El chacal y la hija del sol Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

Horus lo vio. Sus miradas se encontraron por encima del ruido, y en ese intercambio breve hubo una felicidad tranquila, una complicidad nueva, algo que quizá no reparaba todos los años de distancia entre ellos, pero sí abría una puerta donde antes solo había habido silencio.

Los aplausos aún llenaban la sala cuando las primeras llamas comenzaron a menguar.

No se apagaron de golpe ni cedieron ante una corriente visible, sino que fueron encogiéndose poco a poco dentro de las antorchas, como si una mano invisible les hubiera ido arrebatando el aire, reduciendo su fulgor dorado a lenguas temblorosas, débiles, enfermas,

hasta que la luz que segundos antes bañaba los rostros de los dioses reunidos empezó a retirarse de las columnas, de los relieves, de las joyas y de las manos entrelazadas de Horus y Baset, dejando sobre la sala una penumbra grisácea que no pertenecía ni al día ni a la noche,

sino a algo mucho más antiguo y mucho menos natural.

Al principio nadie entendió lo que ocurría.

La música siguió sonando durante unos compases más, las palmas continuaron de forma torpe, desacompasada, como si los cuerpos obedecieran todavía a la celebración aunque el instinto ya hubiera empezado a advertirnos de que algo se estaba torciendo,

y entonces las flores que habían sido lanzadas al aire sobre los nuevos príncipes de Egipto comenzaron a pudrirse antes de tocar el suelo, perdiendo el color en pleno descenso, arrugándose sobre sí mismas, oscureciéndose en los bordes hasta caer convertidas en pétalos blandos,

negros y viscosos sobre el mármol blanco.

Un olor nauseabundo se extendió por la sala.

No fue simplemente hedor a podredumbre, sino algo más profundo, más difícil de soportar, una mezcla de flores muertas, tierra húmeda removida de una tumba antigua y agua estancada demasiado tiempo bajo una oscuridad sin sol,

un olor que se me metió en la garganta con tanta violencia que tuve que contener la respiración para no dar un paso atrás.

El aire se volvió frío.

No fresco, no alivio tras el calor de la ceremonia, sino frío de piedra cerrada, frío de cripta, frío de una noche nacida bajo tierra, y una corriente helada entró por los grandes balcones de la sala del trono,

levantando los telares blancos y dorados que colgaban entre los arcos hasta hacerlos ondear con violencia, como velas de un barco atrapado en una tormenta invisible.

Las telas golpearon contra las columnas, los braseros chisporrotearon, algunas copas volcaron sobre las mesas laterales y la luz del día que entraba desde el exterior se volvió gris, apagada, sin vida, como si el sol hubiera sido cubierto por una nube de ceniza.

Ra fue el primero en girarse hacia nosotros.

No hacia el centro de la sala.

No hacia los balcones.

Hacia Anubis.

Su mirada cayó sobre él con una acusación inmediata, abrasadora, porque para mi padre solo había una sombra capaz de atreverse a mancillar una boda real bajo el techo de Osiris, y durante un segundo vi cómo la luz empezaba a reunirse de nuevo en sus dedos, contenida, peligrosa,

lista para responder antes incluso de comprender.

Pero Anubis no se movió.

Y eso fue lo que me heló más que el frío.

No había arrogancia en su rostro esta vez, ni esa sonrisa oscura con la que habría disfrutado enfureciendo a Ra, ni la menor intención de reclamar aquel desastre como suyo.

Sus ojos estaban fijos en la penumbra que se espesaba frente al trono, la mandíbula endurecida, el cuerpo inmóvil de una forma demasiado alerta, demasiado seria, y cuando su mano buscó la mía sin apartar la vista de aquella oscuridad comprendí que aquello no venía de él.

Ra también lo comprendió.

Quizá no enseguida.

Pero lo comprendió cuando la última antorcha se extinguió y la sala quedó suspendida en una claridad cenicienta que no procedía de ninguna fuente visible.

Entonces se oyó una voz.

No vino de la puerta, ni de los balcones, ni de ningún punto concreto de la sala, sino de todas partes a la vez, arrastrándose entre las columnas, bajando desde el techo pintado,

filtrándose por el suelo de mármol y atravesando la piel de quienes la escuchábamos como si aquella voz no necesitara aire para existir.

Era más antigua que muchos de los dioses que estábamos allí reunidos, más seca que el desierto antes de una tormenta, más profunda que una tumba sellada durante siglos y, aun así, estaba cargada de una ironía lenta, casi elegante,

que hizo que el silencio se volviera insoportable antes de que terminara de pronunciar la primera frase.

—Qué conmovedor.

La niebla apareció en el centro de la sala.

No era niebla de agua, ni humo de incienso, ni sombra como la que Anubis podía llamar desde el inframundo, sino una nube oscura, densa, cargada de electricidad, un remolino de tormenta encerrado bajo el techo del palacio,

con destellos rojos y violetas latiendo en su interior como si un cielo furioso hubiera decidido comprimirse hasta adoptar forma humana.

Los dioses retrocedieron.

