El chacal y la hija del sol Capítulo 22 #5
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Capítulo 22 #5

Seth paseó la vista por todos ellos con una calma que no parecía valentía, sino certeza absoluta de que nadie se atrevería a tocarlo sin comprender antes por qué había vuelto.

—No he venido a arruinar la celebración —dijo, y aquella frase, precisamente por su aparente cortesía, sonó como una amenaza—. Solo a presentar mis respetos a los nuevos príncipes de Egipto.

Su mirada se posó en Horus.

Después en Baset.

Y, por último, de una forma que no entendí hasta que sentí cómo se me helaba la sangre, en mí.

Me miró como si hubiera venido por algo que solo él sabía nombrar.

Anubis dio un paso delante de mí.

Lento.

Medido.

Pero suficiente para cortar aquella línea invisible.

Seth lo observó, y por primera vez su sonrisa pareció verdadera.

—Ah —murmuró—. El chacal también ha encontrado algo que guardar.

La tensión que cruzó a Anubis fue casi imperceptible, pero yo la sentí como si hubiera pasado a través de mí.

Osiris elevó la voz, y el suelo pareció recordar de nuevo quién mandaba en aquella sala.

—No eres bienvenido aquí, Seth.

Seth no pareció ofenderse.

Ni siquiera se movió al principio, y esa quietud suya, tan distinta a la de Anubis, tan carente de contención y tan llena de una violencia dormida que parecía disfrutar esperando el momento adecuado para abrir los ojos, hizo que el silencio se volviera aún más profundo.

Su mirada, que hasta entonces había estado paseándose por la sala con una lentitud cruel, volvió hacia Osiris con una tranquilidad tan insoportable que resultaba casi obscena dentro de aquel lugar sagrado,

durante aquella ceremonia que acababa de convertir a Horus y Baset en nuevos príncipes de Egipto.

—Qué extraño —dijo al fin, y su voz se deslizó por la sala como arena oscura arrastrada por el viento—. La invitación personal de Isis no decía eso.

La frase cayó con más violencia que cualquier golpe.

No hubo gritos.

No hubo estallido.

Solo un silencio absoluto, tan limpio y brutal que pareció borrar durante un instante el olor a flores podridas, el frío, la penumbra gris que aún mantenía prisionera la luz del día y hasta la respiración de los dioses reunidos.

Mi mirada se movió de Seth a Isis antes incluso de que pudiera impedirlo, como si mi cuerpo hubiera entendido antes que mi mente lo que acababa de ocurrir.

Isis lo había invitado.

Isis había abierto la puerta a un dios desterrado.

Osiris giró lentamente hacia su esposa.

No fue un movimiento brusco, ni necesitó serlo, porque en aquel gesto lento, severo, cargado de una incredulidad que parecía afilarse a cada segundo, había más peligro que en cualquier grito.

La miró como se mira a alguien que acaba de cruzar una línea que jamás debería haberse tocado, no delante de la corte, no delante de sus hijos, no en una boda real, no después de todo lo que aquel nombre seguía significando para su casa.

—Isis —dijo.

Una sola palabra.

Pero el modo en que la pronunció hizo que incluso Seth sonriera con más calma.

Isis no se alteró, al menos no de una forma que cualquiera pudiera detectar.

Se limitó a alzar ligeramente la barbilla, perfecta, blanca, regia bajo la luz gris, como si el hecho de haber sido expuesta delante de todos no fuera una acusación, sino una incomodidad social que podía corregirse con la dosis exacta de elegancia.

—No dramaticemos, esposo mío —respondió con suavidad—.

Seth también es nuestro hermano, por mucho que esta corte parezca haberlo olvidado cuando le conviene, y si toda la sangre de Egipto ha sido convocada para celebrar la unión de los nuevos príncipes, no vi razón para excluirlo de un acontecimiento que concierne a nuestra casa.

El murmullo que recorrió la sala fue apenas un temblor, pero se sintió como una grieta bajo los pies.

Horus, todavía junto a Baset, se quedó rígido.

Mi hermana lo miró de reojo, buscando en su rostro una explicación que él no parecía tener.

Ra observaba a Isis con una expresión difícil de leer, no del todo sorprendida, no del todo conforme, como si incluso él, pese a su orgullo y a su antigua alianza con ella, acabara de comprender que la reina había movido una pieza demasiado peligrosa sin avisar a nadie.

Nefthis no se movía, pero había perdido el color del rostro, y su mirada fija en Seth no parecía la de una mujer que se encuentra con un pasado incómodo, sino la de alguien que acaba de ver regresar una pesadilla con forma conocida.

Anubis se colocó un poco más delante de mí.

No mucho.

Lo justo para que su cuerpo interrumpiera cualquier línea directa entre Seth y yo, aunque sus ojos no se apartaron ni un instante del dios de las tinieblas.

Había en él una tensión que no reconocí del todo, una dureza más profunda que la que había mostrado ante Ra, más antigua que su arrogancia habitual, una furia silenciosa que no buscaba provocar, sino contener algo que ya había ocurrido antes.

Y eso fue lo que me atravesó.

Antes de que Osiris hablara, antes de que Isis pudiera cubrir con palabras el daño que acababa de abrir, entendí que había una historia allí que nadie me había contado.

Una historia en la que él también había sido herido.

