Capítulo 22 #6
Pero en ese segundo sentí cómo Seth entraba en mí.
No con manos, ni con magia visible, ni con violencia que alguien pudiera detener, sino con esa capacidad suya de leer el interior de los dioses como si nuestros pensamientos, recuerdos y secretos no fueran más que papiros desplegados ante él.
Me atravesó sin permiso, no buscando mis heridas comunes ni mis miedos más sencillos, sino la grieta exacta donde yo guardaba aquello que no había confesado a casi nadie: el día en que comprendí que mi sangre podía devolver un aliento ya perdido, el temblor de un cuerpo que no debía levantarse,
la mirada equivocada de unos ojos que habían regresado de la muerte sin regresar del todo, y el terror que sentí al descubrir que lo que los demás llamarían milagro se parecía demasiado a una profanación.
Traté de apartar la mirada.
No pude.
Seth sonrió.
Y entonces recordé por qué todos lo temían tanto.
No era solo el caos que lo seguía, ni las tinieblas que parecían obedecerle, ni el destierro que llevaba adherido al nombre como una marca de infamia; era aquello, esa facultad de entrar en el interior de un dios y encontrar no lo que mostraba al mundo,
sino lo que había enterrado bajo siglos de orgullo, culpa o silencio.
Seth no necesitaba destruir una fortaleza si podía señalar la piedra que sostenía todo el muro.
Anubis lo supo al mismo tiempo que yo.
No porque Seth hubiera hablado todavía, sino porque mi cuerpo reaccionó antes que mi voz, porque un temblor me atravesó las manos, porque la respiración se me quedó atrapada y porque él, que parecía percibir cada cambio mínimo en mí incluso en mitad de una sala llena de dioses,
avanzó hasta colocarse delante de mí de forma casi completa.
—No la mires —dijo.
Su voz fue baja.
Tan baja que, precisamente por eso, todos la escucharon.
Seth dejó escapar una risa suave, oscura, complacida.
—Tarde.
La palabra abrió una herida en la sala.
Anubis dio otro paso, y esta vez su cuerpo ya no fue solo una barrera, sino una amenaza.
La sombra bajo sus pies se espesó sin extenderse, como si la piedra misma hubiera dejado de reflejar la luz, y aunque no invocó poder alguno de forma visible, el aire a su alrededor se volvió más frío, más pesado, cargado de una violencia tan contenida que varios dioses retrocedieron por instinto.
—Te arrancaré de la faz de la tierra —dijo Anubis, despacio, con una serenidad terrible— si te atreves siquiera a tocarla.
Seth ladeó la cabeza, observándolo con una satisfacción venenosa.
—Siempre tan posesivo, sobrino.
—No soy tu sobrino.
La respuesta salió como una cuchilla.
Nefthis cerró los ojos un instante.
Osiris permaneció inmóvil, pero la dureza de su rostro aumentó.
Seth sonrió un poco más.
—No, claro que no. Qué descuido por mi parte olvidar cuánto os gusta reescribir las historias incómodas.
Anubis se movió.
No sé si habría llegado hasta él, si lo habría atacado allí mismo, delante de toda la corte, sobre los pétalos podridos de la boda de Horus y Baset, porque fue Osiris quien alzó la mano con la autoridad suficiente para detenerlo antes de que aquel gesto se convirtiera en desastre.
—Anubis.
Una sola palabra.
Mi esposo se detuvo, pero no retrocedió.
Ni un milímetro.
Osiris volvió entonces la mirada hacia Seth, y la sala entera pareció inclinarse hacia esa pregunta antes incluso de escucharla.
—¿A qué te refieres?
Seth no respondió de inmediato.
Dejó que el silencio creciera, que todas las miradas se desplazaran primero hacia él y luego hacia mí, y yo sentí, con una claridad insoportable, cómo el centro de aquella sala se apartaba de los nuevos príncipes para colocarse sobre mi cuerpo, sobre mi sangre,
sobre ese secreto que yo había guardado no por desconocimiento, sino por miedo a que alguien lo convirtiera en herramienta.
Miré a Anubis.
Él no me miró de vuelta.
Y eso me dolió más de lo que esperaba, porque no era la culpa de quien ha mentido ni el desconcierto de quien descubre algo nuevo, sino el silencio de quien acaba de comprender que una verdad demasiado peligrosa va a ser arrancada de la sombra delante de todos.
Seth alzó las cejas, deleitado.
—Ah, qué delicioso. No solo lo sabías tú, querida Hathor. Él también lo había lo sabe.
El pecho se me cerró.
Aquella frase cayó entre nosotros como un golpe íntimo, porque no revelaba únicamente mi secreto, sino que insinuaba otro: Anubis había notado algo en mí, quizá desde el vínculo, quizá desde Hardai, quizá desde mucho antes de que yo estuviera preparada para hablarle de aquello.
—Calla —dijo Anubis.
—No puedo culparte —continuó Seth, ignorándolo con una elegancia cruel—. Hay verdades incómodas incluso para el señor de los muertos, sobre todo cuando la mujer que ha elegido lleva en las venas algo capaz de deshacer el orden que él ha jurado custodiar.
Un murmullo recorrió la sala.
Ra dio un paso hacia delante.
—¿Qué has visto?
La pregunta de mi padre no sonó a preocupación.
Sonó a interés.
Seth giró lentamente hacia él, disfrutando de que incluso Ra esperara una respuesta de su boca.