Horus colocó a Baset detrás de él con un movimiento instintivo, y mi hermana, todavía con las flores podridas a sus pies y el símbolo de unión recién puesto sobre las manos, se aferró a su brazo sin apartar la mirada de la nube que crecía frente al trono.

Tefnut, al otro lado de la sala, alzó una mano y el agua de los cálices cercanos tembló como si respondiera a su miedo; Sobek dio un paso hacia ella, no lo suficiente para tocarla, pero sí para quedar cerca.

Selene y Akasha se movieron al mismo tiempo, discretas y rápidas, colocándose en una posición desde la que pudieran cubrirme si era necesario, mientras Unar y Geb dejaron de parecer invitados de una boda y volvieron a convertirse en hombres de Hardai.

La nube se abrió.

Y de ella surgió Seth.

El mismísimo dios Seth, señor de las tinieblas.

Durante un instante nadie habló, nadie respiró, nadie fue capaz de romper el horror limpio que dejó su aparición, porque su nombre pertenecía a historias pronunciadas en voz baja, a viejas advertencias, a relatos que la corte había preferido enterrar bajo capas de protocolo, miedo y silencio,

no porque hubieran perdido importancia, sino precisamente porque recordarlos significaba admitir que hubo un tiempo en que Egipto estuvo a punto de ser devorado desde dentro.

Seth no entró en la sala como un invitado.

Apareció como una maldición que hubiera decidido tomar cuerpo.

Era alto, imponente, vestido con telas oscuras atravesadas por un rojo profundo, casi seco, como sangre vieja bajo un cielo sin luz; su cabello caía negro sobre los hombros, largo y salvaje, movido por un viento que solo parecía obedecerlo a él, y su rostro tenía una belleza áspera, cruel,

desértica, una belleza sin dulzura ni misericordia, hecha de aristas, de orgullo, de hambre antigua, como si el caos se hubiera esculpido a sí mismo con forma de dios y hubiera aprendido a sonreír.

Sus ojos recorrieron la sala con una calma insoportable.

Pasaron por las antorchas muertas, por las flores descompuestas, por los dioses paralizados, por Horus y Baset, por Ra, por Isis, por Nefthis, por Anubis, por Osiris.

Y en ese último rostro se detuvieron.

Osiris se había quedado inmóvil en la plataforma.

No había perdido su autoridad, no exactamente, porque incluso sorprendido seguía siendo rey, pero la grieta que apareció en su expresión fue imposible de ignorar, una fisura breve y profunda, nacida no del miedo,

sino del asombro brutal de ver regresar a alguien que no debía poder cruzar aquel umbral, alguien cuyo nombre estaba unido al destierro, a la traición y a una herida que nunca había terminado de cerrarse dentro de aquella familia.

Seth estaba desterrado.

Todos lo sabíamos.

Y, sin embargo, allí estaba.

De pie en mitad de la sala del trono, con la celebración pudriéndose a sus pies y una sonrisa lenta abriéndose en la boca mientras contemplaba el silencio que acababa de imponer sobre toda Tebas.

—Hermoso rito —dijo al fin, inclinando apenas la cabeza hacia Horus y Baset con una cortesía tan falsa que resultaba obscena—. Nuevos príncipes, viejas mentiras y una corte entera aplaudiendo como si el mundo no estuviera empezando a agrietarse bajo sus sandalias.

Osiris descendió un escalón.

—Seth.

El nombre cayó sobre la sala como una sentencia antigua.

Seth volvió hacia él la mirada y sonrió más.

—Hermano.

La palabra tensó el aire hasta volverlo irrespirable.

Nefthis palideció, y Anubis lo vio al mismo tiempo que yo, porque su cuerpo se endureció de inmediato, no con la tensión arrogante con la que se enfrentaba a Ra, sino con otra mucho más oscura, más personal,

una furia contenida que pareció nacer directamente de la herida abierta en el rostro de su madre.

Osiris sostuvo la mirada de Seth, pero el asombro seguía allí, enterrado bajo la autoridad del rey.

—No puedes estar aquí.

Seth abrió las manos, y las últimas flores podridas del suelo se deshicieron en polvo oscuro.

—Me habría dolido perderme una ocasión tan importante —continuó, recorriendo con la mirada las flores, los estandartes, las joyas, los rostros tensos, la pareja recién unida y, por último, el trono—.

Una boda real, una corte reunida, antiguos enemigos fingiendo alegría y nuevos príncipes de Egipto recibiendo aplausos como si el reino no tuviera grietas bajo los pies.

Osiris descendió un escalón de la plataforma.

—Seth.

Osiris sostuvo el silencio durante varios latidos, y cuando habló, su voz conservaba toda la autoridad del rey, aunque debajo de ella se percibía algo más áspero, algo que no pertenecía al protocolo, sino a una traición demasiado vieja para haber dejado de doler.

—Estás desterrado.

Seth sonrió un poco más.

—Lo estaba.

Un murmullo de horror recorrió la sala, breve, contenido, pero suficiente para romper la inmovilidad de los presentes.

Algunos dioses se miraron entre sí, buscando confirmación, explicación, permiso para sentir miedo.

Los guardias de Osiris avanzaron apenas, pero el rey alzó una mano y los detuvo antes de que aquel movimiento pudiera convertirse en un error.