Osiris descendió un escalón del trono, y aunque su rostro recuperó la severidad del rey, la ira bajo aquella calma era imposible de ignorar.

—No tenía derecho a estar aquí.

Isis ladeó apenas la cabeza.

—Le envié una invitación, no una corona.

—No tenía derecho —repitió Osiris, y esta vez su voz golpeó las columnas con una autoridad que hizo temblar las últimas llamas moribundas—.

Está desterrado por las leyes de Egipto, por sentencia de este trono y por crímenes que no han sido olvidados solo porque algunos prefieran pronunciarlos en voz baja.

Seth sonrió, casi divertido.

—Qué solemne sigues siendo.

Osiris no apartó la mirada de Isis.

—Fuiste desterrado por atentar contra mí, contra Nefthis y contra el príncipe Anubis, siendo un niño.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Contra Anubis.

La frase no fue dicha en voz alta para mí, y aun así me atravesó como si Osiris la hubiera pronunciado directamente en mi oído.

Giré la cabeza hacia Anubis, pero él no me miró.

Seguía inmóvil, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en Seth, tan quieto que parecía tallado en obsidiana, pero ahora entendía demasiado bien aquella quietud.

No era indiferencia. No era dominio absoluto.

Era una contención feroz, una cerradura cerrada sobre algo que no había dejado de sangrar del todo.

Había cosas que no me había contado.

Cosas importantes.

Cosas capaces de hacer palidecer a Nefthis, endurecer a Osiris y borrar incluso la sonrisa de Isis durante un segundo mínimo, casi imperceptible, antes de que la reina volviera a recomponerse.

—Eso fue hace mucho tiempo —dijo Isis, y la suavidad de su voz resultó de pronto insoportable—. Egipto ha sobrevivido a heridas más antiguas que esa.

Nefthis alzó la mirada.

—No para quienes las llevamos en la piel.

La sala entera pareció tensarse.

Isis volvió hacia ella el rostro, lenta, fría, con una expresión que prometía convertir cualquier réplica en veneno.

—Nefthis...

Pero esta vez Nefthis no bajó la mirada.

Y Anubis, al sentirlo, dio otro paso hacia delante.

Aquel movimiento bastó para que Seth dejara de mirar a Osiris y fijara sus ojos en él, con una sonrisa que se ensanchó apenas, como si por fin hubiera encontrado aquello que realmente había venido a tocar.

—Ahí está —murmuró Seth—. El cachorro que aprendió a enseñar los dientes.

La temperatura de la sala cayó todavía más.

Anubis no respondió al principio.

Solo sostuvo su mirada.

Pero yo, que estaba demasiado cerca de él, vi cómo su mano se cerraba lentamente, cómo la sombra bajo sus pies parecía oscurecerse sin moverse, cómo todo su cuerpo se convertía en una advertencia silenciosa.

—Di una palabra más sobre mi madre —dijo Anubis, bajo, sereno, terrible—, y comprobarás cuánto he aprendido desde la última vez que intentaste tocar lo que era mío.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue memoria.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, no solo por miedo a Seth ni por el frío de aquella aparición, sino por la certeza dolorosa de que el hombre que había dormido entre mis brazos, el dios que me había dado su anillo,

el esposo al que creía empezar a comprender conservaba dentro de sí una parte de oscuridad que todavía no me había permitido mirar.

Seth soltó una risa baja.

—Qué enternecedor. Sigues creyendo que eres su salvador.

Osiris alzó la mano antes de que Anubis pudiera avanzar.

—Basta.

La orden cayó sobre todos, pero sus ojos seguían fijos en Isis.

Isis lo había llamado por una razón.

Y Seth, al mirarme otra vez por encima del hombro de Anubis, sonrió como si esa razón llevara mi sangre escrita desde antes de que yo naciera.

—Así es —dijo con suavidad—. Hay cosas enterradas que empiezan a despertar, y me temo que vuestra hermosa celebración ha coincidido con el primer temblor.

El silencio que siguió fue absoluto.

Solo Seth en el centro de la sala, el rostro de Osiris marcado por una furia contenida y un asombro que no lograba ocultar del todo, Isis sosteniendo su decisión como si aún pudiera convertirla en estrategia, Nefthis inmóvil como si el pasado acabara de cerrarle una mano alrededor de la garganta,

Horus protegiendo a Baset, Anubis delante de mí como una sombra dispuesta a partirse antes de apartarse, y yo sintiendo, sin saber por qué, que aquellas palabras no anunciaban una amenaza cualquiera.

Anunciaban algo que llevaba siglos esperando.

Seth volvió a mirarme.

Y esa vez no fue como antes.

No fue una mirada de curiosidad, ni de burla, ni siquiera de amenaza directa, sino algo infinitamente peor, porque en cuanto sus ojos se clavaron en los míos supe que no estaba contemplando el lino que llevaba puesto, ni las joyas, ni mi nombre, ni la mano de Anubis cerrándose con fuerza a mi lado,

sino aquello que yo llevaba años escondiendo incluso cuando fingía no temerlo, ese poder antiguo que había aprendido a sepultar bajo sonrisas, obediencia y luz, porque nombrarlo en voz alta siempre me había parecido una forma de hacerlo más real.

Fue un segundo.

Tal vez menos.