave, más profunda, como si descendiera desde una cámara antigua bajo el palacio—.
Has traído una amenaza a mi casa, has profanado una unión real, has usado una invitación indebida para cruzar un destierro impuesto por las leyes de Egipto y has expuesto ante toda la corte un poder que no te pertenece nombrar.
La sonrisa de Seth no desapareció, pero algo cambió en sus ojos.
Un brillo mínimo.
Una alerta.
—Ten cuidado, hermano —murmuró—. Encadenar la verdad nunca la ha hecho menos peligrosa.
Osiris alzó una mano.
El suelo respondió.