—Lo mismo que tú debiste sospechar alguna vez y preferiste encerrar bajo oro, alianzas y obediencia —respondió—. La sangre de tu hija no es únicamente solar.
La sala se quedó inmóvil.
Anubis habló antes de que yo pudiera hacerlo.
—No sigas.
Seth volvió a mirarlo, y sus ojos brillaron con una malicia lenta.
—¿Por qué? Ella ya sabe lo que es. Lo que no sabe, quizá, es cuánto puede valer para quienes no tienen sus escrúpulos.
La mano de Anubis se cerró con tanta fuerza que los nudillos se le marcaron bajo la piel.
Osiris bajó la voz.
—Habla claro, Seth.
Y entonces Seth lo hizo.
—La sangre de Hathor porta un poder antiguo, maldito y anterior a muchas de las leyes que os gusta recitar desde ese trono —dijo, y cada palabra pareció arrancar otra capa de silencio a la sala—, un poder capaz de llamar a la vida cuando la muerte ya ha cerrado la mano sobre un cuerpo,
capaz de devolver lo que ha cruzado el umbral y, si alguien supiera usarlo sin misericordia, capaz de levantar un ejército de no muertos que no obedecería al duelo, ni al descanso, ni a los dioses que custodian las puertas, sino a la sangre que los despertó.
No me sorprendió la existencia del poder.
Eso habría sido más fácil.
Lo que me dejó sin aire fue escuchar su medida.
Su alcance.
Yo había conocido la parte pequeña, íntima y terrible: una vida arrancada al borde, un cuerpo que regresaba mal, una consecuencia imposible de explicar sin sentir que el mundo se había inclinado en una dirección prohibida.
Pero jamás había imaginado aquello. Un ejército.
Muertos puestos en pie no por voluntad, no por alma, no por regreso limpio, sino por obediencia a una sangre que podía abrir una puerta y dejarla mal cerrada.
Baset quiso acercarse a mí, pero Horus la sostuvo con delicadeza, no para impedirle venir, sino porque él también parecía comprender que cualquier movimiento podía alterar un equilibrio ya quebrado.
Tefnut se llevó una mano al pecho. Sobek, junto a ella, fijó en mí una atención nueva, seria, casi defensiva.
Selene palideció apenas. Akasha avanzó lo suficiente para quedar más cerca, como si pudiera protegerme de una revelación que ya se había derramado sobre toda la corte.
Geb perdió todo rastro de humor. Unar no apartaba los ojos de Anubis.
Ra me observaba de una manera que me hizo querer retroceder.
No había solo temor en su mirada.
Había cálculo.
Y ese cálculo fue lo que más me hirió, porque mi padre no me miraba como a una hija expuesta ante una amenaza, sino como a una fuerza que acababa de adquirir un nuevo valor.
Isis permanecía demasiado quieta.
Demasiado silenciosa.
Y comprendí que Seth no había aparecido para improvisar un escándalo, sino para revelar exactamente lo que ella esperaba que revelara, aunque quizá ni siquiera ella hubiera calculado hasta dónde podía llegar la crueldad de aquel dios desterrado.
Osiris caminó despacio por el salón.
—Eso no puede emplearse sin romper el equilibrio.
Seth sonrió con una ironía suave, casi amable, que resultó más aterradora que cualquier grito.
—Oh, hermano, claro que rompe el equilibrio. Ese es precisamente su encanto.
Anubis avanzó medio paso.
—No sabes nada de ella.
Seth giró hacia él con una expresión de fingida compasión.
—Sé más de lo que te gustaría, porque ella no está cerrada como tú, no ha convertido cada herida en una muralla ni cada miedo en una ley, y cuando la he mirado he visto sangre antigua ardiendo bajo la luz de Ra sin obedecerle del todo; he visto una puerta donde debería haber solo un corazón,
he visto vida discutiendo con la muerte y muerte aprendiendo el camino de vuelta.
La sala entera parecía respirar con dificultad.
Yo apenas podía hacerlo.
—¿Devolver la vida? —preguntó Horus, con la voz tensa.
Seth lo miró un instante, y la sonrisa volvió a su boca con un matiz de burla.
—Dicho así suena precioso, ¿verdad? Muy propio de canciones, templos y madres llorando sobre tumbas recientes. Hathor, la dulce diosa del amor, bendecida con el don de arrancar a los muertos de la oscuridad.
Su mirada regresó a mí.
Y la ironía se volvió veneno.
—Pero me temo que no es tan bucólico.
El frío de la sala pareció crecer.
—Lo que su sangre trae de vuelta no regresa limpio —continuó—, no siempre entero, no siempre obedeciendo a lo que fue, porque la muerte no suelta nada sin dejar una marca y, cuando un alma es arrastrada fuera del lugar al que pertenece, algo la sigue, algo se queda pegado a la carne,
algo recuerda el camino y aprende que existe una puerta.
Una puerta.
La palabra se me clavó en el pecho porque era exactamente, así como lo había sentido la primera vez, no como una curación, no como un milagro luminoso, sino como una abertura en un muro que jamás debió ceder.
Anubis se giró apenas hacia mí, por fin, sin darme del todo la espalda a Seth. Sus ojos encontraron los míos, y en ellos vi demasiadas cosas a la vez: furia, miedo, culpa, una necesidad brutal de protegerme y una pregunta que no se atrevía a formular delante de todos.
—Hathor —dijo en voz baja.
Me dolió oír mi nombre en su boca.